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Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Ateísmo maduro

Ateísmo maduro

¿Puede un ateo celebrar a un santo? ¿Puede un protestante venerar a un santo? A primera vista, la respuesta es no. Sin embargo, en realidad, depende. ¿De qué depende? Del lugar donde se celebre. Si en ese lugar han sido superados viejos prejuicios anticatólicos y los clichés que ello lleva consigo, es posible que un católico, un protestante y un ateo vayan de la mano para recordar la figura de un santo, por la impronta que ha dejado en la cultura y en la civilización de ese lugar. Tal es el caso de Alemania, donde ateos, protestantes y católicos celebran a san Martín de Tours (11 de noviembre) o a san Nicolás de Bari (6 de diciembre).

San Nicolás en Alemania

Me lo hacía considerar, recientemente, una amiga que vive en Alemania. Comentando cómo los niños hacen una procesión de velas, al atardecer, durante toda una semana, para celebrar a san Martín de Tours. Son seguidos, mezclándose entre ellos, por católicos, protestantes y ateos. Todos se unen a la fiesta, por considerarla parte del patrimonio cultural alemán. Digamos que la identidad germana incluye la celebración de san Martín, de forma que su fiesta va más allá de las estrictas fronteras del catolicismo, para ser un santo de todos los alemanes (lo que no deja de ser curioso, pues su tumba está en Francia y su origen es húngaro).

Algo análogo sucede con san Nicolás de Bari que, como se sabe, es el antecedente histórico de la figura de Santa Claus (del alemán Sankt Niklaus) y Papa Noël. Originalmente los regalos se entregaban a los niños el 6 de diciembre, día de su fiesta. Se cambió a Navidad la fecha de entrega de los presentes gracias a la reforma protestante, que dio mayor importancia al Christkind, al nacimiento de Jesús, siendo el Niño Jesús quien traía los regalos. Curiosamente también, lo de la chimenea como lugar por donde entra Santa Claus para repartir los regalos, tiene su origen en una tradición, según la cual san Nicolás dejó caer sobre la chimenea de una casa pobre, una bolsa con monedas de oro, ya que el padre de esa familia había decidido dedicar a sus tres hijas a la prostitución, porque no tenía dinero para darles dote.

Procesión de San Martín en Berlín

Ahora bien, lo que vemos en Alemania, supone la existencia de un ateísmo y un protestantismo maduros que, sin renunciar a su propia identidad y a sus propias ideas, reconocen la presencia de elementos católicos en la configuración de la cultura en la cual viven. Tienen la madurez para reconocer un hecho histórico y cultural: cómo los elementos católicos han contribuido a conformar la identidad alemana. Digamos que su culto no es religioso, sino nacional. Son, respectivamente, ateísmos y protestantismos maduros, que han superado el estadio de beligerancia contra el catolicismo, y tienen la capacidad de reconocer las cosas buenas que éste ha proporcionado a su patria a lo largo de la historia.

Dicha madurez me hacía pensar que en América Latina estamos muy lejos de conseguirla. Por acá, con mucha frecuencia, los grupos evangélicos conciben su identidad en clave antagónica con el catolicismo. Es decir, lo que los aúna, muchas veces, es tener un enemigo común: la Iglesia Católica. Por lo tanto, construyen su propia identidad en confrontación con el catolicismo, de manera que son incapaces de reconocer nada bueno en él, pues dejarían entonces de tener una razón para existir. Se trataría, en consecuencia, de protestantismos inmaduros, que necesitan de la confrontación con el catolicismo para definir su identidad. En ese sentido, es difícil que un evangélico practicante reconozca el valor que tiene la Virgen de Guadalupe en la conformación de la identidad mexicana, o el Señor de los Milagros en la cultura peruana.

Procesión del Señor de los Milagros en Lima

También, en América Latina, nos encontramos con frecuencia, con grupos ateos beligerantes. Más que ateos, en realidad son antiteístas, pues definen su identidad en confrontación con los valores católicos, mientras copian los modus operandi de las religiones, por ejemplo, su talante proselitista y agresivamente polémico. Quizá la manifestación más evidente de ello sean algunas de las actividades que organizan, por ejemplo “la parrillada hereje”, una carne asada que se realiza el Viernes Santo. Buscan hacer coincidir su evento social con la conmemoración litúrgica del Viernes Santo, como una especie de bautizo de fuego, en el cual se pone en evidencia cómo han roto definitivamente con sus creencias católicas, aunque, irónicamente, todavía dependen de ellas.

¿Cómo sería un ateísmo maduro en América Latina? A mi entender debería cumplir con dos condiciones: la primera, ser pacífico, operar bajo el lema: “vive y deja vivir”. No entender que “el enemigo” es el creyente, sino dejar a cada quien seguir su camino: si ateo, ateo; si creyente, creyendo. La segunda característica -y la más difícil- es reconocer el valor objetivo de lo que la cultura católica ha proporcionado a las tradiciones del país, contribuyendo decisivamente a forjar su identidad. Bajo ese prisma, nada de extraño tendría que un ateo participara en la procesión del Señor de los Milagros, o celebrara el 12 de diciembre a la Virgen de Guadalupe.

Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre

Deconstrucción

Deconstrucción

Vulgarmente se afirma que la historia la escriben los vencedores. Sin embargo, ya no es así. La cultura woke nos ha enseñado a reescribir la historia, a resignificar la cultura, los hechos, la realidad toda, viéndola desde un nuevo prisma, lo que otorga una nueva vigencia a las palabras de Campoamor: “Nada es verdad, nada es mentira, todo es del color del cristal con que se mira”.

En el caso del catolicismo reciente, estamos viendo cómo se ha reescrito su historia y resignificado su papel en la cultura, la sociedad y el mundo. Hay tres ejemplos paradigmáticos de este proceso de “deconstrucción”, es decir, deshacer una realidad en sus elementos más simples, para reconstruirla de forma diferente. El resultado es que, con elementos verdaderos, deconstruyes una realidad, para construir otra nueva, diferente, que ya no es verdadera. Sustituyes así una narrativa original y veraz, por otra divergente y falaz, que pasa a ocupar el lugar de la primera. Se trataría de la deconstrucción del papel que tuvieron en la Iglesia y el mundo el Venerable Pío XII, santa Teresa de Calcuta y san Juan Pablo II, por orden cronológico.

Primero, Pío XII. Al terminar la guerra, recibió repetidas veces el reconocimiento del pueblo judío, por su callada labor que salvó directamente a miles de judíos en Roma, y sus esfuerzos diplomáticos por alcanzar la paz y salvar judíos del holocausto nazi. Así, nada más terminar la guerra, el 21 de septiembre de 1945, Leo Kubowitzki, Secretario General del Congreso Judío Mundial, expresó su “más sentido agradecimiento por la acción realizada por la Iglesia Católica a favor del pueblo judío en toda Europa durante la guerra”. Así se percibía la labor de Papa -avalada con hechos concretos- al finalizar la guerra. Pocos años más tarde, cuando falleció Pío XII en 1958 y habiendo surgido ya el Estado de Israel, con más perspectiva histórica, Golda Meir, entonces Ministra de Asuntos Exteriores y más tarde Primera Ministra Israelí, consideró a Pío XII como “un gran amigo de Israel”. No contenta con eso subrayó: “Compartimos el dolor de la humanidad… cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de las víctimas”. Esa era la percepción de las autoridades judías, cuando todavía estaban frescos en la memoria, los espantosos sucesos del holocausto. Aunque el testimonio más elocuente de la labor del Papa a favor de los judíos, es el del Gran Rabino de Roma, Israel Anton Zoller, que había desempeñado esa función entre 1939 y 1945 -los años de la guerra-, y al final de la guerra se convirtió al catolicismo, tomando por nombre de pila Eugenio, en honor a Eugenio Pacelli (Pío XII), por los esfuerzos que había realizado para salvar judíos en Roma.

El proceso de “deconstrucción” de la figura del Venerable Pío XII comenzó en 1963, con ocasión de la obra de teatro “El Vicario”, de Rolf Hochhut, en la que presenta la figura del Papa como temerosa y apegada a su estatus y privilegios, de modo que, por miedo, decide callar todo lo que sabía sobre el holocausto judío. En el año 2007 se hizo público que “El Vicario” fue mandado a hacer por la KGB soviética, por indicaciones de Nikita Kruschev, pues buscaba minar la autoridad moral de la Santa Sede. Sin embargo, a 16 años de haberse hecho pública esta noticia, no se ha podido rehabilitar la figura de Pío XII, hasta el punto de que no se ha beatificado, para evitar fricciones con el pueblo judío. Ha prevalecido la imagen pública del Papa basada en una mentira.

Segundo acto: santa Teresa de Calcuta. Cuando murió santa Teresa de Calcuta, en 1997, representaba la imagen encarnada de la caridad. La carta de presentación del catolicismo, mostrando cómo su congregación – las Misioneras de la Caridad- hacía por caridad, por los más pobres de los pobres, lo que nadie más hacía en el mundo. Recibió el premio Nobel de la Paz en 1979 y en 1980 el premio Bharat Ratna de la India, considerado el mayor galardón civil de ese país. Sin embargo, ya había comenzado el proceso de “deconstrucción” de su imagen. Era demasiado atractiva, buena, dejaba muy bien parada a la Iglesia, había que reescribir su historia. En 1994 el periodista ateo beligerante Chistopher Hitchens realiza el documental: “Ángel del Infierno” sobre la Madre Teresa. Es una obra maestra de cómo se puede mirar desde otra perspectiva a la realidad, sirviéndose de la “hermenéutica de la sospecha”, para cambiar la percepción pública de la santa.

Primero Hitchens, y más tarde otros periodistas ateos e instituciones nacionalistas hindús, reescribieron la historia de la santa. Así, aparecía como alguien amante de los micrófonos y las cámaras, que instrumentalizaba a los pobres para codearse con los poderosos. Amiga de dictadores, como Fidel Castro, Jean-Claude Duvalier, o Augusto Pinochet, con quienes se entrevistó para abrir casas de las Misioneras de la Caridad en sus respectivos países. Se le acusaba de poca claridad en los manejos económicos, de manejar enormes sumas de dinero para sus obras de beneficencia, sin haber sido auditada nunca; de aprovechar la situación de desamparo de los moribundos que atendía, para presionarlos a convertirse al catolicismo, y de que, ni sus monjas tenían preparación suficiente para cuidar enfermos, ni sus hospitales contaban con equipamientos básicos. A la santa le encantaría aparecer fotografiada junto a Lady Diana y, finalmente, las monjas de la caridad no la atenderían a ella en sus hospitales -mal equipados- al final de su vida, sino en instituciones hospitalarias privadas. Especialmente insidiosa fue su crítica a la “teología del dolor” de la santa, para quien el sufrimiento representaba un modo de unirse a Cristo, y el sufrimiento de los enfermos resultaría grato a Dios. Fruto de esa campaña denigratoria, a los ojos de muchos intelectuales y bastantes jóvenes, santa Teresa de Calcuta no representa más el modelo acabado de caridad e interés por los pobres.

Por último, san Juan Pablo II. Al morir este Sumo Pontífice, en 2005, se verificó una insólita y apoteósica peregrinación, de todas partes del mundo, para velar sus restos mortales, protagonizada especialmente por jóvenes, que hacían colas de hasta 10 o 12 horas, por pasar tan solo unos instantes al lado del cuerpo del Papa difunto. Tanto es así, que Benedicto XVI, al iniciar su pontificado, no pudo sino exclamar, ante tal espectáculo que “la Iglesia está viva y es joven”. Nadie ha reunido en la historia, mayor número de jefes de estado como él en su funeral. Juan Pablo II fue, además, el hombre que consiguió la mayor concentración de seres humanos en la historia, al reunir a más de 5 millones de personas en Manila, Filipinas, en 1995. Fue la persona que ha sido vista directamente por más personas en la historia universal. Pieza clave para la caída del Muro de Berlín y del comunismo en el este de Europa, lo que devolvió la libertad a millones de personas. Fue el Papa que impulsó para que se esclareciera la verdad sobre el caso “Galileo” y que pidió perdón a Dios en el año 2000, por los crímenes perpetrados en Su Nombre a lo largo de la historia, particularmente la Inquisición y las Cruzadas. Alguien que incansablemente intercedió por la paz en el mundo… Todo ello, llevó al Papa Emérito, Benedicto XVI, a escribir una carta, con motivo del centenario del nacimiento de Karol Wojtyla, sugiriendo tímidamente, que podría incluírsele en la lista de los Papas que llevan el calificativo “Magno”, es decir, sólo dos en la historia de la Iglesia: San León Magno y San Gregorio Magno.

Sin embargo, nada de eso cuenta ya. A san Juan Pablo II se le echa en cara haber, no sólo tolerado, sino promovido y puesto como ejemplo, a clérigos culpables de pedofilia o de abuso sexual. Tal sería el caso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y al Cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington, promovido a esa sede por el Papa Wojtyla. En ambos casos, ya había sido advertido. En efecto, las denuncias contra Maciel, ya antiguas, se renovaron a mediados de los años 90 del siglo pasado, pero no se les prestó mayor atención. También, importantes autoridades eclesiásticas le advirtieron de que McCarrick gozaba de pésima reputación en los Estados Unidos, pero McCarrick le escribió directamente al Papa, defendiéndose, argumentando que sólo eran calumnias eclesiales de envidiosos. Finalmente le creyó y lo puso al frente de la arquidiócesis de Washington.

Valentina Alazraki ha sugerido que san Juan Pablo II estaba acostumbrado, por su largo tiempo en la diócesis de Cracovia, bajo el mando de un gobierno comunista, a escuchar miles de calumnias falsas contra sacerdotes, con el fin de desprestigiar a la Iglesia. Lo mismo pensó en el caso de Maciel. No podían sino ser calumnias, pues, como dice el evangelio: “no hay árbol bueno que produzca frutos malos” (Mateo 7, 18), y los frutos de la institución fundada por Maciel eran más que elocuentes. Al mismo tiempo, el P. Maciel tuvo importantes defensores dentro de la Curia Romana, particularmente al Cardenal Angelo Sodano, segundo de a bordo en el gobierno de la Iglesia. Las denuncias, renovadas contra Maciel al final de su pontificado, le agarrarían muy cansado y cedería a la visión que le ofreciera su más directo colaborador, el cardenal Sodano, defensor de los Legionarios.

Cuando juzgamos con perspectiva histórica y teniendo todos los elementos de juicio, podemos cometer injusticias contra los directos protagonistas de los hechos. Tenemos una información de la que ellos no gozaban. Ahora bien, en estos tres casos, resulta fundamental que prevalezca la verdad histórica, es decir, que no cedamos el paso a narrativas basadas en la “hermenéutica de la sospecha”. Recuperemos, por el contrario, la iniciativa y ofrezcamos una narrativa basada en la verdad, que tome conciencia de las limitaciones y los elementos de juicio que tenían en su momento los protagonistas de los hechos.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

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«El presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad»

C.S. Lewis
Y para mí especialmente ahora.

Como una mexicana en sus veinte años nunca me hubiera planteado estudiar Teología como carrera universitaria. Estudiar Teología —para muchos en mi país y por ignorancia— es para sacerdotes y algunas religiosas. Muchos estudiamos catecismo en su momento y pretendemos que conocemos a fondo nuestra fe; en realidad nos falta muchísimo por aprender. Desde hace un par de meses he emprendido una aventura fascinante: viajé a Roma y me matriculé en el Baccalaureato en Teología en una universidad pontificia.

Al llegar a las clases sentí que soy minoría en este mundo. Un aula de cincuenta personas en las que tan solo somos cinco mujeres. Además, somos pocos los laicos que no están ahí para prepararse para el sacerdocio. ¿Por qué estudio Teología? La pregunta la recibo al menos alguna vez por semana. Hasta ahora me dispongo a responderla con cabeza. No para los demás, sino para mí.

Dos cosas son las que principalmente me han motivado a estudiar esto. La primera, Dios. La segunda, Roma. Antes de venir, una buena amiga —con la que comparto ambas profesiones de filósofa y teóloga— me insistió: «Estudiar Teología es conocer lo que Dios quiere que sepas de Él mismo». No necesité más: esa verdad bastó para que me aventurara en esto. Para una católica practicante como yo, estudiar con seriedad las verdades de mi fe resulta completamente fascinante y revelador. Sabía que había todo un mundo por conocer, pero nunca creí que sería tan definitivo para lo que significa ser católica, para lo que significa ser hija de Dios.

Aunado a esto me motiva el hecho de que el Papa Francisco haya hecho un llamado especial a los laicos para su participación en la Iglesia. Su voto en el pasado Sínodo es tan solo un ejemplo de esta actitud de Su Santidad. Como laica, mujer y estudiante de Teología esta actitud me interpela directamente. Me hace sentir la responsabilidad del mundo y de la Iglesia en mis hombros. Me resulta un honor poder cargar con un cachito de esta piedra sobre mis hombros, aún flacos, por todo lo que me queda por estudiar y profundizar. Cuando subo al último piso de mi universidad y salgo al terrazzo veo la cúpula de San Pedro, recuerdo mi colaboración con el Santo Padre y renuevo mi esperanza en que esto vale la pena.

San Pedro, Ciudad del Vaticano.
Foto: Mauricio Fajardo.

Me ha sorprendido especialmente la cultura de las universidades pontificias. En Europa es común —permítaseme esta expresión, aunque sé que implica muchos matices— estudiar Teología a nivel universitario, incluso para personas no cristianas o poco practicantes. Esto lo comprobé en Roma, donde encuentro a muchas personas que deciden emprender esta aventura como yo. No existe mucho prejuicio alrededor de estas universidades. Yo sí tenía este prejuicio, por el pragmatismo del que vengo en el que cualquier estudio lo tiene que avalar un título reconocido por mi gobierno. Lo que he encontrado aquí es un verdadero espíritu de búsqueda de la verdad. El conocimiento no utilitario cobra especial importancia aquí, lo cual es valiosísimo.

Mi segunda motivación es Roma, ¡y qué motivación! Su apodo de città eterna no es trivial. Una amiga una vez me dijo «Roma es de otro mundo y mil mundos al mismo tiempo». No puede tener más razón. Mi universidad tiene Piazza Navona como patio de recreo. Para llegar al centro de Roma camino por Via Flaminia. Esto me permite entrar hacia el centro por la Porta del Popolo: antigua entrada a la gran ciudad. Todos los días me maravillo ante esta entrada. Ahí hay un semáforo que me permite frenar, contemplarla y retomar la conciencia de que estoy a punto de entrar en la historia de esta ciudad, de ayudar a seguir escribiendo esa historia. Al contemplar me repite que no me puedo acostumbrar.

 Vivir en Roma es viajar en el tiempo diariamente. Es respirar y convivir con el caos —aunque viniendo de la Ciudad de México, la palabra caos es sinónimo de cotidianidad—. Es esquivar turistas e italianos enojados. Es, de un mismo vistazo, percibir tres mil años de historia. Es escuchar todas las lenguas, porque todos los caminos llevan a Roma. Fue la capital del gran imperio y sigue siendo capital de Occidente en muchos sentidos. Roma es abrumadora: es enorme, en todos los sentidos de la palabra. Al mismo tiempo llega a ser tan personal y acogedora, de las maneras más extrañas, pero logra serlo. Ante tanta universalidad —con la que convivo diariamente— es imposible que la añoranza del país de origen sea triste. Junto con la nostalgia que el estar lejos de casa conlleva, Roma consigue reunir a todas las naciones y valorar la riqueza de cada una.

Llevo solo unos pocos meses y la aventura acaba de empezar. Pero si con poco tiempo ha conseguido sorprenderme y fascinarme, ¡todo lo que me espera! Lo que más he valorado es que Roma me ha enseñado a contemplar… espero que no se detenga.

Cristo y la nada plenificada

Cristo y la nada plenificada

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Para Jorge Rodriguez Martínez, in memoriam

Pareciera que mirar al Crucifijo es mirar a la nada: al despojo y al triunfo del vacío que es la muerte. La idea de la muerte de Dios no es nietzscheana. Al contrario, Nietzsche sabía muy bien que el origen de este pensamiento está en la experiencia cristiana. Ratzinger también defendió que la experiencia de la nada en la muerte de Dios está enraizada en la relación que el cristiano tiene de Dios en la contemplación del Crucificado. (La angustia de una ausencia, 2006)  ¿Cómo comprender la nada de la muerte de Cristo? ¿Cómo, si no es razonable, a lo menos acercarse a esta experiencia de un vacío en el que Cristo se sumerge? La reflexión filosófica puede ser una herramienta para contemplar el misterio (no así para resolverlo, sino vivirlo).

Se puede proponer que hay dos tipos de nada: la nada del vacío y la Nada soberana. Por una parte, la nada de la vaciedad, o la nada vacía, se ha pensado desde la antigüedad como la oposición a la realidad experimentable en el ámbito del ser o del mundo. Justamente la oposición entre la plenitud de las cosas naturales y su ausencia, dinamizada en los ciclos de los elementos llevó a los filósofos presocráticos a poner las bases de la metafísica. El mundo es de modo inestable, y por ser, su estructura se opone a la nada, que se piensa como lo que no es. Lo ente es, de modo trascendental y estable.

Se opone de modo óptimo a la nada. Esta doble noción de nada se refiere a la ausencia de algo, ya sea inestable o estable. Pero siempre va en contraposición o correlato de algo que es. Esta nada es la del vacío. Por ejemplo: un cajón que debería de tener un libro, pero no lo tiene, tiene nada, porque se nota la ausencia del libro. El mejor exponente de esta propuesta es Parménides, quien incluso llegó a pensar que sólo hay ser y entidad, y que la nada sólo es una imagen en nuestra mente. Aristóteles continuó en esta línea, pues pensaba que toda la naturaleza está llena de entidad, y que la nada, como vaciedad, es un concepto en la mente. El ser humano experimenta el miedo a la nada vacía cuando contempla la fragilidad de su propia vida y asoma por el abismo de la muerte, en pobreza existencial.

Por otra parte, está la Nada del Absoluto o Nada soberana. Esta es una de las grandes conquistas de la filosofía clásica. Sobre todo, es un trofeo obtenido por Plotino y sus seguidores. Las escuelas anteriores habían pensado en la nada como la negación del ser. Esto es, como una categoría aristotélica que, por default, por falta, está vacía de ser. Pues, como se dijo, Aristóteles concibe a la negación como la manifestación lingüística de la ausencia de una substancia. (Metafísica, IV, 7).

De este modo, Aristóteles se acerca a la nada a través de la negación de una substancia, como categoría del pensamiento.  Sin embargo Plotino profundiza su exploración sobre la nada y ahonda más allá de las categorías aristotélicas. Fue Platón quien comenzó a postular esta paradoja en República VI, 22, donde se dice que el principio de las cosas que son está más allá de la substancia. Por su parte, en las Enéadas III, 8, Plotino, el filósofo de Licópolis, explica esta como una de las mayores y mejores paradojas de todo el pensamiento occidental: que el bien sumo está más allá del ser y de las categorías de substancia o accidente. Esto significa que el sumo bien está por encima de la existencia y más allá de sus categorías. El sumo bien vive en una nadeidad no porque sea la ausencia de una realidad, sino porque no es ninguna de las cosas y porque, más bien, es causa de todas ellas. Plotino lo dice así:

“Mas si alguno pensase que aquél es el Uno mismo a la vez que todas las cosas, será según eso, o todas las cosas una a una o todas juntas. Pues bien, si es todas las cosas agrupadas juntamente, será posterior a todas; pero si es anterior a todas, todas serán distintas de él y él de todas. Por otra parte, si es a la vez él mismo y todas las cosas, no será el principio; ahora bien, es preciso que él mismo sea el principio y que exista antes que todas las cosas para que todas existan también a continuación de él. Pero si es todas las cosas una a una, en primer lugar, una cualquiera será idéntica a cualquier otra; en segundo lugar, aquél será todas las cosas juntas y no hará distinción de ninguna. De este modo, la conclusión es que no es ninguna de todas las cosas, sino anterior a todas.”

Enn. III, 8, 9, 45 – 58.

El sumo bien, que Plotino identifica con el Uno, también se puede pensar como Dios. Ninguna cosa se identifica con el Uno. Él no es cosa, en un contexto concreto, ni en contingencia, sino que vive como la causa del ser y de las cosas y, misteriosamente, está en todas ellas, pero no es una de ellas. En este sentido se puede pensar que Plotino piensa en la vida del Uno y sumo bien más allá del ser como una Nada soberana, porque vive de modo absoluto, incondicionada y libre de las categorías del ser y de la substancia. Con esto podríamos decir que Dios no está atado a las categorías del ser, y mucho menos a las categorías de nuestra imaginación o expectativas. Incluso desde la filosofía, acercarse al misterio de Dios es aprender a usar el lenguaje de las paradojas y del asombro.

Platón y Aristóteles. Escuela de Atenas, Rafael Sanzio.

Antes de la aparición de Cristo en el mundo, la filosofía antigua contemplaba estas paradojas mencionadas. Pero con el crecimiento del cristianismo, luego de la aparente derrota de la Cruz, las meditaciones paradójicas sobre la Nada soberana se convirtieron en una poderosa herramienta para esclarecer la doctrina cristiana. ¿Qué predica el cristianismo? Que Cristo es Dios, que murió en el dolor y la ignominia y que volvió a la vida con su Resurrección. Ahora bien, si Cristo es Dios y hombre -al mismo tiempo- y Cristo muere, eso significa que Cristo se sumerge en el abismo de la aniquilación que tanto tememos los hombres. Esto es, Cristo, como Dios, no es cosa, y vive en la soberanía absoluta como principio de la substancia, en trascendencia y plenitud, pero se sumerge en la nada vacía de nuestra fragilidad humana, con la que nos puede plenificar. Aparece aquí uno de los misterios del cristianismo por la que somos unidos a Dios: en Cristo se encuentran dos Nadas, la Nada soberana de su divinidad absoluta, plena, feliz y trascendente, que no es ninguna cosa, que se abaja a la nada nuestra, de vaciedad y contingencia, para llenarla con su presencia solidaria que abre las puertas de la vida verdadera y eterna. Ratzinger lo expresaba así:

“Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. (…) Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad– algo parecido al «infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

La angustia de una ausencia, 2006.

Podemos ver que la Nada supersubstancial, que no es ninguna cosa, sino que vive de manera inefable, perfecta, feliz, y misteriosa para nosotros, llena nuestro vacío humano que es ausencia. No es que Cristo no sea nada, o que no sea real, sino que, al ser el principio de la realidad, “el Logos por quien todas las cosas fueron hechas” (Jn, 1, 3), se solidariza con los hombres y llena su nada vacía con la plenitud de su soberanía supersubstancial y principial, que no es comparable con ninguna cosa contingente del mundo.

El texto donde mejor se muestra cómo Cristo llena el vacío de la nada humana contingente con su soberanía supersubstancial es el famoso himno cristológico de San Pablo en Filipenses 2, 6-11. San Pablo, como judío de cultura helénica, estaba al tanto de las grandes autoridades del pensamiento griego. Habla como Píndaro sobre los juegos. Conoce la filosofía estoica. Ha oído hablar de poetas sagrados como Homero, Hesíodo y Orfeo. Conoce de lógica y retórica. También conocía sobre la filosofía platónica, y griega en general, y comenzó a usar sus términos para aclarar mejor la Sagrada doctrina. El himno cristológico de Filipenses contiene multitud de términos filosóficos como morfé; forma, yparjo; existir, y kénosis; vacío, etc. Todos estos términos son usados para aclarar cómo Cristo, siendo el principio de las entidades, plenifica el vacío humano con su presencia. El himno dice así:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús -toda rodilla se doble- en los cielos, en la tierra y en los abismos, -y toda lengua confiese- que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

Flp, 2, 5 – 11, Biblia de Jerusalén.

El himno cuenta y alaba el hecho del vaciamiento (kénosis) de Cristo de su forma de Dios para tomar la forma de siervo humano. Hecho como los hombres, y ya exaltado, abrió para ellos la posibilidad de experimentar la plenitud de la vida. Como el Solidario, Cristo deja la soberanía de no ser ninguna cosa, sino el principio de todas, y llena con su presencia el vacío de la nada humana pobre, y le comunica la vida de su soberanía supersubstancial, que es vida eterna, perfecta y feliz. Es así que Cristo llena nuestros vacíos, existenciales y diarios, con su presencia. Ser cristianos implica siempre vivir maravillado de cara a esta paradoja hermosa, en la que Cristo, tan lejano, se hace el más cercano; y tan trascendente se hace el más inmanente.

MDNMDN