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Hacia la cumbre más alta

Hacia la cumbre más alta

No hay precepto más revolucionario dentro del mensaje cristiano que el del amor a los enemigos. Es tan contrario a lo instintivo, que suena incluso antinatural y casi antihumano. Sumamente difícil es perdonar y más todavía amar a cualquier persona con quien mantengamos cierta rivalidad. Pero este conflicto se vuelve insuperable cuando la hostilidad consiste en matar o ser matado. Y en la guerra parece no haber opción.

Hace cuarenta años se desató la guerra de las Malvinas entre Argentina y el Reino Unido. Tras casi un siglo y medio de ocupación británica, el 2 de abril de 1982 tropas argentinas hicieron toma efectiva de las islas. Este acto posesorio permitiría a la Argentina reivindicar la largamente disputada soberanía sobre estos territorios. Pero lejos de resolverse mediante tratados diplomáticos, el gobierno inglés desplegó una inesperada contraofensiva militar que concluyó con la reapropiación del archipiélago por parte de su ejército. El saldo de muertos fue de 649 argentinos, 255 británicos y tres isleños. 

El 14 de junio se puso fin al conflicto bélico entre ambos países, pero con él se dio inicio a su vez a una multitud de otras guerras: guerras íntimas, guerras solitarias, guerras silenciosas que se llevaron a cabo en el interior de todas aquellas personas que se vieron sorpresivamente envueltas en esa contienda. 

Los sobrevivientes se vieron enfrentados cuerpo a cuerpo con su propia vida. Y muchos son los que no pudieron con ella. El enemigo era ahora interno y acechaba junto al eco de los gritos de los heridos y a la frustración por no poder vengar a los compañeros muertos. Muchos de los cuales fueron enterrados sin nombre en aquellas frías islas, en cuya desolación sólo queda el quejido de cómo “clama el viento y ruge el mar”. (1)

Alejandro Diego. Primer día en la Armada Argentina.

La memoria de aquellos días sigue vibrando intensamente en los relatos de sus protagonistas. Sus palabras reviven lo penoso de sus recuerdos y ponen al descubierto esas heridas que aún no terminan de cicatrizar. Alejandro Diego, veterano argentino, nos confía así su testimonio personal:   

Cuando enterré a varios de mis compañeros, yo ya no tuve más familia, no tuve más nada, y yo me dije: Yo mato a un inglés. Yo quería matar. Y no pude, porque no tuve cuerpo a cuerpo. Y me hizo muy mal.” 

Alejandro tenía entonces veinte años. Se encontraba haciendo el servicio militar obligatorio cuando lo convocan a incorporarse a las fuerzas de la Armada. Con una instrucción militar mínima, en la que sólo había tirado “siete tiros” (sic), se enfila para combatir en el frente. El 13 de abril llega a Malvinas. Allí conoce al marinero Juan Ramón Turano con quien comparte diversas maniobras a bordo del buque Bahía Buen Suceso y un destino sumamente dispar. Entretanto, el desarrollo de la guerra se acelera. La intensidad de los embates enemigos asciende. La juventud se detiene. Y la adversidad no espera. En medio de un bombardeo nocturno y a pocos metros de distancia, Juan Ramón muere. Diecisiete años era la edad que tenía.

Nos quedamos en tierra. Nos tiraban bengalas y de noche, a las 12 de la noche, empezaba el ataque. Y donde veían algo que se movía le tiraban. Los bombardeos duraban cuatro horas. Ráfagas de diez bombas. Paraban dos minutos. Diez bombas más. Y así iban barriendo toda la zona. En el primer ataque Turano muere al lado mío. Para mí fue terrible. Eso fue el 26 de mayo a las 2 de la mañana. Yo, por un tema del destino, pero que atribuyo a Jesucristo, me levanté con él. Y de repente veo que me olvidé la bolsa de dormir y vuelvo. Ahí empieza el bombardeo. Él se muere y yo no. Fue un golpazo. No puede ser, me dije, en dos minutos pasó todo. Fue como cuando te pegan una trompada y no reaccionás. Fue terrible.”

“Y al instante se empiezan a escuchar las voces de los heridos. Los gritos son tremendos. Y es tremendo también porque los tenés que ir a buscar. Y yo me dije que, si por algún motivo estoy vivo es porque Jesucristo lo quiso. Y si Jesucristo quiere que yo muera, que sea haga su voluntad, como en el Padrenuestro. Y fui. Y nadie iba.”

La revancha se presentaba en ese momento como una extraña esperanza. El desconcierto, la angustia, el pavor suspendían seguramente toda otra posible reflexión.  Sólo el dolor puede entender el dolor. Por eso, bajo promesa de falso resarcimiento, la venganza se vuelve así una anómala forma de empatía. Alejandro juró vengar a Juan Ramón, pero el fin de la guerra le ganó de mano. Y la promesa quedó incumplida. 

El día de la rendición fue una bisagra. Estaba muy contento porque había sobrevivido y muy triste por todo lo que había pasado, porque Argentina había perdido y porque no había cumplido mi promesa. Nos rendimos. Volvió a flamear la bandera inglesa. Fue la primera vez que yo sin moverme de mi lugar vi bajar la bandera argentina y subir la inglesa, de noche. Fue tremendo. Estar en otro país sin haberme movido, ni pasar la aduana. Nos tomaron prisioneros. Estuve siete días prisionero.”

“Y después volví. En tres meses fui muy diferente. Una cosa era yo antes y otra cosa fui yo después. La guerra te marca y no sos el mismo. Yo tenía veinte años y ya era un viejo de ciento ochenta. Yo pensé que no volvía vivo, por lo loco que estaba. Si había un enfrentamiento, a mí me matan, pero yo mato a tres o cuatro. Por mi amigo. Era más importante mi amigo que mi familia. Mi amigo muerto.” 

Alejandro Diego al regreso de la guerra.

Tres encuentros

En 2012 se cumplieron 30 años de la guerra. El ritual de los aniversarios cumple con rememorar lo sucedido reuniendo a los vivos y a los muertos. Y eso es lo que sucedió. Alejandro tuvo la oportunidad de volver a las islas y se reencontró con unos y otros.

Junto a la Fundación Rugby sin Fronteras Alejandro Diego viaja con una delegación de unas treinta personas, en la que él era el único veterano. En el aeropuerto se encuentra sin embargo con otro excombatiente, Fabián Abraham. Para su admiración, Fabián sí había matado. Y esto constituyó para él el primer punto de inflexión.

“Él había matado. Y yo le transmito a él que yo no soy veterano porque no cumplí la promesa a mi amigo de matar a alguien. Y él sí había matado. Para mí él era como Messi, yo quería estar en su lugar. Pero él me transmitió lo que fue matar, en el lugar donde él mató. Fue tremendo y me sacó las ganas de matar.”

“Él me dijo que dos veces se quiso suicidar, porque no se podía sacar la cara del inglés que mató, ya que había sido casi de día y muy cerca. Me dijo, menos mal que no mataste, vos también sos veterano. No es veterano solamente el que mató. Y yo dije, pero yo no cumplí la promesa a mi amigo.”

Cementerio de Darwin – https://rugbysinfronteras.org/

Ya en Malvinas, la delegación visita el Cementerio de Darwin. Alejandro había enterrado a Juan Ramón en Bahía Fox, lejos de ahí, pero ahora se encontraba en este cementerio que había sido construido por los ingleses un año después de la guerra; por lo cual no sabía dónde estaba exactamente la tumba de su amigo. Sin embargo, el reencuentro se dio de todos modos y fue revelador.

“Llego al cementerio, que es enorme, y hay muchas cruces. Yo no sabía dónde estaba Turano. Me caigo como si la tierra me llamara, me pongo contra la turba, y de repente se me vienen las imágenes de los soldados, como si de cada una de las tumbas se me acercaran a tomar mate. Y de la izquierda, de siete tumbas a la izquierda, se me viene la imagen de Turano. Yo no sabía dónde estaba él. Pero lo veo venir de ahí todo brilloso, él era rubio. A los demás no les distinguía la cara, pero a él sí. Y me dice, ¡qué hacés Alejandro! ¡cómo andás! Y yo le digo, ¡qué hacés Juan Ramón! Y lo primero que le dije es: Yo no cumplí mi promesa. Y me dice, cómo te vas a poner a matar gente por tierra, esto es una locura. Y le digo, pero yo no cumplí. Y me dice, vos vas a cumplir el día que nos honren llegando a un acuerdo con esta gente; la tierra es del que está y si estos están, que estén ellos. Ustedes lleguen a algún tipo de acuerdo. Ahí nos van honrar, no matando.”

“Desde donde estaba sentí que estábamos todos unidos y los agarré de la mano y recé un Padrenuestro y un Avemaría con ellos, y sentí que estaban todos bien. Hasta ahí yo pensé que era mi imaginación. Pero cuando me fijo, la tumba de Turano estaba justo a siete tumbas desde donde yo lo vi venir. Ahí dije, este es un mensaje de él. Después de esto fuimos a la tumba de los ingleses, y también les rendimos honores.”

Alejandro Diego en el cementerio de Darwin – https://rugbysinfronteras.org/

Por último, el tercer encuentro que marcó significativamente el viaje de Alejandro, fue con Andrew Miller, un isleño que en la guerra tenía sólo dieciséis años. Andrew participaba de la resistencia dando alerta temprana a los ingleses ante la aparición de aviones argentinos. Pero si bien su actuación fue muy eficaz, su vida no se vio libre de amargas secuelas.  

“Le pregunté a Andrew que estaba haciendo él en la guerra. Y me dijo, yo me fui al campo como parte de la resistencia. Íbamos de a dos estudiantes voluntarios, con una carpa y cañas de pescar; éramos autónomos. Nos íbamos a las islas que están a la izquierda a dar alerta temprana de aeronaves, con una radio y nada más. Y así daba las alertas. Pero una vez, me dice, yo doy una alerta y parece que había un barco cerca y del barco sale un misil. Y cuando sale el misil yo pienso, por favor que no le dé, que no le dé, evadilo, evadilo, y veo que le da. Cuando le da, veo que el avión está cayendo y digo por favor, eyectate, eyectate, y veo que no puede eyectarse y se cae. Cuando termina la guerra, me dice, me condecoran por esta acción y me pasan el mensaje del piloto que habían escuchado los ingleses. Me cuenta que el piloto decía: “Me están tirando un misil, espero evadirlo. ¡No lo puedo evadir! Me dio, voy a eyectarme. ¡no puedo eyectarme, voy a morir! ¡Díganle a mi familia que la quiero, que la amo, que sean felices!”. Y pum, cae. A partir de eso, me dice que rechazó el ofrecimiento que le hicieron de incorporarse a los Marines y, al contrario, prefirió ser bombero para salvar vidas. Y lo veo llorando. Le pregunto si lo puedo abrazar y nos abrazamos llorando.”

De estos tres encuentros Alejandro finalmente concluye emocionado: 

“Entonces, el argentino que mató, llorando. El inglés que mató, llorando. Turano que me dice que los vamos a honrar el día que no haya más conflicto. Me cambió la vida. Me dio vuelta.” 

Estos tres encuentros representaron para Alejandro una transformación. El inicio de un camino de conversión, un camino ascendente, cuya cumbre más alta sería la reconciliación e incluso la amistad con sus antiguos enemigos, cláusula fundamental para un reencuentro consigo mismo.

Reconciliación 

La renovación que supuso para Alejandro ese viaje no tuvo vuelta atrás. Ahora iniciaría otro recorrido, casi un peregrinaje, que no podía emprender solo sin sus ex compañeros, muchos de los cuales se mostraban al comienzo fuertemente renuentes a hacerlo. 

El primer gran paso fue organizar un partido de Rugby entre veteranos argentinos e ingleses; pero no unos contra otros, sino todos mezclados entre ambos equipos. Alejandro consiguió sumar a 14 veteranos argentinos. Con la ayuda nuevamente de la Fundación Rugby sin fronteras, el 21 de septiembre de 2015 se logró concretar el singular encuentro en el estadio Richmond de Londres. 

Veteranos argentinos e ingleses en el estadio Richmond de Londres – https://rugbysinfronteras.org/

Unos días antes del partido, el 16 de septiembre de 2015, el Papa Francisco recibió en la Plaza de San Pedro a todos los participantes, los cuales formaban una comitiva de 60 personas. Tomando en sus manos la ovalada pelota bendijo la iniciativa y a cada uno ellos. Particularmente emotivo fue el mensaje de sanación que el Papa, por sugerencia de Alejandro, tuvo oportunidad de dirigir de manera personal a Fabián Abraham, aquel argentino que no podía superar el hecho de haberse visto obligado a matar. 

Veteranos argentinos e ingleses junto al Papa Francisco en la Plaza de San Pedro – https://rugbysinfronteras.org/

El 30 de abril de 2016, la misma Fundación organizó en Buenos Aires un nuevo encuentro entre veteranos de ambos países, bajo el lema: “Veteranos de Paz: un mensaje de encuentro y superación”.

Estos encuentros propiciaron a su vez la realización de una peculiar obra de teatro “Campo Minado”, de Lola Arias, en la que intervienen ex combatientes argentinos e ingleses y en la que se busca reconstruir sus recuerdos de la guerra y de su vida tras ella. 

El 6 y 7 de marzo de 2022, en vísperas del 40º aniversario de la guerra, tuvo lugar en Buenos Aires un nuevo gran evento bajo el nombre “La fraternidad es posible”. La organización estuvo a cargo de la asociación civil La Fe del Centurión, integrada por laicos que acompañan a ex combatientes argentinos y a las familias de los fallecidos. En la reunión se convocó a todos aquellos hombres y mujeres, tanto de Argentina, como del Reino Unido que de una manera u otra fueron partícipes del conflicto del Atlántico Sur. Con el apoyo de las autoridades eclesiásticas de las Iglesias Católica y Anglicana de ambos países, celebraron juntos una misa en la Catedral Anglicana de Buenos Aires donde se rindió homenaje a todos los caídos. Las reflexiones de esas jornadas no fueron ajenas al actual conflicto entre Rusia y Ucrania y entre ellas se destacan estas palabras: “Conocimos la guerra, amamos la paz”.

El 11 de septiembre de 2022, como un nuevo acto de reconciliación, un grupo de seis veteranos, argentinos e ingleses, escalaron juntos el Mont Blanc, la montaña más alta de Europa occidental, cuya cima alcanza 4.809 metros sobre el nivel del mar. La expedición conformada por ex integrantes de las fuerzas argentinas, gurkas, royal marines, guardias galeses y tropas especiales británicas tenía como fin recaudar fondos para Blesma, una asociación benéfica que da apoyo a veteranos ingleses sin extremidades. 

Veteranos argentinos e ingleses en la cima del Mont Blanc

Uno de los impulsores de esta travesía fue también Alejandro Diego, quien anticipa que están planeando como nuevo proyecto subir en 2024 el cerro Tronador de Argentina, y quizás un día también realizar algo similar en las mismas Malvinas, con la participación además de los isleños. Por último, describe lo que sería realmente llegar a la cumbre más alta: 

“Mi sueño es que, a través de estos encuentros, ir con los ingleses que conozco a hablar con los isleños y empezar un camino de solución pacífica de tres partes, los ingleses, los argentinos y los isleños, y que se pueda diseñar un acuerdo. Estoy seguro que se puede diseñar un acuerdo a nivel personas, para recién después ir a hablar con los gobiernos. Ese es mi sueño.

Finalmente, ante la pregunta de qué le diría a un joven que hoy se viera obligado a combatir en una guerra, responde: 

A los chicos que se ven obligados hoy a ir a una guerra, yo les diría, no vayas. No hay que ir a una guerra. Nadie merece morir por un pedazo de tierra.”

Cima del Mont Blanc

(1) “Marcha de las Malvinas” compuesta en 1940 por José Tieri: https://museomalvinas.cultura.gob.ar/musica/

Hacia la cumbre más alta

Heridas de guerra

Foto de portada: Infantes de marina argentinos en la toma de las Malvinas 1982.

Este 2 de abril se cumple un sentido aniversario: 40 años del inicio de la Guerra de Malvinas entre la República Argentina y el Reino Unido. 

Tras un largo historial de reclamos territoriales, Argentina, bajo el gobierno de facto de la dictadura de la Junta Militar, inició acciones bélicas con el fin de recuperar la soberanía de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. Hacia finales de junio de 1982 la guerra finaliza. La ocupación inglesa prosigue en los territorios en disputa. Pero el conocido “Conflicto del Atlántico Sur” sigue vigente de múltiples maneras

Islas Malvinas vistas desde Google Earth.

No se trata aquí de analizar la justicia de las demandas diplomáticas. Tampoco se trata de juzgar las estrategias militares utilizadas. Ni siquiera de rememorar los detalles históricos de su desenvolvimiento. Ni de retratar el controvertido perfil de los respectivos líderes políticos de ambos países, Leopoldo Fortunato Galtieri y Margaret Thatcher, que llevaron adelante esta contienda. 

Siete años tenía yo cuando se desató la guerra. Lejísimos estaba de la zona de conflicto. Difícil es describir con exactitud las vivencias totales de esos días, pero euforia, exaltado patriotismo, ansia de victoria, se encontraban entre ellas, exacerbadas como siempre por la mano de la propaganda oficial.  Pronto el insensato orgullo se trocó en desazón. La guerra se perdió y con ella cientos de irrecuperables vidas.  

Cementerio argentino de Puerto Darwin. Foto: Tomás Terroba

Recuerdo haber ido con mi familia a despedir un tren que trasladaba soldados rumbo al lejano sur. Les llevamos algunos chocolates y revistas para acompañarlos de alguna manera en su travesía. Para mí eran hombres enormes. Pero muchos eran muchachos muy jóvenes, algunos con ojos aún adolescentes, que con valiente arrojo se enfilaban hacia esas frías tierras australes, casi míticas, donde habrían de conocer cara a cara la extrema aspereza del combate. 

Jamás sabré si alguno de ellos regresó. Jamás conoceré los rostros aún llorosos de las madres y los padres que los aguardaban. Pero sí me tocó conocer más de cerca la historia de una compañera de escuela, por un lado, y la de un amigo, por otro, ambos niños entonces de mi edad, hoy adultos, que habrían de crecer en la dura ausencia de sus respectivos padres, muertos en aquellas islas.

Y de eso se trata ahora aquí: se trata de hijos, se trata de padres, se trata de hermanos, se trata de nietos, se trata de vecinos, se trata de amigos, que esa guerra jamás devolverá. 

Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

Hoy nos toca presenciar, aún de lejos, otra vez más el mismo desgarro que la guerra provoca. Hace apenas poco más de un mes, en Ucrania, había mujeres y hombres ocupándose simplemente de las cuestiones de su vida cotidiana. Hoy lo cotidiano para ellos es la muerte. Allí hoy hay familias, barrios y ciudades enteras sumidas en la desolación. Y tanto en Ucrania, como en Rusia, hay madres y padres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, que jamás recuperarán a sus seres queridos. 

No sabemos aún cuál será el desenlace de este desastre, ni el de las demás guerras aún activas en otras partes del planeta. Lo que sí sabemos es que, si alguna vez terminan y un día se llegara a conmemorar los 40 años de su fin, al igual que con las de Malvinas, todas esas heridas de guerra, seguro aún no habrán sanado. 

Cementerio argentino de Puerto Darwin. Foto: Chris Harris
Hacia la cumbre más alta

Opinión de una civil: Los rusos no queremos la guerra, pero tenemos que sufrir sus consecuencias

Por Ekaterina

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Nota del editor: el siguiente texto no es un artículo de análisis, sino la opinión de una ciudadana rusa. No pretende abarcar las múltiples opiniones al respecto, sino la propia y de otros ciudadanos anónimos que la comparten. Por motivos de seguridad su identidad debe permanecer anónima.


Soy rusa y me gustaría que todo el mundo supiera que muchos en Rusia no apoyamos la guerra en Ucrania, excepto aquellos influenciados por la propaganda. Nuestros corazones sufren por la gente de Ucrania. Muchos rusos tenemos parientes ucranianos y durante mucho tiempo nuestras naciones han sido amigas.

Cuando comenzó la guerra, los rusos nos conmocionamos y empezamos a pedir la paz inmediata. La petición en línea para detener la guerra consiguió un millón de firmas en tan sólo cuatro días. Por desgracia, en este país sólo cuenta la opinión de una persona, pero somos la gente común la que suele sufrir las consecuencias de sus decisiones.

Las personas criadas en sistemas democráticos pueden afirmar que merecemos nuestros sufrimientos porque nosotros mismos hemos elegido a nuestro presidente. Quizá tengan un poco de razón, aunque no hace falta decir, que una dictadura personalista no es el tipo de régimen en el que se pide tu opinión.

Durante muchos años nuestro país ha sido dirigido por un dictador –que en los últimos días ha destruido continuamente nuestra estabilidad política y económica, que él mismo consiguió crear en los primeros años de su mandato– al que nadie se atreve a detener. Se ha rodeado de personas que aprueban inmediatamente todo lo que propone y que tienen miedo de decir una sola palabra contra él. En cuanto a la gente de a pie en Rusia, debo admitir, que a las autoridades no les importamos. Su única misión consiste en ser los lame-botas de Putin.

A estas alturas, parece que las autoridades se han dado cuenta del gran error que es la guerra. Sin embargo, los dictadores nunca admiten sus fracasos. Y como resultado, las autoridades se esfuerzan por suprimir nuestras libertades e impedir que sepamos y hablemos sobre esta terrible guerra. Las personas que intentan participar en protestas públicas son golpeadas y multadas o encarceladas. Desde el 24 de febrero la policía ha detenido a más de 8000 personas en las protestas. Los últimos medios de comunicación independientes fueron cerrados y muchas redes sociales están bloqueadas. Además las autoridades han promulgado una nueva “ley”: cualquiera que intente difundir “falsedades” sobre esta guerra en público puede recibir hasta 15 años de prisión. Por “falsedades” entienden todo el material que no se ajuste a la versión oficial de lo que está ocurriendo. Incluso no se nos permite llamar a esta guerra “guerra”. Dicen que en su lugar deberíamos utilizar el término “operación especial”.

Además de ser oprimidos desde dentro, somos golpeados con sanciones sin precedentes desde el exterior. Muchas empresas internacionales han cerrado sus oficinas en Rusia. El suministro de bienes de consumo y medicamentos de muchos países se ha detenido. Grandes empresas como Apple, IKEA y H&M han cerrado sus tiendas y detenido el comercio en línea. Airbus y Boeing han interrumpido el suministro de piezas de aviones y servicios a las aerolíneas rusas y muchos países occidentales han prohibido el acceso de las compañías aéreas rusas a su espacio aéreo. Como resultado ahora es casi imposible salir del país. Muchos bancos rusos han sido excluidos de SWIFT. El rublo ruso (nuestra moneda) tiene una devaluación récord. Nuestra economía se está derrumbando y la gente está perdiendo sus puestos de trabajo.

Parece que el mundo entero participa en una competencia gigantesca: los participantes se esfuerzan por hacer la vida de la gente de a pie en Rusia lo más insoportable posible. Entiendo que el objetivo de las sanciones sea un intento de detener a Putin. Sin embargo, me gustaría aclarar dos cosas. En primer lugar, la empatía por los sufrimientos de la gente común en Rusia casi nunca ha sido motivo para que las autoridades cambien nada. Me temo que Putin no detendrá esta guerra aunque todos nos muramos de hambre… En segundo lugar, estas sanciones pueden poner a los rusos en contra de Occidente. Hay bastantes personas en Rusia que no apoyan la guerra, pero que al mismo tiempo guardan rencor a Occidente por las sanciones. Nos sentimos abandonados por nuestro propio país y por el resto del mundo.

Así que aquí estamos ahora… El  pobre y amenazado pueblo, rechazado por el mundo entero, bajo el tirano sinvergüenza que está matando a nuestros hermanos y hermanas de Ucrania para satisfacer sus ambiciones imperialistas. Mi única esperanza es que esta pesadilla no pueda durar mucho más tiempo. La situación económica y política en Rusia es peor que nunca. Creo firmemente que esta guerra presagia el colapso de la dictadura en nuestro país. Al cometer este terrible error, Putin, ha acelerado su caída. Este régimen está agonizando y mucha gente pronto lo entenderá. Nuestros antepasados derrocaron al zar en 1917 y creo que nos ha llegado la hora de hacer lo mismo con este régimen.

Hacia la cumbre más alta

Ayuno por Ucrania

Por Pbro. Mario Arroyo

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Como todos los años, llega el miércoles de ceniza, y con él la cuaresma. Pero este año es especial, pues el Papa Francisco nos invita a ofrecer a Dios el ayuno propio de este día por la paz en Ucrania. Hermosa intención, maravilloso deseo, pero, ¿en qué beneficia a los ucranianos el que yo me prive del desayuno? Indudablemente, sólo desde una óptica de fe puede comprenderse el misterioso pero real vínculo entre nuestras acciones y el gran teatro del mundo. Francisco tiene esta perspectiva privilegiada, que podríamos calificar como “realidad aumentada”, sirviéndonos del término propio de un desarrollo tecnológico hodierno. Es decir, la misma cruda realidad que todos vemos por los medios de comunicación, pero aumentada con la visión propia de la fe.

¿Qué nos dice esta “realidad aumentada” característica de la fe? Que no somos versos sueltos, puntos autónomos, libres e independientes entre sí, sino que formamos una gran sinfonía en la que misteriosa pero realmente estamos todos unidos y entrelazados. Es el dogma de “la comunión de los santos”. Las obras buenas que haga yo ayudan no sólo al beneficiario directo, sino que tienen un eco positivo en el conjunto de la humanidad, y hacen de este mundo un hogar más humano, más digno de la persona.

Junto con la “comunión de los santos”, la perspectiva de la fe nos indica que Dios y su providencia no se han ausentado de la historia; no es el dios deísta, que crea el mundo y se olvida de él. No, el Dios cristiano se compromete con el mundo e interviene, pues es, en definitiva, “el Señor de la Historia”. Digamos que, siempre desde una perspectiva de fe, como la que nos transmite Francisco con su petición de ayuno, los protagonistas de esta trágica historia no son solo Putin, Zelenski y Biden, sino también, de un modo discreto pero eficaz, como tras bambalinas, Dios mismo. En efecto, ya san Juan Pablo II hablaba de la misericordia de Dios como una fuerza que pone un límite a la capacidad de mal que anida en el corazón humano. El ayuno tiene como objetivo “mover” a esa misericordia para que ponga fin a la guerra, por derroteros que solo Dios y su providencia pueden vislumbrar.

Por ello, la visión cristiana de la guerra, sin dejar de ser realista, de forma que la considera, en cierto sentido, como el sumo mal, no es desesperada. Al contrario, mira la cruda situación con confianza y redescubre un misterioso y peculiar protagonismo, de modo que sus acciones ordinarias pueden sumar una ayuda al encuentro de una solución digna para el conflicto. Es decir, el cristiano no se desentiende y se encoge de hombros, como diciendo: “nada puedo hacer, soy muy pequeño, esto me agarra muy lejos”; no simplemente se deja abrumar por las escalofriantes imágenes que nos transmiten los medios de comunicación; por el contrario, al contemplar tanto dolor y sufrimiento, se siente interpelado personalmente para ofrecer su contribución espiritual a la solución de la guerra.

Protesta solidaria hacia Ucrania en Berlín. Foto: Leonhard Lenz.

En este sentido, la fe nos convierte de espectadores aterrorizados y pasivos, a protagonistas, misteriosos pero reales, de la historia. De ahí la petición de ayuno ofrecido por Ucrania por parte del Pontífice. Es la convicción de que cada uno es importante, “cada uno es necesario” (Benedicto XVI), cada uno puede ofrecer su granito de arena para construir la paz. Es el pecado del hombre el que espiritualmente causa la guerra; es la conversión del hombre, la que espiritualmente consigue, de la misericordia de Dios, la paz del planeta.

Por eso embona muy bien el precedente discurso -descabellado para quien carezca de una visión de fe- con el lema que Francisco nos propone para la cuaresma y que toma de san Pablo: “No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos”. Así, nuestra respuesta personal al desbordarse del mal propio de la guerra es “ahogar el mal en abundancia de bien” (san Josemaría) en nuestra vida, con la esperanza de que ese bien reboce y contribuya a la paz en Ucrania. Como respuesta a la guerra el cristiano ofrece una batalla espiritual, se siente interpelado, protagonista y no espectador de la historia. Como diría san Pablo, “no te dejes vencer por el mal, vence al mal con el bien.”

MDNMDN