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La alegría de la Pascua

La alegría de la Pascua

Por Salvador Fabre

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Tradicionalmente se utiliza la expresión: “más largo que la cuaresma”, normalmente para señalar una realidad incómoda que dura mucho tiempo. Felizmente los cristianos, después de la cuaresma, tenemos la Pascua. Y el tiempo pascual es más largo que el cuaresmal, como señalando, la penitencia es importante, pero la alegría va por delante.

El motivo profundo de nuestra alegría es ese: que Jesús ha resucitado, ha destruido el pecado y la muerte, es primicia de lo que nos espera a nosotros, que también resucitaremos al final de los tiempos. Jesús se ha levantado de la muerte, como nosotros de los pecados, dirá san Pablo que la misma fuerza que levanta a Jesucristo de la tumba, nos levanta de nuestras flaquezas.

La Pascua es entonces un tiempo de alegría y de esperanza. Si en la cuaresma contemplamos, pasmados, la dureza, la ceguera y la crueldad del corazón humano, en la Pascua rememoramos el triunfo del Dios-Hombre sobre todas esas debilidades. Tenemos la certeza de que Jesucristo se levantó de la tumba, la seguridad de que, con su gracia, nosotros nos levantaremos de nuestros pecados y de que la Iglesia resurgirá de sus errores. Lo dice muy bellamente Chesterton: “El cristianismo ha muerto en muchas ocasiones y ha resurgido de nuevo; porque tiene un Dios que conoce el camino para salir del sepulcro.”

En efecto, quizá, más allá de nuestras faltas, pueda desalentarnos la situación dolorosa de la Iglesia. Como exclamaba san Josemaría: “¡me duele la Iglesia!” En la Pascua tenemos la certeza de que efectivamente hay una Pasión y una Muerte, pero la última palabra del cristianismo es la Resurrección. Conviene comprobar si hemos interiorizado esa verdad de fe. Si somos cristianos de cuaresma permanente o si hemos sido capaces de dar un paso adelante y contemplar la vida y la historia de la Iglesia desde la Resurrección de Jesús.

La resurrección de Cristo.
Óleo Alonso López de Herrera.

No se precisan grandes disquisiciones para descubrir cuál es nuestra perspectiva de la vida y de la fe. Hace poco un buen amigo me hacía notar: “Salvador, te hace falta sonreír más”. Era una sencilla corrección fraterna, que me enfrentaba a la realidad: parezco viudo sin serlo. Y es cierto, a veces nos hace falta sonreír más, la sonrisa se apoya teológicamente en la Resurrección de Jesús, en el triunfo de la vida sobre la muerte, en el triunfo del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad, que rememoramos litúrgicamente durante la Vigilia Pascual.

Por eso el tiempo de Pascua: 50 días hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, nos ayuda a entrenarnos en este sentido: debo sonreír; pero no con una sonrisa estudiada de empleado de McDonalds, o de edecán de evento, sino la sonrisa sincera y sencilla, que brota como agua del manantial de un corazón alegre que, si ha estado enfermo, ahora se sabe curado por Cristo. El tiempo de Pascua nos ofrece la oportunidad de purificar nuestro corazón, para que de él pueda salir esa sonrisa sincera, que purifique el ambiente y anime a los demás.

De modo que, a desterrar la amargura del alma, y a tener una visión más positiva y esperanzada de la vida. Lo cual no es incompatible con tener los ojos bien abiertos, y darnos cuenta de que en el mundo sigue habiendo guerra y corrupción. Siguen existiendo los dolorosísimos abortos, eutanasias, vientres de alquiler. No hemos ganado la batalla, todavía. Pero Jesús sí y de modo definitivo al abandonar el Sepulcro; entonces hacemos un esfuerzo para ser más contemplativos, para mirarlo a Él, hacia arriba, y no deprimirnos con las incomodidades del camino, o las dificultades aún no superadas.

Por eso la Pascua no es más sencilla que la Cuaresma. En la cuaresma buscamos purificar el corazón, en la pascua se ven los resultados: si realmente logramos sacar todo el vinagre que lo embarga, para poner la miel que Dios quiere otorgarnos, y esa, compartirla con los demás. Tenemos un mundo muy herido, hace falta inyectarle la alegría de la fe, pero para eso, primero debemos tenerla en el corazón. Y en ocasiones no es fácil, por eso el “challenge de la sonrisa” no es inmediato, dura todo el tiempo de Pascua, para que la efusión del Espíritu Santo nos dé como fruto el gozo y la paz.

La alegría de la Pascua

Semana Santa Mística

Por Salvador Fabre

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¿Cómo vive un contemplativo la Semana Santa? Seguro que con una intensidad fuera de lo común. Pero pienso que esta posibilidad no es restrictiva de los religiosos contemplativos, sino que podríamos hablar de una llamada universal a la contemplación, o llamada universal a la mística. Todo bautizado cuenta con la gracia, la ayuda de Dios, para ser “contemporáneo de Jesucristo”, en expresión del Cardenal Ratzinger. En eso estriba la vertiente mística o sobrenatural: en romper las barreras del espacio-tiempo y ser también nosotros protagonistas, presentes espiritualmente, en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Me sirve de guía o de inspiración quien fuera profeta de la “llamada universal a la santidad”, san Josemaría Escrivá. Siempre me han dejado pensando algunos pequeños gestos de su biografía que revelan una forma inusual de vivir la fe. Él mismo lo decía, había que “meterse en el evangelio como un personaje más” y señalaba que probablemente nuestro problema estribaba en que, “quizá es que tú y yo presenciamos las escenas, pero no las «vivimos»”

Ahora bien, esto, en su vida, no eran unas “palabras piadosas, sino una realidad.” Por ejemplo, cuando estaba en Brasil, en 1974 se le veía serio, – “¿qué le pasa Padre?” – “es que no sé cómo meter a san José en la Pasión de Jesús.” A los pocos días cambió su semblante, había descubierto la respuesta: “yo hago sus veces.” En ese mismo viaje, en Chile, Perú y Ecuador se alegró mucho por las piadosas pinturas que se fue encontrando, donde, por ejemplo, san José acompañaba a la Virgen en su visita a su prima santa Isabel, como a él le gustaba imaginar que sucedió. El detalle es que ver plasmada en la piedad popular las consideraciones de su oración, le llenaba de alegría.

San Josemaría Escrivá de Balaguer
Fuente: Prelatura del Opus Dei, España.

¿A dónde voy con estas anécdotas? A intentar describir lo que consiste en ser un contemplativo. Un contemplativo es alguien que está de lleno presente en nuestro mundo, pero que tiene una vida paralela, una especie de “second life” espiritual, que le llena de contento, capta su interés y su atención, le supone desafíos y, en último término, le sostiene en su vida externa, común a la del resto de los mortales. El tema es que esa vida, la vida contemplativa, no es como el complemento, sino, por el contrario, constituye el plato fuerte de su existencia.

¿Podríamos plantearnos vivir así la semana santa? Ciertamente, la llamada a la contemplación es universal, pero no se improvisa, no se simula, no se actúa, no es una farsa, es la realidad. Quizá vemos que estamos a años luz de esa meta, pero ello no impide que hagamos nuestros pininos, que demos nuestros primeros pasos. ¿Cuál sería el camino más directo para conseguirlo? Vivir muy bien la liturgia en la Semana Santa. No asistir de manera rutinaria o cansina, sino con hambre, con avidez, con deseos de empaparnos de sus textos, oraciones y aclamaciones. Introducirnos, a través de ella, en los sentimientos que embargaban el Corazón de Jesús en estos momentos, verdaderamente centrales, para la historia de la humanidad.

En este sentido, es una maravilla que, con la fe, podemos, si queremos, “revivir” en nuestro interior los sentimientos de Jesús en su Pasión, la alegría de su Madre en la Resurrección, así como su dolor en la Muerte de Jesús. Que realmente nuestro corazón pase por todas esas etapas, verdadera “montaña rusa” de la afectividad espiritual. Y así, con esa fe, alimentar la esperanza de que esa contemplación sea cada día más auténtica, más profunda, más real, de manera que, finalmente vayamos creciendo, al compás de la Semana Santa, en el amor a Dios.

Sólo resta decir que esta vivencia espiritual, para ser auténtica, se materializa en nuestros gestos, actitudes, comportamientos durante la Semana Santa. Todos ellos deben ser coherentes con la presencia de Jesús en nuestro corazón y de alguna forma vienen a confirmarla. No es la contemplación un ejercicio de encerrarse en el cuarto, agarrar las Sagradas Escrituras y meditar, sino el vivir nuestra vida cotidiana, pero con la mirada y el corazón en la Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Vale la pena plantearnos este reto, “challenge” como se les dice ahora, de ser contemplativos, místicos, en la Semana Santa y siempre.

Primera estación: Jesús es condenado a muerte por Pilato

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Por Santiago Bravo

Jesús salió a ver al pueblo lleno de azotes, con la corona de espinas y el manto que le habían puesto como burla. El pueblo pidió su muerte y Pilato se lavó las manos.

¡Aquí está el Hombre!
Cuando la televisión y las redes sociales nos enseñan diferentes tipos de personas exitosas, Dios nos enseña la humildad de su hijo, lastimado, entregado a los hombres y confiado en el amor de Dios. Este es el hombre, el que se entrega con amor, el que confía en Dios, el que no amenaza.
Oh Jesús enséñanos a seguir tu ejemplo en medio de este mundo, a ser fieles como tú, a darnos con amor, a colocarnos en las manos del Padre y a esperar, como tú, que el amor tenga la última palabra delante de la violencia.

Primera estación: Jesús es condenado a muerte

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Por Andrea Fajardo

“Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.”

Mt. 27, 22-23.26

Muchas veces actuamos por miedo al “qué dirán” y nos dejamos llevar por lo que la mayoría cree. Somos débiles; a fin de cuentas somos hombres y dentro de nuestra humanidad está la vulnerabilidad. Lo mismo ocurrió a Pilato, que no fue lo suficientemente fuerte para oponerse a la mayoría y hacer lo que consideraba correcto. ¿Cuántas veces nos ha sucedido?

Volvamos en el tiempo y pensemos que nos encontramos entre la turba. ¿Qué gritaríamos? Muy probablemente llevados por el éxtasis de la masa gritaríamos “crucifícalo”. Una canción de Jesús Adrián Romero (Si hubiera estado allí) plantea esta misma pregunta. Aún sin que pidamos a gritos su crucifixión, Jesús, acepta la condena y la muerte por nosotros. Porque desde la eternidad ya nos había pensado y amado. 

Pidamos a Jesús la fuerza para ir contracorriente, la fuerza para no sacrificar, en aras de la aceptación y de la opinión pública, lo más santo. Oremos por la fuerza que se manifiesta en nuestra debilidad y que sólo puede provenir de aquel que padeció la injusticia de ser más odiado que un ladrón y una condena de muerte inmerecida. Oremos por no sentirnos nunca completamente buenos; para que no demos por sentado que en ese momento nosotros no gritaríamos “crucifícalo”. 

La alegría de la Pascua

Tercera estación: Jesús cae por primera vez

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Por Araceli Cruz Martín del Campo

“Por eso acepto con gusto lo que me toca sufrir por Cristo: enfermedades, humillaciones, necesidades, persecuciones y angustias. Pues si me siento débil, entonces es cuando soy fuerte.”

2 Co. 12, 10.

Empieza el camino del Calvario y Jesús, después de haber tenido un sufrimiento espiritual capaz de hacerlo sudar sangre, de pasar una noche entera sin dormir, ni comer, ni beber y de haber recibido una espantosa flagelación, es atado al madero transversal de la cruz.

Con este leño de cerca de 50 kilos a sus espaldas y con los brazos sujetos a él, es obligado a caminar descalzo por un terreno cubierto de piedras desiguales. No es de extrañar que pronto tropiece y caiga sin poder meter las manos, golpeándose fuertemente las rodillas y la cabeza.

¡Qué situación!: el Hijo de Dios humillado delante de todo el pueblo que lo había visto hacer milagros y hablar como nadie antes lo había hecho.
Él sufrió ese gran dolor y todo el que vendría después voluntariamente, con paciencia y amor. Lo hizo para salvarme.

Cuando yo sufro una caída, resulta fácil auto compadecerme y negarme a seguir adelante. Cristo me enseña a salir de mí, a dar sentido a lo que me toca vivir, aunque sea doloroso y a ofrecerlo al Padre por los demás.
Señor Jesús, dame fuerzas para levantarme cada vez que las piedras de mi camino me hagan tropezar y caer. 

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Jesús Nazareno de la Caída, Iglesia de San Bartolomé Becerra. La Antigua, Guatemala. Escultor: Pedro de Mendoza 1640.
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