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Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

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Con el paso de las estaciones nos damos cuenta del avance de la vida. La temporalidad cambia de colores: los árboles cambian del verde al amarillo hasta perder el follaje; las mandarinas que encontramos en otoño se cambian por las fresas y cerezas del verano; los vestidos ligeros y coloridos de algodón dan paso a los abrigos pesados y obscuros. 

La vida, dividida en cuatro temporadas, nos enseña a lidiar con los constantes cambios. Simbólicamente representamos la primavera con la infancia, el verano con la juventud, el otoño con la madurez y el invierno con la vejez. Las plantas, los animales y los hombres pasan por un ciclo, claramente hay un comienzo y un final; sin embargo no creo que podamos decir con tanta simpleza que la vejez es invernal y la infancia es primaveral. Me parece que somos seres estacionales, a veces nos sentimos más veraniegos, otras veces primaverales y otoñales. A veces una estación puede durarnos años y otras meses. En ocasiones pensamos que un amigo es más solar, siempre sonriente y viste con colores brillantes; y otras veces encontramos una ciudad, como Berlín, casi siempre vestida de negro, como un eterno otoño-invierno. Así que lejos de asociar el invierno con la decrepitud, simplemente hay que observar que así como la tierra necesita de una helada para preparar de nuevo el florecimiento de las flores; del mismo modo nosotros debemos pasar por altos y bajos. 

Colaboración para el Berliner Planze Kalender 2022
Ilustración: La Météo

Nuestros recuerdos también se mueven dentro de esta temporalidad, recordamos la cerveza que tomamos con una amiga en el parque para aprovechar los primeros días soleados de primavera; un verano en la costa; alguna caminata con amigos mientras pisamos las hojas otoñales; la última Navidad de alguien. Y la vida se nos representa con este ciclo que va y viene. Las estaciones son el reloj del mundo.

La Météo, en francés, significa el tiempo o el clima. En palabras más técnicas, la meteorología estudia los fenómenos climáticos y atmosféricos para pronosticar el tiempo o el clima de un lugar específico. Precisamente esto hace Domitille Cure, con su marca de ilustraciones La Météo. Domitille estudia las estaciones, los colores, temperaturas, predice y graba la temporalidad en sus impresiones. 

Podría parecer banal, pero una decoración adecuada puede ayudarte a sentirte en casa. En mi caso, después del caos de la mudanza, me encontré con las paredes desnudas y su palidez me pedía a gritos un poco de color. Diariamente tenemos que lidiar con lo que colgamos en las paredes, así que la imagen que verás mientras bebes tu café diario tiene que encantarte. 

Imagiers La Météo.

Jamás he entendido a los coleccionistas de arte que compran una obra por estatus. Se debería comprar por la estética que te transmite. Como en el caso del famoso falsificador-pintor Wolfgang Beltracchi, quien tiene la habilidad de copiar el estilo de varios pintores y sus copias eran tan fabulosas que cualquiera podía jurar que se trataba de una obra perdida de algún pintor importante. Cuando lo descubrieron, siguió pintando con los diversos estilos que podía imitar, pero firmaba con su nombre. Pues la falsificación se produce solamente hasta que se firma con otro nombre. Sin embargo algunos de los que compraron sus obras, decidieron que perdieron valor, porque compraban una firma y un estatus, no una pintura que les gustara y evocara algo. Pero no es mi intención escribir un texto sobre estética. Quedémonos con una idea: que te guste y disfrutes lo que miras en tu casa.

Era finales de otoño cuando coincidí con Domitille Cure en una clase de alemán. Cuando llegó el invierno con sus mercadillos navideños compré mis primeras ilustraciones: unos limones (citrons) y un gato (chat). Cada vez que entro a la cocina, lo primero que veo son sus colores vivaces que me recuerdan el verano y tierras soleadas lejanas de Berlín. 

Domitille es una artista francesa que estudió diseño en la Universidad de Glasgow y vive en Berlín, una ciudad en la que confluyen artistas internacionales y que cuenta con una gran variedad cultural. Desde hace tres años Domitille, junto con la artista sueca Maja Björk –quien ilustra imágenes de la vida y la cotidianeidad– participan en un mercado de arte. La pandemia cerró por mucho tiempo los lugares públicos y aunque los mercados son al aire libre, la vida cultural berlinesa está regresando lentamente desde el verano pasado; esto dio pie a que los ilustradores pasaran de las exhibiciones al Etsy, que tiene la ventaja de llegar a cualquier ciudad. Las impresiones de Domitille han llegado a México, Corea y varios países de Europa. 

Platón consideraba que el artista era un entusiasmado, con un dios dentro (en-theos) y que su obrar era inspirado. En ocasiones se piensa que la inspiración es un impulso irracional que aparece sorpresivamente, pero me parece que la inspiración, aunque puede llegar a cualquier hora, también requiere del ejercicio constante. En palabras de Picasso: “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Para comprender un poco mejor el trabajo, el esfuerzo y la inspiración de las ilustraciones que adornan mis paredes conversé con Domitille.

Retrato de Domitille Cure por Maja Björk.

Muchas gracias por tomarte el tiempo para esta entrevista, creo que a muchos que conocen tu trabajo les da también curiosidad conocer un poco más a la ilustradora. Elegir una ilustración para decorar tu hogar u oficina es algo íntimo y se produce un vínculo, una relación entre el ilustrador, la imagen y quien la mira. De cierta forma, miramos el mundo a través de tus ojos. Y quisiera que me hablaras un poco sobre ese mundo. Por lo regular tus ilustraciones no son composiciones, sino que son imágenes precisas: tomates, mariposas, flores, animales. ¿Por qué dibujas lo que dibujas? Y ¿qué significan para ti tus ilustraciones? ¿Qué buscas transmitir?

Gracias por tan bello retrato de la esencia de mi mundo. Como bien dices, mi marca, La Météo, se inspira en las estaciones del año, en Francia, en la botánica y sobre todo en la idea de la temporalidad: tomo un elemento efímero de una estación y lo inmortalizo en otra. En los años 90, en Francia teníamos estos carteles inspirados en imagiers, que es un libro de imágenes, con animales o dibujos botánicos que se utilizaban a menudo como decoración de la cocina. Las imágenes se clasifican por temas y tienen su nombre asociado debajo. Es un concepto bastante simple, pero me gustó la idea de reapropiarme de él con mi propia estética y también de perpetuar la idea de un arte popular accesible para todos.

Para mi tus ilustraciones muestran pequeños detalles y escenas de la vida; como una invitación a poner atención a lo cotidiano y aprender a apreciarlo. Quisiera saber un poco más sobre tu proceso creativo, ¿cómo pasas de la observación a la ilustración?

¡Eso es exactamente! Mis dibujos pretenden realzar las cosas cotidianas que pueden parecer banales o que a veces nos olvidamos de mirar, dándoles una nueva mirada o un nuevo color, literalmente. Me gusta pensar que con la elección de paletas brillantes, mis ilustraciones pueden tener el efecto de las vitaminas en invierno, aunque claro, que también a veces son un poco nostálgicas. 
Mi proceso creativo se basa en mis exploraciones en la naturaleza, viajes, libros iconográficos como los de Taschen, imaginarios botánicos clásicos o las películas de la Nouvelle Vague. Me empapo de lo que veo y trato de inmortalizarlo en un boceto, un collage o un juego de colores. A veces mis imágenes son sencillas e iconográficas, como la serie botánica inspirada en los imagiers, otras veces intento expresar un momento concreto, como la escena del desayuno inspirada en la película Le Rayon VertEl rayo verde– que me recuerda los veranos vividos en Francia y evoca la nostalgia de un momento pasado. 

Cuatro postales de paisajes. La Météo.

No me parece una coincidencia tu nombre artístico, La Météo, en relación con tus ilustraciones. Creo que las estaciones influyen en tu proceso creativo. ¿Cómo comenzaste con este proyecto? 

Absolutamente, quería expresar algo cambiante como una estación, pero expresarlo en relación con nuestras emociones y como una metáfora de nuestra espiritualidad. La Météo no trata sólo del tiempo y las estaciones, sino también del paso del tiempo y de los pequeños y sencillos momentos que forman parte de nuestras vidas. En el otoño de 2019 creé La Météo, justo cuando nos conocimos. Había empezado a trabajar en una serie de collages y quería encontrar la forma de imprimirlos. En esa época descubrí la risografía y empecé a imprimir mis ilustraciones en Drucken3000, una imprenta berlinesa especializada en este proceso. Y así comencé a imprimir con ésta técnica, en la que era necesario limitar la elección de colores, pero mantener los atrevidos contrastes de mis collages iniciales.

En cuestiones un poco más técnicas, el papel debe tener cierta porosidad para que el color se vea tan vivaz. ¿Podrías describir brevemente y de forma sencilla el proceso técnico de la impresión? O ¿cómo trabajas en tu taller? 

Por supuesto. Utilizo dos procesos de impresión para mis grabados: la risografía y la serigrafía. Me gustan ambas técnicas por diferentes razones. La risografía por la textura granulada que da la tinta. La tinta es más transparente que la serigrafía y cuando las tintas se superponen, se pueden crear increíbles combinaciones de colores. Con  solamente tres colores básicos se pueden crear varios de tonos diferentes. Y la serigrafía me gusta por los colores vivos y el aspecto casi pintado de la impresión final. Con esta técnica puedo crear contrastes ricos e interesantes. Me fascina el proceso de mezclar cada color antes de la impresión, es una parte realmente importante de mi trabajo porque definirá todo el ambiente de la ilustración final. Finalmente imprimo personalmente las serigrafías en el estudio que comparto con otros artistas en el barrio de Wedding y las risografías en Rosenthaler Platz. Todo mi trabajo se crea e imprime en Berlín, aunque con mi toque personal francés.

Domitille en el taller de impresión.

Quisiera abordar cuestiones más personales con dos preguntas muy concretas. ¿Dibujabas desde pequeña? Y ¿cuál fue la reacción de tu familia cuando decidiste ser ilustradora? 

Sí, siempre me ha gustado dibujar y desde pequeña he sido creativa. Creo que encaja con mi personalidad soñadora y a veces me ayuda a expresarme sin necesidad de utilizar palabras. En el instituto, descubrí el movimiento fauvista, artistas como Gauguin y Matisse que pintaron mujeres y paisajes con colores vivos. El color aportaba mucha emoción a las obras, al tiempo que hablaba de viajes y descubrimientos. Esto me llamó la atención e inspiró mi forma de dibujar o pintar con el color. Más tarde, cuando tenía 20 años, viví una temporada en el sur de Francia siguiendo los pasos de los fauvistas, descubrí la Provence, cuyas paletas han inspirado mi trabajo en los últimos años. 
Sobre tu segunda pregunta, diría que no hubo realmente ese momento teatral –que te puedes imaginar en las películas– en el que anuncié: “mamá, papá, voy a ser ilustradora” (risas). No, fue más bien algo que se estableció orgánica y lógicamente con el tiempo. Mis padres no siempre entendieron a dónde iba y por qué, pero siempre me apoyaron en mis decisiones de ir a vivir al extranjero o de estudiar arte en la Escuela de Arte de Glasgow.

Todos tenemos algún libro, canción o pintura que nos ha influido en nuestra percepción de la vida. ¿Quién o qué ha sido tu mayor influencia?

Creo que la inspiración evoluciona y cambia a medida que conocemos gente nueva y descubrimos cosas nuevas, y esto es lo que principalmente construye y enriquece nuestra identidad creativa. Si tuviera que definir una obra que haya inspirado mi trabajo de forma continua durante años, creo que es el movimiento cinematográfico de la Nouvelle Vague de los años 60, en particular las películas de Eric Rohmer. Me parece que este director domina el arte de la sencillez a la perfección. De hecho, todas sus películas se hacen sin guiones. Representa una Francia del pasado, un poco ingenua y llena de ligereza en una atmósfera muy rica en colores, típica de la estética de este movimiento cinematográfico.

Domitille Cure en Design-Market:
imagiers y Le Rayon Vert. La Météo.

Quizá sea difícil decidir cuál es tu ilustración favorita. Pero ¿cuál es la ilustración más vendida y por qué crees que eligen más esa? 

Me gusta mucho la ilustración del desayuno inspirada en la película Le Rayon Vert de Eric Rohmer. Es la que me resulta más íntima y la que, en definitiva, más evoca esta idea de estacionalidad. Para mi, esta imagen, es mi magdalena (madeleine) de Proust de mis veranos en Francia. Desayunar al aire libre, bajo el sol, leyendo el periódico mientras bebo un café en una taza grande. Es curioso porque otros franceses me han dicho que también les recuerda a eso y me alegro de haber conseguido captar ese fugaz momento.

Muchas veces en las entrevistas de trabajo preguntan: “¿dónde te ves en cinco años?” Esa pregunta siempre me ha parecido difícil de responder, porque en lo personal me cuesta planificar o tener un esquema de la vida. Por el contrario, creo que la vida muchas veces acontece como menos lo esperábamos. Así que me parece un poco injusto preguntarte sobre el futuro y que adivinemos sobre el porvenir. Aunque sí quisiera saber un poco sobre tus planes… no sobre las ilustraciones de los siguientes años, pero al menos si ya tienes una idea de la próxima. Y si te gustaría ilustrar en otros materiales, por ejemplo bolsas de algodón, playeras, cuadernos o libros.

Esa es una buena pregunta. Me interesa mucho seguir trabajando en ilustraciones inspiradas en películas y también quisiera recopilar todos mis dibujos botánicos en un libro infantil. Más allá de las ilustraciones en papel, me encantaría ofrecer artículos de papelería o de moda, como, por ejemplo, unos bonitos calcetines afrutados. Estoy impaciente por seguir desarrollando y perfeccionando este proyecto tan querido para mí.

Auto-retrato.

Si quieres conocer más sobre el trabajo de Domitille Cure o conseguir alguna de sus ilustraciones puedes visitar el Instagram de La Météo o su tienda de Etsy.

Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

Quemar las naves: el camino hacia la muerte

Una de las pocas certezas de esta vida es que moriremos. Inevitablemente y a pesar de todo, nuestros cuerpos se dirigen día con día hacia la muerte. Somos conscientes hasta cierto punto de nuestra finitud.

En algunas culturas la muerte está más presente que en otras. No sólo por la violencia que se nos presenta en las noticias. Pero las muertes son más que una estadística, cada número corresponde a un nombre y a una historia.

Sulawesi, Indonesia
Cuernos de búfalos, ritual mortuorio en Indonesia.
Foto: Steffen Kadow

La tradición cristiana –en todo el mundo- recuerda a los difuntos el 2 de noviembre; en México se celebra como en ningún otro lugar el Día de muertos e incluso en el pequeño pueblo de Toraja en Indonesia tienen una concepción de la muerte muy particular. Cada año, en agosto, exhuman los cuerpos momificados, les cambian las vestiduras y se fotografían con ellos. Este ritual –Ma`Nene– es llamado “cuidar a los antepasados”. Para ellos la muerte es un proceso largo; cuando alguien muere no se entierra inmediatamente, sino que se coloca un poco de formol al cadáver y permanece el tiempo que la familia decida –a veces casi un año- como un habitante más de la casa y como si solamente estuviera descansando, los visitantes, le llevan comida y cigarrillos. Una vez que están listos para realizar los funerales, sacrifican un gran número de cerdos y búfalos para que el difunto pueda llegar al más allá.

En algunos sitios es más fácil ser consciente de que la vida es efímera. Sin obsesionarnos con los aspectos tétricos de la muerte, podemos reflexionar y meditar sobre un suceso al que nos enfrentamos cada día en nuestra propia carne y con aquellos que nos rodean. La meditatio mortis no tiene desperdicio, nos prepara para afrontar la muerte.

Sin embargo, desde hace algunos años vivimos como si la muerte no existiera. El “comamos y bebamos que mañana moriremos” (Is. 22:13) ha devenido en un hedonismo desbordado que rinde culto al cuerpo y la personalidad. Hay que matizar: no a todo cuerpo, sino a aquellos cuerpos fuertes, sanos, jóvenes y bellos. De pronto ya no es gozar porque mañana moriremos, sino que eliminamos la última parte, jugando a ser inmortales. 

El fenómeno de ocultar la muerte lo observamos cotidianamente: en los empaques de huevo, leche y carne nos presentan animales en prados, sin sufrimiento y –por qué no- alegres, pretendiendo encubrir con una etiqueta el hecho de que en el contenedor de plástico yace un cadáver al que le inyectaron antibióticos y que no sólo padeció una muerte (sino también una corta vida) masificada, que ha sido procesado hasta perder su forma original. Consumimos alimentos procesados y amorfos y pensamos que no hay nada más sencillo que comprar un congelado. Mientras que nuestras abuelas despellejaban un pollo, nosotros abrimos una caja de plástico con nuggets y sólo sabemos que es pollo por la etiqueta. 

Empaque de pollo
Foto: AF
Pollo
Foto: AF

Paradójicamente vivimos en la era del plástico: todo se desecha y se descarta fácilmente. Aquello que causa dolor, que no es bello y no produce placer instantáneo es mejor tirarlo. La muerte nos resulta insoportable, no queremos verla y tampoco al sufrimiento. Cerramos los ojos ante lo evidente: nuestra fragilidad y temporalidad. Ocultamos lo que no queremos ver deslizando el dedo en una pantalla. Como si en la vida todo fuera un cuerpo joven y bello, ignorando la realidad de la decadencia.

Y es que la muerte es tan insoportable que queremos darle cierta liviandad y ocultamos el dolor con un poco de humor en el café llorón –funeral- mientras buscamos darle un sentido y finalidad. 

No basta la negación de la muerte para vencerla, si acaso fuera posible vencer lo invencible. Existe una industria millonaria que lucra con la pérdida y se adapta a todo presupuesto: el negocio de las funerarias, ataúdes personalizados, urnas, lápidas, mausoleos, nichos, velas, flores, embalsamamiento, inhumación o cremación. Una industria que innova y negocia no sólo con la muerte sino también con nuevas ideas de preservación. Con el ánimo de lograr lo imposible, para distraernos aún más de la muerte y por ridículo que parezca, la industria de la muerte, nos brinda nuevas alternativas. Como si no fuera suficiente despedirnos ante un féretro del cuerpo de nuestro ser querido -que luce como un durmiente irreal bien arreglado- en su última aparición pública.

Como si con morir no fuera suficiente, se intenta añadir una finalidad, pero no pasa de lo corporal, y que afirma de cierta manera que hay que sacar provecho absoluto de nuestra materialidad. No solo de nuestro bolsillo –a fin de cuentas lo que acumulemos aquí se queda- sino también de nuestro cuerpo. La industria de la muerte nos sugiere opciones que van de lo convencional a lo extravagante. Aparentemente ser enterrado o incinerado ya pasó de moda. Del nicho en una cripta o una lápida en el camposanto predilecto pasamos a la opción eco-friendly donde nuestro cuerpo se abrirá paso en una maceta para convertirse en un árbol o colocar hongos específicos que faciliten la descomposición del cuerpo y evite que toxinas contaminen la tierra. 

Criogenización
Collage: Mariana Barry

También existen opciones para los amantes de las joyas ¿por qué no aprovechar al abuelo y convertirlo en un diamante so pretexto de cargarlo siempre contigo? Otra extravagancia sería enviar el cuerpo al espacio, porque no hay suficientes satélites obsoletos gravitando por ahí. Incluso si tienes el dinero suficiente podrías pagar por la promesa de inmortalidad. No me refiero a la piedra filosofal o a la salvación del alma, sino a la criogenización: la última esperanza para aferrarse a la vida.

La vejez, las enfermedades, los accidentes y un sin fin de sucesos pueden quitarnos la vida. ¿Qué pasaría si nos prometen, sin decir cuándo y sin garantizar que así ocurra, que podemos volver a vivir? Un grupo de médicos llegaría a tiempo –una vez que muriéramos- para congelar nuestra sangre y órganos con la esperanza de que cuando descubran una cura para nuestra enfermedad –o vejez- nos despertarán del frío sueño de la muerte para curarnos. En ocasiones sólo se preservará la cabeza, un poco menos costoso, que eventualmente será colocada quizá en un cuerpo robótico, aumentando la vida hasta que los engranajes se desgasten y sean reemplazados. Claro está que no hay garantías, hasta la fecha nadie ha sido descongelado y aunque lo hubiera sido ¿el cuerpo sería la misma persona? ¿Los recuerdos y personalidad que configuran a una persona específica se mantienen orgánicamente? A pesar de los muchos interrogantes éticos, prácticos y fácticos la criogenización no es ciencia ficción.

¿Acaso funcionan estas argucias para evitar la muerte? La muerte sigue ahí, pero buscamos engañarnos con una falsa vida y finalidad puramente materialista. “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?” (1 Cor. 15: 55) Ciertamente no en las promesas e intentos de alargar la vida. La industria de la muerte nos ha hecho olvidar el sentido de la muerte y ocultar su crudeza con baratijas brillantes.

No debemos ocultar la muerte como si se tratara de algo antinatural, es tiempo de eliminar los distractores de la muerte verdadera y replantearnos el verdadero significado de la ausencia, el sufrimiento y la muerte. Hemos cerrado los ojos demasiado tiempo, es necesario volver a tomar consciencia de nuestra fragilidad y que no merece la pena intentar borrar el paso del tiempo en nuestras vidas. Ser conscientes de nuestra temporalidad nos permite reconciliarnos con nuestra propia existencia y prepararnos para la muerte; para afrontarla con esperanza. No hay vuelta atrás, moriremos y hay que aceptarlo, las naves están quemadas.

MDNMDN