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Libertad religiosa en Nicaragua

Libertad religiosa en Nicaragua

Por Salvador Fabre

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Mientras que la ONU publica en Ginebra un informe sobre “libertad religiosa” que paradójicamente invita a restringir la libertad religiosa en favor de las exigencias del colectivo LGTBIQ+, en América tenemos un caso patente de abierta persecución religiosa. Se trata de Nicaragua, donde el régimen sandinista de Daniel Ortega condenó en febrero pasado a más de 26 años de cárcel al obispo Rolando Álvarez Lagos, quien no pudo defenderse de las acusaciones que le imputaba el gobierno (es decir, una condena sin juicio justo, de acuerdo a la ley).

La condena responde al intento del gobierno nicaragüense para deshacerse de una voz crítica del régimen de Daniel Ortega. Prueba de ello es que por lo menos en dos ocasiones el presidente ha intentado quitárselo de encima, desterrándolo de Nicaragua. En ambas ocasiones -a pesar de caer sobre él una terrible condena injusta- el obispo se ha negado y ha exigido su inmediata liberación, debido a que no ha cometido ningún crimen. La primera vez fue en marzo pasado, cuando rehusó marcharse a los Estados Unidos junto con 222 excarcelados políticos. Como castigo ante tal actitud fue puesto en una celda de aislamiento (sin contacto con nadie). Recientemente el Vaticano intentó hacer negociaciones con el régimen sandinista, para obtener su libertad. Nuevamente Monseñor Álvarez Lagos rechazó tal propuesta; no acepta ser desterrado de su país porque no ha hecho nada malo.

La actitud del obispo es una prueba viviente de la fuerza de la fe, que permite a quien la cultiva plantarle cara a la prepotencia del poder injusto. Es una maravillosa manifestación de la libertad interior que se consigue cuando uno en verdad vive de fe. Es una prueba palpable de cómo la fe se opone a la tiranía y a la opresión de un pueblo, configurándose así como un potente motor espiritual, capaz de hacer temblar a los políticos con apego desordenado al poder. La fe se configura así como un importante agente social y político, una especie de criba, que ayuda a discernir al pueblo el oro de la paja, la justicia de la prepotencia en el manejo del poder.

Obispo Rolando Álvarez.

La valiente actitud del obispo Rolando Álvarez lo inscribe en la gloriosa y sufrida lista de los “confesores de la fe”, es decir, testigos de la fe, que no son mártires -por lo menos todavía-, pero que han sufrido duras vejaciones a causa de sus creencias. Podemos intentar imaginarnos lo duro que es permanecer meses encerrado e incomunicado y, cuando te dan la oportunidad de huir, rechazarla, para seguir dando testimonio de la injusticia de tu gobierno y de la persecución de la Iglesia que está realizando sistemáticamente.

En efecto, Álvarez Lagos no quiere irse sólo de la cárcel. Pide que se excarcelen también a todos los sacerdotes que injustamente sufren prisión. Pide al gobierno que descongele las cuentas de las diócesis y de las parroquias, lo que ha dejado a la iglesia nicaragüense sin medios económicos. Es decir, como buen capitán, es el último en abandonar el barco, consciente de que su injusta presencia en prisión descalifica la legitimidad del régimen sandinista. Incluso la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha exigido su liberación inmediata, el presidente de Brasil -país con gobierno socialista- ha intentado interceder por él. Pero el obispo tiene muy claro que su gesto es profético, y que es lo que Dios le pide. Abandonará la prisión si es liberado por el gobierno y se cumplen sus peticiones de terminar la persecución religiosa en su país, o sólo que el Papa se lo pida expresamente, como un acto de obediencia a la cabeza de la Iglesia.

No dejan de ser hacer pensar, de interpelar a nuestra fe, quizá solamente cultural, excesivamente cómoda o aburguesada, las afirmaciones hechas por Monseñor Álvarez Lagos y que agradecemos a Monseñor José Ignacio Munilla haberlas subido a su cuenta de Twitter: “Prefiero estar abajo pudiendo estar arriba, que estar arriba debiendo estar abajo.” “Cuando el tirano nos ofrece la libertad gratuitamente, es señal inequívoca de que el precio es la traición a nuestra conciencia.” “El precio de la esperanza del cristiano es el martirio.” A uno no le queda más que reconocer el vigor interior, la fuerza del espíritu de un hombre, que es capaz de hacer frente a un tirano, para defender sus creencias y las de sus compatriotas. El obispo Rolando Álvarez Lagos es una prueba viviente de cómo el espíritu humano es más fuerte que la prepotencia del poder absoluto, y de cómo este espíritu puede intervenir y modificar la historia y la política.

Libertad religiosa en Nicaragua

Opinión de una civil: Los rusos no queremos la guerra, pero tenemos que sufrir sus consecuencias

Por Ekaterina

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Nota del editor: el siguiente texto no es un artículo de análisis, sino la opinión de una ciudadana rusa. No pretende abarcar las múltiples opiniones al respecto, sino la propia y de otros ciudadanos anónimos que la comparten. Por motivos de seguridad su identidad debe permanecer anónima.


Soy rusa y me gustaría que todo el mundo supiera que muchos en Rusia no apoyamos la guerra en Ucrania, excepto aquellos influenciados por la propaganda. Nuestros corazones sufren por la gente de Ucrania. Muchos rusos tenemos parientes ucranianos y durante mucho tiempo nuestras naciones han sido amigas.

Cuando comenzó la guerra, los rusos nos conmocionamos y empezamos a pedir la paz inmediata. La petición en línea para detener la guerra consiguió un millón de firmas en tan sólo cuatro días. Por desgracia, en este país sólo cuenta la opinión de una persona, pero somos la gente común la que suele sufrir las consecuencias de sus decisiones.

Las personas criadas en sistemas democráticos pueden afirmar que merecemos nuestros sufrimientos porque nosotros mismos hemos elegido a nuestro presidente. Quizá tengan un poco de razón, aunque no hace falta decir, que una dictadura personalista no es el tipo de régimen en el que se pide tu opinión.

Durante muchos años nuestro país ha sido dirigido por un dictador –que en los últimos días ha destruido continuamente nuestra estabilidad política y económica, que él mismo consiguió crear en los primeros años de su mandato– al que nadie se atreve a detener. Se ha rodeado de personas que aprueban inmediatamente todo lo que propone y que tienen miedo de decir una sola palabra contra él. En cuanto a la gente de a pie en Rusia, debo admitir, que a las autoridades no les importamos. Su única misión consiste en ser los lame-botas de Putin.

A estas alturas, parece que las autoridades se han dado cuenta del gran error que es la guerra. Sin embargo, los dictadores nunca admiten sus fracasos. Y como resultado, las autoridades se esfuerzan por suprimir nuestras libertades e impedir que sepamos y hablemos sobre esta terrible guerra. Las personas que intentan participar en protestas públicas son golpeadas y multadas o encarceladas. Desde el 24 de febrero la policía ha detenido a más de 8000 personas en las protestas. Los últimos medios de comunicación independientes fueron cerrados y muchas redes sociales están bloqueadas. Además las autoridades han promulgado una nueva “ley”: cualquiera que intente difundir “falsedades” sobre esta guerra en público puede recibir hasta 15 años de prisión. Por “falsedades” entienden todo el material que no se ajuste a la versión oficial de lo que está ocurriendo. Incluso no se nos permite llamar a esta guerra “guerra”. Dicen que en su lugar deberíamos utilizar el término “operación especial”.

Además de ser oprimidos desde dentro, somos golpeados con sanciones sin precedentes desde el exterior. Muchas empresas internacionales han cerrado sus oficinas en Rusia. El suministro de bienes de consumo y medicamentos de muchos países se ha detenido. Grandes empresas como Apple, IKEA y H&M han cerrado sus tiendas y detenido el comercio en línea. Airbus y Boeing han interrumpido el suministro de piezas de aviones y servicios a las aerolíneas rusas y muchos países occidentales han prohibido el acceso de las compañías aéreas rusas a su espacio aéreo. Como resultado ahora es casi imposible salir del país. Muchos bancos rusos han sido excluidos de SWIFT. El rublo ruso (nuestra moneda) tiene una devaluación récord. Nuestra economía se está derrumbando y la gente está perdiendo sus puestos de trabajo.

Parece que el mundo entero participa en una competencia gigantesca: los participantes se esfuerzan por hacer la vida de la gente de a pie en Rusia lo más insoportable posible. Entiendo que el objetivo de las sanciones sea un intento de detener a Putin. Sin embargo, me gustaría aclarar dos cosas. En primer lugar, la empatía por los sufrimientos de la gente común en Rusia casi nunca ha sido motivo para que las autoridades cambien nada. Me temo que Putin no detendrá esta guerra aunque todos nos muramos de hambre… En segundo lugar, estas sanciones pueden poner a los rusos en contra de Occidente. Hay bastantes personas en Rusia que no apoyan la guerra, pero que al mismo tiempo guardan rencor a Occidente por las sanciones. Nos sentimos abandonados por nuestro propio país y por el resto del mundo.

Así que aquí estamos ahora… El  pobre y amenazado pueblo, rechazado por el mundo entero, bajo el tirano sinvergüenza que está matando a nuestros hermanos y hermanas de Ucrania para satisfacer sus ambiciones imperialistas. Mi única esperanza es que esta pesadilla no pueda durar mucho más tiempo. La situación económica y política en Rusia es peor que nunca. Creo firmemente que esta guerra presagia el colapso de la dictadura en nuestro país. Al cometer este terrible error, Putin, ha acelerado su caída. Este régimen está agonizando y mucha gente pronto lo entenderá. Nuestros antepasados derrocaron al zar en 1917 y creo que nos ha llegado la hora de hacer lo mismo con este régimen.

Libertad religiosa en Nicaragua

Resistencia informática

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Reconocemos que la mensajería instantánea y las redes sociales han perjudicado (al menos parcialmente) nuestras vidas. Nos molesta que las personas prefieran consultar su celular en vez de escuchar la conversación. También advertimos lo mucho que las redes sociales espolean la preocupación por las apariencias, y la manera en que inflan la aprobación social como objeto de deseo. Sin embargo, no parece que haya suficientes razones para prescindir deliberadamente de ellas o de la mensajería instantánea (el número de usuarios lo dice todo). Cosa entendible, porque su uso en verdad trae muchos beneficios y abre muchas posibilidades.

Algunos argumentos en contra de las redes sociales han sido malentendidos. Por ejemplo, al hablar de privacidad, he escuchado a varias personas responder «yo no soy tan importante como para que les interese mi información». Tienen razón en el hecho de que no son tan importantes. Es en serio. Ninguna corporación administradora de redes sociales se preocupa por la individualidad de sus usuarios en tanto que individuos (a menos que se trate de una persona realmente poderosa, como sucedió en el caso de Trump). Pero quienes así responden no tienen razón en que su insignificancia como individuos frente a dichas corporaciones los deslinda de todo riesgo y detrimento. Existe un riesgo político y social que nos compete a todos.

El poder que adquieren corporaciones como Facebook, Google, o Amazon no reside (no principalmente) en el chisme o en la amenaza a nuestras reputaciones, sino en la suma de toda esa información que nosotros les regalamos y, al mismo tiempo, en la suma de nuestra atención (también regalada) disponible para recibir la información que ellas deseen taladrarnos. Además de bombardear con comerciales personalizados, la suma de información permite encontrar tendencias políticas y diseñar propaganda política, lo cual causa una disociación entre lo que realmente sería un buen gobierno y lo que públicamente se dice que sería un buen gobierno.

La sustitución de bienes reales por bienes aparentes es un daño inminente. Los fabricantes y las empresas descuidan la calidad de sus productos al preocuparse por la aprobación de sus consumidores. La mercadotecnia es sofistería y nos deja indefensos ante su persuasión cuando dispone de nuestros datos. En la industria alimenticia y en otras más, como la de herramientas electrónicas, cada vez es más difícil para el usuario inexperto discernir la calidad de los productos, puesto que los procesos de elaboración y la tecnología del funcionamiento son cada vez más complejos y opacos. Si las empresas no tuviesen acceso a las bases de datos de sus posibles consumidores, ignorarían la posible futura aprobación del producto y concentrarían su empeño en la efectiva calidad del producto. Dicha concentración conllevaría prosperidad; quizás, incluso, contrarrestaría en alguna medida la obsolescencia programada.

¿La internet ha traído grandes beneficios para la sociedad?

En cuestiones políticas… tomemos el caso de Facebook. Su concentración de poder ha borrado las fronteras entre lo social y lo político. En 2009 trató de instituir reformas de manera democrática; permitió a sus usuarios votar para determinar sus políticas, pero sólo 0.32 por ciento de los usuarios votaron. En 2012 el proyecto fue abandonado. No obstante, el esquema permanece; la corporación es el gobierno, los usuarios son los gobernados y tiene sentido: la plataforma es el territorio. Es un espacio cerrado. En vez de pagar impuestos, se cultivan datos.

Últimamente Facebook intenta crear un consejo supervisor (busca otra forma de gobierno). El consejo, en caso de ser exitoso, supuestamente tendrá más autoridad que Mark Zuckerberg en cuestiones de libertad de expresión dentro de la plataforma. Sobre todo, para decidir qué publicaciones censurar y cuáles no; cuáles promover y cuáles frenar. Por el momento, las decisiones del consejo no sientan precedente; es decir, cuando la decisión les ha sido delegada, tienen la última palabra respecto de quitar o dejar en línea la publicación en cuestión, pero eso no implica que Facebook deba aplicar el mismo criterio a todas las demás publicaciones. El consejo apenas comienza a tener algunas decisiones, mas sí han intentado en las juntas (hasta ahora sólo han sido intentos) llegar a especificaciones que permitan diseñar algoritmos para regular las publicaciones. Es decir, persiguen un sistema legal. (Sobre el consejo supervisor, léase Inside the Making of Facebook’s Supreme Court”, de Kate Klonick, en The New Yorker, 12 de febrero, 2021.)

Los gobernantes de los distintos países están sujetos a las normas de Facebook en tanto que usuarios. Además, puesto que es una empresa internacional, para los gobiernos de los países es más difícil tomar acciones legales contra ella. Países como Australia, Alemania, Francia y Finlandia están preocupados por la justa remuneración a los periodistas cuyo trabajo se difunde en Facebook. Ha sido muy difícil negociar con la compañía. En Francia, las publicaciones de noticias no muestran imágenes ni textos llamativos. En Australia, Facebook consiguió un acuerdo con el gobierno para negociar directamente con los periodistas, luego de eliminar por completo durante un tiempo el contenido de noticias en el país. En Estados Unidos y en Reino Unido (casos excepcionales), hay una sección especial de noticias en Facebook que promueve suscripciones, aunque no está claro si los periodistas están recibiendo la ganancia debida. (Véase el número del 24 de febrero de 2021 de The Wall Street Journal. En primera plana se lee “Facebook enfrenta más peleas por tarifas, en tanto que concreta un acuerdo con Australia” (la traducción es mía).)

Con gazmoñería, Facebook pregona libertad de expresión, pero sus acciones limitan de un modo apabullante las ganancias de los periodistas. Al mismo tiempo, aprovecha el periodismo para capturar más usuarios y crecer como compañía. A pesar de que potencia la difusión del contenido, debilita las ganancias de los periodistas, sin las cuales ellos no siempre pueden solventar las investigaciones necesarias para sus trabajos. Quizás está de más recordar que sin una prensa libre y robusta, todas las demás libertades carecen de protección.

Haber digitalizado el África subsahariana es otra cosa de la que se jacta Facebook, pero el acceso a la red que proporciona a los africanos de ese lugar se da exclusivamente desde su plataforma. Como consecuencia, no hay distinción para ellos entre internet y Facebook; la compañía regula de manera total el acceso a la información en esa región y, por supuesto, no permite que la información que la desfavorece llegue a los usuarios. (Véase La red del engaño, un ensayo de Esteban Illades, en Nexos, marzo, 2020). Esa es la lógica de Facebook: abusar de la vulnerabilidad y de la debilidad humana disfrazado de altruismo por un mero interés de crecimiento empresarial. No reprocho el interés de crecimiento, sino lo que están dispuestos a pisar.

Ray Bradbury retrata la deshumanización que causa la censura del conocimiento y el diálogo.

La historia sobre cómo Zuckerberg conquistó y pervirtió Instagram es otro ejemplo: cuando en 2012 Facebook compró Instagram, le prometió a Kevin Systrom (uno de sus fundadores y, en esos tiempos, director) independencia operativa. Su promesa resultó ser un fiasco. La ambición de Facebook pudo más que sus palabras (acaparar la mayor cantidad de usuarios durante el mayor tiempo posible, para así comerciar con su atención digital). Sobre el caso de Instagram y Facebook, está el reportaje de Sarah Frier “No Filter”, del cual la reseña de Sophie McBain me parece muy buena. En sus inicios, Instagram promovía imágenes artísticas y enriquecedoras, y evitaba la autopromoción nudista. En 2018 Mike Kriegger y Kevin Systrom (los fundadores de Instagram) renunciaron. Para entonces, Facebook se negaba a apoyarlos para combatir la venta de drogas y otros problemas mayores de la plataforma.

El exceso de poder me parece una razón suficiente para plantar resistencia contra las redes sociales vinculadas con Facebook (WhatsApp e Instagram son las más famosas). La ambición inhumana con la que se dirige la corporación es otra razón. No estoy de acuerdo con esa visión de la vida y las relaciones humanas, y tampoco estoy de acuerdo con promoverlas.

Los propósitos de Facebook, su afán de lucro y de poder, no son malvados; sólo son codicia y ruindad: incapacidad para reconocer que hay bienes más importantes que la fama y el placer. Quisiera que esto no se leyera como una serie de motivos para enjuiciar a Zuckerberg. Muchas personas harían lo mismo si estuvieran en su lugar. Lo preocupante es la ingenuidad de nosotros, lo usuarios. No es casualidad que en esto se entrevean similitudes con la resistencia a la tiranía. En los gobiernos autoritarios la mayor responsabilidad la tienen los ciudadanos, que permiten pusilánimes el abuso de poder. Creo que es posible la resistencia a estos gigantes tecnológicos, primero, mediante la difusión de la imagen real de sus corporaciones, pero, más aún, mostrando que es razonable tomar decisiones y hacer sacrificios en favor de esta resistencia.

Ya casi se cumplen dos años desde que abandoné WhatsApp, y creo que cuatro desde que abandoné mi cuenta personal de Facebook. (Es alarmante que esto suene como a confesión de alcohólicos anónimos.) Nunca tuve Instagram. Abstenerme me ha permitido ponderar las ventajas y pérdidas de primera mano. Duré un año entero sin usar una sola red social más allá del correo electrónico; después regresé a Twitter y a Telegram, más por la fuerza de las circunstancias que por convicción propia.

Ya que no he encontrado mucho escrito sobre la posibilidad de abstenerse de las redes en entornos que las imponen, espero que mi testimonio sirva de algo. Me queda claro que se pierde mucho al rechazar las redes. O, puesto al revés, las redes y otras plataformas informáticas nos benefician mucho. Con mi abstención de Facebook y asociados perdí contactos, me distancié de familiares y amigos, y perdí también oportunidades laborales. Afortunadamente estaba en una situación que me permitía aceptar el costo. No sólo me desconecté por razones políticas; también por ideas respecto de las actividades en las que conviene invertir el tiempo, del tipo de discursos que pululan en las redes, y de lo que conviene que sean las relaciones humanas. Para muchas personas las redes son una ventaja económica; para muchas más son una ventaja social, pero eso sólo sucede a corto plazo. A largo plazo nos destruyen más de lo que nos enriquecen. Este esquema de bienes a corto plazo les confiere el carácter de adicciones.

Cuando digo que perdemos más de lo que ganamos me refiero a las corrientes patógenas de la vida política social e individual, a las corrientes consumistas y cosificantes que se abren paso y ensanchan su cauce con nuestro consentimiento (tácito en el mejor de los casos); pero también me refiero a un asunto de mera justicia conmutativa: nuestros datos y nuestra atención (digital o análoga) valen más que lo que ellos nos ofrecen a cambio. Los mecanismos por los cuales estas y otras plataformas se apoderan de nuestros datos son injustos. (Léase sobre esto How Much of Your Stuff Belongs to Big Tech?”, de Elizabeth Kolbert en The New Yorker, 8 de marzo, 2020.)

En “Un mundo feliz”, Huxley muestra una sociedad consumista y superficial.

Entre los casos que muestran el colmo de este abuso en la minería de datos, destaca WeVibe: una marca de juguetes sexuales. La compañía Standard Inovation, dueña de la marca, ofrece una aplicación para configurar y operar los vibradores We-Vibe mediante la cual recopila información vinculada a las personas sobre los momentos en que utilizan los vibradores y, por si fuera poco, sobre la intensidad, la duración y la temperatura con que los utilizan. Más allá de si el uso de juguetes sexuales es una práctica sana o deseable, aquí hay un asunto de injusticia conmutativa. Personas que ya pagaron por los dispositivos con su dinero, ¿por qué tienen que pagar, además, con sus datos?

Las políticas de privacidad están diseñadas para que el usuario sea incapaz de leerlas. Un botón resaltado nos acucia en todo momento para omitirlas: ‘aceptar’. «He leído los términos y condiciones». En las redes sociales no pagamos con dinero por los servicios; nuestra moneda son nuestros datos. La transacción, de cualquier modo (incluso si es legal), es injusta. Lo que las compañías ganan con eso excede desproporcionalmente lo que ellas nos ofrecen. Es que las redes sociales no son un servicio; son una carnada.

Muchas veces no estamos dispuestos a admitir cuánto desmedran nuestras vidas los intereses mercadotécnicos de los grandes monopolios. Oponernos a ellos no es algo sencillo, y la posibilidad de oposición disminuirá conforme la aplacemos, porque el poder de los monopolios crece.

Una instancia de este crecimiento monopólico es Google, compañía subsidiaria de Alphabet. Hace varios años, en 2010, la compañía Oracle compró Sun Microsystems; la transacción incluyó la tecnología Java. Ese mismo año, Oracle demandó a Google por la copia ilegal de más de 11,000 líneas de código Java API en el desarrollo de Android. Oracle estimó los daños en nueve mil millones de dólares. El juicio se resolvió apenas en abril de este año (2021), y se resolvió a favor de Google: según seis de los ocho jueces, que Google dispusiera de esas líneas de código sin el consentimiento de sus dueños no representa injusticia alguna.

Kent Walker, el director ejecutivo de asuntos legales de Google, argumentó que el uso de esas líneas de código fue justo, pero sus argumentos no parecen del todo pertinentes. Adujo que sólo así se puede llevar a cabo la innovación y la interoperabilidad que el mundo necesita. Es verdad que esas líneas de código fueron la base para la innovación e interoperabilidad (compatibilidad con otros programas) de Android. Sin embargo, no era la única manera de hacerlo, y no es verdad que esos propósitos justifican el uso de las líneas de código en cuestión.

Las declaraciones de Oracle son sugerentes: «La plataforma Google sólo creció y su poder mercantil incrementó. Las barreras para entrar [al mercado] se hicieron más altas y la capacidad para competir decreció. Robaron Java y se dispusieron a litigar durante una década como sólo un monopolista puede». Karsten Weide, analista de medios digitales, de International Data, manifestó también su desacuerdo públicamente: «los nuevos emprendedores dirán “invertí mucho tiempo en el desarrollo de este código y Google o alguien más puede venir simplemente y robárselo”».

Imagen tomada de Financial Times.

Parte del problema estriba en los huecos legales respecto de los derechos de explotación (copyright)del código Java API. El reportaje sobre el caso lo publicó The Wall Street Journal en primera plana el 6 de abril de 2021. El punto es que el poder de los monopolios informáticos excede el hurto de nuestros datos con cosas como el despojo del fruto del trabajo ajeno.

Se sabe que la resolución de un caso así sienta precedente en el sistema judicial de Estados Unidos. En la medida en que estas empresas y estos negocios son transnacionales, resoluciones y precedentes como éste afectan directamente a los demás países.

Propongo resistencia. No aconsejo abandonar estos medios de tajo; hay quienes perderían el trabajo si lo hicieran, o el contacto con seres queridos que de otra forma no tendrían (para muchos migrantes, Facebook es el único medio de comunicación con sus familias; lo sé porque ellos me lo han dicho). La imposibilidad de este abandono evidencia un poder que ya se impone: nos ataron la correa en nuestro bolsillo y en nuestros afectos.

Apronto, más bien, las acciones que nos habilitarán en un futuro la posibilidad de abandonar estos medios o, para quien así lo prefiera, la posibilidad de negociar de manera justa y franca en lo que concierne a nuestra información y atención digital. Salir de las aplicaciones de las que aún no dependemos, distribuir el tráfico de nuestra actividad en medios que no estén aún constituidos como monopolios, cambiar de navegador web, consultar las noticias directamente en las plataformas de las revistas y los periódicos (o mejor, aún, suscribirse a las ediciones impresas), llamar a los amigos y procurar las conversaciones rostro a rostro son acciones que nos acercarán a ese futuro. Si no podemos evitar que las compañías dispongan de nuestra información a su capricho, al menos evitemos que quienes la adquieren sean siempre las mismas personas que concentran cada vez más el poder. Podemos también cambiar el discurso: promover la abstención de actividad innecesaria en estos medios, del mismo modo en que se promueven otras causas sociales. En este caso, recuperar medios alternos de comunicación e interacción humana, aunque parezca que desandamos un poco el camino, será un progreso.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

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