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            Las tragedias

            Las tragedias

Nací en Cancún. En 1982. Aún recuerdo el primer huracán que nos tocó. El méndigo Gilberto. Fue una locura. Eso sí, siempre supimos que era un canijo. Nunca lo menospreciamos. De todas formas, pegó con fuerza y saña. Y dejó un sentimiento de desolación y desasosiego entre los habitantes de la zona por años. Me atrevo a decir, que hay aspectos que nunca superamos.

            Porque puedes reconstruir, volver a poner, cambiar, comprar; pero, ¿y luego?

            No es tan fácil. Cancún era un lugar caro; turismo de alto poder adquisitivo iba nada más. El Gilberto lo cambió todo. Porque para que la gente regresara bajamos los precios, y nunca volvimos a los precios de antes. Podríamos decir que el todo incluido y los tiempos compartidos se los debemos a ese huracán venido de los infiernos.

            Recuerdo, muy vívidamente, que mientras pasaba el huracán, lo podía ver. Mi mamá me decía: el aire no se ve, pero puedes ver para dónde va, ¿no? Y sí, podía ver para donde iba el aire. No por las plantas que se movían, no por los objetos. Si no por el aire, que se veía pasar.

            Cuando se fue, yo, escuincle como era, jugaba en el agua (todo se encharcó) con mis hermanos.   

            Pero sí, fue algo muy serio. Todo Cancún se alistó. Pusimos cinta adhesiva en los vidrios (preámbulo que después se volvió en los anticiclónicas, que ahora todo Cancún tiene) compramos mucha comida y agua.

            Luego vinieron más huracanes. Uno, incluso, lo pasé jugando en el parque con mis amigos (ah, la estúpida juventud). Algunos llegan muy fuerte, otros no tanto. Pero siento que hay cierto hábito, cierto conocimiento, cierto saber, de cuando llegan y se van. Yo, por mucho tiempo, pensé que los huracanes causaban más que nada una afectación económica. Porque eso era lo que provocaban los huracanes, un parón económico, y luego volvíamos a arrancar.

            Lo de Acapulco nunca lo he vivido. Mi saber y mi imaginación no llega a entender lo que están viviendo.

Mi madre

Mi madre

Para Bárbara.

Me acostaba deseando que amaneciera. La noche era demasiado larga y solo cuando empezaba a iluminarse me sentía aliviado y sin miedo a levantarme. Durante la obscuridad permanecía inmóvil con los ojos abiertos escrutando entre las sombras. ¿Hasta cuándo tengo que soportar esta obscuridad? ¿Cuándo llegará el día? 

Por la noche es más evidente que ya no está. Escucho los sollozos de mi madre. Ella tampoco duerme. Su llanto arrulla la obscuridad hasta que la quiebra con su grito. La escucho sin moverme. “¿Por qué?” No dice más.

Lux
Lux
Foto: AF

Por qué. Por qué. Por qué. Destempla la obscuridad, taladra los tímpanos y aún así no me atrevo a levantarme. No puedo consolarla. Me hago la misma pregunta mientras la tragedia y la muerte me miran desde el borde de mi cama con sus ojos vidriosos. Ni siquiera se divierten, no conversan, mudas, impávidas, las moscas se posan sobre ellas y ni siquiera las espantan. La tragedia y la muerte me miran y sé que me quieren. Quizá ya me tienen y por eso las veo.

Mi madre grita de nuevo “¿por qué?” La escuchan y no les importa. Se acostumbran a las noches desgarradas y al insomnio. Del grito vuelve al sollozo hasta que irremediablemente cae dormida.

Por qué. Por qué. Por qué. Ni siquiera debería molestarme en preguntar. No lo sé. Nadie lo sabe. No sabemos la circunstancia. No sabemos cuándo. No sabemos dónde. No sabemos por qué. Y sin embargo moriremos. Eso sí lo sabemos. En un momento preciso; cuando se ha conjugado y dispuesto que ocurra. En el segundo preciso en el que atravesamos la avenida. En el momento exacto para terminar debajo de las ruedas traseras de un autobús. Sin tiempo para reaccionar. Sin saber cómo y mucho menos el por qué.

Esta pregunta que destroza a mi madre. ¿Por qué? Nadie responde. La muerte mira impasible en silencio. No tiene nada que decir. Tampoco sabe. Ejecuta ordenes que parecerían regidas por el azar. Por eso no mira, porque sus cuencas vacías nada saben. La obscuridad nos sume en el silencio. Hasta la próxima disrupción. Hasta que mi madre despierte de nuevo gritando, y que del grito pase al llanto y después a dormitar.

Cripta Roma
Cripta Roma, Sta. Maria in Aracoeli
Foto: AF

Vengo de un lugar donde las madres entierran a sus hijos. Esa sangre no fecunda la tierra. Se derrama por las calles y nada brota. Tierra infértil plagada de mártires. Las lágrimas lavan la sangre, pero de todo queda un rastro. Aún así no se produce nada.

Faltan demasiadas horas para que amanezca. No entra ni siquiera la luz de la luna por la ventana.

De nuevo los sollozos y luego el grito. Las sombras al borde de la cama me miran contagiándome su impasibilidad. No lo soporto más. Con temor a levantarme, aún cuando sé que las sombras están aletargadas, intento cerrar los ojos. “¿Por qué?” Escucho el grito de mi madre. Por un momento soy valiente. Apoyo los pies en el piso helado. Atravieso el cuarto tropezando con las sombras. Entro en la habitación. Mi madre, con el cabello alborotado, los ojos rojos y la garganta seca me mira sin expresión. No se me ocurre otra cosa que acurrucarme a su lado.

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