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Annus Terribilis Operis Dei

Annus Terribilis Operis Dei

Por Salvador Fabre

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Sin temor a exagerar, se puede decir que el Opus Dei está viviendo ahora su “annus terribilis”, “su año terrible.” En efecto, la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei se ha visto afectada, en el seno de la Iglesia, por varios frentes canónicos -relativos a la ley de la Iglesia-, en concreto, por cómo entiende la Iglesia la inserción de la Prelatura en su seno y, muy secundariamente, pero significativa y simbólicamente hablando, el cambio en la jurisdicción del Santuario de Torreciudad, promovido y realizado por el Opus Dei, que pasa de ser un oratorio de la Prelatura, a ser santuario de la diócesis de Barbastro-Monzón.

La pesadilla de la Obra comenzó con la entrada en vigor de la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana y su servicio a la Iglesia y el Mundo Praedicate Evangelium, el 5 de junio del 2022. A partir de ese momento, cuando entró en vigor la nueva organización de la Iglesia propuesta por Francisco, la Prelatura deja de depender de la Congregación de Obispos y pasa a depender de la Congregación del Clero. En efecto, el número 117 de dicho documento dice escuetamente: “Compete al dicasterio [Dicasterio para el Clero] todo lo que corresponde a la Santa Sede sobre las prelaturas personales.” Lo cual no deja de ser curioso, en una institución en la que la mayor parte de sus fieles son mujeres y sólo el 2% de los mismos son sacerdotes, cuyo mensaje está fundamentalmente -no exclusivamente- dirigido a los laicos.

Un segundo momento de “desconcierto jurídico” dentro de la Obra lo constituyó el Motu Proprio Ad Charisma Tuendum del Papa Francisco, que entró en vigor el 4 de agosto de 2022. En este breve texto Francisco, deja claro no solamente que la Obra depende ahora de la Congregación del Clero, a la cual deberá informar anualmente de sus actividades y que el prelado no podrá ser nombrado obispo -como lo fueron los dos primeros prelados del Opus Dei: el Beato Álvaro del Portillo y Monseñor Javier Echevarría, consagrados obispos por san Juan Pablo II-, sino -y esto es lo más importante-, que el Opus Dei es un fenómeno carismático y no jerárquico en el seno de la Iglesia. Con sus propias palabras: “Con este Motu Proprio se busca confirmar a la Prelatura del Opus Dei en el ámbito auténticamente carismático de la Iglesia.” La Prelatura siempre había entendido que sin ser propiamente una “Iglesia particular” se asemejaba a ella, a las diócesis y, particularmente, a los ordinariatos militares, de manera que se trataba de una realidad jerárquica, más que carismática, en el seno de la Iglesia. Puede verse un apretado resumen de esta postura en el capítulo “Implantación de la Prelatura Personal” del libro “Historia del Opus Dei” de José Luis González Gullón y John F. Coverdale, publicado apenas un año antes, en 2021. Sobra decir que esa era la mente del legislador -el que erigió el Opus Dei en Prelatura Personal-, es decir, la idea de san Juan Pablo II.

El tercer acto de la “deconstrución” de las Prelaturas Personales, como el puntillazo que cambia definitivamente la comprensión que de las mismas tiene la Iglesia, está constituido por el Motu Proprio del Papa Francisco, fechado el 8 de agosto de 2023, con el que modifica los cánones del Código de Derecho Canónico vigente, respectivos a las Prelaturas Personales. De esta forma, el Canon 295&1 dice con claridad: “la Prelatura personal se asimila a las asociaciones públicas clericales de derecho pontificio [y no a las diócesis u ordinariatos militares], con facultad para incardinar clérigos.”

¿Qué supone en definitiva todo esto? Podríamos resumirlo con un ejemplo muy gráfico, al que tristemente nos hemos habituado. Con las Prelaturas Personales ha sucedido algo semejante a lo que le pasó a la institución del Matrimonio en el derecho civil, en los países en los que se ha legislado el “matrimonio igualitario.” En la ley se le sigue llamando “matrimonio”, pero ya no es lo mismo, la comprensión añeja, secular de lo que era, se ha vaciado de contenido. Algo análogo sucede ahora con la figura de las prelaturas personales: ya no son lo que eran, lo que previó el Concilio Vaticano II en el Decreto Presbyterorum Ordinis, n.10 o, particularmente para el Opus Dei, única prelatura personal existente en la Iglesia, lo que legisló san Juan Pablo II en la Constitución Apostólica Ut sit, y confirmó en su discurso del 17 de marzo de 2001, dirigido a fieles de la prelatura que se habían reunido en un “Congreso sobre la Novo millennio ineunte.”

¿Cómo ha sucedido esto? La clave también se puede buscar en el capítulo “Implantación de la Prelatura Personal.” Ahí veladamente se alude a la posición que un eminente canonista de la Universidad Gregoriana, hoy cardenal de la Santa Iglesia Católica, el P. Ghirlanda, ha sostenido durante años sobre las prelaturas personales. De hecho, fue el P. Ghirlanda S. J. el principal encargado de elaborar la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, es decir, la ley que regula el funcionamiento de la Curia; por eso fue creado cardenal. Tras bambalinas se comenta que esa ha sido la postura de Ghirlanda, porque considera que fue el Beato Álvaro del Portillo quien pujó para que se introdujera en el Decreto Presbyterorum Ordinis la figura de la Prelatura Personal pensando en el Opus Dei. Esto último no sería descabellado, pues fue secretario de la comisión encargada de elaborar ese decreto conciliar. Digamos que Ghirlanda vendría a enmendar la página.

Ahora bien, a todo esto, es objetivamente negativo para la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei, ¿cómo ha reaccionado la Obra? Se puede decir que, en esta página difícil de su historia, ha reaccionado como lo hubiera hecho san Josemaría, su fundador: con un profundo sentido sobrenatural. En efecto, las sucesivas declaraciones del actual Prelado de la Obra, Monseñor Fernando Ocáriz han ido siempre por la misma línea: unidad con el Papa, rezar por él, aceptar dócilmente sus disposiciones. En el último mensaje enviado por él, con motivo del Motu Proprio del 8 de agosto nos dice:

Monseñor Fernando Ocáriz y el Papa Francisco (2017).
Fuente: Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

“… acogemos con sincera obediencia filial esas disposiciones del Santo Padre, y para pediros que también en esto permanezcamos todas y todos muy unidos. Seguimos así el espíritu con el que vivieron san Josemaría y sus sucesores ante cualquier disposición del Papa relacionada con el Opus Dei. Siendo la Obra una realidad de Dios y de la Iglesia, el Espíritu Santo nos conduce en todo momento.”

La reacción del Prelado, como puede verse, ha sido ejemplar, de perfecta sintonía y unidad con lo que el Papa y la Iglesia dispongan para la Obra. De hecho, así está diseñada la Obra, que en palabras de su fundador, “está para servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida.” De esa actitud quedó huella histórica en la vida interior de san Josemaría, que en dos ocasiones experimentó lo que él denominó “la prueba cruel”, la cual consistía en considerar que la Obra no era de Dios sino de él; en ambas ocasiones reaccionó con decisión, encarándose con Dios y diciéndole: “si la Obra no es para servir a la Iglesia, ¡destrúyela ahora mismo!” Como en el caso de Abraham, no fue necesario ese sacrificio, pero dejó así marcado para sus fieles, cuál habría de ser siempre el camino a seguir.

Cabe pensar que el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Javier Pérez Pueyo, ha sabido aprovechar el momento histórico -no corren buenos tiempos para el Opus Dei- y, audazmente, ha dado un golpe de mano para hacerse con Torreciudad, una de las últimas “locuras de san Josemaría”, imponente santuario mariano construido, mantenido y gestionado por el Opus Dei. Realmente pareciera un “robo de puños blancos”, pues supone apropiarse de lo que uno no ha hecho, ni mantenido, ni gestionado. Quedarse con algo que era de otro, pero todo, dentro de lo “eclesiásticamente correcto.” La Obra no está ahora para polémicas y Pérez Pueyo lo sabe. Por eso presidió la santa Misa de Nuestra Señora de los Ángeles el día de su fiesta -22 de agosto-, y dejó claro que el futuro del santuario era ser diocesano, no de la prelatura. La prelatura, dócilmente, manifestó su tácita aceptación del hecho consumado, con la presencia del Vicario Regional de España, Ignacio Barrera, en la ceremonia. En este caso importa más la unidad de la Iglesia, que la estricta justicia.

¿Está preparada la Obra para vivir esta “contradicción de los buenos”? Todo parece indicar que sí. De hecho, ahora el Opus Dei vive colectivamente, como institución, lo que san Josemaría vivió y predicó insistentemente a sus hijos: el “Omnia in bonum” (todo es para bien), que toma de san Pablo (Romanos 8, 28: “para los que aman a Dios todo es para bien”). Digamos que el Opus Dei está diseñado para besar los pies de los que le dan patadas, sobre todo si esos forman parte de la Iglesia.

Se podría resumir su actitud en lo que recoge este santo en sus apuntes íntimos, cuando los mismos que ahora ponen obstáculos a la Obra lo acusaron a él ante el Santo Oficio: “¡Roma! Agradezco al Señor el amor a la Iglesia que me ha dado. Por eso me siento romano. Roma para mí es Pedro… de Roma, del Papa, no puede venirme más que la luz y el bien. – No es fácil que este pobre sacerdote olvide esa gracia de su amor a la Iglesia, al Papa, a Roma. ¡Roma!”

El poder de una mujer

El poder de una mujer

Por Salvador Fabre

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Hay dos equívocos fundamentales a los cuales quiere responder esta historia real: que la mujer en la Iglesia ha estado históricamente relegada, carente de poder, o de “empoderamiento” como diríamos hoy; y que la Edad Media era una época oscurantista, donde la mujer no contaba para nada. La vida de santa Catalina de Siena desmiente ambos supuestos. Cabría añadir un tercero: que la contemplación, la vida mística nos lleva a desentendernos de los avatares de este mundo, pues tenemos la mirada y el corazón, puesto en el venidero. También la vida de esta santa quiebra dicho paradigma.

Santa Catalina de Siena vivió muy pocos años, pero tuvo una vida muy intensa. Nace en 1347 y muere en el 1380, es decir, hacia el ocaso del a Edad Media. Sin embargo, su mensaje goza de una perenne actualidad, más aún, de una palpitante actualidad, pues encarnaría lo que podríamos llamar una “luchadora social”. Efectivamente Catalina luchó en un primer momento contra la pobreza y a favor del desarrollo y del protagonismo de la mujer en su ciudad, más tarde por la paz en Italia entre las distintas ciudades enemigas, y por la paz dentro de la Iglesia. Esas cuatro luchas de Catalina: contra la pobreza, para promover a la mujer, por la paz en el mundo y en la Iglesia son plenamente actuales, y por ellos podemos ponerlas bajo su patrocinio.

Santa Catalina desarrolló una intensa labor epistolar, para conseguir dos fines fundamentales: la paz entre las diversas ciudades italianas y la vuelta a Roma del Papa, que llevaba años viviendo en Aviñón, Francia. Enviada como embajadora de Florencia ante el Papa para implorar la paz con los Estados Pontificios, consigue la vuelta del Papa Gregorio XI a Roma en 1377, y la paz de Florencia con el Papa Urbano VI, su sucesor.

Como puede verse, Catalina estuvo plenamente inmersa en las aventuras de su tempo, en los problemas políticos y eclesiales. Fue el instrumento de Dios para conseguir el fin del papado en Avignón (una serie de 7 papas gobernaron la Iglesia desde esa ciudad) y le tocó ver con dolor cómo se producía el famoso “Cisma de Occidente”, la elección doble de pontífices, que entre 1378 y 1417 se disputaron el dominio de la Iglesia, llegando a ser incluso 3 papas en 1410. Ante esa disyuntiva ella apoyó a Urbano VI como Papa auténtico.

Santa Catalina de Siena.
Óleo: Juan Bautista Maíno (1612).
Museo del Prado.

Pero, independientemente de los detalles de la historia, lo que vemos en la vida de Catalina es a una mujer protagonista de cambios reales en la sociedad y la Iglesia. Consigue la paz entre diversas ciudades italianas y la vuelta del papado a Roma. Es decir, influye decisivamente en el curso de la historia en plena Edad Media, al tiempo que se desvive por los pobres y por la participación de la mujer en la vida de su sociedad.

Su función es única en la historia de la Iglesia, hasta ahora, pero puede tener una cierta continuidad en un futuro cercano. Catalina representó la voz de la conciencia para el Papa, la voz del Espíritu Santo que le imploraba volver a Roma, para no ser el Papa de un país, Francia, sino de la Iglesia universal. En efecto, “romanidad” quiere decir universalidad o catolicidad, una de las notas esenciales queridas por Dios para su Iglesia, y que se había perdido por casi setenta años. Su única autoridad era moral -la fama de su santidad-, no tenía nombramientos especiales, pero influía directamente en la cabeza de la Iglesia.

Ahora el Papa pide a la mujer una mayor participación en la vida de la Iglesia, el próximo sínodo de obispos, ya no será solo de obispos, sino también de laicos, y el Papa pidió expresamente que la mitad fueran mujeres. SU función es como la de santa Catalina, asesorar al Papa, aconsejarlo. En efecto, tener el carisma petrino no lo vuelve perfecto, y muchas veces, precisamente por la importancia de su cargo, está más necesitado del consejo que el común de los mortales; consejo que muchas veces puede venir de una mujer, como en el caso de nuestra santa. Digamos entonces que la participación de la mujer en el gobierno de la Iglesia en primer lugar y en el desarrollo de la sociedad (la lucha por la paz, contra la pobreza y por la promoción de la mujer), no es de índole jerárquico -como quieren quienes propugnan la ordenación sacerdotal femenina- sino carismático, como lo vivió santa Catalina y en su estela multitud de mujeres a lo largo de la historia.

El poder de una mujer

10 años de Francisco

Por Salvador Fabre

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El pasado 28 de febrero se cumplieron 10 años de la histórica renuncia de Benedicto XVI. Valiente y oportuna decisión, que seguramente le hará merecedor de algún título especial, al “Papa Teólogo”. Por otra parte, este 13 de marzo se cumplen 10 años desde que Francisco fue elegido Pontífice o, como a él le gusta más decir, Obispo de Roma.

Así como a 10 años de distancia, se puede calificar la renuncia de Benedicto como una realidad benéfica para la Iglesia, es difícil emitir un juicio sobre el pontificado de Francisco, pues no tenemos la necesaria perspectiva histórica, pues al momento de redactar estas líneas, sigue siendo Papa. Sin embargo, diez años sí son suficientes para señalar muchas cosas que han cambiado en la Iglesia bajo su mandato.

Con tres Encíclicas y cinco Exhortaciones Apostólicas, su magisterio es muy rico, pero se puede afirmar que el documento programático de su pontificado, el que ha marcado la pauta de su ministerio petrino, es la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Ahí se nos da a conocer como persona y, en definitiva, como un pastor cercano a su pueblo. De todas formas, si el papado de Benedicto XVI estuvo marcado por los textos, siendo quizá la Encíclica Spe Salvi el más logrado de todos, el de Francisco, en cambio, ha estado marcado por los gestos. Esos gestos translucen una autenticidad insoslayable y una profunda espiritualidad.

Son muy numerosos los gestos de Francisco, que van desde las llamadas por teléfono para mostrar cercanía a alguien que sufre, como a la mamá de Gustavo Cerati, o para decirle a una pareja gay que no hay ningún inconveniente en bautizar a sus hijos, reunirse con un grupo de mujeres divorciadas, para decirles que hay lugar para ellas en la Iglesia, o postrarse y besar los pies de líderes africanos, para pedir humildemente el cese a la violencia en sus regiones.

Su pontificado también se ha caracterizado –en sintonía con sus dos predecesores- por una fuerte dosis de diálogo interreligioso. Es icónica su fotografía, en frente del Muro de las Lamentaciones, abrazando a un imán musulmán y a un rabino judío. También lo es su empeño en mantener abierto y vivo el diálogo ecuménico, señalando que “la sangre está mezclada”; es decir, reconociendo que el primer ecumenismo es el de los mártires, cuya sangre derramada por fidelidad a Jesucristo está mezclada, sin importar de qué denominación cristiana sean cada uno de ellos.

Papa Francisco en San Pedro, 6 de junio 2014. Foto: Alfredo Borba.

Ha tenido que cargar bajo su mandado, con el pesado lastre que le dejaron sus dos predecesores: graves problemas de pedofilia clerical y escándalos financieros, que manchan incluso a altos miembros de la curia romana. Al igual que su predecesor, ha puesto todos los medios a su alcance para superar estas dos enfermedades de la Iglesia. Sin que pueda afirmarse que ya está todo esclarecido y resuelto, sí se puede afirmar que en los dos últimos pontificados se han dado grandes pasos en esa dirección. En medio de la refriega, ha tenido que juzgar a un cardenal por motivos económicos (Becciu) y aceptar que otro fuera llevado a prisión injustamente (Pell). En medio del escándalo que esto causa, el Papa ha dado la cara con dignidad.

Por lo demás, es proverbial su pobreza personal y el fomento de la austeridad en el seno de la Iglesia. Sin duda alguna su preocupación por los pobres, por las víctimas de la cultura del descarte, su deseo de vincular a todos los creyentes con estas causas humanitarias, su contemplación del misterio de Cristo sufriente en todo ser humano que padece, todo ello, en suma, ha florecido en una renovación espiritual en el seno de la Iglesia, cuajada de obras concretas.

Queda mucho por decir de su pontificado, por ejemplo, es el primer Papa en publicar una Encíclica sobre Ecología (Laudato Si´), o el que más ha luchado por los inmigrantes, hasta el punto de añadir una oración a la Virgen pidiendo por ellos en el rezo del rosario. Un Papa de las periferias, que goza de gran autoridad moral, un Papa, sin duda, enviado por Dios para purificar a su Iglesia y para hacer de ella una “Iglesia en salida”, un Papa para los revueltos tiempos contemporáneos, que busca más lo que une, que lo que nos separa, un Papa puente y no un Papa muro, eso es Francisco.

El poder de una mujer

Homenaje a Benedicto XVI: tres puntos para recordarlo

Imagen: Benedicto XVI (Europa Press)

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Murió Benedicto XVI. Es una noticia que entristece a muchos. A otros les pasa indiferente. A todos nos toma como novedad, pues es la primera vez, en más de seiscientos años, que un Papa emérito recibe los funerales sin que se convoque a Cónclave. Para muchos, Benedicto XVI pasó con la figura de ser un paladín del conservadurismo católico. Tenía fama de Gran Inquisidor para muchos latinoamericanos.
Yo hablo desde mi experiencia: quisiera decir que fue un gran Papa sin más, como todo fiel. Pero, sobre todo, fue para mi una inspiración profesional. En gran parte le debo al Dr. Ratzinger mi vocación a la academia y al estudio, puesto que fue uno de mis ejemplos a seguir en tres cosas: la confianza en el diálogo entre la fe y la razón, la lectura de los clásicos, y la redacción directa.

Mi primer acercamiento a Ratzinger fue antes de que se convirtiera en Benedicto XVI. Conocí su figura y algunas de sus ideas a través de mi padre. Él leía algunos artículos del cardenal bávaro en la extinta revista 30 Giorni. “Qué gran portento es Ratzinger”, decía mi padre, y desde entonces lo identifiqué como una personalidad importante. De este modo, el día de su elección pontificia lo pude identificar como un escritor, más que como un arzobispo. En aquel tiempo mucha gente de mi edad, que éramos muchachos de secundaria, veía en Benedicto XVI a una figura lejana: demasiado dura, seria e intelectual. A mi me llamaba la atención que el Papa reviviera ornamentos litúrgicos y prendas olvidadas como la muceta de armiño, el camauro, etc.

Papa Benedicto XVI,  audiencia 16 de enero 2013.
Papa Benedicto XVI,
audiencia 16 de enero 2013.

Nunca pensé que el Dr. Ratzinger fuera a ser para mi un ejemplo profesional, más allá de la pontificia figura de autoridad y paternidad espiritual. Me comencé a identificar con él cuando decidí estudiar filosofía, para mi propia sorpresa (yo quería ser médico, primero). Como yo procedía de una formación más biológica que humanística, consideraba que mi preparación en los grandes autores filosóficos era
deficiente. Por eso trataba de sistematizarlos cuando los estudiaba, más que encontrarme con sus ideas y experimentarlas. Llegué a pensar que el cristianismo era un tipo de filosofía o, más bien, un modo de pensar la realidad, en donde Cristo sería el Logos encarnado dentro del mundo como Razón, más que Dios en el mundo. Yo ya había leído algunas páginas de la encíclica Deus caritas est. Sin embargo, los textos ratzingerianos que más he disfrutado y más me acercaron a comprender mejor el significado del cristianismo fueron Creación y pecado e Introducción al cristianismo. Me los recomendaron profesores como Rocío Mier y Terán o José Antonio Coronel.

Del primer texto me sorprendió la capacidad argumentativa de Ratzinger ante las ciencias duras, así como su nivel hermenéutico de la Sagrada Escritura, expresado en un estilo tan sencillo, claro y consecuente. Ahí comencé a aprender la actitud de diálogo del creyente con las ciencias naturales, en las que, en ese entonces, yo estaba mejor preparado. El segundo texto, la Introducción al cristianismo, fue fundamental para mi formación intelectual y de fe. Me condujo su alta síntesis, así como su magistral uso de las más diversas autoridades y citas. En un sentido
técnico aprendí que el académico debe de usar las citas y autoridades que le favorezcan y ayuden a que la exposición de su texto sea más fluida y asimilable. No es necesario citar a todas las autoridades y a todas las ideas al mismo tiempo.

Portada “Creación y Pecado”
de J. Ratzinger.

Sobre todo, con esa lectura, encontré que el cristianismo no es una filosofía ni una serie de bellas ideas abstractas, sino la relación con la persona de Cristo, en el aquí y en el ahora, que no es puramente la Razón encarnada, sino que es presencia amorosa de Dios en el mundo que ofrece la plenitud de la felicidad a cada una de las personas humanas. Esto lo aprendí con el extraordinario capítulo de la Introducción al cristianismo titulado “El Dios de la fe y el Dios de los filósofos”, de cuyo estudio agradezco mi primera publicación de un artículo formal sobre el encuentro de las razones divina y humana en la presencia de Cristo en el mundo. De estas lecturas comprendí mejor la colaboración entre fe y razón como disciplinas distintas, pero complementarias al ser partícipes de la naturaleza humana. Tenemos fe en la razón, pero también podemos usar la razón para comprender mejor la fe, decía el Dr. Zagal, siguiendo esta idea.

La erudición del Dr. Ratzinger fue evidente siempre. Citaba a los autores más diversos: desde san Agustín hasta Ives Congar, desde Karl Marx hasta Jacques Monod, sin dejar de mencionar a Aristóteles y a San Buenaventura, en quien era especialista. Cuando me aficioné a leer textos ratzingerianos breves, como algunas de sus homilías o sus alocuciones sobre los Padres de la Iglesia en las audiencias generales, aprendí que un buen académico puede barajar sus ideas entre varios interlocutores. Ahora bien, el ser interlocutor no siempre significa estar de acuerdo en lo mismo, pero sí implica tener capacidad de apertura y contraste para conocer mejor la realidad. En este sentido, Ratzinger siempre habló con los clásicos de muchos tipos: los clásicos griegos: Sócrates, Platón y Aristóteles. Los clásicos Padres de la Iglesia: San Agustín, Los capadocios, San Benito. Los clásicos medievales: Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, Santa Hildegarda de Bingen. Los clásicos del Concilio Vaticano II, con quienes trabajó: Ives Congar, Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac. Y los clásicos científicos: Charles Darwin, Jacques Monod, Stephen Hawking, con quienes dialogó con amables argumentos.

Aclaro que Benedicto XVI sí fue un gran Papa. En parte, llegó a serlo por su gran capacidad de síntesis, la cual le dio una redacción clara de pensamientos complejos. Leer a Ratzinger es como escuchar a Mozart. Hay consecuencia entre un movimiento y otro. Hay direccionalidad, sentido y consistencia. Hay un telón de fondo, un tema agradable que se repite sin cansancio, y que hace que sea más fácil recordar lo leído. Cuando escribo, trato de seguir el estilo académico ratzingeriano: establecer una idea con claridad, darle pocas pero concisas vueltas con el comentario de alguna autoridad, y llevarla a conclusiones que se desprendan naturalmente de los argumentos expuestos. A veces introducir alguna anécdota, y cerrar puntualmente, con la confianza de que lo escrito es claro y asequible. El estilo ratzingeriano funciona no solo para la teología, sino también para los textos filosóficos, para las clases y las conversaciones.

Portada Introducción al Cristianismo,
de J. Ratzinger.

Me duele mucho la partida de Benedicto XVI. Me uno en oración por su eterno descanso y deseo que pudiera tener un lugar entre las grandes mentes doctorales del cristianismo, Deo Volente. Nunca pude conocerlo en persona. Me quedé con las ganas. Sin embargo, no hay palabras con las que yo pueda agradecer la formación intelectual, profesional y en la fe que me dio el encuentro con su trabajo y su
ejemplo personal.

Vielen Dank, Herr Doktor Joseph Alois Ratzinger, Paps Benedikt XVI!

El poder de una mujer

La inocencia de Benedicto

Por Pbro. Mario Arroyo

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El comprensible rechazo social a la pederastia clerical corre el riesgo de volverse marcadamente injusto, cuando se usa como expediente para descalificar a personas inocentes. Así sucedió con el Cardenal George Pell, acusado sin pruebas de pedofilia, y encerrado dos años en prisión por un crimen que no cometió. Ahora le toca a Benedicto XVI pagar la factura por la desinformación y descontextualización de hechos acaecidos hace más de 40 años.

Porque sí, hay que decirlo con todas sus letras, Benedicto XVI es inocente de los crímenes que le han imputado apresuradamente algunos medios alemanes de manera irresponsable y para generar escándalo. Los periodistas sacaron de contexto unas cuestionables conclusiones de un informe pedido por la misma Iglesia para deslindar responsabilidades en lo que a pedofilia clerical se refiere. Por supuesto, se han servido de titulares escandalosos y no han leído el extenso informe ni la respuesta de Benedicto XVI; de hecho, no le dan voz al acusado para defenderse y dan por sentada su culpabilidad.

Cardenal George Pell en el seminario Redemptoris Mater en Sidney.
Foto: Kerry Meyers.

Lo que se puede decir, ateniéndose al mismo informe, es que durante el periodo de cinco años en el que estuvo al frente de la diócesis de Munich, no hubo ningún incidente de pedofilia, ni uno solo. Los que le imputan fueron cometidos ya sea antes o después de que él fuera obispo y por tanto no puede ser responsable de los mismos. Le imputan haber recibido sacerdotes acusados de pederastia para recibir una terapia psicológica, sacerdotes que fueron separados de la labor pastoral durante su mandato. Después de que dejó la sede fue el vicario general, y no Ratzinger, quien les dio permiso de volver a tener encargos pastorales. Si se analiza caso por caso, se ve que no hubo en Benedicto XVI ninguna voluntad o actitud encubridora.

Pero más allá de la verdad de los hechos, que como en el caso del Cardenal Pell, pienso que quedará patente tras un estudio sosegado y desapasionado de la cuestión,  lo que me interesa analizar es el hecho de cómo se empaña con excesiva facilidad la reputación de personas inocentes, como lo han sido Pell y Ratzinger.

¿Qué tienen en común? Ambos son escrupulosamente fieles a la ortodoxia católica. Cabe la sospecha, en ambos casos, de que se trata de una maniobra del ala liberal de la Iglesia por descalificar a su contraparte ortodoxa. Es decir, lo doloroso del escándalo, es que muy probablemente, en ambos casos, pudo haber sido perpetrado o por lo menos facilitado por personas de la misma Iglesia, con una visión contrapuesta a las del Papa emérito y del Arzobispo Pell.

Papa Emérito Benedicto XVI en una audiencia 2006.
Foto: Giuseppe Ruggirello.

¿Qué sucede con el caso de la injusta acusación a Benedicto XVI? Que distrae la atención de la parte realmente escandalosa del informe –las personas que tristemente fueron abusadas– algunas de las cuales, durante el mandato del actual arzobispo, el Cardenal Reinhard Marx. En el caso de Pell, estaba intentando poner orden en las finanzas vaticanas, lo que resultó incómodo para ciertas personas. Más tarde salieron a la luz (nuevamente) los desafortunados escándalos económicos que llevaron a la destitución del cardenal  Angelo Becciu.

En síntesis, resulta muy sospechoso el uso del expediente pedofilia como arma arrojadiza para desacreditar al que representa una postura diferente a la propia dentro de la Iglesia. En ese sentido, pienso que los culpables no son los medios, pues ellos hacen su trabajo y, tristemente también, en ocasiones viven del escándalo; la responsabilidad es más bien de quienes facilitaron las filtraciones selectivas de información incompleta y descontextualizada a estos medios.

Como la mancha de la pedofilia es indeleble, resulta luego muy difícil restituir la fama del acusado injustamente, pues la sombra de la sospecha siempre pesará sobre él. Eso es lo particularmente doloroso en el caso del Papa Benedicto XVI, que junto con Francisco ha sido quien más ha luchado por erradicar la lepra de la pedofilia en la Iglesia. Grave particularmente porque la calumnia va dirigida no tanto contra él, ya nonagenario, sino para empañar la lucidez de su obra, para quitarle brillo a uno de los monumentos culturales más valiosos de la cristiandad. Por ello, hacemos bien los fieles católicos en apiñarnos en torno al Papa emérito, pidiendo a Dios que se esclarezca toda la verdad; pues no hay que olvidar lo que dice Jesús en el evangelio: “la verdad os hará libres.”

MDNMDN