Viaje a Roma. Consideraciones finales

Escribo ahora desde Fiumicino, el aeropuerto de Roma, a la espera del vuelo que me devuelve a Ciudad de México. A lo largo de mi recorrido romano del 2026 me hecho constantemente esta pregunta: ¿qué es la felicidad?, o mejor aún, ¿es esto la felicidad? Creo que debo remontarme a la infancia para explicar estos cuestionamientos. Crecí con la idea de que lo mejor que se podía hacer en esta vida era viajar por Europa. Crecí con los relatos de mis abuelos maternos, que hicieron tres largos viajes por Europa, de esos que duran poco más o poco menos de un mes, en los que van visitando multitud de lugares con rapidez: de Paris a Venecia, de Londres a Madrid. Mis abuelos paternos también realizaron un viaje de este estilo, lo mismo que mi mamá cuando terminó el colegio. Mi papá, en cambio, sólo vino a Europa cuando me ordené sacerdote en el año 2002. En cualquier caso, el discurso de fondo que estaba implícito era: ir a Europa es lo mejor que puedes hacer, lo que se puede traducir como: “si voy a Europa, soy feliz”.

De manera que esta pregunta acudía continuamente a mi conciencia y a mi oración. La respuesta era que sí, estaba contento y lo disfrutaba mucho. Pero también, paradójicamente, la respuesta es no: no, esto no es la felicidad, solo se le parece. No, no me llena. No, aspiro a más. De alguna forma era como la convicción de que nada en este mundo puede ofrecer la felicidad última, y de que, como dicen los Hechos de los Apóstoles, citando nada más y nada menos que a Jesús mismo: “mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hechos 20, 35). Comprobé, por vía de la experiencia, que me llenan mucho más los momentos de mi vida en que me he dado a los demás, que aquellos en los que me he centrado en pasarla bien, como ha sido este viaje.

A veces es necesario disfrutar un poco de la vida, cambiar de aires, consentirse un poco, no preocuparse sino de pasear y disfrutar de la belleza, la cultura y la historia. Pero la vida es más que eso; o, dicho de otra forma: la vida es mucho más que el simple estar acumulando experiencias nuevas. Como diría el Eclesiastés: “vanidad y vanidad de vanidades, todo es vanidad… todas las cosas dan fastidio. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír… Nada nuevo hay bajo el sol… he visto que todo es vanidad” (Eclesiastés 1, 1, 8-9, 14). Detrás de esta cita, en apariencia pesimista, se esconde una honda sabiduría: estamos hechos para algo más que el simple ir acumulando experiencias. Tenemos sed de trascendencia, hambres de eternidad. Las experiencias sensibles pueden hacernos pregustar lo eterno, lo infinito, pero no son lo eterno y lo infinito. Solo Dios puede colmar todas las ansias del corazón, saciar todas sus locuras.

Al mismo tiempo, este viaje me ha hecho recordar la urgente necesidad que tiene el alma de la belleza. Y en Italia, a donde vuelvas la mirada encuentras belleza: la naturaleza y el arte, la cultura y la historia, todo lo que alimenta el espíritu se concita en síntesis sublime. No en vano Stendhal sufrió de un ataque de belleza al contemplar el Pantheon: “El más bello resto de la antigüedad romana. Un templo que ha sufrido tan poco, que se nos aparece como debieron verlo en su época los romanos”. Los italianos han sabido hacer de la belleza algo cotidiano. En cambio, ¡cómo cansa y deprime al alma la fealdad, lo zafio, lo sucio, lo estridente!, y ¡qué frecuentemente nos encontramos con esto en la vida cotidiana! Tristemente no nos queda otro camino que convivir con la fealdad, lo que supone una continua hemorragia del alma. Necesitamos frecuentes bocanadas de belleza -como este viaje a Roma, que ahora termina- para no perder las ganas de vivir.

Una última reflexión. Escribo esto ya desde la Ciudad de México, el 23 de junio de 2026. El viaje ha sido maravilloso, pero como es lógico, no han faltado los imprevistos de diversa índole. Sin ir más lejos, en el vuelo de regreso, me tocó junto a una persona robusta, cuyas abundantes carnes invadían mi espacio vital. No es cómodo sentir el rozar de las carnes de un extraño durante doce horas. Luego, la primera hora de vuelo estuvo amenizada por los berridos, a pleno pulmón, de una bebé de un año de vida. Sentía bullir en mi interior el espíritu de Herodes… Pasada una hora, u hora y media, por fin se calló. Supongo que se quedó dormida. Pero la última media hora del vuelo volvió por sus fueros perdidos a seguir brindándonos tan molesto concierto. Luego, el domingo anterior a mi regreso, el pésimo transporte público de Roma me jugó una mala pasada, de manera que no pude hacer una visita que tenía planeada para cerrar el viaje con broche de oro. Además, por una equivocación tonta perdí un tren que me llevaba al aeropuerto, y tuve que estar otra media hora perdida en la estación… Y como eso, varias cosas.

Son las pequeñas piedritas en el camino recordándote que todavía no estás en el cielo. Desde una perspectiva cristiana, con visión sobrenatural, son las pequeñas cruces que aparecen en la vida, y que te brindan la oportunidad de ofrecerlas a Dios y participar un poquito de la pasión de Cristo. La mirada de fe no da lugar a equívocos: ¡son oportunidades de identificarse con Jesús! Pero, al mismo tiempo, me revelan mi pobreza espiritual, ¡cómo me costaba trabajo ofrecerlas! Después de un primer momento de mal humor, venía la rectificación: “gracias Señor, te lo ofrezco”. Pues con esta conciencia de mi limitación espiritual concluyo esta maravillosa experiencia de un viaje a Roma.

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