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Canonizaciones difíciles

Canonizaciones difíciles

La Iglesia no es inmune a la cultura, finalmente está formada por hombres de su tiempo y debe transmitir sus mensajes en esas coordenadas espacio temporales y, por lo tanto, culturales. En ese sentido, no es impermeable a la moda de lo “políticamente correcto” ni a la corriente “woke” o “de la cancelación”. Parece ser que ha habido santos -personas que, podemos suponer con bastantes visos de credibilidad, están en el Cielo- que sin embargo han sido “cancelados” y no se pueden canonizar. No es gratuita esta pretensión de declararlos “santos antes de tiempo”, pues tienen fama de santidad, sus vidas han dejado una profunda estela de bien en la Iglesia y en la historia de la humanidad, y se ha estudiado concienzudamente su vida. ¿Cuál es su error? Pretender acceder a los altares en el momento equivocado.

Sierva de Dios Isabel la Católica

Sin hacer una investigación exhaustiva, me vienen a la mente dos ejemplos: la Sierva de Dios Isabel la Católica y el Venerable Fulton J. Sheen. Isabel I de Castilla murió con fama de santidad, aunque su proceso comenzó muy tarde, en 1974, es decir, se trataría de un proceso histórico que intentaría determinar su fama de santidad a lo largo de los siglos, como una especie de “culto inmemorial” al estilo del Beato Duns Escoto, que a su vez determine, a través de una estricta indagación histórica, cómo vivió heroicamente las virtudes cristianas. A parte de eso, la cristiandad y la civilización occidental tienen una deuda enorme con Isabel: gracias a su apoyo América fue descubierta, y fue defensora de los derechos de los indígenas como personas humanas, adelantándose por siglos a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En efecto, la reina les da el tratamiento de súbditos libres y reconoce sus derechos humanos. A partir de ese momento, los reyes de España se consideraron protectores de los indígenas, por lo menos durante el reinado de los Habsburgo. Es verdad que algunos colonizadores, encontraban la manera de eludir la ley, pero la ley estaba escrita y fue promulgada por Isabel I.

¿Cuál es el pecado imperdonable de Isabel la Católica? La expulsión de los judíos sefardíes del reino de España. Comprender este hecho implica sumirse en su contexto histórico. Obviamente, con ojos del siglo XXI nos parece una barbaridad, pero quizá no lo fuera tanto desde la perspectiva del siglo XV, que fue cuando ocurrieron los eventos. Justo en ese momento se estaba fraguando el concepto de “nación” o “estado” en su sentido moderno. La nobleza perdía el poder, el cual se concentraba en la figura de los reyes. Había diversos elementos que componían el cóctel de una nación: un solo rey, una sola lengua, una sola moneda, una sola religión. Por eso, en el siglo siguiente se adoptó la consigna: “cuius regio, eius religio”, es decir: según sea la religión del rey, esa será la religión del pueblo que él gobierna. Y esta norma se adoptó en todo el territorio europeo. Es decir, mirando el contexto religioso, fue una medida “normal”, aunque, objetivamente injusta; pero esa injusticia estaba más allá del horizonte de interpretación de la reina. Su beatificación supondría un duro golpe al diálogo interreligioso mantenido con los judíos desde el Concilio Vaticano II, y por ese motivo está en stand-by.

Venerable Fulton J. Sheen

El caso del Venerable Fulton J. Sheen es más sorprendente. Iniciado su proceso durante el pontificado de san Juan Pablo II, declarado Venerable por Benedicto XVI, aprobado por Francisco el milagro que debería abrirle las puertas a la beatificación -finalmente, un milagro documentado atribuido a su intercesión vendría a ser como el acta notarial de que efectivamente se encuentra en el Cielo-, fijada su fecha de beatificación para el 21 de diciembre de 2019, fue suspendida pocos días antes de celebrarse. Este evento, sin duda, resulta novedoso para la añosa historia de la Iglesia, nunca había sucedido algo así. ¿El motivo? Un obispo juzgó que el comportamiento del obispo Sheen con un sacerdote que tuvo una conducta sexual inapropiada en 1963 pudiera ser mal entendido por el Fiscal General de Nueva York. Sobra decir que la investigación histórica realizada durante el proceso exoneraba completamente a Sheen del caso, afirmando rotundamente que “nunca había puesto a niños en peligro”. Pero, dado el revuelo actual sobre el triste caso de la pederastia clerical, donde no hay presunción de inocencia sino de culpabilidad, aconsejaron meter en la congeladora su beatificación, a pesar de su milagro, los frutos en conversiones de su predicación y su magnífica doctrina.

Mirando retrospectivamente, pienso que algunos de los santos más grandes de la historia de la Iglesia, no serían canonizados con los criterios actuales. Me vienen a la memoria dos ejemplos: san Ambrosio de Milán y san Cirilo de Alejandría. San Ambrosio es culpable de lo que podríamos denominar “la primera quema de una Sinagoga en la historia”, perpetrada por monjes en Raqqa, actual Siria. El emperador Teodosio intentó castigar a los culpables, pero Ambrosio, furibundo antisemita, impidió que lo hiciera, sugiriendo que la Iglesia tenía derecho a hacerlo. Mientras san Cirilo de Alejandría, quien también fue antisemita (destruyó su Sinagoga y los expulsó de Alejandría), es culpado por instigar el salvaje asesinato que el populacho perpetró contra Hipatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma. Cabe hacer notar que ambos son doctores de la Iglesia y “campeones de la ortodoxia”: san Cirilo es el principal promotor, dentro del Concilio de Éfeso en el 431 d.C., de que María siguiera considerándose “Theotokós”, es decir, “Madre de Dios”; y san Ambrosio de la conversión de san Agustín, quizá el pensador católico más prominente de la historia. Pero en su época, ser antisemita no te bloqueaba el camino a los altares.

San Ambrosio de Milán

En su tiempo el antisemitismo no era un pecado, ahora sí lo es. La Iglesia ha reconocido, quizá un poco tarde, su parte de culpa en la formación del antisemitismo gracias al gran san Juan Pablo II, que en el contexto de la “purificación de la memoria” publicó: “Nosotros recordamos: Una reflexión sobre la Shoah”. San Ambrosio, san Cirilo e Isabel la Católica obraron con buena conciencia, aunque lo que hicieron objetivamente estuvo mal. Pero en su tiempo eso no se percibía y ello no les impidió a los primeros dos el acceso a los altares, a la última sí. Pienso que lo mismo le sucede a Fulton J. Sheen, durante su vida no había la sensibilidad que hay ahora, y por ello la Iglesia vacila al ponerlos como ejemplo. Pero, finalmente, pienso que eso les tiene a ellos sin cuidado, pues seguro estarán ya disfrutando de la visión de Dios en el Cielo, aunque nosotros no queramos reconocerlo.

Unidad, desafío de la Iglesia

Unidad, desafío de la Iglesia

Para el 2024 la Iglesia Católica se enfrenta a un desafío particular: la unidad. Lo cual no deja de ser, hasta cierto punto, traumático, pues la unidad es don del Espíritu y se realiza en la celebración de la misa de los sacerdotes en comunión con su obispo y de los obispos en comunión con el Papa. Es decir, esto significa que algo estamos haciendo mal, o que Dios no está haciendo su parte. Como lo último es teológicamente imposible, no nos queda sino atender al primer motivo.

Lo anterior, si cabe, se agudiza aún más, pues estamos a medio ejercicio sinodal, es decir, se está poniendo en marcha una “nueva forma de hacer Iglesia”, cuya característica fundamental es expresada por esa palabra: “sinodalidad”, que significa “caminar juntos, en la misma dirección”. Históricamente estamos en el parteaguas entre dos “sínodos sobre la sinodalidad”, que buscan impulsar este nuevo modo de “hacer Iglesia” impulsado por Francisco. No es aventurado decir que, de lograrse, será la gran herencia del Papa a la historia de la Iglesia, pues modificará la manera de gobernarla y tomar decisiones en la posteridad.

Dicho lo cual, no cabe sino constatar que hay otros “actores del drama”. Aunque no está de moda nombrarlo -sólo en las películas de terror, marcadamente exageradas-, el diablo es, nos guste o no, unos de los protagonistas del drama. Y su función es precisamente esa: dividir. Su obra maestra es conseguir la “contradicción de los buenos”: que personas buenas, que buscan el bien de la Iglesia, cada una a su manera, según su propio modo de ver la vida, su cultura y su forma de pensar, estén enfrentadas entre sí. Viene a ser cómo dos burros que, en vez de tirar del carro en la misma dirección, tiran en dirección opuesta. Y tal parece que, de momento, lo está consiguiendo.

De alguna forma la división se ha ido gestando a lo largo de todo el pontificado de Francisco. Su forma de dirigir a la Iglesia y de presentar el mensaje evangélico contrasta marcadamente con la de sus dos predecesores, que iban en la misma línea. Esto, dentro de todo, es normal en la historia de la Iglesia, y se ha visto en su historia reciente; baste pensar en los diferentes modos de dirigir la Iglesia del Venerable Pío XII y de san Juan XXIII. Francisco ha hecho un esfuerzo por mantener cierta continuidad. Así, durante algunos años mantuvo en puestos clave de la Iglesia a personas del equipo de Benedicto XVI, como pueden ser los cardenales Müller y Sarah, o el arzobispo Gänswein. Pero ahora ya no están, desde la renuncia del Cardenal Sarah por límite de edad, los que dirigen la Iglesia son totalmente del equipo de Francisco. En este contexto histórico se ha ido acendrando la división, siendo dos los puntos de inflexión: el Sínodo sobre la Sinodalidad y la Declaración Fiducia supplicans, de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El cardenal Sarah

Conversando sobre el sínodo con uno de los participantes, me hacía notar cómo se notaba esa división en el seno de la Iglesia. Comentaba que la Conferencia Episcopal Norteamericana había elegido a padres sinodales de línea conservadora; Francisco nombró liberales para equilibrar la ecuación doctrinal. La Conferencia Episcopal Alemana había nombrado padres sinodales liberales; Francisco eligió a los pocos obispos alemanes conservadores que quedan. Decía, curiosamente, cómo a lo largo de la estrecha convivencia que hubo durante el sínodo, se manifestaban visiblemente esas diferencias. Mientras los obispos alemanes de línea distinta podían conversar cordialmente a pesar de sus obvias distancias, los obispos norteamericanos de diferentes partidos no se hablaban, no se saludaban, evitaban todo contacto. La conclusión que él sacaba era que resultaba un imperativo urgente tender puentes en el seno de la Iglesia.    

La gota que derramó el vaso de esta crisis de unidad fue la Declaración Fiducia supplicans, que polarizó abiertamente a la Iglesia, haciéndose público el disenso con el Magisterio pontificio, en diócesis singulares (Prelatura de Moyobamba), países enteros (Kazajstán) y continentes enteros (África), con el cardenal Robert Sarah apoyando dichas posturas. Personalmente pienso que se trata de una falta de comprensión sobre el espíritu del documento, pero en cualquier caso, los hechos evidencian dos realidades divergentes: si de una parte constituye un escrito profundamente pastoral y esperanzador, de otra es, claramente, un marcado error de gobierno. Sus efectos, entre los que se encuentra la aceptación del Papa y de la Congregación de la Doctrina de la Fe de que no se aplique en África, no permiten pensar otra cosa. En cualquier caso, la tarea que queda pendiente a la Iglesia en el 2024 es tender puentes dentro de ella misma. El sínodo tiene precisamente esta misión, pero lamentablemente resulta dudoso que lo consiga, porque en realidad es parte del casus belli.

Sínodo de la Sinodalidad

Navidad amarga

Navidad amarga

¿Y a los que no nos gusta la Navidad? ¿De verdad somos tan raros? ¿Hay pocas personas que padecen la “depresión blanca” o “blues de Navidad”? ¿Tenemos acaso un gen de “Ebenezer Scrooge” o “Grinch”? ¿Debo sentirme mal -peor- por sentirme mal en Navidad si soy cristiano? ¿Tenemos motivos objetivos para estarlo?

No quiero ser aguafiestas, pero es una realidad que muchas personas lo que esperamos de la Navidad es que pase pronto. Y no se precisan causas fuertemente objetivas. Supongo, por ejemplo, que para los pocos cristianos que hay en Gaza, la Navidad será más bien amarga. También las personas que viven su Navidad en la UCI, junto con los que los cuidan y los que los quieren, no tendrán una fiesta especialmente entusiasmante. Probablemente muchas personas solas o que han perdido a su familia, por fallecimiento o, por ejemplo, por un divorcio en el que la mujer se lleva a los hijos con sus papás y su nueva pareja. O personas con enfermedades crónicas muy duras, o con graves problemas económicos, o simplemente que no han conseguido alcanzar sus propósitos vitales en ese año o, peor aún, que consideran fracasado el sentido global de su vida. Si vamos sumando, en nuestra herida sociedad, no van siendo tan pocos.

Grinch

A veces las causas -un tanto misteriosas, la verdad-, pueden ser más sutiles. La náusea que provoca la publicidad navideña por todas partes y en clave exclusivamente consumista; el colmo es cuando aparecen chicas “navideñas” semidesnudas. Ya no se consiguen postales con motivos cristianos: el reno, el árbol y Santa han sustituido a Jesús incluso en países tropicales, o del hemisferio sur, donde ahora es verano. El constatar cómo, salvo reductos reducidos y privilegiados, el protagonista de la fiesta es American Express o Visa, pero no Jesús. El ver cómo se vacía de su sentido original la fiesta, de forma que ahora se usa un aséptico “Felices Fiestas”, que no se sabe muy bien qué signifique, más allá de unas copas de alcohol y unos regalos. El ver cómo, en consecuencia, nos encontramos viviendo unos rituales sociales vacíos de sentido, en los cuales te ves forzado a ponerte una careta de felicidad, más falsa que los perfiles de redes sociales y, por supuesto, más amarga. En definitiva, la tristeza por constatar, muy a pesar nuestro, la pérdida del sentido original de la Navidad.

A esta causa, más bien cultural y sociológica, se unen otras más íntimas. La nostalgia por “la Navidad perdida”, es decir, las añoradas navidades de la infancia y adolescencia, que se esperaban con tanta ilusión. Unido a ello, constatar cómo, a diferencia de esos “años maravillosos” se ha perdido en gran medida ese maravilloso don que es “la ilusión” y no se sabe cómo recuperarlo. El vivir una Navidad sin niños, que es como una “Navidad seca”, precisamente porque ellos son los que aportan los mágicos ingredientes de la ilusión, la candidez y la maravilla. La nostalgia por la pérdida de los seres queridos, tan asociados a esas navidades maravillosas, como pueden ser los abuelos y los padres.

Ebenezer Scrooge

A las personas de fe este sentimiento nos provoca un conflicto espiritual. El retruécano se retuerce aún más, porque el significado religioso de la fiesta es de profunda alegría y esperanza. La fe nos dice, además, que el contenido de la Navidad es real, objetivo. No es un cuento de niños, como Santa que entra por la chimenea, o un consuelo para perdedores. Es real: Dios se hizo hombre y bajó al mundo, mostrándose inerme, como un Niño en los brazos de su Madre. Y, al hacerlo, salvó a la humanidad. La fuerza espiritual de lo que conmemoramos debería colmarnos de alegría… debería, pero no lo hace. Si fuéramos santos lo haría, pero no lo somos… todavía.

¿Cómo explicarlo? Tal vez nos ayude una estratagema frecuente en la teología católica, la cual nos dice que “Dios nos salvó”, pero “todavía no se manifiesta plenamente esa salvación”. Ese “ya, pero todavía no”, con el que mágicamente se explica el caos del mundo, la Iglesia y la vida personal. Sabemos que esa plenitud anhelada será una realidad al final de los tiempos, en la escatología, o en la vida de los santos, que de alguna forma la anticipan. Pero en nuestra vida y en nuestro tiempo, sólo nos queda el deseo de que pase pronto, para volver a nuestra rutina salvadora, y no pensar tanto en lo que debería ser, pero no es.

Dilema de la Obra

Dilema de la Obra

En realidad, debería decir “el dilema de la Iglesia”, dada la profunda división que, tanto a nivel de la jerarquía como del pueblo fiel generó la reciente publicación de “Fiducia supplicans”. Pero voy a ceñirme a la realidad del Opus Dei, que es lo que conozco, lo que me esfuerzo por vivir. Hace unos días publiqué un artículo sobre dicho documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual a su vez generó mucha polémica: a unos les gustó mucho, a otros les desagradó profundamente. Más allá de las limitaciones de mi texto, pude percibir una profunda crisis espiritual que padecen algunas -pienso que bastantes- personas de la Obra.

Personalmente considero que los fieles del Opus Dei estamos pasando por un proceso difícil. Una especie de “error en el programa”, “así no corre el programa”. ¿Por qué? Porque la enseñanza de san Josemaría es muy correcta doctrinalmente: son particularmente elocuentes al respecto, sus famosas “Tres Campanadas” que escribió en 1973 y 1974, en el contexto de una grave crisis postconciliar en la Iglesia. Digamos que, en ellas -tres cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei-, con una clarividente prudencia de gobierno, ante el caos generalizado “recogió amarras”, clausuró, por así decir, doctrinalmente a la Obra a cal y canto, apoyándose exclusivamente en la doctrina oficial de la Iglesia: santo Tomás de Aquino y el Magisterio eclesiástico. Recientemente, el libro publicado por José Luis González Gullón y John F. Coverdale, “Historia del Opus Dei” reconoce que, si bien en su momento fueron necesarias esas medidas, con el paso del tiempo produjeron cierto estancamiento en la teología elaborada por fieles de la Obra.

San Josemaría

Pero la enseñanza y la praxis pastoral de san Josemaría parten de un supuesto: “el Papa es ortodoxo”, “el Papa es el garante de la ortodoxia”, “la doctrina es recta si, y sólo si, está en línea con el Papa”. Pero, ¿y qué pasa si un Papa no es tan “ortodoxo”? ¿Quién define entonces lo que es ortodoxo o no? ¿Es la verdad, descubierta por cada quien, y por lo tanto nuestro propio criterio? ¿O nuestro criterio debe ser dócil y humilde y someterse al magisterio del Papa, aunque nos parezca que doctrinalmente está desbarrando? Creo que el propio san Josemaría, si se encontrara en esta situación, se enfrentaría a un dilema insoluble, ante el que solo cabría callar, rezar y esperar. Cuando escribió sus “Tres Campanadas” se enfrentaba a la dolorosa crisis del postconcilio, donde había una gran confusión y ambigüedad doctrinal en la Iglesia y a altísimo nivel, cardenales incluidos. Pero ahora es el Papa, y así el programa no corre. Y resulta obvio que la doctrina de Francisco, en la práctica, aunque se quiera hacer ver lo contrario, no está en la línea de la de san Josemaría, aunque parte esencial de la de san Josemaría sea seguir al Papa incondicionalmente (y, ¡vaya que Francisco nos ha maltratado!).

Es preciso que se me entienda. Es falso afirmar simple y llanamente que las enseñanzas de san Josemaría y las del Papa Francisco son divergentes e incompatibles. No es así, pues ambos aman profundamente a Cristo, a la Iglesia y a las almas. Por eso, siempre pueden buscarse puntos de conciliación; así, por ejemplo, la frase de san Josemaría “de 100 almas nos interesan 100”, puede verse materializada en “Fiducia supplicans”. Pero -hay un pero- san Josemaría jamás habría buscado la cercanía eclesial con esas personas de esa manera. Las similitudes de fondo, entre Francisco y san Josemaría podrían seguir. Hay una que me llena de gran paz: ambos tienen un profundo amor y una gran confianza en la Virgen. Pero en lo que difieren es en los modos; la meta es la misma, el camino es diferente. San Josemaría está más preocupado por la corrección doctrinal, Francisco por la dimensión pastoral de la Iglesia.

Papa Francisco

Por mi parte he intentado seguir el criterio del Prelado de la Obra y de su Vicario Auxiliar: apoyar al Papa. De hecho, el Vicario Auxiliar hizo en su momento un llamado de atención a algunos fieles de la Obra que, respetuosamente, cuestionaban la corrección doctrinal del capítulo VIII de Amoris laetitia, como Ettore Gotti Tedeschi o Scott Hahn. Esto me ha supuesto un desafío intelectual. Por ejemplo, al enterarme por las noticias de la publicación de “Fiducia supplicans” y antes de leer el texto, pensaba: “¿por qué no renuncia ya? (san Juan Pablo II murió a los 84 años, casi 85; Benedicto XVI renunció a los 85; Francisco tiene 87 y, regularmente, pide religiosamente la renuncia a los prelados de la Iglesia a los 75), ¿quién maneja realmente la Iglesia cuando quien la dirige es un señor de 87 años?” Es decir, ante documentos como este, personalmente tengo que realizar un empeño por conseguir “que no me revuelque la ola, sino surfearla”. Eso implica, en la práctica, deconstruir algunos modos y formas que aprendí de san Josemaría, para asimilar los de Francisco. Y, la verdad, finalmente le he descubierto el lado bueno al Papa. Al final del día, si lo hago, es por ser fiel a san Josemaría y por seguir las indicaciones de quien ahora lo representa, su Prelado. Debo confesar que, con frecuencia, las decisiones de gobierno de Francisco me llenan de incertidumbre e inquietud, pero sus escritos de consuelo y esperanza. Ese ha sido el caso de “Fiducia supplicans”. Y sí, por mi parte intento cambiar de “chip”, lo que supone reconocer, de hecho, que en la Obra hemos sido quizá durante mucho tiempo algo -¿mucho?- rígidos, y Francisco nos está enseñando a no serlo.

Mons. Fernando Ocáriz Braña, Prelado del Opus Dei
Fiducia supplicans

Fiducia supplicans

Apenas un día después de cumplir sus 87 años, Francisco ocupaba los titulares de los principales medios de comunicación a nivel mundial. Los encabezados decían, jubilosos, más o menos lo siguiente: “el Papa autoriza las bendiciones de las parejas gay”. Y, por una vez, tenían razón. Normalmente los titulares de los medios profanos suelen ser muy tendenciosos, amarillistas, escandalosos, más cuando tratan de asuntos eclesiales. Pero, en esta ocasión, tenían razón. ¿Un triunfo del “lobby gay”? ¿Se confirma la existencia de un “lobby gay” dentro del Vaticano y a altísimo nivel? Yo diría, no. Más bien se trata de un triunfo de la misericordia, de una lanza a favor de la prudencia pastoral, que prima sobre la rigidez del derecho. De una realidad que expresa cómo la Iglesia es una realidad viva, que se resiste a ser encorsetada, y da cauce a las necesidades pastorales del “Pueblo de Dios”.

Pero, vamos por partes. Como en todo, resulta preciso matizar, para no simplificar una realidad compleja, o verla sólo de modo superficial, porque, más en este caso, se trata de un cambio muy profundo. Lo que afirma la Declaración Fiducia supplicans en realidad es muy simple. Estaba ahí, y no nos dábamos cuenta. Se limita a hacer dos distinciones, una de ellas novedosa. Distingue con claridad primero entre “liturgia” y “piedad popular”. En ese sentido, una cosa son los sacramentos y otra las bendiciones -tradicionalmente consideradas “sacramentales”-. En segundo lugar -y esto es lo novedoso, por eso el documento adquiere la categoría de “Declaración”- establece dos niveles dentro de las bendiciones. Podríamos decir, simplificando, que se tratan de las bendiciones propias del bendicional y reguladas por la Iglesia universal, las conferencias episcopales o las diócesis, por un lado (es decir, las bendiciones de siempre) y, por otro, las que pudiéramos denominar “bendiciones espontáneas”, en un nivel inferior. Al mismo tiempo, con un sólido sustento escriturístico, el documento nos ilustra sobre cómo las bendiciones pueden ser, a su vez, “descendentes” (de Dios hacia nosotros) o “ascendentes” (de nosotros a Dios).

El caso es que, en ese nuevo apartado de bendiciones, caben las bendiciones a personas en situación irregular. No sólo parejas del mismo sexo, también parejas heterosexuales que no están casadas religiosamente, sino sólo civilmente o en unión libre. En sentido más amplio a cualquier clase de pecador -todos lo somos-. El único requisito es evitar cualquier equiparación al matrimonio canónico, es decir, crear confusión acerca de la naturaleza del sacramento. En este ámbito, el texto reafirma la doctrina invariable de la Iglesia al respecto: se da únicamente entre mujer y varón, y debe estar abierto a la vida, con intención de permanecer unidos hasta la muerte.

Las bendiciones de parejas del mismo sexo o en situación irregular, entrarían dentro del ámbito de la piedad popular, y se dejarían a la prudencia pastoral del ministro. En este sentido, ¡cuántas veces no se ve “forzado” el sacerdote a bendecir a unos borrachos! (por algún extraño motivo los atraen, por lo menos en México). Pero, en ocasiones, no sólo a borrachos, también a travestis o a prostitutas. ¿Ya olvidamos aquello del Evangelio: “los publicanos y las prostitutas los precederán en el Reino de los Cielos” (Mateo 21, 31)? Y, en general, a todo pecador, tristemente incluso a narcotraficantes. Nuevamente, todos somos pecadores. El texto afirma con claridad, citando a Francisco: “cuando se pide una bendición se está expresando un pedido de auxilio a Dios, un ruego para poder vivir mejor, una confianza en un Padre que puede ayudarnos a vivir mejor”.

Personalmente me resultan particularmente esperanzadoras las siguientes palabras de Francisco citadas por el documento:

“Las decisiones que, en determinadas circunstancias, pueden formar parte de la prudencia pastoral, no necesariamente deben convertirse en una norma. Es decir, no es conveniente que una Diócesis, una Conferencia Episcopal o cualquier otra estructura eclesial habiliten constantemente y de modo oficial procedimientos o ritos para todo tipo de asuntos […] El Derecho Canónico no debe ni puede abarcarlo todo, y tampoco deben pretenderlo las Conferencias Episcopales con sus documentos y protocolos variados, porque la vida de la Iglesia corre por muchos cauces además de los normativos”

¿Por qué? Por que nos liberan de la camisa de fuerza en la que a veces nos mete el derecho canónico. Y corroboran aquellas otras palabras, tantas veces olvidadas de la Escritura: “la letra mata, pero el Espíritu vivifica” (2 Corintios 3, 6). La rigidez de la norma a veces daña a las personas, eso sucede en todo derecho, pero particularmente en el eclesiástico. Por eso Francisco da un paso histórico dándole un protagonismo pastoral a la prudencia del ministro y, a través de él, a la acción del Espíritu Santo (“El Espíritu sopla donde quiere…” Juan 3, 8), sobre la norma codificada.

Por eso me parece histórico este documento, pues más que una “victoria del lobby gay”, me parece una victoria del Espíritu sobre la norma. Un triunfo de la pastoral sobre el Código. En realidad, la sumisión social al código es reciente -Napoleón lo promulga en 1804-, en la Iglesia es más reciente (1917). En todo caso, se trata de una puesta en práctica de las últimas líneas del último canon del Código (1752): “la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia”. Francisco, simplemente, está siendo consecuente con esta máxima, con la que a veces no concuerdan, en la práctica, los 1751 cánones precedentes.

Protagonistas del Adviento: san José

Protagonistas del Adviento: san José

Si lo pensamos un poquito, san José es la persona más santa, después de Jesús y de la Virgen María, que ha pisado esta Tierra. Pero, a diferencia de los primeros dos, tiene una característica que lo acerca a nosotros: es totalmente como nosotros. Jesús es Dios; no puede haber pecado en Dios, sería como un círculo cuadrado, una contradicción en los términos. La Virgen fue preservada del pecado original, aunque es igual a nosotros, como Jesús, por su condición humana, no experimentó el lastre del pecado, la atracción de la tentación, el vértigo de la concupiscencia (seguramente Ella, como Jesús, fue tentada -el demonio no se toma vacaciones-, pero no sentía la inclinación que nosotros sentimos hacia lo prohibido, fruto del pecado original. Sus tentaciones, como las de Jesús, serían semejantes a las de Adán y Eva: más intelectuales que carnales). San José en cambio, él sí que es uno de nosotros: con pecado original, teniendo que luchar cada día por no ceder a las tentaciones que se le presentaban en el camino. Es verdad que hay un grupo de fieles devotos que sostienen la opinión teológica, de que análogamente a la Virgen, él también habría estado privado del pecado original, por el mismo motivo. Sin embargo, tal opinión no es doctrina oficial de la Iglesia. Personalmente me ayuda más pensar que compartió conmigo el pecado original y, con él, el zarpazo de la concupiscencia.

San José corrige o precisa más nuestra comprensión del misterio de la santidad. A veces la asociamos a manifestaciones sobrenaturales aparatosas: estigmas, don de profecía, bilocación, levitación, fenómenos místicos, cuerpos incorruptos. De todo eso hay, y abundante, en la bimilenaria historia de la Iglesia, que debería comprenderse, fundamentalmente, como la historia de los santos (quienes han vivido plenamente su vocación dentro de la Iglesia). Pero san José nos muestra que eso no es lo más importante, y que el santo más santo de todos, no tuvo prácticamente nada de eso -a excepción de los mensajes que los ángeles le daban en sueños-, y que alcanzó la cima de la santidad fundamentalmente a través de su vida ordinaria: su trabajo bien realizado y su vida familiar. La familia y el trabajo serían los dos ascensores que lo elevaron a la más eximia santidad. Y eso, nuevamente, lo acerca a nosotros, pues su vida es como la nuestra: una vida entretejida en el entramado de relaciones familiares, profesionales y sociales. De hecho, san José tenía prestigio profesional, buena cuenta dan de ello los evangelios, cuando identifican a Jesús como “el hijo del Carpintero” (Mateo 13, 55).

Sagrada Familia

La enseñanza es clara: es en la vida corriente, más que en los fenómenos extraordinarios, donde todos tenemos la posibilidad de encontrar a Dios. Nos ayuda a redescubrir el inmenso filón espiritual que supone una realidad a la que quizá estamos acostumbrados, transfigurándola, convirtiéndola en vía expedita hacia la unión con Dios, accesible a “todos los presupuestos”, es decir, a toda clase de personas. El más grande santo de los santos así se hizo santo. San José era, sobre todo, absolutamente normal. No quiero entrar ahora en la discusión teológica sobre la primacía de la santidad; no busco enmendarle la plana a Jesús cuando afirma: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mateo 11, 11), frente a la conciencia que progresivamente ha adquirido la Iglesia de que san José “le rebasó por la derecha” al ser el Padre putativo de Jesús, es decir, cumplir la misión más importante -después de la Virgen- en la historia de la salvación. Lo cierto es que san José se nos muestra mucho más cercano e imitable a nosotros que Juan el Bautista. Este último vivía en el desierto, se alimentaba de langostas y miel silvestre, vestía una piel de camello y anunciaba en tonos dramáticos y urgentes la necesidad de la conversión… no deja de ser una personalidad excéntrica. San José, en cambio, se nos muestra callado, trabajador, amante de su familia. Digamos que representa un esquema vital mucho más común que el anterior. No faltarán en la Iglesia vocaciones proféticas, como la del Bautista, pero la inmensa mayoría de los cristianos, nos vemos reflejados más bien en san José.

Los evangelios son parcos al hablar de María, recogen pocas palabras de Ella. De san José, ninguna. Es el hombre de confianza de la Trinidad, atendiendo especialmente al tiempo en el que Jesús vino al mundo, marcadamente machista, en el cual las mujeres contaban más bien poco, José era cabeza de familia. Bajo su responsabilidad estaba la Sagrada Familia. Podríamos decir que “las joyas de la corona de la Trinidad”, Jesús y María, habían sido puestas bajo su cuidado. Por eso es él quien recibe el aviso, por parte de los ángeles, de huir a Egipto y luego de volver a Judea primero, Galilea después. Los más valioso del Dios Trino en el mundo era su responsabilidad, lo que no nos permite dudar de que san José fue el hombre de confianza de la Trinidad.

¿Cómo era san José? Esa pregunta se la han hecho prácticamente todos los hombres de oración a lo largo de la historia. Los evangelios nos dejan ver más bien poco, pero rico en contenido y en enseñanzas para nuestra vida. Lo más clamoroso y evidente es que José era callado. No era un varón de muchas palabras, de las palabras más largas que las obras, como sucede con frecuencia; por el contrario, era un hombre de hechos, en el que Dios podía confiar. Si comparamos el desvelamiento de la vocación de la Virgen con el de san José, hay una diferencia muy clara: a la Virgen el Arcángel Gabriel le pregunta y, como diría san Bernardo, toda la creación espera anhelante su respuesta. A san José, en cambio, simplemente le avisan -no le preguntan-, el ángel le dice con claridad lo que tiene que hacer: recibir a su esposa y ponerle al fruto de su seno Jesús, y lo hace.

Es decir, no sólo era callado. Era eficaz. No un hombre de problemas, sino de soluciones. Pero -y esto es muy importante- ante todo, un hombre dócil a la acción de Dios, maleable a la acción del Espíritu Santo. Se deja conducir por Dios, baila al son que Dios le pone. Vive, en consecuencia, un confiado abandono en las Manos de Dios, pero, al mismo tiempo, pone toda su energía y creatividad al servicio del designio divino. Por eso, por ejemplo, en vez de quedarse en Belén o en Judea al morir Herodes, prefiere irse a Galilea para estar más seguro, y un ángel le confirma en la corrección de su decisión. Es decir, no era alguien pasivo, que se limitaba a “cumplir órdenes”, sino que tenía iniciativa personal, sólo que la adecuaba al plan de Dios cuando este le era manifestado. Por eso, con toda naturalidad, no le tembló la mano a la hora de enseñarle a Jesús su propio oficio, de manera que también Jesucristo era conocido por su trabajo: “¿no es este el carpintero, el hijo de María?“ (Marcos 6, 3). Alguien hubiera podido pensar: “¡cómo se atreve a enseñarle un oficio tan humilde al que ha venido al mundo para salvarlo!” Pues sí, se atrevió, de forma que Jesús nos salvó no sólo en la Cruz, sino también a lo largo de sus años de vida oculta, trabajando, codo con codo, con san José.

Callado, eficaz, dócil y humilde. San José era el más humilde de los hombres. No “se le subió” haber desempeñado el más importante de los oficios: ser cabeza de familia en la Sagrada Familia; tener a su resguardo a Jesús -¡Dios mismo!- y a María. Por el contrario, vivió una vida absolutamente normal y murió, podemos suponerlo, agotado, trabajando. No por nada es el “patrono de la buena muerte”, pues murió acompañado de Jesús y de María, “pronunciando estos nombres dulcísimos”. Impresiona pensar que Jesús y María sufrieron por la muerte de José, le echarían en falta. En cualquier caso, fue un hombre de trabajo y de humildad, nada pagado de sí mismo, consciente de que él no era el centro, sino lo era Jesús. Aceptando gozoso esa realidad, asumiendo su papel.

Muerte de san José

San José, en consecuencia, puede ser también descrito como alguien cuya pasión era servir y pasar desapercibido, es decir, no “apuntarse el tanto”.  Trabajador, discreto, eficaz, servicial. Entendía su vida entera como un servicio, a Dios en primer lugar, a través de Jesús y de la Virgen, y eso le llenaba el alma. Pero, con su trabajo, además de servir a su familia proporcionándole un digno medio de sustento, servía a la entera sociedad, al realizarlo bien, con perfección, con pasión. Un hombre cuya pasión es servir, vivir para los otros, estar disponible a la misión de Dios. San José redescubre entonces la grandeza del servicio -tan vilipendiada e incomprendida por la cultura dominante- mostrándonos cómo servir es “oro molido” en la presencia de Dios. De hecho, Jesús dijo con claridad: “no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida” (Marcos 10, 45). Impresiona pensar que eso mismo Jesús lo vio encarnado en la vida de su padre putativo. De manera que, como san José, vamos por buen camino -y a contracorriente, lógicamente-, cuando nuestra mayor aspiración es servir. El servicio desinteresado a Dios y a los demás colma de sentido nuestras vidas. La humanidad tiene urgente necesidad de redescubrirlo, como tiene necesidad de redescubrir la vocación de madre, es decir, la grandeza de la vocación al servicio desinteresado, que se convierte en donación total de sí misma; un auténtico holocausto discreto, agradable a los ojos de Dios a la par que políticamente incorrecto.

Por todo eso y por mucho más, san Josemaría Escrivá afirmaba que san José era “patrono de la vida interior”. En efecto, la esencia de la vida cristiana es el amor. Si san José se hizo santo no fue solamente por trabajar y tener una familia -prácticamente todos los seres humanos nos encontramos en ese supuesto y no por eso somos santos-, sino por amar a Dios a través de su trabajo y de su familia. Aunque, de alguna forma, él “hizo trampa”, porque Jesús, que es Dios, era parte de su familia. Amar a Dios y a su familia eran uno y lo mismo, la misma cosa. La santidad puede ser descrita, más amablemente, como amor a Jesús y, ¿por qué no?, a la Virgen (nos parecemos a Jesús cuando amamos a su Madre como Él la amaba). José no hizo otra cosa en su vida que amar a Jesús y a la Virgen. Realizaba su trabajo por amor a Jesús y a la Virgen, vivía su vida familiar amando a Jesús y a la Virgen. A nosotros se nos presenta la misma atractiva posibilidad, sólo que más difícil: san José amaba a una familia real y perfecta; nosotros tenemos que amar a una familia real e imperfecta, y quizá por eso tenemos más mérito. San José no tenía que hacer esfuerzos para descubrir a Jesús; nosotros tenemos que hacerlos para descubrirlo en nuestros familiares, colegas y amigos. Pero, precisamente por ello, le pedimos ayuda al mismo san José, para que, como él, amemos a Jesús y a María a través de nuestra familia y nuestro trabajo.

La contemplación sencilla del nacimiento -¡qué no se pierda esta hermosa costumbre cristiana!- no sólo nos obtiene este año la “indulgencia plenaria”, ofrecida por el Papa Francisco, sino que también nos ayuda a redescubrir el sentido de nuestra vida ordinaria, a replantearnos su valor, a vivirla de manera diferente, transfigurada, henchida de amor y como lugar de contemplación.

MDNMDN