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¿Por qué Trump?

¿Por qué Trump?

Para muchos comentadores, estudiosos  y observadores políticos, la presidencia de Trump es una aberración: un síntoma inequívoco de graves patologías en la democracia de EUA.

¿Qué explica la popularidad continuada de Donald Trump y el Partido Republicano, a pesar de todo lo malo que conocemos del actual presidente norteamericano?

Una reflexión de Guillermo Salas Vargas

La ola que nunca llegó

A juzgar por los pronósticos de las últimas encuestas que se realizaron entre los votantes de EUA antes del 3 de noviembre, todo parecía indicar que vendría una así llamada “ola azul”: una marea de votos que permitirían al Partido Demócrata  conservar su amplia mayoría en la Cámara de Representantes, obtener una mayoría en el Senado, y ganar la presidencia con Joe Biden por una diferencia suficientemente grande como para evitar que los previsibles reclamos de Trump tuvieran mucho eco.

Sin embargo a mediados de noviembre está claro que la mayoría republicana en el Senado probablemente se mantendrá, aunque podría surgir un empate de 50 senadores por cada partido si los dos candidatos demócratas de Georgia triunfan en segunda vuelta, programada para el 5 de enero próximo.

Y el Presidente Trump hasta el día de hoy sigue “haciendo ruido”, con el apoyo de ciertos políticos republicanos,  algunos comentaristas de Fox News (no todos) y otros medios “trumpistas”, con su alegato de que hubo fraude en el conteo de votos, y que fue él quien realmente ganó la elección. Pero aun cuando eventualmente se confirme su derrota, quedará el registro de que recibió 73 millones de votos, 10 millones más que en 2016. 

Por su parte, Biden obtuvo casi 79 millones, 13 más que los que recibió Hillary Clinton hace 4 años. Y es que la participación del electorado en esta ocasión ascendió al 66%, lo cual constituye un récord histórico y demuestra la importancia que los ciudadanos le dieron a la elección de 2020. Por si fuera poco, la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes se estrechará, de 35  a solamente 9 congresistas de diferencia. En la legislatura que termina el próximo 3 de enero, había 233 demócratas por 198 republicanos, un independiente y tres vacantes; para la siguiente legislatura fueron electos 222 demócratas y 213 republicanos.


¿Qué explica la popularidad continuada de Donald Trump y el Partido Republicano, a pesar de todo lo malo que conocemos del actual presidente norteamericano?

Algunos comentaristas han sugerido una respuesta simple: A finales de marzo Trump firmó una ley llamada en inglés “Cares Act”, por la que el gobierno distribuyó más de 500 “trillion dollars” (o sea, 500 billones en español, o 500 millones de millones) a la ciudadanía. La distribución se hizo en forma de cheques de apoyo a los hogares definidos como “pobres” -i.e., que reciben menos de cierto ingreso anual. Tales hogares recibieron $1,200 dls. por cada adulto y $500 dls. por cada niño. Además, se otorgó un ingreso suplementario de $600 dls. semanales a los beneficiarios del seguro de desempleo.  

El demonio no es como lo pintan

Un viejo chiste caricaturiza la actitud que supuestamente adoptarían un republicano y un demócrata si se encontraran a una persona a punto de ahogarse en un estanque profundo: el demócrata le aventaría una cuerda taaan larga, que la persona se ahogaría antes de jalarla lo suficiente para llegar a la orilla; y el republicano le echaría una cuerdita demasiado corta, alegando que la persona primero debe nadar la distancia suficiente como para llegar a ella, a fin de demostrar que merece ser rescatado.

Así, imaginemos que un típico simpatizante del Partido Republicano, o inclusive una persona de la clase media conservadora que no estuviera afiliada a ningún partido, se habría asustado al escuchar las propuestas  de pre-candidatos presidenciales como Bernie Sanders, Elizabeth Warren o Kamala Harris; y lo mismo con otras posturas de otros candidatos del Partido Demócrata, como la joven congresista de 31 años, Alexandra Ocasio-Cortés, neoyorquina de origen puertorriqueño; pues implicaban el otorgamiento de subsidios y, consecuentemente, nuevos impuestos y una mayor participación gubernamental en la economía. 

Y es que las propuestas del ala radical demócrata, que tanto entusiasman al sector de izquierda de su partido, son anatema para los votantes suburbanos de clase media, e inclusive para muchos de los votantes de la clase trabajadora en EUA. Ejemplos de ese tipo de propuestas –naturalmente, retratadas en la forma más alarmista posible por los anuncios televisivos de Trump y de los republicanos durante sus respectivas campañas– fueron: otorgar atención médica subsidiada (Medicare) a todos los ciudadanos, de cualquier edad y condición socioeconómica; que el gobierno federal dé garantías de empleo a todos; y estructurar un llamado “Green New Deal”, para apoyar la generación de energías limpias, todo esto conllevaría enormes subsidios. Inclusive, algunos candidatos llegaron a hablar de abolir el Departamento de Inmigración y Aduanas (ICE), y a la vez liberalizar la entrada de inmigrantes.

Trump y sus correligionarios señalaron repetidamente en los últimos meses que los demócratas se habían radicalizado y que querían llevar al país al socialismo, reducir el financiamiento a la policía y cancelar a cualquier costo y con premura el uso de combustibles derivados del petróleo. Todos esos dichos pueden haber sido exagerados, pero los republicanos infundieron temor en muchos votantes, dándole publicidad a esas propuestas “socialistas” de los candidatos del Partido Demócrata.

Trump y los republicanos supieron además presentarse como los realistas defensores del “American Way of Life”. Un caso concreto es la propuesta de abrir cuanto antes la economía, restando importancia al uso de mascarillas. La propuesta fue muy bien recibida por todos aquellos cada vez más hartos del confinamiento y crecientemente preocupados por las graves consecuencias económicas que provoca.

Otro asunto que Trump y los republicanos lograron capitalizar a su favor fue el de las protestas sociales que se generaron por el asesinato del afroamericano George Floyd por parte de un policía blanco, el 25 de mayo pasado. Si bien al principio hubo una amplia simpatía por la causa de los afroamericanos y en contra de la discriminación racial, con el tiempo, tanto en los medios masivos tradicionales como en internet, fue ganando presencia la preocupación por la aparición de movimientos extremistas como  “Antifa”, que exigían reducir el financiamiento a la policía y que, además,  realizaron desmanes en varias ciudades.

Esto provocó que Trump fuera capaz de infundir miedo entre muchos votantes, tachando de blandengues e incapaces de poner orden a las autoridades demócratas en ciudades como Portland, Lansing y varias más. En ese contexto, el primero de junio, Trump declaró desde la Casa  Blanca:

“Nuestra nación ha sido tomada por anarquistas profesionales, multitudes violentas, incendiarios saqueadores, criminales alborotadores…” Sus palabras tuvieron peso entre muchos votantes, más aún si tomamos en cuenta que fueron dichas por un presidente en funciones.

Otro factor que favorece la popularidad de Trump en amplios sectores de la población es que en el imaginario colectivo de muchos norteamericanos permanece el “cowboy” del Viejo Oeste como el modelo a seguir. Eso explica, al menos parcialmente, que les interese tanto el permiso de tener y portar armas; esto sumado a un acendrado individualismo, que conlleva no depender del gobierno más que en lo indispensable. Por esa forma de pensar, es comprensible que a Trump se le perdonen muchas infracciones que serían muy graves en otros políticos, ya que su historia personal y las políticas que ha venido aplicando desde hace 4 años evocan en sus partidarios el arquetipo del vaquero individualista y autosuficiente.


Diferencias fundamentales

A lo anterior hay que agregar las políticas que se identifican con los demócratas y que repugnan a grupos específicos, como por ejemplo:

1. La política exterior “fuerte” de Trump en comparación con la de Obama, que se percibe como débil al no haber confrontado claramente a China, no haber exigido mayor gasto en defensa a los países europeos miembros de la OTAN, así como a los japoneses; haber cedido a algunos requisitos que puso Irán para frenar el desarrollo de su energía atómica (aunque en este punto todos los aliados europeos siguen pensando que era mejor el acuerdo logrado por Obama que la actitud agresiva de Trump); haber restablecido las relaciones diplomáticas con Cuba sin obtener nada a cambio; no haber frenado enérgicamente a la inmigración indocumentada, etc. A esto hay que sumar la percepción de que Trump está haciendo lo posible por retirar cuanto antes las tropas norteamericanas de Siria y Afganistán.

 2. La política comercial poco proteccionista del gobierno anterior, que muchos culpan de la desindustrialización del “Rust Belt”, la zona geográfica que comprende estados como Michigan, Ohio y Pennsylvania. Una región en la que en las últimas décadas han quebrado muchas empresas industriales debido al  avance de la automatización o a la descolocación de plantas fabriles, que se han ido estableciendo en países con menores costos laborales. Proceso que además se aceleró con el ascenso de China como potencia global comercial en los últimos 20 años y que provocó un aumento significativo en su participación en las importaciones que llegan a EUA.  3. La política demasiado permisiva del Partido Demócrata en materia de aborto, que es reprobada por personas creyentes de diferentes iglesias, entre ellos muchos protestantes, católicos e incluso musulmanes. Creyentes que son partidarios de aplicar leyes más restrictivas al respecto.

Trump, Biden y sus posturas sobre el aborto

A diferencia de la mayoría de los países europeos en la coyuntura actual, en EUA todavía se espera que  los jefes de estado y de gobierno sean de religión cristiana, al menos nominalmente. En ese contexto, es interesante que cuando John F. Kennedy fue investido como candidato demócrata en 1960, uno de los temas que resultaron polémicos durante su campaña fue su catolicismo, pues todos sus predecesores habían sido protestantes, ya sea episcopalianos, presbiterianos, luteranos, metodistas o bautistas.

Kennedy se desmarcó de las acusaciones de que sería un presidente “papista” mediante un discurso muy oportuno que pronunció el 2 de mayo de 1960, frente a un grupo de pastores protestantes en Houston, Texas. En ese discurso, Kennedy citó una carta de los obispos católicos publicada en 1948, poco después del fin de la II Guerra Mundial. En la carta los obispos expresaban su sincero y profundo apoyo a la democracia norteamericana. Kennedy se comprometió además a  que sus creencias privadas no interferirían con su eventual actuación como presidente de EUA, ya que no favorecería a la Iglesia Católica frente a otras iglesias o creencias de la ciudadanía. Si bien con el tiempo nos hemos enterado de que Kennedy distaba de ser un católico devoto, su imagen pública en vida se mantuvo invariable y, en cualquier caso, el tema del aborto no estaba presente en el escenario político de aquella época.

Sesenta años después, los dos candidatos a la presidencia se presentaron como personas creyentes: Joe Biden como católico y Donald Trump como episcopaliano  (la Iglesia Episcopal se separó de la Anglicana a raíz de la independencia norteamericana)

En relación con la decisión de la Suprema Corte conocida como “Roe vs. Wade” de 1973 (en la que 7 magistrados votaron a favor de liberalizar el aborto, con sólo 2 en contra), Biden, en ese entonces joven senador por Delaware, declaró lo siguiente: “No me gusta la decisión de la Suprema Corte sobre el aborto. Creo que fue demasiado lejos. No creo que una mujer tenga por sí sola el derecho a decir qué debería pasar en su cuerpo”.

Tres años después, Biden emitió un voto a favor de la enmienda Hyde de 1977, que bloqueó desde entonces el acceso irrestricto al aborto a personas de escasos recursos que recurrieran a Medicaid, excepto en los casos de incesto, violación o si el embarazo ponía en peligro la vida de la madre.

Veintinueve años más tarde, en 2006, Biden reafirmó su parecer de que el aborto no debería ser cubierto con fondos federales y, además, votó en contra de permitirlo en el último trimestre del embarazo. Dijo entonces: “No considero que el aborto sea una elección y un derecho. Creo que es siempre una tragedia. Creo que debería ocurrir muy rara vez y siempre de forma segura, y creo que nos deberíamos de concentrar en cómo reducir la cantidad de abortos”.

Seis años después, en 2012, durante un debate entre candidatos a la vicepresidencia con su contraparte Paul Ryan (recordemos que la fórmula republicana tenía a Mitt Romney como candidato a la presidencia), el ahora presidente electo dijo: “Acepto la posición de mi Iglesia con respecto a que la vida comienza en la concepción. Es el dictamen de la Iglesia. Lo acepto en mi vida personal. Pero me niego a imponerlo sobre otras personas igualmente devotas, cristianas, musulmanas y judías. Simplemente me niego a imponerlo a otros.”

Y finalmente, el 31 de julio pasado, durante un debate con Kamala Harris, quien en ese momento todavía era su rival para la nominación del Partido Demócrata, Biden dijo: “Apoyo el derecho de una mujer a elegir. Lo apoyo porque es un derecho constitucional. Lo he apoyado y seguiré haciéndolo y, como presidente, actuaré para que el Congreso legisle que también sea ley”. A esto, Kamala le replicó: “¿Por qué te llevó tanto cambiar tu posición sobre la enmienda Hyde?”. Y Biden respondió: “Porque antes de este momento no había financiación federal completa para todos los servicios reproductivos”, respuesta que no resulta convincente.

En síntesis, Biden ha ido modificando su criterio, que actualmente ya es indistinguible del de su compañera de fórmula Kamala Harris. ¿Conveniencia política? Seguramente, pero también puede decirse que esa evolución es un caso de la “dictadura del relativismo”, de la cual ha hablado el papa Benedicto XVI.

Por su parte, para los partidarios de Trump, éste ha desempeñado un papel análogo al de Constantino en el Imperio Romano durante el siglo IV, a quien los cristianos deben el cese de la persecución a la iglesia primitiva, aunque la conducta personal del emperador también dejara mucho que desear: entre otras cosas, ordenó la ejecución de su cuñado, su hijo mayor y su segunda esposa; pero decretó también la prohibición del secuestro de niñas, y de la pena de muerte por crucifixión. Castigo que sustituyó por la horca, un castigo menos cruento. 

Toda proporción guardada con Constantino, hay personas religiosas que, sin simpatizar con la persona de Donald Trump, han votado por él porque lo perciben como alguien que está dispuesto a defender principios y valores que coinciden con los suyos. Un ejemplo es la reciente designación como magistrada de la Suprema Corte de Amy Coney Barrett, abogada de 48 años, egresada de la Universidad de Notre Dame y percibida como conservadora; en sustitución de Ruth Bader Ginsburg, quien murió en septiembre, y que era todo un símbolo del ala progresista en la Corte. 


Hija de un abogado de la compañía petrolera Shell y de un ama de casa, y la mayor de siete hermanos, la jueza Barrett tuvo una formación religiosa dentro de “People of Praise”, un grupo católico muy devoto en Metairie, un suburbio de Nueva Orleans, Luisiana.  La ahora magistrada es madre de siete hijos, dos de ellos adoptivos, que nacieron en Haití. Su hijo menor tiene síndrome de Down.

La jueza Barrett (a quien Trump ya había designado Jueza de la Corte de Apelaciones del Séptimo Circuito en 2017, con el apoyo casi exclusivo de los senadores republicanos), reúne las características de ser una abogada sumamente erudita, con arraigadas convicciones religiosas, a la vez que es una madre de familia que aún tiene hijos en edad escolar. Todo esto la hace muy bienvenida por las personas que comulgan con su forma de pensar, muchos de los cuales probablemente dieron su voto a Trump.

No es mi intención defender a. Trump, solamente describir algunas de las razones por las que, aun habiendo perdido la elección, obtuvo 10 millones de votos más que hace 4 años, señal de que recibió el apoyo de personas que no necesariamente son racistas ni defienden ideas extremistas, como muchos comentaristas públicos han sugerido y como quizá piensan muchos de los opositores de Trump.

Desde una óptica más general en torno a la evolución política reciente y futura en EUA, es previsible que las políticas que adopte la administración Biden a partir del 20 de enero serán  más razonables y predecibles que las del gobierno de Trump. Y que el control mayoritario que ejercerán los republicanos en el Senado servirá como contrapeso para modificar cualquier iniciativa proveniente del Ejecutivo que no cuente con respaldo bipartidista, lo cual puede evitar que los radicales del Partido Demócrata impongan su agenda al presidente Joe Biden, quien se caracteriza por su moderación y ánimo negociador.  Mi pronóstico es que el 8 y luego el 14 de diciembre se certificará que Joseph Biden ganó efectivamente la elección, al hacerse entrega públicamente de los “Certificados de Comprobación” por cada uno de los 50 estados de la Unión Americana. Posteriormente, es previsible que las cosas se irán normalizando hasta que el 20 de enero tenga lugar la tradicional ceremonia inaugural del nuevo gobierno. Pero está por verse si Trump se dignará asistir a esa ceremonia.


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