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Criptoarte: ¿Alternativa o dilema?

Criptoarte: ¿Alternativa o dilema?

Por Aldo Téllez Olmos

La pandemia que el mundo entero ha sufrido en el último año y el cierre de espacios artísticos y culturales para evitar aglomeraciones han provocado que el mundo digital evoluciona de una manera inimaginable. El mundo del arte no ha sido la excepción a este fenómeno. Muchos museos a lo largo del mundo han tenido que adaptarse a estos tiempos y modernizar sus páginas web y sus plataformas para que el público pueda seguir recorriendo sus pasillos y tener acceso a las obras de arte de manera virtual. 

El Museo del Prado en Madrid y La National Gallery de Londres son grandes ejemplos de espacios culturales con uno de los mejores contenidos para poder recorrer y conocer sus piezas artísticas de manera virtual. El MoMa de Nueva York ha producido distintos podcasts y cursos en línea de forma gratuita para acercar al público al mundo del arte. 

También las galerías de arte han sufrido el impacto de la pandemia y han tenido que reinventar el mundo artístico, no sólo con la venta en línea, sino al adaptarse y crear inauguraciones y exposiciones virtuales o mirar hacia el arte digital, que dadas las circunstancias, logra ser más accesible para las personas. En este sentido, el arte digital es importante para la democratización del arte y la cultura. Sobre todo ha cambiado su imagen y perspectiva, ya que hoy hasta un meme puede ser considerado una pieza artística, pues más que la pieza en sí, importa lo que significa y representa.

Galeria. Foto: Adrianna Calvo

Otras alternativas para el acceso a la cultura, además de las plataformas digitales de los museos o exposiciones artísticas de manera virtual por parte de galerías, ha sido la creación de aplicaciones móviles como la francesa Ask Mona, un chat automático que te recomienda exposiciones o eventos culturales según los intereses que cada uno tenga. Desde hace varios años se acrecentaron las plataformas de streaming de espectáculos artísticos como obras de teatro, ballet, óperas o hasta espectáculos circenses. Un gran ejemplo es la plataforma francesa Marqueé TV en donde puedes reproducir grandes espectáculos y que funciona con membresías mensuales, tal y como lo hace Netflix o Amazon Prime Video.  En el mercado latinoamericano también podemos encontrar la plataforma argentina Selecta TV, en la cual se pueden reproducir conciertos, ballet y óperas de la misma manera que como funcionan las anteriores. 

Youtube también ha sido parte fundamental en la difusión y emisión de espectáculos artísticos en todo el mundo, tanto que compañías tan afamadas como la National Theatre de Inglaterra que ha subido obras gratuitas para verlas temporalmente en su canal de Youtube con actores de renombre internacional como Gillian Anderson o Josh O’Connor, entre muchos otros. 

Sin embargo, fue en marzo pasado, cuando el mundo cultural vivió  un hecho sin precedentes. El artista digital estadounidense de 39 años Mike Winkelmann, mejor conocido como Beeple, se hizo famoso por vender una pieza suya titulada “Every Day: The First 5 Thousands Days”, encriptada en NFT’s, por la exorbitante cantidad de 69 millones de dólares, a través de la famosa casa de subastas británica Christie’s. Con esto, Beeple ha logrado posicionarse entre la élite de los artistas que, junto con Jeff Koons y David Hockney, son hoy en día los artistas más cotizados en el mundo del arte. 

“Everydays: The First 5000 Days” de Beeple en Christie´s

La pieza artística es un collage de imágenes digitales que Beeple ha creado a lo largo de su carrera y la gran noticia no es la venta de una obra digital, ya que el arte digital ha existido desde hace ya unas cuatro décadas. Lo que se vuelve trascendente es que es la primera venta de arte a través de una casa de subastas con Token No Fungibles (por su traducción del inglés) y legitima una nueva práctica en el mercado artístico y coleccionista. 

¿Pero qué son los NFT’s? ¿Qué es el criptoarte? Y ¿Cómo esto puede estar relacionado a la preservación del patrimonio cultural? 

Los NFT’s (Non Fungible Token) son certificados de autenticidad digital y utilizan lo que se conoce como tecnología “blockchain”, que por su nombre en inglés, son literalmente bloques que contienen una base de datos y que resguardan la información encriptada como una especie de libro contable y esto los convierte en certificados mucho más seguros que los ya conocidos hasta ahora, ya que cada NFT es único e imposible de ser reemplazado. 

Beeple ha comercializado su arte desde el año 2007 a través de su página web, sin embargo, para avalar la autenticidad de sus piezas, solía hacer envíos a sus compradores de un “kit”.  Este paquete llegaba a contener un marco digital donde se proyectaba la obra que había comprado, junto con un tubo de cristal que contenía un pelo del artista para demostrar que la pieza artística era de Beeple, ya que al ser arte digital, se podía reproducir de una manera más fácil y era una de las maneras para que el comprador se sintiera seguro con la obra que había adquirido.

Si bien la obra de Beeple no ha sido la primera pieza digital en ser subastada como criptoarte, ya que en el 2014 la pintura del artista francés Youl “Last Bitcoin Super” fue vendida a través de eBay por 4.64 Bitcoins, ninguna casa de subastas había vendido una pieza a través de NFT’s y mucho menos se habrían imaginado que la pieza sería vendida en esa cantidad de millones dólares, ya que en un inicio la casa de subastas británica Christie’s estimaba que la pieza se vendería alrededor de unos 10 mil dólares. La subasta no se llevó a cabo en un solo día sino que se realizó en aproximadamente dos semanas, ésta comenzó con 100 dólares. Sin embargo, después de unas cuantas horas la obra ya estaba siendo subastada en 50 mil dólares y una semana después ya había alcanzado un valor de 1 millón de dólares, pero fue hasta el 11 de marzo de este año que la obra se vendió en la módica cantidad de 69 millones de dólares, superando las expectativas de una manera increíble y abrió el panorama para las ventas millonarias de obras intangibles. 

Beeple explica: ¿Qué es un NFT´s? Canal: Sam and Niko

Otra de las particularidades de la pieza artística de Beeple es que, aunque se han vendido más obras a través de criptomonedas, esta pieza rompe paradigmas, porque no es una sola pieza sino es el conjunto de varias, dentro de las cuales también contiene memes encriptados y GIFs lo que la convierte en una pieza disruptiva para el mundo del arte tradicional. 

Uno de los elementos más relevantes en el proceso de creación del arte que lo caracteriza de otras disciplinas es la capacidad de proteger su trabajo y que no pueda ser reproducible, también debe tener originalidad y ser único, para que no sea duplicable sin la autorización del artista. En este sentido, si una persona crea algún contenido digital, en este caso una obra de arte digital, corre el riesgo de que sea replicada y reproducible infinidad de veces, lo que conlleva a que la pieza artística vaya perdiendo su valor con el paso del tiempo ya que se convierte en algo común que se puede encontrar por todos lados. 

Es aquí donde el criptoarte juega un papel de innovación para los artistas de esta rama y que sus piezas no se devalúan. Sencillamente el criptoarte es una  pieza creada por un artista que contiene una firma encriptada de manera de blockchain, y esto conlleva que avala su autenticidad, con esto se logra una venta de la pieza y el comprador obtiene una pieza cien por ciento original y verificada.  A diferencia de las obras físicas y convencionales que conocemos en cualquier museo o galería de arte, el criptoarte avala que cada pieza creada tiene un identificador (NFT’s) exclusivo, que sirve para  verificar y rastrear todo el historial dentro del blockchain. Con ello, la pieza artística puede ser grabada en el libro público digital inmutable del blockchain lo que significa básicamente “tokenizar” o grabar. 

Es en este sentido en donde la tecnología de blockchain abre una nueva alternativa a la posibilidad de que se pueda guardar evidencia de patrimonio cultural material e inmaterial de cualquier sociedad y es en este caso donde la artista y arquitecta Azra Aksamija, originaria de Bosnia y Herzegovina, con su pieza artística “Matriz de Memoria”, interviene para preservar el patrimonio que se encuentre bajo conflictos bélicos étnicos o nacionalistas, como es el caso de la guerra de Siria

Memory Matrix Crowd-funding. Azra Aksamija

La Matriz de Memoria es un monumento temporal en continuo proceso de construcción y desmantelamiento. El proyecto cuestiona la ética de la preservación a través de experimentos en la creación futura del patrimonio, particularmente en tiempos de guerra. La pieza despliega más de 20,000 pequeños elementos fluorescentes de píxeles cortados con láser y grabados con contornos de sitios del patrimonio mundial desaparecido y amenazado. Estos esquemas se diseñan en talleres transculturales participativos y se producen utilizando técnicas de fabricación digital. La Matriz de Memoria toma diferentes constelaciones en varios lugares para crear distintas imágenes que contengan la forma de fragmentos del patrimonio cultural amenazado o desaparecido. El proyecto tiene como objetivo mejorar nuestra comprensión del patrimonio cultural global común a través del arte contemporáneo, creado con la colaboración de estudiantes, artistas e innovadores en territorios culturales en disputa, lo que lo convierte en un proyecto interdisciplinar e intercultural.

La primera instalación de este proyecto tuvo lugar en el MIT de Boston, Massachusetts. Los píxeles se colgaron en andamios y vallas fronterizas para crear una imagen tridimensional del Arco del Triunfo, recientemente destruido, de la antigua ciudad de Palmyra, en lo que hoy es el territorio de Siria y que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Siria lleva ya 11 años en constantes conflictos bélicos y crisis humanitaria, sin embargo, es un país con una gran riqueza cultural y su patrimonio debe ser preservado. 

El Arco de Triunfo de Palmyra fue construido en el siglo III para el emperador Septimio Severo y fue destruido por ISIS en octubre de 2015, aunque algunos restos siguen en pie. La Matriz de Memoria critica el uso de las imágenes de destrucción medidas, que fueron producidas como arma. El arco, en la pieza de Azra Aksamija, solo se puede visibilizar a través del movimiento que el mismo espectador realiza al caminar por la obra y cuando es animado por la luz y el viento. 

Arco del triunfo de Palmyra. Foto: Bernard Gagnon.

Azra Aksamija, dado su origen y pasado en la guerra de los Balcanes, ha trabajado constantemente en la herencia cultural de dicha zona por los conflictos bélicos y el actual conflicto del Medio Oriente. 

La UNESCO, como entidad internacional destinada a resguardar, promover y preservar el patrimonio cultural de la humanidad y otras instituciones internacionales han tratado de resolver y trabajar para poder conservar el patrimonio que existe en zonas de guerra por todo el mundo a través de la captura de dicho patrimonio e ingresarlo en una base de datos, sin embargo, el simple hecho de tener un registro, no resuelve la problemática de su destrucción y/o de la preservación de los mismos. 

Por esto las nuevas alternativas digitales como el criptoarte y la tecnología de blockchain puede responder a esta problemática y marcar una diferencia en cómo se han llevado a cabo estas prácticas no solo de preservación sino también en la difusión del patrimonio cultural, y darle continuidad al mismo, puesto que la única manera de que el patrimonio cultural se mantenga vivo es darle continuidad. 

La particularidad más evidente de este tipo de tecnología y que puede fungir como una ventaja para la preservación del patrimonio cultural son las herramientas criptográficas que la misma blockchain genera para verificar la autenticidad del patrimonio a través de firmas y mensajes más seguros en los que se inserta información imborrable y esta información se queda almacenada en la base de datos a nivel mundial. 

Poniendo esto en la praxis, sería increíble que el patrimonio de diversas culturas alrededor del mundo pueda ser verificable, así como, se pueda documentar de esta manera su forma de ser, de vivir y sus prácticas culturales. Lo anterior, podría ser también una herramienta para preservar el patrimonio cultural inmaterial, que en ocasiones puede ser el más difícil de conservar y que en conflictos bélicos como el de Siria, a pesar de ser desplazados o en los conflictos de los Balcanes con la limpieza étnica que se llevó a cabo, su patrimonio pueda dar evidencias de la cultura y seguir vivo. 

Al término de este proyecto, se busca que cada pixel se convierta en distintas piezas de joyería para poder financiar talleres de educación que están dirigidos por los mismos estudiantes del MIT para los refugiados de Siria en Jordania, Alemania y Austria. Cada pixel de la pieza de la artista bosnia Azra Aksamija se ha registrado y codificado con la tecnología de blockchain para que se mantenga vivo y se cuente con un registro imborrable. 

A pesar de que este proyecto es una pieza artística creada con la intención de dar a conocer el patrimonio cultural de Siria y que no es netamente una edificación que ya sea considerada como patrimonio o una práctica cultural reconocida abre la puerta a que se conozca y se difunda ese patrimonio. En este sentido, Azra Aksamija le está dando continuidad al patrimonio para que se mantenga vivo en nuestra sociedad. 

Esto da cabida a la posibilidad de pensar que esta herencia se pueda registrar de una manera criptográfica. Lo que significa que se puede almacenar valor, demostrar un origen, transmitir información y dejar una huella y un testimonio de la historia del mundo.

Museo Louvre, París. La Gioconda de Leonardo da Vinci.

Aunque aún falta mucha información al respecto y crear legislaciones que regulen todo este tema, sin que el patrimonio cultural se convierta en propiedad de unos cuantos, como lo hace con el arte digital, al ser el comprador de la pieza el único propietario o que solamente sea una práctica mercantil y de coleccionismo, también abre grandes oportunidades para reflexionar y comprender que el mundo digital también puede ayudar a la preservación y difusión del patrimonio cultural de la humanidad y que puede ser una manera segura de resguardarlo. 

También es cierto que el mundo cibernético, a pesar de vivir en una era digital, nunca sustituirá al patrimonio material e inmaterial, ni tampoco podrá reemplazar los espacios culturales y artísticos presenciales como fue el caso de la reapertura del Centro Pompidou en París, que después de haber estado casi siete meses cerrado por la pandemia y que no se esperaba que tuviera mucha demanda, el mismo día de su reapertura se registraron filas de asistentes ávidos y necesitados de poder reencontrarse con espacios de cultura que los haga sentir, pensar y reflexionar. 

La sociedad y los seres humanos estamos en una constante búsqueda de nuestros orígenes e historia, tener una identidad es fundamental para el desarrollo de una cultura y sin esta identidad, la cultura y el arte se evaporan. Es por eso que el patrimonio cultural debe ser preservado y dado a conocer y qué mejor que aprovechar las herramientas que nuestra era nos proporciona para hacer uso de ellas y tener claro que lo digital no está peleado con la historia, con el arte y con la cultura. 

El ser humano vive y necesita del arte. La tecnología se reinventa constantemente, y somos nosotros, como seres que vivimos la cultura, los que debemos resguardar y comprender que este mundo es dinámico. El arte y la cultura se transforman, y el patrimonio se debe reinventar como lo hizo Azra Aksamija, pues no se le quita valor ni significado al patrimonio cultural, sino que lo resignifica y lo preserva de una manera en que la modernidad y el mundo contemporáneo pueda entenderlo y hacerlo suyo. 

Criptoarte: ¿Alternativa o dilema?

Realidad difusa: entre el byte y el átomo

Por Diego González, DJ y Andrea Fajardo

Paracelso, el padre de la toxicología, afirmó “dosis sola facit venenum”; sólo la dosis hace al veneno. Una dosis exacta y medida puede ser medicinal, pero si cae en el exceso, o si la dosis se pasa medio gramo puede ser fatal. Todo es veneno y nada es veneno; el veneno se conforma por la dosis. La sal puede resaltar los sabores de la comida, pero bastan 60 gramos de sal (ingeridos de golpe) para envenenar a alguien. Del mismo modo, las redes sociales y la digitalización puede tener un gran provecho, pero una dosis inadecuada y excesiva puede causar males, al grado de intoxicar y provocar adicción.

El mundo ha cambiado, la realidad es difusa: nos movemos entre el byte y el átomo. Quizá esto resulte más claro para los millenials y los nativos digitales. Muy a menudo se bromea, con que los niños ahora nacen con el chip incluido; es normal que se acostumbren rápidamente a las nuevas tecnologías, las redes sociales y la digitalización, si desde temprana edad tienen acceso a un celular, una Tablet o una computadora. La tecnología y las plataformas son intuitivas y accesibles para cualquier edad. Se busca la simplicidad, para que –en palabras de Steve Jobs- hasta un niño pueda utilizarlas.

Sin embargo, deberíamos plantearnos seriamente qué tan saludable es que un niño –y nosotros mismos- pase tantas horas frente a una pantalla. Incluso Steve Jobs regulaba -al igual que otros desarrolladores de Silicon Valley- el uso de la tecnología y gadgets a sus hijos. Prefieren que se críen con juguetes tradicionales y libros. Si los creadores, desarrolladores y expertos lo hacen, algún motivo de peso tendrán. No me refiero únicamente a la salud física (problemas visuales ocasionados por la luminosidad de las pantallas), distorsiones cognitivas, sino también a la salud emocional y la capacidad de comunicación. 

Paradójicamente, en la era de la comunicación estamos incomunicados. Podemos escribir, hablar y enviar vídeos a alguien que está en el otro lado del mundo, mientras nos sentamos en silencio, mirando nuestras pantallas, sin importar que estemos en una cena familiar o con amigos. Me pregunto si la comunicación es más efectiva en un grupo de Whatsapp que cara a cara. 

Todos buscamos relacionarnos lo mejor posible con la realidad que nos rodea. Quizá antes era mucho más claro, cuando vivíamos únicamente a nivel atómico. La realidad se ha bifurcado y su frontera es difusa; debemos aprender a movernos y comunicarnos entre lo digital y lo analógico. 

Foto: Billow926

Todos buscamos relacionarnos lo mejor posible con la realidad que nos rodea. Quizá antes era mucho más claro, cuando vivíamos únicamente a nivel atómico. La realidad se ha bifurcado y su frontera es difusa; debemos aprender a movernos y comunicarnos entre lo digital y lo analógico. 

La finalidad de la tecnología es facilitar la vida diaria; nos hemos acostumbrado y ahora nos resultaría casi imposible vivir sin ella. Antes de salir de casa revisamos que no nos falten las llaves, la cartera y el móvil. Ahora nos es indispensable. La tecnología y la digitalización es una herramienta útil, pero no debemos dejarnos encantar por completo, sin considerar sus puntos críticos. La dosis hace al veneno, pero también hay que considerar los usos. El cuchillo es una herramienta de cocina útil y necesaria, pero un cuchillo también puede utilizarse con otros fines y dar muerte. Los usos y finalidades son importantes para toda herramienta, que con un uso inadecuado puede convertirse en arma.

Algunas estadísticas de Global Web Index señalan que los usuarios pasamos en promedio de dos a tres horas diarias en plataformas digitales, lo que corresponde a 90 horas por mes; lo que significa que en un año, un mes entero corresponde a una vida online. Por la pandemia las horas se han incrementado y algunos comportamientos han cambiado. Comenzamos a vivir la digitalización en toda su potencialidad: clases en línea, Webinars, exámenes profesionales y fiestas por Zoom. Y aunque en un principio parecía idílico, el cansancio de las pantallas, las juntas interminables han comenzado a cansar a los usuarios; sin mencionar que el trabajo se ha infiltrado en la casa, borrando la delgada línea de la privacidad. Aunque carguemos siempre con un móvil, esto no debería implicar que estemos siempre disponibles.

La comunicación es un rasgo de la humanidad. Nos comunicamos de forma oral, escrita y corporal. Somos seres sociales y como tales interactuamos en el entorno que nos rodea y en la realidad virtual. Así como existen códigos de etiqueta y de conducta; en la vida online se han desarrollado códigos de comportamientos implícitos que median con el modo de interactuar entre usuarios. La interacción y comunicación se expresa en likes, comentarios, retweets, compartir publicaciones, memes y en algunos casos generar contenido que a su vez pretende causar las reacciones anteriores. 

El mundo online –bytes- y el mundo offline –átomos- se unen cada vez más; lo que parecía ciencia ficción de películas de Hollywood o de la serie Blackmirror, es casi por completo una realidad. Asombroso y perturbador al mismo tiempo: Unheimlich, la estética de lo siniestro. 

Foto: Daria Shevtsova

Irónicamente las redes sociales están creando gente solitaria –una gran paradoja- cuando uno de sus objetivos es ser una forma de enlace entre quienes están separados por grandes distancias. La causa de esto es que hemos dejado de interactuar con quienes están a nuestro alrededor para poder actualizar nuestro estado o hacerle saber a los demás lo que hacemos. ¿Cuántas veces no se enfría un platillo sólo por fotografiarlo? ¿Cuántas horas perdemos intentando encontrar el mejor ángulo? ¿Qué tan real es un momento de Instagram? 

Esto puede ocasionar que nuestras relaciones interpersonales se vean afectadas, hasta el grado de terminar totalmente alejado de nuestros seres más cercanos. Podemos evitar la soledad creada por redes sociales si en vez de pasar tanto tiempo compartiendo estados en Facebook, Instagram, Twitter etc. nos vemos con nuestros familiares y amigos para pasar un rato agradable. 

El hombre moderno vive en un mundo globalizado que transforma de manera acelerada las formas de interacción y comunicación; el impacto del uso de las tecnologías de la comunicación (TIC) acerca y separa –simultáneamente- la comunicación entre individuos. Hace décadas que el ser humano dejó la vida en comunidad y comenzó a aislarse cada vez más, reemplazando las relaciones interpersonales por vínculos virtuales.

La adicción a las redes sociales produce un rápido cambio en la vida de las personas; se crean nuevos hábitos, costumbres, formas de relacionarse y comunicarse, nuevos métodos de búsqueda de información. Pero un aspecto modificado para mal es la falta de resistencia a la frustración, ocasionada por la inmediatez con la que se obtienen las respuestas en la red y sobre todo las deficiencias para interactuar y hacer amigos en el mundo real.

Foto: Roman Odintsov

Las redes sociales fueron creadas con la intención de ser adictivas; aplican la psicología justamente para ello; porque mientras más horas pasamos en ellas -además de conocernos mejor, persuadirnos, polarizarnos y masificararnos- perfeccionan su producto: nosotros. Diversas investigaciones han coincidido en que el prolongado uso de Internet, especialmente de las redes sociales, han deteriorado claramente las habilidades sociales. 

La dosis hace al veneno. La dependencia por el uso excesivo de la vida online puede trastornar la vida offline y producir los mismos síntomas que se manifiestan en otras adicciones. La dependencia comienza por la búsqueda de algo que complete la existencia; lo que significa que el individuo atraviesa una crisis y en el momento de mayor vulnerabilidad puede caer en una adicción, con la que se pretende subsanar el vacío a través de un objeto. Intentamos llenar los vacíos con los likes de nuestras fotos y publicaciones o de distraernos –para matar el tiempo y no pensar- deslizando infinitamente nuestro dedo en la pantalla. Nos desdibujamos al convertirnos en un simple perfil construido por un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos. Las dependencias son conductas que alteran el funcionamiento del individuo en todos los ámbitos de su vida, afectando la comunicación, las interacciones y las habilidades sociales.

Foto: Oleg Magni

Otro peligro, especialmente para los adolescentes, son los estándares impuesto por redes sociales, como Instagram, Facebook y TikTok que pueden aumentar o disminuir la autoestima de los usuarios. Es importante considerar el aumento en la tasa de suicidios entre adolescentes, por la imposibilidad de compatibilizar sus propias vidas con los estereotipos de las imágenes con las que a diario son bombardeados; así como el aumento de cirugías estéticas en jóvenes, que quieren parecerse cada vez más a los filtros de las aplicaciones.

Como toda herramienta, puede usarse para construir y destruir. El aspecto constructivo consiste en la practicidad de algunos usos, la facilidad para encontrar información, la comunicación a pesar de la distancia e incluso evangelizar. Además, es posible estrechar puentes generacionales. Casi todas las actividades de los millenials y nativos digitales tienen como intermediario un móvil, una consola o una computadora; mientras que la generación anterior nos es tan cercana a las nuevas tecnologías. Los analfabetas digitales se han apoyado de los millenials, los nietos ayudan a los abuelos a enviar fotografías por Whatsapp, los padres tienen perfiles de Facebook e incluso las iglesias han buscando la ayuda de los más jóvenes para poder transmitir las misas por Youtube

Todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace al veneno. Es preciso encontrar la medida adecuada, para no caer en el exceso. El buen uso y tiempo de la tecnología, el Internet y las redes sociales es el medio para equilibrar y combatir el mal uso estas herramientas. No es preciso prohibir el uso, sino limitarlo de la manera adecuada, enseñar a nuestros hijos a administrar el tiempo. Dividir el día en horas y para cada actividad establecer horarios. Durante este tiempo de encierro, intentemos pasar tiempo de calidad con nuestros hijos y no frente a las pantallas. Es necesario no caer en los extremos de la digitalización; como tristemente ha ocurrido en algunas sociedades, por ejemplo la japonesa. En Japón se han abierto centros de desintoxicación de Internet. 

Foto: Mikoto Raw

Los hikikomori son los jóvenes y adolescentes que se recluyen de la vida familiar y social física, que sin embargo en el encierro mantienen una intensa actividad en la red y su comunicación se limita a otros, que como ellos, prefieren interactuar tras las pantallas. La competitividad, problemas psicológicos y una sociedad hiper disciplinaria son las principales causas de la reclusión. Incluso la pandemia ha reforzado esta tendencia.  

Ahora la realidad es difusa: existimos entre los bytes y los átomos y aunque es necesario movernos entre ambos mundos, no debemos olvidar que los bytes son una herramienta que debemos saber usar, pero que somos más que los datos de un algoritmo y más que un usuario. No todo lo que se muestra es auténtico. Pasemos de la apariencia, que nos vuelve más superfluos y banales, a la verdadera interacción y comunicación: el binomio tú y yo. El mundo va más allá de una pantalla: “dosis sola facit venenum”. 

MDNMDN