Should I stay or should I go? El dilema de las redes sociales

Should I stay or should I go? El dilema de las redes sociales

Por Valerio Pellegrini

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¿Alguna vez has dicho: voy a borrar mis redes sociales porque no puedo más? Y las borraste con éxito o surgieron las preguntas: ¿cómo podré mantener el contacto con mis amigos? ¿Cómo mantendré el contacto con esos parientes o amigos lejanos? ¿Qué pasará con las oportunidades de trabajo? ¿Cómo podré promocionar mis productos?

En este breve escrito, no quiero entrar en las cuestiones filosóficas, antropológicas, políticas y sociológicas, de las redes sociales, aunque seguramente sería bueno abordarlas. No me propongo escribir sobre la complejidad de las cuestiones relacionadas con el mundo virtual, los pros y los contras del mismo, sino que, trataré de ofrecer mi experiencia personal. 

Desde que me registré en Facebook -en 2008- por sugerencia de un amigo que estudiaba en los Estados Unidos, la pregunta (¿Irse o quedarse?) ha surgido una y otra vez y debo decir que no he podido encontrar una respuesta definitiva sobre el por qué borrarse o por qué quedarse en las redes sociales. Durante algunos períodos las borré, pero luego, volví al mundo de los hashtags, posts, chats con amigos y fotos sin respuestas. En estas altas y bajas de pensamientos, emociones y sentimientos conflictivos, recientemente decidí ayunar, por un corto período, de Facebook, Messenger e Instagram. 

Por un lado, noté una creciente sensación de desnudez frente al público de la red y una adicción a los feed, las historias, las informaciones, las charlas y los mensajes de los amigos. Por otro lado, sentía dentro de mí la necesidad de comunicar en el espacio virtual público/privado mis pensamientos y mi visión del mundo. Entre estas dos voces contrastantes decidí hacer lo que no hacía desde hace mucho tiempo, es decir, borrarme de las redes sociales, ver cómo habría vivido ésta distancia y, quién sabe, tener una mirada más lúcida sobre éste fenómeno y sobre las motivaciones a favor o en contra de mi estancia en el mundo virtual. 

Foto: Pexels

Llevo 3 semanas en ayuno y debo decir que empiezo a sentir cierta sensación de bienestar. Pensaba que no podía resistirme a comunicarme con alguien, a ver las noticias o los mensajes de mis seres queridos; tenía miedo de perder el contacto con algunas personas cuyo número de teléfono móvil ni siquiera tengo, miedo de perder un medio a través del cual pudiera expresar mi voz o ser informado. Miedos que se fueron desvaneciendo lentamente para dar paso a un silencio que no había experimentado durante mucho tiempo, una nueva armonía con la realidad y la necesidad de liberar esas energías que antes utilizaba para comunicarme en lo virtual, pero ahora en lo real. 

Obviamente, los tiempos de pandemia no son ideales para este tipo de experimentos, pero, a pesar de esto, siento cada vez más claridad con respecto a los deseos que me habitan y a mis necesidades. Antes, estas voces profundas estaban tan contaminadas o, mejor dicho, eran tan difíciles de enfocar y escuchar, precisamente, porque las posibilidades y elecciones abiertas por el mundo virtual son potencialmente infinitas y los inputs son continuos. Cada foto, cada post, cada historia creaba en mí una resonancia diferente; encendía una bombilla, un deseo momentáneo, despertaba una emoción, negativa o positiva, pero en todo éste flujo continuo era difícil escuchar esa voz más profunda dentro de mí, la voz que, tal vez, quería compartir en mis posts, en mis imágenes o en mis historias.

De repente, me di cuenta de que, en realidad, al postear o chatear, no sólo estaba respondiendo a los inputs continuos de un flujo que excedía mi capacidad de asimilación, sino que también estaba contribuyendo a ahogar la voz de otra persona. La mía ya no era una voz nacida del silencio, sino un deseo de estar ahí y opinar sobre algo que, sin darme cuenta, ya me había sobrepasado. Durante este ayuno, los 40 días en el desierto de Jesús volvieron a mi mente. Un desierto que en hebreo se llama midbar, que significa lugar de donde sale la palabra. También me recordó a Juan el Bautista que declaró: “Soy la voz de quien grita en el desierto”, era la voz de quien grita desde las profundidades, que gime, que quiere salir, nuestro más profundo deseo quizás, en una palabra Jesús, el amor, la paz.

El Desierto del Sahara
Foto: G. E.

De pronto, me di cuenta de que en las redes sociales ya no amaba plenamente, sino que, simplemente, actuaba como una caja de resonancia para las muchas voces que, como un tornado, estaban magnificando cada vez más este caos interior, dentro de mí, y exterior en este mega-organismo que son las redes sociales.

El dualismo que sentí hacia este fenómeno que experimentaba, salir o quedarse, este continuo odi et amo, fue dictado precisamente por haber perdido poco a poco esa voz unificadora que venía de mis profundidades, una voz de amor, una mirada misericordiosa y la verdadera escucha del otro. Las imágenes, las palabras, las historias, lentamente, dieron paso a una sola imagen, una sola palabra, una sola historia. Una palabra, una imagen y una historia que son fuentes de vida, generativas, que no necesitan hacer ruido, ocupar espacio y ser vistas, sino que en la ternura y la dulzura acarician el alma propia y de los otros. 

Foto: Wendy Wei

Habiendo regresado recientemente a algunas de las redes sociales, me doy cuenta de que miro los diferentes mensajes e imágenes con ojos totalmente diferentes. Con los ojos de una cercanía a los demás, posible por la cercanía a una voz que antes era ahogada por tantas otras voces y por haber perdido el miedo a perder algo, en este caso, mis relaciones y mi “estar allí” presente.

Haber perdido la necesidad de “estar allí” me parece dar un sentido diferente incluso al tiempo que paso en línea, ya no es un eterno presente en el que un flujo de información me asalta y permanezco pasivo, en que todo es igual, sino más bien un presente eterno para habitar. 

Vuelvo con la conciencia de que lo virtual es parte de lo real pero, en la medida en que pierde su dimensión real, continuamente dice amor, o la idea del mismo, continuamente confiesa la necesidad de amor que tenemos, pero no lo da. Regreso con una conciencia diferente del tiempo para vivir en línea: ya no es un chronos de ansiedad de prestación pasiva, sino un kairos, una oportunidad para donar.  Vuelvo con la conciencia de que lo virtual es parte de lo real, pero en la medida en que pierde su dimensión real confiesa la necesidad de amor que tenemos y carecemos pero no la otorga. Cuando lo virtual pierde de vista lo real, se queda en lo ideal. Aquellos que realmente quieren relacionarse siempre encontrarán tiempo más allá de un chat o un post o realmente los usarán para ese propósito, los ojos no son una pantalla.

¡Aquí finalmente, después de tantos años, una respuesta, mía, existencial, desnuda, ante éste fenómeno! ¿Irse o quedarse? ¿Odio o amor? ¡Ahora te toca a ti encontrar tu respuesta!

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