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Intimidad

“Ample make this bed. Make this bed with awe; In it wait till judgment break Excellent and fair.Be its mattress straight, Be its pillow round;
Let no sunrise’ yellow noise Interrupt this ground.”

Emily Dickinson

Érase una vez una familia que vivía al norte del país en una casa pequeña y sin divisiones. La mesa y un par de sillas antecedían la única cama. En la casa sin paredes interiores vivía un padre con sus tres hijos. Dos de sus hijos trabajaban un campo árido, mientras la única hija hervía frijoles en una cacerola. Todos dormían amontonados en la misma cama. Los roces y ronquidos eran inevitables.

Érase una vez un padre que vivía al norte del país, dueño de una casa sin paredes interiores. Padre de dos hijos y una hija. El padre no era ni viudo ni divorciado, pero no tenía mujer. La madre de sus hijos se marchó hace algunos años, nadie sabe algo de ella y si todavía vive debe encontrarse mucho mejor.

Érase una vez una madre que vivía al norte del país, vivía en una casa sin paredes interiores, cuidaba a sus tres hijos y trabajaba en una fábrica textil. Cuando su marido regresaba de la cantina, la golpeaba hasta dejarla inconsciente. Cuando el marido satisfacía sus puños, se marchaba con otra mujer, que tenía los ojos muy separados de la nariz y llevaba meses embarazada.

Érase una vez un hijo mayor que vivía al norte del país en una casa sin paredes, trabajaba un campo infértil mientras su hermana hervía frijoles y su padre borracho golpeaba a su madre hasta dejarla inconsciente. El hijo mayor siguió a su padre a la cantina. Los dos bebían, jugaban y subían las faldas a las mujeres. Cuando el padre regresaba a la casa a golpear a la madre, el hijo mayor se quedaba en la cantina y comenzaba la pelea entre borrachos.

Érase una vez un hijo que vivía al norte del país y compartía la única cama con toda su familia. Por el día trabajaba junto con su hermano mayor un campo infértil, mientras su hermana limpiaba la casa y hervía frijoles bayos, su madre se desgastaba en una fábrica textil y su padre bebía el dinero que ganaban. Su hermano siguió los pasos de su padre a la cantina, se emborrachaba, perdía el dinero apostando y siempre regresaba golpeado. Hasta que un día no volvió. El hijo recogió, junto con su madre, el cuerpo acuchillado y lo enterraron con los pocos ahorros que tenían.

Érase una vez una hija que vivía al norte del país en una casa sin paredes interiores, con una cama en el centro y un escusado en el rincón que hedía de la mañana a la noche. La familia dormía en la misma cama y el cuerpo de su madre se interponía entre los golpes, roces e intimidad. La hija se quedaba en casa limpiando e hirviendo frijoles mientras su hermano araba el campo, su madre cosía telas en una fábrica y su padre se emborrachaba. Cuando su hermano mayor fue asesinado, el padre borracho culpó a su madre y la golpeó hasta casi dejarla muerta. Cuando la madre se recuperó unas semanas después, empacó algunas cosas y se fue de la casa. No le importó la suerte de sus hijos. No dejó teléfono o dirección. No quería que la encontraran. Aunque, en realidad, nadie intentó buscarla.

Érase una vez un muchacho que trabajaba en el campo al norte del país. Su familia era pobre y sólo tenían una cama en la que todos dormían amontonados. Su padre golpeaba a su madre, hasta que un día ella se hartó y se fue de casa. Enterró a su hermano y, al día siguiente, fue a cosechar el maíz. El campo no se desgasta ni tampoco se enluta. Hacía mucho calor, y la cosecha era escasa. Se secó el sudor con unas manos rugosas como las de un viejo. Harto de su miseria, se decidió a cruzar la frontera. Cuando se fue nadie notó su ausencia, a pesar de que había más espacio en la cama.

Érase una vez un militar que hacía guardia en la frontera del país. Estaba harto del calor y la aridez de la tierra. Le pagaban por evitar el paso a los migrantes, aunque él mismo hubiera abandonado ese desierto. En su día de descanso, se iba a la cantina. Bebía y jugaba hasta el amanecer. Algunas veces detenía peleas de borrachos, pero, como no estaba de servicio, si alguno moría, se hacía de la vista gorda. Una noche particularmente violenta, unos jugadores se encendieron y acuchillaron a un muchacho. El militar siguió bebiendo. Pasados unos días volvió a la cantina y sintiéndose dadivoso, invitó una ronda a todos. Al día siguiente, regresó a su puesto con resaca. El calor infernal aumentaba su dolor de cabeza. Notó entre los matorrales movimiento y gritó. Nadie respondió. Una gota de sudor resbaló de su frente y entró a su ojo. Los matorrales se movieron. Otra gota entró a su boca seca y la saló. Disparó. Al atardecer, cuando el sol ya no calaba, arrastró el cuerpo de un muchacho con manos rugosas a la fosa común. Nunca reclaman esos cuerpos.

Érase una vez una virgen que vivía al norte del país. Desde hace meses, no sabe nada de su madre y su hermano, tampoco le importa. Ambos huyeron de su padre golpeador y borracho unas semanas después de que su hermano mayor fuera asesinado. Limpiaba el excusado y hervía frijoles. Por las noches, se acostaba al centro de la única cama, se estiraba y se alegraba por el espacio, ya no dormían amontonados. No había roces ni ronquidos. Podría decirse que era feliz, si no fuera porque extrañaba el calor de los cuerpos amontonados las noches en las que calaba el frío. Por las noches, se sentía la señora de la casa y de la cama. Durante el día evitaba mirarse al espejo, porque temía que su reflejo le mostrara la imagen de Satán. 

Érase una vez un padre golpeador y borracho que vivía al norte del país en una casa sin paredes interiores. La mujer a la que golpeaba lo dejó, un hijo fue asesinado, del otro hijo no sabe nada y su amante, la mujer de ojos separados, se negó a compartir la cama e intimidad con su única hija. El padre no trabajaba y se la pasaba todo el día en la cantina. Cuando el cantinero ya no quiso fiarle, volvió a casa molesto, vio a su hija, que sin ser una belleza tampoco era del todo fea, y quiso golpearla aunque no lo hizo. Sobrio y molesto se acostó en la única cama con su hija. Al día siguiente, fue a la cantina, pero el cantinero lo rechazó. Porque si ayer no se fiaba y tampoco hoy, mucho menos se fiará mañana. El padre desesperado en su sobriedad, miró alrededor de la cantina y se sentó junto al militar que la semana pasada había invitado una ronda a todos. Ambos bebieron hasta la madrugada. El militar pagó la cuenta. El padre en agradecimiento y a cambio de futuros tragos le dio a su hija, asegurando que era virgen, pues él mismo velaba su sueño en la misma cama.

Érase una vez un militar que hacía base al norte del país. No tenía amigos ni familia; así que, en su día libre, se iba a la cantina hasta el amanecer. En una ocasión, pasada la media noche y después de varios tragos de aguardiente, se fue a la casa de su nuevo compadre. La casa no tenía paredes interiores y sólo había una cama, en la que dormía la hija del anfitrión. El padre se acostó en la orilla de la cama sin dar la espalda a su hija y al militar. Prefería mirar. Su hija virgen y prácticamente huérfana yacía entre ambos hombres. El militar cobró la cuenta del aguardiente.

Érase una vez una hija al norte del país que vivía con su padre borracho en una casa sin paredes interiores y yacían en la misma cama. Una mañana lavó la sábana con su sangre y semen de un militar que cobró la cuenta de la cantina de su padre. A partir de ese día, una vez por semana, pagaba el aguardiente que su padre bebía.  En una única cama yacía la hija con los dos hombres, hasta que un día su vientre empezó a crecer.

Érase una vez un niño, concebido al norte del país, en una tierra abandonada por Dios y por el diablo, que sabrá muy bien quién es su madre, una joven que hierve frijoles por la mañana y por las noches paga la cuenta de la cantina. Lo que el niño no sabrá es si su padre es un militar o si su padre es a la vez su abuelo. Quizá su madre sea a la vez su hermana y su padre un borracho golpeador.

Érase una vez una familia al norte del país y, si no han muerto, entonces seguirán viviendo en una casa sin paredes interiores y durmiendo en una misma cama. 

MDNMDN