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Tres pensamientos esperanzadores

Tres pensamientos esperanzadores

Por Salvador Fabre

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¿Qué tienen en común Jorge Mario Bergoglio, san Josemaría y Hannah Arendt? Los tres nos transmiten pensamientos esperanzadores, para la cotidianidad de nuestra vida, con sus limitaciones, errores y pecados.

Comencemos por Francisco, en realidad, Jorge Mario Bergoglio, ya que la cita está tomada de un libro entrevista titulado: “El Jesuita”, de cuando era arzobispo de Buenos Aires: “Para mí el sentirse pecador es una de las cosas más lindas que le pueden suceder a una persona, si la lleva hasta las últimas consecuencias… Cuando una persona toma conciencia de que es pecador y que es salvado por Jesús, se confiesa esta verdad a sí misma, y descubre la perla escondida, el tesoro enterrado. Descubre lo grande de la vida: que hay alguien que lo ama profundamente, que dio su vida por él.” Una de las experiencias más traumáticas en la vida espiritual es descubrir que en realidad no somos tan buenos como pensábamos, que cargamos miserias y pecados, de las cuales muchas veces no conseguimos desembarazarnos. Aceptar nuestra condición de pecadores y al mismo tiempo sabernos amados por Jesús, así como somos, es una de las verdades más consoladoras de nuestra fe, que el Papa saca a luz en este texto con particular lucidez.

A san Josemaría y a sus hijos espirituales, se les he tildado con frecuencia de perfeccionistas, por su magnánima aspiración a la santidad, de forma que tal ideal podría conducir a una forma de exigencia exagerada, incluso inhumana o, por lo menos, poco comprensiva. Sucede con él, como con la institución por él fundada, el Opus Dei, como cuando uno se forma un juicio de primera impresión, de simpatía o antipatía. En realidad, ese juicio es arbitrario, hace falta tiempo y conocimiento más profundo para hacerse cargo de quién es en realidad, esa persona. Así sucede cuando nos sumergimos en los textos de san Josemaría, pues en ellos muestra un profundo conocimiento de la naturaleza humana, frágil, pero que es capaz de elevar los ojos hacia Dios; sirva el siguiente ejemplo, entre muchos:

“Llegará un momento en que hemos de estar contentos siempre de ser como somos: ¡pobre cosa! ¿Tú querrías ser un diamante? ¡Pues no, señor!, te he llamado barro de botijo. Di al Señor: me ofrezco a Ti, para Ti solo y querría lucir como un diamante. Pero como barro de botijo, que es lo que soy, tan poca cosa, Tú me aprovecharás, y yo haré lo posible por servirte.”

En esta referencia, “el santo de lo ordinario” -como le llamó san Juan Pablo II-, nos recuerda que, a pesar de nuestras limitaciones y miserias, siempre podemos servir a Dios, a la Iglesia a las almas. No podemos excusarnos en nuestros pecados para dejar de colaborar en la obra de la redención. En otro texto, también muy esperanzador y autobiográfico, nos dice: “a pesar de mis miserias, quizá por ellas, mi amor es un amor que se renueva cada día.” Y definía la vida cristiana como un continuo “comenzar y recomenzar”, de modo que está permitido caerse, pero está prohibido no levantarse.

Por último, citamos a una profunda pensadora judía, una de las filósofas más importantes del siglo XX, discípula de Martin Heidegger. Por su talante filosófico -y no pastoral, como podrían ser las consideraciones de Francisco o san Josemaría- se muestra más profunda, pero va a la raíz de la cuestión. Ella, sin ser cristiana, tenía en alta estima al cristianismo, particularmente admiraba y quería al “Papa Bueno”, san Juan XXIII. La reflexión que compartimos a continuación, es sobre la fidelidad, que perfectamente puede aplicarse a la fidelidad a la vocación, sea matrimonial -como lo entiende ella- o al celibato apostólico:

“Fidelidad, True, Verdadero y fiel. Es como si aquello a lo que uno no puede guardar fidelidad nunca hubiera sido verdad. De ahí el gran crimen de la infidelidad, que es una manera de liquidar lo-que-ha-sido-verdad, de anular lo que uno mismo ha traído al mundo; equivale a un auténtico aniquilamiento, pues en la fidelidad, y solo en ella, somos dueños de nuestro pasado: su existencia depende de nosotros…”

Como puede desprenderse de la cita de nuestra pensadora -que no era ninguna santa-, la fidelidad a nosotros mismos, a nuestra identidad última, depende de nuestra fidelidad a nuestra vocación, a nuestro camino. No hacerlo equivale, en cierta forma, a violentar metafísicamente nuestra historia, nuestra identidad, nuestro pasado. Nuestras miserias y pecados, en consecuencia, no nos eximen de nuestro deber de fidelidad.

Unidad, desafío de la Iglesia

Unidad, desafío de la Iglesia

Para el 2024 la Iglesia Católica se enfrenta a un desafío particular: la unidad. Lo cual no deja de ser, hasta cierto punto, traumático, pues la unidad es don del Espíritu y se realiza en la celebración de la misa de los sacerdotes en comunión con su obispo y de los obispos en comunión con el Papa. Es decir, esto significa que algo estamos haciendo mal, o que Dios no está haciendo su parte. Como lo último es teológicamente imposible, no nos queda sino atender al primer motivo.

Lo anterior, si cabe, se agudiza aún más, pues estamos a medio ejercicio sinodal, es decir, se está poniendo en marcha una “nueva forma de hacer Iglesia”, cuya característica fundamental es expresada por esa palabra: “sinodalidad”, que significa “caminar juntos, en la misma dirección”. Históricamente estamos en el parteaguas entre dos “sínodos sobre la sinodalidad”, que buscan impulsar este nuevo modo de “hacer Iglesia” impulsado por Francisco. No es aventurado decir que, de lograrse, será la gran herencia del Papa a la historia de la Iglesia, pues modificará la manera de gobernarla y tomar decisiones en la posteridad.

Dicho lo cual, no cabe sino constatar que hay otros “actores del drama”. Aunque no está de moda nombrarlo -sólo en las películas de terror, marcadamente exageradas-, el diablo es, nos guste o no, unos de los protagonistas del drama. Y su función es precisamente esa: dividir. Su obra maestra es conseguir la “contradicción de los buenos”: que personas buenas, que buscan el bien de la Iglesia, cada una a su manera, según su propio modo de ver la vida, su cultura y su forma de pensar, estén enfrentadas entre sí. Viene a ser cómo dos burros que, en vez de tirar del carro en la misma dirección, tiran en dirección opuesta. Y tal parece que, de momento, lo está consiguiendo.

De alguna forma la división se ha ido gestando a lo largo de todo el pontificado de Francisco. Su forma de dirigir a la Iglesia y de presentar el mensaje evangélico contrasta marcadamente con la de sus dos predecesores, que iban en la misma línea. Esto, dentro de todo, es normal en la historia de la Iglesia, y se ha visto en su historia reciente; baste pensar en los diferentes modos de dirigir la Iglesia del Venerable Pío XII y de san Juan XXIII. Francisco ha hecho un esfuerzo por mantener cierta continuidad. Así, durante algunos años mantuvo en puestos clave de la Iglesia a personas del equipo de Benedicto XVI, como pueden ser los cardenales Müller y Sarah, o el arzobispo Gänswein. Pero ahora ya no están, desde la renuncia del Cardenal Sarah por límite de edad, los que dirigen la Iglesia son totalmente del equipo de Francisco. En este contexto histórico se ha ido acendrando la división, siendo dos los puntos de inflexión: el Sínodo sobre la Sinodalidad y la Declaración Fiducia supplicans, de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El cardenal Sarah

Conversando sobre el sínodo con uno de los participantes, me hacía notar cómo se notaba esa división en el seno de la Iglesia. Comentaba que la Conferencia Episcopal Norteamericana había elegido a padres sinodales de línea conservadora; Francisco nombró liberales para equilibrar la ecuación doctrinal. La Conferencia Episcopal Alemana había nombrado padres sinodales liberales; Francisco eligió a los pocos obispos alemanes conservadores que quedan. Decía, curiosamente, cómo a lo largo de la estrecha convivencia que hubo durante el sínodo, se manifestaban visiblemente esas diferencias. Mientras los obispos alemanes de línea distinta podían conversar cordialmente a pesar de sus obvias distancias, los obispos norteamericanos de diferentes partidos no se hablaban, no se saludaban, evitaban todo contacto. La conclusión que él sacaba era que resultaba un imperativo urgente tender puentes en el seno de la Iglesia.    

La gota que derramó el vaso de esta crisis de unidad fue la Declaración Fiducia supplicans, que polarizó abiertamente a la Iglesia, haciéndose público el disenso con el Magisterio pontificio, en diócesis singulares (Prelatura de Moyobamba), países enteros (Kazajstán) y continentes enteros (África), con el cardenal Robert Sarah apoyando dichas posturas. Personalmente pienso que se trata de una falta de comprensión sobre el espíritu del documento, pero en cualquier caso, los hechos evidencian dos realidades divergentes: si de una parte constituye un escrito profundamente pastoral y esperanzador, de otra es, claramente, un marcado error de gobierno. Sus efectos, entre los que se encuentra la aceptación del Papa y de la Congregación de la Doctrina de la Fe de que no se aplique en África, no permiten pensar otra cosa. En cualquier caso, la tarea que queda pendiente a la Iglesia en el 2024 es tender puentes dentro de ella misma. El sínodo tiene precisamente esta misión, pero lamentablemente resulta dudoso que lo consiga, porque en realidad es parte del casus belli.

Sínodo de la Sinodalidad

Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Rezar la Iglesia

Rezar la Iglesia

A quienes amamos a la Iglesia, considerándola nuestra Madre en la fe y Esposa de Cristo, no puede sino producirnos una profunda desazón y abatimiento la situación por la que ahora está pasando. La crisis es múltiple, conoce diversos frentes: desde la abierta persecución en diversos puntos del globo, como Nigeria o Nicaragua, hasta la solapada persecución que sufre en diversas democracias laicistas, como Francia o España. A ello se une la dolorosa crisis de la pedofilia clerical, una herida que no hemos acabado de limpiar. Pero, junto a estos escenarios, ya de por sí tétricos, se complica más el panorama por la crisis interna que sufre en la propia jerarquía o autoridad sagrada: la sorda y solapada confrontación entre sus pastores. La Iglesia padece un sisma de facto que la desgaja en tres grupos. Simplificando un poco el cuadro, están conformados por los obispos alemanes liberales, por un lado, los obispos conservadores estadounidenses, como el recientemente depuesto Joseph Strickland, pero también de otras partes del mundo, como Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kazajstán, por otro y, en medio, la Iglesia apiñada en torno a Francisco.

Muchas veces, además, el núcleo “apiñado” en torno a Francisco, no entiende algunas de sus decisiones de gobierno, su modo personal de dirigir a la Iglesia, que en ocasiones siembra desconcierto y confusión, por la ambigüedad que expresan algunos documentos pontificios. Tal es el caso, por poner ejemplos recientes, de la posibilidad de dar la comunión a divorciados vueltos a casar, que tienen una vida sexual activa con su nueva pareja, y que después de un determinado acompañamiento espiritual, pueden ellos discernir, bajo el consejo de un sacerdote como asesor espiritual, acercarse a la comunión. O, la posibilidad o no, de que parejas gay sexualmente activas y transexuales activos, puedan recibir el sacramento del bautismo, ser padrinos y testigos de un matrimonio sacramental. La redacción del texto oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe es lo suficientemente confusa como para que quepan las dos posibilidades: sí o no. Sin embargo, a pesar de estas piedras puestas en el camino de la fe del Pueblo de Dios, muchos decimos, parafraseando a san Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?” Somos conscientes de que la Iglesia no puede estar sin el Papa, y que sin el Papa no somos nada -católicamente hablando-, de forma que, aunque no entendemos, creemos, y eso nos lleva a rezar más por Francisco.

Las declaraciones recientes, de dos prominentes eclesiásticos, que gozan de un gran liderazgo espiritual en el seno de la Iglesia, expresan cabalmente lo complicado de la situación. Quizá la más escandalosa sea la del Cardenal Gerhard Ludwig Müller, quien fuera Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y editor de las Obras Completas de Ratzinger, al afirmar que Francisco “ya ha pronunciado muchas herejías materiales”. Lo dijo durante una entrevista publicada en LifeSiteNews, que rápidamente fue sacada de circulación. Pocos días antes, en First Things, otra importante revista religiosa norteamericana, el mismo Cardenal Müller explicó que en caso de que el Papa cometiera una herejía formal, quedaría automáticamente privado de su cargo, apoyándose en una referencia de san Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia y jesuita, como el Papa.

Por su parte, el cardenal Robert Sarah, importantísimo autor espiritual de la Iglesia contemporánea, sostuvo recientemente, durante la presentación del libro “Credo: Compendio de la fe católica” de Athanasius Schneider, que “la crisis de la Iglesia ha entrado en una nueva fase: la crisis del Magisterio”. El resultado de esta crisis es desolador: “confusión, ambigüedad y apostasía. Gran desorientación, profundo desconcierto e incertidumbre devastadoras han sido inoculadas en el alma de muchos creyentes cristianos”. El panorama, como se ve, no puede ser más desesperanzador.

Ante una situación así, ¿qué hacer? Creo que una salida válida y eficaz consiste en mirar la historia bimilenaria de la Iglesia, que es también historia de salvación. Eso permite sopesar los acontecimientos con una perspectiva histórica amplia, con “visión de eternidad”. Y, dentro de ella, mirar particularmente el ejemplo de los santos. Dos me parecen particularmente relevantes en el presente contexto histórico: santa Catalina de Siena y san Josemaría Escrivá, pues ambos vivieron en un tiempo de profunda crisis eclesial y nos brindan ejemplo de cómo vivirla ahora.

La Iglesia en época de santa Catalina no podía estar peor. El Papa vivía en Aviñón, había abandonado Roma y estaba bajo el control del rey de Francia. Ella intercede para que vuelva a Roma -contra el parecer de la mayoría de los cardenales, que eran franceses-, al poco muere, y se realizan simultáneamente dos cónclaves, los cuales eligen a dos Papas distintos: había comenzado el “Cisma de Occidente”. Para la santa el panorama resultaba desolador: había rezado toda su vida por la vuelta del Papa a Roma, y cuando lo consigue, al poco tiempo, se encuentra con una situación peor: ¡hay dos Papas! Cabe decir, además, que esa situación de confusión afectó a toda la Iglesia, habiendo santos que apoyaban a uno y otros que apoyaban a otro. Así, el Papa auténtico para Santa Catalina no lo era para san Vicente Ferrer, ambos vinculados a la orden dominicana, por cierto.

En ese contexto, ¿cuál era la actitud de la santa? Son suficientemente explícitas las palabras de su “Diálogo” (con Dios Padre): “Dulce Señor mío, vuelve generosamente tus ojos misericordiosos hacia este tu pueblo, al mismo tiempo que hacia el Cuerpo Místico de tu Iglesia; porque será mucho mayor tu gloria si te apiadas de la inmensa multitud de tus criaturas, que si sólo te compadeces de mí, miserable, que tanto ofendí a tu Majestad. Y, ¿cómo iba yo a poder consolarme, viéndome disfrutar de la vida al mismo tiempo que tu pueblo se hallaba sumido en la muerte, y contemplando en tu amable Esposa las tinieblas de los pecados, provocadas precisamente por mis defectos y los de tus restantes criaturas?” (Diálogo 4, 13).

Es decir, en un contexto de mucho mayor división que el actual, la actitud de la santa fue rezar y esperar. El problema se solucionó con el tiempo, aunque no le tocó a ella verlo en vida. Otro santo que rezó intensísimamente por la Iglesia, en un momento de particular crisis: el postconcilio del Vaticano II, fue san Josemaría. Con esa inquietud en el corazón acudió a multitud de santuarios marianos a pedir por la Iglesia, particularmente a la Basílica de Guadalupe, en México, donde realizó una novena. En ese contexto acuñó una expresión espiritual muy rica: “me duele la Iglesia”. Tampoco le tocó a él ver el final de la crisis postconciliar. Fue necesario el pontificado de san Juan Pablo II -un Papa profundamente mariano-, para calmar las aguas y que las cosas volvieran a su cauce.

Otro momento de crisis , descrito admirablemente por san John Henry Newman, fue la cuestión arriana de la Iglesia durante el siglo IV. Hubo épocas, durante ese siglo, en el que la mayoría de los obispos eran arrianos -es decir, herejes-, mientras el contenido auténtico de la fe era conservado por el pueblo fiel. Por eso se comenzó a considerar la fe del pueblo creyente como “lugar teológico”, es decir, testigo de la auténtica fe, que en determinadas circunstancias pueden no tenerla clara los mismos pastores de la Iglesia.

Estos ejemplos nos permiten conservar la auténtica fe, teniendo claro que la unión con el Papa y la devoción a María -ambas realidades forman parte del contenido de la fe del pueblo creyente-, garantizan nuestra permanencia en la auténtica fe de Cristo, en la auténtica Iglesia de Jesús. ¿Y cuál es la actitud que debemos adoptar? La de santa Catalina y san Josemaría: orar y esperar; “rezar la Iglesia”.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com


Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

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«El presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad»

C.S. Lewis
Y para mí especialmente ahora.

Como una mexicana en sus veinte años nunca me hubiera planteado estudiar Teología como carrera universitaria. Estudiar Teología —para muchos en mi país y por ignorancia— es para sacerdotes y algunas religiosas. Muchos estudiamos catecismo en su momento y pretendemos que conocemos a fondo nuestra fe; en realidad nos falta muchísimo por aprender. Desde hace un par de meses he emprendido una aventura fascinante: viajé a Roma y me matriculé en el Baccalaureato en Teología en una universidad pontificia.

Al llegar a las clases sentí que soy minoría en este mundo. Un aula de cincuenta personas en las que tan solo somos cinco mujeres. Además, somos pocos los laicos que no están ahí para prepararse para el sacerdocio. ¿Por qué estudio Teología? La pregunta la recibo al menos alguna vez por semana. Hasta ahora me dispongo a responderla con cabeza. No para los demás, sino para mí.

Dos cosas son las que principalmente me han motivado a estudiar esto. La primera, Dios. La segunda, Roma. Antes de venir, una buena amiga —con la que comparto ambas profesiones de filósofa y teóloga— me insistió: «Estudiar Teología es conocer lo que Dios quiere que sepas de Él mismo». No necesité más: esa verdad bastó para que me aventurara en esto. Para una católica practicante como yo, estudiar con seriedad las verdades de mi fe resulta completamente fascinante y revelador. Sabía que había todo un mundo por conocer, pero nunca creí que sería tan definitivo para lo que significa ser católica, para lo que significa ser hija de Dios.

Aunado a esto me motiva el hecho de que el Papa Francisco haya hecho un llamado especial a los laicos para su participación en la Iglesia. Su voto en el pasado Sínodo es tan solo un ejemplo de esta actitud de Su Santidad. Como laica, mujer y estudiante de Teología esta actitud me interpela directamente. Me hace sentir la responsabilidad del mundo y de la Iglesia en mis hombros. Me resulta un honor poder cargar con un cachito de esta piedra sobre mis hombros, aún flacos, por todo lo que me queda por estudiar y profundizar. Cuando subo al último piso de mi universidad y salgo al terrazzo veo la cúpula de San Pedro, recuerdo mi colaboración con el Santo Padre y renuevo mi esperanza en que esto vale la pena.

San Pedro, Ciudad del Vaticano.
Foto: Mauricio Fajardo.

Me ha sorprendido especialmente la cultura de las universidades pontificias. En Europa es común —permítaseme esta expresión, aunque sé que implica muchos matices— estudiar Teología a nivel universitario, incluso para personas no cristianas o poco practicantes. Esto lo comprobé en Roma, donde encuentro a muchas personas que deciden emprender esta aventura como yo. No existe mucho prejuicio alrededor de estas universidades. Yo sí tenía este prejuicio, por el pragmatismo del que vengo en el que cualquier estudio lo tiene que avalar un título reconocido por mi gobierno. Lo que he encontrado aquí es un verdadero espíritu de búsqueda de la verdad. El conocimiento no utilitario cobra especial importancia aquí, lo cual es valiosísimo.

Mi segunda motivación es Roma, ¡y qué motivación! Su apodo de città eterna no es trivial. Una amiga una vez me dijo «Roma es de otro mundo y mil mundos al mismo tiempo». No puede tener más razón. Mi universidad tiene Piazza Navona como patio de recreo. Para llegar al centro de Roma camino por Via Flaminia. Esto me permite entrar hacia el centro por la Porta del Popolo: antigua entrada a la gran ciudad. Todos los días me maravillo ante esta entrada. Ahí hay un semáforo que me permite frenar, contemplarla y retomar la conciencia de que estoy a punto de entrar en la historia de esta ciudad, de ayudar a seguir escribiendo esa historia. Al contemplar me repite que no me puedo acostumbrar.

 Vivir en Roma es viajar en el tiempo diariamente. Es respirar y convivir con el caos —aunque viniendo de la Ciudad de México, la palabra caos es sinónimo de cotidianidad—. Es esquivar turistas e italianos enojados. Es, de un mismo vistazo, percibir tres mil años de historia. Es escuchar todas las lenguas, porque todos los caminos llevan a Roma. Fue la capital del gran imperio y sigue siendo capital de Occidente en muchos sentidos. Roma es abrumadora: es enorme, en todos los sentidos de la palabra. Al mismo tiempo llega a ser tan personal y acogedora, de las maneras más extrañas, pero logra serlo. Ante tanta universalidad —con la que convivo diariamente— es imposible que la añoranza del país de origen sea triste. Junto con la nostalgia que el estar lejos de casa conlleva, Roma consigue reunir a todas las naciones y valorar la riqueza de cada una.

Llevo solo unos pocos meses y la aventura acaba de empezar. Pero si con poco tiempo ha conseguido sorprenderme y fascinarme, ¡todo lo que me espera! Lo que más he valorado es que Roma me ha enseñado a contemplar… espero que no se detenga.

MDNMDN