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Los fantasmas de nuestra historia

Los fantasmas de nuestra historia

Por J. Gilberto Arellano Arana

Los recuerdos plasmados en un álbum fotográfico, la sencillez del conversar con un amigo, la pureza de un confesionario o la intriga de un diálogo con uno mismo. A lo largo del tiempo, la necesidad del ser humano de encontrarle un sentido a las cosas lo ha llevado  constantemente a inventar nuevas formas de contar historias, expresar sentimientos, narrar sucesos. Son estas historias las que nos conducen a la felicidad o nos hacen reencontrarla.

El narrar nuestra propia vida es una manera de acercarnos a la felicidad, a pesar de que es difícil poseer la honestidad necesaria para hacerlo. San Agustín de Hipona se arrepintió de todos sus errores no en el momento en que los cometió, sino tiempo después, como relata en sus Confesiones. Sólo entonces pudo encontrar la plena felicidad que tanto quería alcanzar. Los pecados sensibles que lo satisfacían aparentaban ser un bien perfecto, pero no lo eran. El único bien eterno y perfecto, de acuerdo con San Agustín, sólo puede ser Dios. En la verdadera felicidad no hay engaños.

Instagram, Facebook, Twitter, Tik Tok, Snapchat. Son sólo algunos de los demonios que han llenado de tinieblas disfrazadas de oasis los cielos del siglo XXI. Desde el momento en que unes tu usuario a la comunidad virtual, se vuelve confuso distinguir la realidad de la ilusión. En las redes sociales, algunas  vidas aparentan ser perfectas, pero están repletas de falsas historias y efímeros amigos.

Conforme transcurre el tiempo,  seducen a más y más usuarios que llegan a la plataforma con la inquietud de explotar esta necesidad de contar su historia. Pero ¿que la mayoría recurra a este medio significa que es la manera que más nos acerca a la felicidad? Al narrar nuestra vida, debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos en el pasado. ¿Si no somos honestos con nosotros mismos, qué sentido tendría narrar nuestra vida? No digo que en las redes sociales sea imposible narrar la propia vida de manera honesta, simplemente que es más difícil mirarse y analizarse a través de un espejismo que tiende a transformar ratones en leones.

En el mundo virtual hay opciones que nos permiten manipular el tiempo. Podemos rebobinar al pasado, pausarlo e incluso manipularlo. O eso creemos. A todos nos ha dado la impresión, en algún día de agobio, de que hora tras hora, minuto  tras minuto, segundo tras segundo, las redes sociales se infestan de historias falsas de gente falsa para gente falsa. Muchas veces las versiones de la gente que conocemos en internet sólo son las que ellos desean que veamos. El ángulo que mostramos en nuestras fotos está fundado en la aprobación por la que en algún momento de nuestras vidas nos desvivimos. Likes y emojis que entorpecen la narración y la reflexión de los errores.

Aparentar ser perfecto puede ser seductor e incluso placentero por momentos, pero los errores nos atan a nuestras decepciones y arrepentimientos, orígenes y transformaciones, caídas y aprendizajes. Sin ellos, sólo estaríamos contando el clímax de nuestra historia. Solamente los razzies premian a personajes con un arco de redención tan mediocre.

Si no le damos el uso adecuado a las redes sociales, pueden llegar a convertirse en una escapatoria de nuestro pasado y nuestras responsabilidades. Quizá es el deseo de probar del manjar que nos ofrecen a cambio de un simple toque, el que nos consume hasta cegarnos. Pero a diferencia de Abdula, el de las Mil y una noches, a nosotros el derviche nos ha dado otra oportunidad. Sería cobarde intentar creer que la ceguera nos exime de la culpa. En cambio, quien elige el camino del valiente, no huye de sus responsabilidades. Es probable que una vez que permitamos que la atmósfera imperturbable de la vida sin preocupaciones nos engulla, Hakuna Matata se convierta en aquella melodía que suaviza toda arruga y marea la conciencia, pero como alguna vez dijo un sabio babuino: — “Oh…sí. El pasado puede doler, pero según lo veo, puedes huir de él o aprender.” (El Rey León, 1994). Es difícil afrontar nuestras responsabilidades y luchar por nuestra verdadera identidad. Pese a ello, algo en nuestro interior nos sigue incitando a hacerlo, tal como lo hizo Hamlet al volver a Dinamarca para reclamar el trono que le correspondía por derecho.

Incluso las responsabilidades del que huye vuelven por él,  tarde o temprano.  Nuestro usuario no puede atravesar la pantalla para venir a salvarnos el día. Valientes o no, a todos nos llega el momento de levantar la vista al mundo real, donde de verdad están las personas que te conocen, familia y amigos, donde puedes conversar contigo mismo, con un soporte más humano, sin necesidad del soporte emocional que te proporcionan los likes.  Alcanzar la felicidad, no en la vida que imaginamos, sino en la que tenemos.

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