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Lejos en septiembre: no lloro, nomás me acuerdo

Lejos en septiembre: no lloro, nomás me acuerdo

Por Andrea Fajardo

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Cada vez que mi abuela recibía una llamada de Culiacán, algo se activaba en ella; el acento sinaloense que casi había perdido tras años en la Ciudad de México, regresaba inmediatamente. Hablaba recio y golpeado, con otras palabras y, de pronto, ya no decía mucho sino musho. Al colgar el teléfono, el acento desaparecía. Algunas veces frente a un plato de machaca, añorando Sinaloa, me contaba sobre las calles de Culiacán y sus hermanos; en esos momentos volvía el acento. Es hasta ahora –con los 9,727 kilómetros que separan a Berlín de la Ciudad de México– que lo he entendido.

Los mexicanos, a pesar de todo, estamos orgullosos de ser mexicanos: de la gente, la cultura, las tradiciones, el tequila, los tacos y todo aquello que en nuestro imaginario es la mexicanidad y que sale a flote sobre todo en septiembre.

Quizá por el carácter alegre y fiestero de los mexicanos, septiembre transforma nuestro patriotismo y nacionalismo en celebración. La independencia es un pretexto para reunirnos y festejar. Desempolvamos las banderas y las colgamos por todas partes, desde los edificios hasta los autobuses. Los trajes de charro y las blusas bordadas relucen especialmente durante un mes. Todo es verde, blanco y rojo; incluso la comida: no hay nada más patrio que un chile en nogada en la primera quincena de septiembre, cuando a pesar de las diferencias entre el norte, el centro y el sur nos unimos en un grito colectivo: ¡Viva México, cabrones!

Luchador AF

Pasado septiembre, guardamos hasta el siguiente año el nacionalismo exacerbado. O quizá hasta la siguiente gran ocasión en la que el logro de un mexicano se sienta como un logro o una tragedia colectiva: un partido de la selección, un discurso de Guillermo del Toro, reconocimientos a nuestros escritores y pintores o simplemente cuando cantamos Cielito lindo en el extranjero.

     Y es que en el extranjero, los mexicanos, además de padecer “el síndrome del jamaicón”, somos propensos al “síndrome de septiembre”, que se manifiesta de distintas maneras en función de nuestra relación con los otros, dependiendo de si son personas totalmente ajenas a nuestro entorno original, o si son latinos, o si nos encontramos entre mexicanos.

Por ejemplo, lo primero que hace un alemán, o casi cualquier otro europeo cuando conoce a un mexicano en su país es enlistar lo que ha escuchado de México, y comienza la lista: Chicharito, Frida Kahlo, tequila, tacos, mariachi, sombrero y el Chapo. Incluso algún despistado añadirá: cinco de mayo, chimichangas y chilli con carne. Es entonces cuando el síndrome de septiembre se cuela en el mexicano, quien comienza aclarando que el chile con carne es propiamente tex-mex, a las chimichangas ni las menciona y que el cinco de mayo lo festejan solamente los gringos; para seguir argumentando que México tiene mucho más que ofrecer que lo que dicen las noticias y nuestros problemas con la violencia y el narco. Seguramente, mencionará la gran diversidad de flora y fauna, la gastronomía (que nunca puede faltar), hablará de nuestra arquitectura, que va desde las pirámides, lo colonial y el barroco hasta los rascacielos; e incluso terminará describiendo los colores y la celebración del día de muertos como si cada año hubiera recorrido los caminos de cempasúchil en el cementerio de Janitzio, aun cuando nunca lo hubiera hecho. Quizá la única ofrenda en la que participó, fue la que ponían en la escuela.

Mexicano
Ilustración Dario Marcucci

Aceptémoslo, aunque las tradiciones se diluyen día con día, frente al otro no lo admitiríamos. Claro que nos esforzamos para que entiendan que México va más allá del estereotipo -que presentan las búsquedas de Google basadas en un imaginario mundial- del hombre sombrerudo y bigotón que se sienta a la sombra de un nopal (hay que añadir que no tiene sentido tomar una siesta recargado en espinas); o que las mujeres pueden tener otro nombre que no sea “María”, y que no necesariamente un mexicano debe tener cinco nombres y apellidos compuestos, como en las telenovelas. En resumen, queremos mostrar lo mejor, lo que nos enorgullece: nos convertimos en promotores culturales. Entonces deja de avergonzarnos y estamos dispuestos a usar un sombrero o una máscara de luchador para enriquecer el imaginario que los otros tienen de nosotros.

También puede ocurrir que en algún momento viajaron o viajarán a nuestra tierra o que hayan conocido a otro mexicano; y es cuando cruzamos los dedos esperando que el paisano dejara una buena impresión, y para reforzar o mejorar su opinión nos esforzamos en ser más alegres y simpáticos, para que la siguiente vez que se encuentre con otro mexicano, diga que tiene un amigo mexicano amable y divertido.

La segunda forma se presenta entre latinos e hispanos. El oído afinado por el tiempo empleado en aprender un idioma nuevo te mantiene alerta; es por eso que en cuanto escuchas por la calle o en el metro que alguien habla español, se acelera el pulso, como si lo extraño fuera menos desconocido. Es la primera manifestación del síndrome de septiembre. Cuando escuchas el español, además de alegrarte, si es posible, intentas establecer contacto, quizá con una sonrisa, para que sepan que alguien entiende lo que dicen.

Una vez que hemos logrado el contacto, buscamos similitudes entre latinos y nos reímos con las diferencias de las palabras y nos maravillamos de la riqueza de nuestra lengua,  porque algo inmenso nos arropa: hablamos el mismo idioma.

Y de pronto sientes, aunque tu único acercamiento a Colombia son los libros de García Márquez, que aquella chica colombiana y tú tienen mucho en común. El mexicano cuenta sobre México y escucha sobre Colombia, y por dentro sabe que, a pesar de los acentos y las palabras, comparten muchas cosas, que ellos también extrañan, que ellos también se fueron, que ellos también se adaptan.

La falta de unidad entre los hispanohablantes y, especialmente, entre latinoamericanos, desaparece en el extranjero.

La tercera forma es la más interesante: el síndrome de septiembre entre mexicanos. No tienes que explicar nada y tampoco eliminar estereotipos, tampoco buscas similitudes; ya no necesitas explicar lo que entiendes por una palabra, ni aclarar nada, porque los mexicanos sabemos de dónde venimos. Lentamente vuelve a tu boca el no manches, wey, compa, morra y todo aquello que hace a los demás saber que eres uno de ellos, que eres mexicano. Eres tú, cargando con tu propio México, con tu visión de México, con tus recuerdos y tu ideal.

No es que lo hayas olvidado, sino que es como si en aquel momento los tacos del Villamelón con su vista a la Plaza México, la calle empedrada de Francisco Sosa, las esperas en la fuente de los coyotes, el tráfico del Periférico y las cúpulas anaranjadas de Bellas Artes te poseyeran.

Cada vez que mi abuela recibía una llamada de Culiacán, el síndrome de septiembre se activaba en ella; en la nostálgica distancia, Sinaloa era su México. Así como ella empezaba a alzar la voz y a hablar como sinaloense, de pronto me encontré a mí misma hablando casi a gritos entre otros mexicanos. No era la única. El adiestramiento de meses de susurrar en el metro, se desvaneció en el momento en que entramos a nuestro pequeño México.

Panorama Jorge Razzo

Desconocidos que se aceptan por el simple hecho de ser mexicanos; porque todos compartimos la misma nostalgia, el miedo a regresar con las manos vacías y la sensación del fracaso, la añoranza por la familia, los antojos que te hacen agua la boca; porque mientras sostenemos una salchicha y un pan, no dejamos de hablar de birria, carnitas, un buen plato de pozole, de menudo y las mil variedades de tacos. Inevitablemente terminarás hablando de comida. Y sigues hablando fuerte, rápido, con un acento marcado, mientras un tequila –que parece más aguarrás– te quema la garganta y tendrás que conformarte, porque es lo que hay. De pronto resulta que no tienes dos pies izquierdos y hasta puedes bailar las de los Ángeles azules, siguen las canciones de Luis Miguel para preparar la voz para las rancheras y los mariachis, y empezarás a gritar, porque es una simulación de canto, como si estuvieras en Garibaldi con unos mariachis en directo, en lugar de escuchando una lista que Spotify sugirió. Y no sólo eso, también te sabes algunas de banda. Incluso, aunque jamás lo harías en México y te cueste aceptarlo, resulta que te sabes la letra completa de Rata de dos patas y terminas cantándola, sin despecho, sólo porque Paquita suena muy mexicana.

Pero hay una dimensión más del síndrome de septiembre, que se vive a solas y cotidianamente, cuando plantas chiles y tomates verdes, esperando hacer una buena salsa; cuando intentas hacer tortillas, aunque sepas que se te van a romper y te decepcionará el sabor. De la comida pasamos a la decoración, de pronto ya no te resultaría extraño colgar una bandera todo el año, desearías tener un comal, comer en un plato de talavera y beber de un jarrito de barro. Y aunque te cuestionas seriamente si en caso de que un extraño enemigo osara profanar nuestro suelo estarías dispuesto a sumarte al grito de guerra, si quizá no darías la vida por una idea de patria, al menos es claro que siempre recuerdas diez lugares, a cierta gente y tres o cuatro ríos.

En Berlín aprendí la palabra Heimweh, que es el dolor por el hogar, la añoranza por la tierra. Creo que describe muy bien esta nostalgia por el México de tu abstracción, que es el motor del síndrome de septiembre; cuando aquello que te ha sido conocido y querido por tantos años, paradójicamente está distante y tan cercano a la vez.

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