Mirada de cenizas

Luis Antonio Teodosio Lugo

El viento de la tarde siempre traía consigo el olor a tierra seca y a recuerdos que se negaban a morir. Frente a la vieja casa de ventanas góticas, Silas sostenía la horca con la misma firmeza con la que se aferraba a sus secretos. A su lado, su hija Clara miraba hacia el horizonte, perdida en un pensamiento que compartían, pero del que nunca hablaban.

Habían pasado ya diez años desde que el pueblo entero dejó de visitarlos, marcando una línea invisible en los límites de su granja. La nostalgia se respiraba en el desgastado vestido morado de Clara y en el silencio sepulcral que envolvía los sembradíos.

Nadie recordaba ya la última vez que una risa rompió la quietud de ese porche. Sin embargo, detrás de la mirada severa y los cristales limpios de los lentes de Silas, no solo había tristeza, sino una profunda y tensa vigilancia. Sabían que el pasado, tarde o temprano, vendría a reclamar lo que quedaba de ellos.

Una sombra extraña se movió de repente al borde del camino, agitando los matorrales. Silas no parpadeó; apretó el mango de madera con más fuerza. Clara desvió ligeramente la mirada hacia su padre, buscando una señal, una palabra que rompiera el misterio de esa eterna espera. Silas solo guardó silencio, mientras el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un rojo que parecía advertir que la noche traería, finalmente, todas las respuestas.

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