Literatura esconde sabiduría 2

En esta ocasión, en línea con una entrada anterior de este blog (https://spes.lat/literatura-esconde-sabiduria/) , quisiera compartir unas reflexiones surgidas a propósito de una lectura: “La corona de los ángeles” (1946 d.C.) de Gertrud von Le Fort. La escritora es una alemana conversa al catolicismo y la protagonista de la novela, Verónica, también lo es. En realidad, se trata de la continuación de una obra precedente: “El velo de Verónica” (1928 d.C.) Los protagonistas son los mismos: Verónica y Enzio.

La ambientación de “El velo de Verónica” se sitúa en Roma, antes de la Primera Guerra Mundial, a inicios del siglo XX. La de “La corona de los ángeles” es Heidelberg, Alemania, en el periodo de entre guerras. Verónica representa la profundidad y la paciencia de la fe, mientras que Enzio encarna la dureza del nacionalismo y el materialismo; el culto a la raza y la cultura de la fuerza y el desprecio de los débiles. Fe y ateísmo se encuentran y se enfrentan en la novela, venciendo finalmente la fuerza del amor.

Ambas novelas son particularmente enriquecedoras porque producen la impresión de ser una especie de mirador que se asoma a la hondura del corazón femenino. En la trama suceden más bien pocas cosas, pero “la procesión va por dentro”; más importante que los eventos externos es todo lo que vive y experimenta el corazón de los protagonistas, especialmente el de Verónica. Al leerlo produce cierto vértigo descubrir la profundidad que puede alcanzar una mujer en su existencia, en su interioridad, la cual puede compararse con un iceberg: asoma a la superficie solo una pequeña parte de lo que en realidad sucede en su alma.

En este sencillo texto quiero simplemente enunciar algunos de los párrafos que me resultaron particularmente elocuentes de “La corona de los ángeles” (utilizo la edición de Encuentro, Madrid 1998) y hacer un breve comentario, con la esperanza de que el resultado sea interesante para el amable lector.

Gertrud von Le Fort de alguna forma se adelanta a su tiempo, al descubrir con desoladora lucidez la crisis espiritual de occidente. Muestra cómo la religión es el alma de la cultura, de forma que, si la religión muere, la cultura se seca y decae, el perderse la fuente de la que se alimentaba. Le Fort muestra cómo, de manera profundamente irracional e inconsciente (con ausencia de conciencia), la civilización va dándole progresivamente la espalda a la religión, sin apenas percatarse que de esa forma serrucha el tronco donde la cultura se apoyaba:

“Me has demostrado cómo se comporta con el mundo -quiero decir frente a los demás valores- una persona que es verdaderamente cristiana. Te adhieres a estos valores con un fervor indescriptible y estás dispuesta a sacrificarlo todo, incluso tu felicidad personal, para salvarlos, mientras que en todos los demás sitios pasa lo contrario. La gente sacrifica sus creencias religiosas por cualquier cosa, lo que tienen más cerca, y casi ni se dan cuenta de que lo hacen; en tan poco las consideran. El secreto estriba en que al sacrificar a Dios se sacrifica también al mundo. El traicionar la propia religión trae consigo la traición a la propia cultura. La cultura occidental persistirá mientras la religión persista en Occidente. No es aquélla la que produce ésta, sino ésta la que trae consigo aquélla. Cuando caiga una, caerá la otra: es el único testimonio que quedará, y quizá sea lo único que quede muy pronto. Como un árbol caído que al derrumbarse ha dejado sus raíces al descubierto, la caída de la cultura demostrará que su fuerza también venía de las raíces, y al verlas nadie podrá dudar de su fuerza” (pp. 205-206).

Le Fort expone el contraste entre un verdadero creyente, dispuesto a sacrificar su propia felicidad por la fe que profesa, frente al inconsciente que, por una bagatela, la abandona, le da la espalda. Pero al hacerlo, sin apenas apercibirse, sella la sentencia de muerte para su propia cultura.

En la novela, por boca de Enzio, uno de los protagonistas, expone con particular clarividencia el enfrentamiento entre el humanismo ateo y el cristianismo. Es decir, la doctrina que pontifica la “muerte de Dios” como un peldaño necesario para alcanzar la divinización del ser humano. De esta forma el hombre se convierte en la fuente de la moral, en el que decide, según su particular arbitrio, qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Con particular agudeza y profundidad muestra, de manera inquietante, cómo, en realidad, el “enemigo” es Cristo, más que un genérico “Dios”:

“Tienes que saber que mi madre era muy piadosa. Ella sí que le rezaba al amor. Todavía me emociona el recordarlo, pero aunque la devoción sea una costumbre muy arraigada puede arrancarse como cualquier otra. En cuanto la hayamos suprimido nadie la echará de menos y en cambio estaremos liberados… Te aseguro que librarse de Dios es algo inaudito, casi un éxtasis. El hombre, acostumbrado a estar supeditado a alguien más alto, se encuentra de pronto con que él es el más importante. Y entonces, cuando ya no reconoce a nadie por encima de él, puede hacer y dejar de hacer todo lo que quiere y eso es lo que sucede cuando nos liberamos de Dios, mejor dicho, de Cristo. Porque en el fondo Dios es únicamente un concepto inexplorado. ¿Qué sabemos de Él? En cambio, Cristo es el que exige. Él es el peligroso” (p. 123).

Nuevamente Le Fort se muestra clarividente al señalar el erial espiritual al que conduce el rechazo de Dios. Se convierte así en una especie de profeta, pues alcanza a entrever la situación de postración espiritual en la que caerá la civilización occidental (particularmente Europa), en pocos años. Una muestra fehaciente de ello es precisamente la relación del ser humano con su propia muerte:

“Hija mía, no te dejes engañar cuando, de vez en cuando, oigas decir que la muerte es la gran maestra de la conversión. Lo ha sido durante siglos y todavía lo es en alguna ocasión, pero estas ocasiones son meros residuos de una muerte ya pasada de moda. El secreto de la muerte, hoy en día, es que ni siquiera ella es capaz de hacer cambiar un alma alejada de Dios. Tienes que estar dispuesta para ver que la gente no desea una existencia en el más allá. Este pensamiento les es mucho más penoso que el sumergirse en la nada” (p. 224).

¡Ay de nosotros cuando ni siquiera la consideración de la muerte nos haga reaccionar!, cuando hayamos abandonado la noción de vida eterna -las postrimerías del cristianismo- y no aspiremos sino a sumirnos en la nada. Como recordaba Benedicto XVI en Spe salvi n. 2: «In nihil ab nihilo quam cito recidimus» (en la nada, de la nada, qué pronto recaemos). Digamos que esta aguda y lúcida conciencia de sumergirnos en la nada es el epítome del secularismo, el fruto podrido de la “muerte de Dios” y el consiguiente abandono de la religión.

Ahora bien, la obra de Le Fort no apunta a un futuro desalentador, carente de esperanza. Es verdad que su diagnóstico es lúcido: el abandono de Dios y la religión por parte de la cultura occidental. Ahora, a casi un siglo de distancia de la publicación de sus obras, y a un siglo de su conversión al catolicismo, que fue precisamente en 1926, nos damos cuenta de que sus premoniciones fueron correctas, y nos enfrentamos a generaciones enteras que han prescindido de Dios y de la religión. Pero ella acierta a señalar que aún hay esperanza para la civilización, para el ser humano, aunque deba pasar por la criba de la cruz y la contradicción:

“-Usted quiere decir que las condiciones necesarias para que se produzca un nuevo resurgir serán el dolor y la muerte- dije temblando.

-Sí, eso es -contestó- Mientras exista el dolor y el sufrimiento, seguirá existiendo el cristianismo, y mientas éste exista, habrá la posibilidad de que se produzca el nuevo resurgir” (p. 208).

Es decir, el ser humano, por más que aspire a ello, no podrá eliminar el dolor y el sufrimiento de su vida. Y ese dolor y sufrimiento remanentes le ayudarán a elevar, una vez más, su mirada hacia Dios, particularmente hacia Jesucristo, que a través de la Cruz dota de sentido y plenitud al sufrimiento. Ese será el precio del nuevo resurgir de la humanidad, el camino de vuelta a Dios y, a través de Él, a la reconciliación con nosotros mismos y nuestro planeta.

No faltan, como buena intelectual germana, algunas reflexiones profundas sobre el pensamiento humano en su obra: “Sin darme cuenta experimentaba la feliz realidad de que el pensar nace dentro de uno mismo y no es como el saber, que viene de fuera” (pp. 87-88). Quiera Dios que también nosotros nos aventuremos a pensar por nosotros mismos, siendo el combustible que permite este vuelo espiritual, la riqueza del saber que vamos atesorando a lo largo de la vida. Cuando ese saber y ese pensar incluyen a Dios y al sufrimiento en la ecuación, nos conducen a alcanzar una visión más verdadera, real y objetiva de la realidad y el mundo.

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