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1. Ciudadanos rabiosos / Muerte por acidia

por | Jun 14, 2023 | 0 Comentarios

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Nous mourons à petit feu de

ne plus vouloir vivre ensemble.

Alexis Jenni, L’ art française de la guerre[*] 

En las visiones apocalípticas tan populares en nuestro tiempo y plasmadas lo mismo en películas como en novelas y series de televisión, el colapso de una civilización ocurre de modo súbito, ocasionado por una catástrofe natural, un gran terremoto, una epidemia, una explosión nuclear. Y lo sobrevivientes son aquellos que están dispuestos a abandonar todo reparo mínimo de decencia, a violar todo código moral, religioso o jurídico con tal de mantenerse con vida.[1]

En la realidad, no nos enfrentamos a un colapso súbito de nuestra civilización, más bien presenciamos una “muerte por acidia”, una erosión paulatina y cotidiana, casi “normal” de la calidad de nuestra vivencia y convivencia ciudadana.

Esta erosión se observa en primer lugar en la creciente desconfianza de las personas hacia las instituciones públicas. Pero se manifiesta también como una especie de cansancio o decepción de la democracia, porque esta forma de gobierno (esta forma de vida) no nos ha entregado aquello que esperábamos de ella: seguridad, prosperidad y, muy en tercer lugar, libertad.

Tal parece que los años de libertad, precaria, incompleta, imperfecta, de que hemos disfrutado en las últimas décadas, no son argumento suficiente para seguir apostando por un modelo que no garantiza satisfactores materiales e ingresos estables para todos. De ahí que muchos de nuestros conciudadanos hayan perdido la fe en la democracia, y en el poder de la política para transformar en sentido positivo a la sociedad.

El desprecio a la política, a las instituciones públicas y a los políticos se encuentran en el origen de la actitud de rabia de mayor o menor intensidad que corroe interiormente a muchos mexicanos y que envenena, y en última instancia trunca el incipiente debate público tan necesario para nuestra sociedad.

La rabia nos impide ponderar nuestra situación política, económica y social con sensatez y tranquilidad de espíritu. La rabia nos lleva a manifestar —muchas veces de manera violenta— a la menor provocación nuestro hartazgo frente a nuestras instituciones políticas y nuestro gobierno, sin matices de ningún tipo y sin hacer excepciones.

Es en nombre de esta rabia que como sociedad toleramos que se amenace en manifestaciones multitudinarias la integridad de miembros de nuestra policía. Que pobladores rabiosos de alguna localidad del país “secuestre” y veje soldados para protestar por la falta de apoyos del gobierno. Toleramos que en nombre de la rabia social se destruya mobiliario urbano, público, que nos pertenece y nos sirve a todos los mexicanos. Toleramos que se ponga en entredicho en la calle el poder que legítimamente se ha ganado en las urnas. Que se confunda muchedumbre enfurecida con mayoría democrática; y vociferación extremista e intolerante con sano disenso democrático.

Es también en nombre de esa rabia que toleramos muestras de prepotencia por parte de “ciudadanos-de-a-pie” contra nuestros servidores públicos. Hay quien por esta rabia justifica la evasión fiscal (un delito que nos afecta a todos) y la violación de leyes y disposiciones de todo tipo, desde el reglamento de tránsito hasta ingerir alcohol en la vía pública.

Para muchos mexicanos esta rabia social justifica atentados contra nuestras instituciones políticas y sus representantes.  La mala calidad de nuestra democracia es para estos “ciudadanos rabiosos” el mejor argumento para atacar a la democracia.

El ciudadano rabioso se ve a sí mismo como una de las incontables de víctimas que sufren a manos de una clase política explotadora y abusiva. Pero su rabia no se limita exclusivamente a los políticos, sino que se extiende a todos los que considera “poderosos”: los líderes sindicales, los empresarios, las corporaciones trasnacionales, el Fondo Monetario Internacional,  los jerarcas de la Iglesia Católica o los directivos de la Femexfut. Todos ellos conspiran para mantenerlo a él, al ciudadano-de-a-pie en la vida de amargura y frustración que lleva.

A pesar de su radicalidad, la postura del ciudadano-rabioso-de-a-pie es muy cómoda: No está obligado a hacer algo, ni a sentirse responsable por nada. No está obligado a acatar la ley, porque las leyes son injustas; ni a respetar a los policías de tránsito, porque son “corruptos y estúpidos”. No está obligado a respetar a sus conciudadanos porque, como está lleno de rabia, no se puede contener. Y no le importa quién se la hizo, sino quién se la paga. No está obligado a pagar impuestos, ¿para qué? si se los roban. No está ni siquiera obligado a votar, porque votar no sirve para nada. “Todas las elecciones están amañadas”.

El ciudadano rabioso está convencido de que tiene la razón. Está convencido de que todos nuestros políticos y todas nuestras instituciones públicas son corruptas. Está convencido de que todos los actos de autoridad del Estado son arbitrarios, injustos y opresores.

El ciudadano rabioso es profundamente pesimista. Su pesimismo es el origen de su angustia, pues siempre espera lo peor: el colapso total de nuestro país; la vuelta a la barbarie; el advenimiento final del Narco-estado. Esta angustia justifica para el ciudadano rabioso su pasividad y su cobardía para actuar políticamente dentro o fuera de los partidos políticos.[2]

Este pesimismo como remedo de postura política es la actitud de muchos intelectuales (rabiosos, también) que ahogan el debate público con descalificaciones de origen, con citas ingeniosas de algún literato o filósofo de la política, y con una arrogancia moral que los ha llevado a hacer de la apatía política una virtud, y de la cobardía para participar en política una marca de pureza de espíritu.

El pesimismo es la cobardía de los intelectuales.

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[*] “Morimos al fuego lento de no querer más vivir juntos”.

[1] Para un ensayo reciente sobre la fragilidad de nuestra civilización y la presencia de la barbarie y la violencia en la vida cotidiana, véase Violence et passions de Baverez, Nicolas (París: L’Observatoire,  2018).

[2] Respecto a la distinción entre angustia y miedo, véase por ejemplo el reciente ensayo de Müller, Jan-Werner. Furcht und Freiheit [Miedo y libertad] (Berlín: Suhrkamp, 2019) en especial el capítulo 3 apartado 4 Furcht und Freiheit wessen? (¿miedo y libertad de quién?) Müller distingue entre al angustia como un sentimiento difuso de algún mal que eventualmente puede realizarse, y el temor o miedo frente a una amenaza concreta. Para Müller existe en la tradición de la filósofa Judith Shklar la posibilidad de construir un liberalismo fundado sobre la experiencia de la extrema vulnerabilidad de las víctimas de atrocidades como los totalitarismos del siglo XX. Tal liberalismo superaría el marcado individualismo de la tradición de Locke y el proceduralismo de la propuesta de John Rawls, por ejemplo. Propuesta que reduce el liberalismo al seguimiento de ciertos procedimientos que protejan la capacidad de decisión individual, sin garantizar derechos que protejan de manera efectiva la dignidad humana.

Fernando Galindo

Fernando Galindo

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