A más de 20 años de su aparición, el acrónimo ASG enfrenta fuertes críticas.
El acrónimo ASG (ESG por sus siglas en inglés) se acuñó en 2004 en el marco del trabajo conjunto de Kofi Annan, entonces secretario de la ONU, y líderes empresariales globales. Desde entonces y especialmente durante la pandemia y hasta 2021 vimos un entusiasmo creciente en el ámbito empresarial y financiero por la promoción de estos criterios de inversión y la generación de productos financieros ASG. Nunca había sido tan rentable ni tan bien visto promover la sostenibilidad.
A finales de 2021 y más intensamente en 2022 se materializó sin embargo, una reacción virulenta en contra de los criterios ASG, sobre todo pero no exclusivamente en Estados Unidos. Sin afán exhaustivo creo que al menos podemos distinguir causas “endógenas” y causas “exógenas” al ecosistema ASG de esta reacción de rechazo.
Las causas endógenas tienen que ver con el comportamiento de algunos actores del ámbito financiero y empresarial, y suelen englobarse bajo el nombre de “Greenwashing” — la simulación de prácticas a favor de la sostenibilidad:
De parte de intermediarios financieros la simulación consiste en ofrecer vehículos de inversión —ETFs, bonos, o fondos de inversión, etc.— como vehículos que cumplen con los estándares ASG, aunque en realidad no sea así.
Algunos intermediarios financieros supieron leer el apetito de los clientes por todo lo que fuera sostenible y aprovechando la falta de regulación al respecto, bautizaron los productos de siempre con alguno de los adjetivos de moda, como “verde”, “sostenible”, “ecológico” o “socialmente responsable”. Y esto con la doble expectativa de poder cobrar más por el mismo producto, y al mismo tiempo “reverdecer” la imagen del intermediario o emisor. Algo similar a lo que sucede cuando a unos tomates comunes y corrientes les pegan la etiqueta de “bio” u “orgánicos” y los venden al doble de precio.
De parte de las industrias y empresas, muchas se dieron cuenta de que era fácil cumplir “en el papel” con las exigencias de los criterios ASG, sin tener que cambiar nada de la operación tradicional, pues sus declaraciones serían las más de las veces “voluntarias” y no estarían sujetas al escrutinio de la autoridad; podrían mentir sin consecuencias.
Pero la simulación no es la única causa del desprestigio de la aplicación de criterios ASG, está también el hecho de que muchas veces es genuinamente difícil identificar qué prácticas reducen las emisiones de carbono, sin volver por ello inviable la operación de la empresa. Obviamente el modo más efectivo de no emitir carbono para una empresa es cesar la operación y desaparecer.
Y a esto se suma la complicación de medir la aplicación y el impacto de los criterios ASG: Aunque ha habido avances significativos recientes, no existen criterios de medición homogéneos, universalmente aceptados y fiscalizados por una autoridad central. Hay tantos criterios de medición como agencias calificadoras. A diferencia de lo que sucede en el mercado de bonos, en el que las calificadoras más importantes gozan aún de cierto prestigio y credibilidad, y sus criterios de medición son muy parecidos, aunque la notación sea diferente.
En el ecosistema ASG a veces da la impresión de que cada empresa entiende los criterios de manera diferente y los aplica y reporta también de forma casi caprichosa. También es cierto que los criterios de cuidado del medio ambiente llegan a ser demasiado exigentes:
Se pide por ejemplo a las empresas que midan con exactitud su huella de carbono, pero para ello no basta que reporten las emisiones directas de sus plantas y flota vehicular, clasificadas como “scope 1”; se les pide también que reporten las emisiones causadas por aquella energía que compraron de otra empresa, “scope 2”; y por último que consideren todas las emisiones de proveedores, distribuidores y empleados en su cadena de valor, “scope 3”. Queda la duda de si tal tipo de medición es financiera y técnicamente viable.
Por otra parte, causas exógenas o circunstanciales son en primer lugar la desaceleración económica y la crisis energética: La pandemia alteró la estructura económica global, y justo cuando empezamos a sufrir su impacto económico, la invasión rusa en Ucrania desató una crisis energética. El entusiasmo por activos ASG disminuyó, y con ello disminuyeron también los rendimientos de dichos activos. Y disminuyó también el capital de los gobiernos destinado a la transición energética, ante la urgencia de reactivar la carrera armamentista.
La crisis energética y las sanciones impuestas a Rusia ocasionaron además que las petroleras tuvieran ganancias sin precedentes, sin necesidad de proclamar su adhesión a los criterios ASG.
La situación económica orilló a muchos inversionistas a concluir que los criterios ASG son “bad for business”: Antes de la crisis energética el desempeño de muchos fondos ASG había sido superior al promedio; pero la crisis energética hizo que los retornos fueran mucho más modestos e incluso hubo pérdidas. Esto llevó a muchos líderes empresariales y comentadores a decir que tales criterios son “mal negocio”, sin considerar que el año 2022 fue en general malo para casi todos los activos.
Más allá de lo económico, el contexto político contemporáneo en Estados Unidos también ha resultado perjudicial: Líderes políticos y de opinión asociaron los criterios ASG a un pensamiento “elitista de izquierda” y al llamado “capitalismo woke”.
Personajes de la derecha estadounidense y líderes del partido republicano han denunciado al calentamiento global durante años como una ficción. La crisis económica les dio más motivos para criticar los criterios ASG. Mientras eso les reditué en popularidad y votos, lo seguirán haciendo.
Desafortunadamente el cambio climático es una realidad y afectará de manera más drástica a la población más vulnerable económicamente, que es la que tiene menos posibilidades de mitigación y adaptación.
En el sector productivo, diversas industrias y empresas enfrentan riesgos catastróficos a causa de nueva regulación medioambiental de alcance internacional, de la presión ciudadana, o del mismo costo energético y otros efectos del cambio climático. Para las empresas como para toda la sociedad la evolución a una forma de producción sostenible no es opcional; es una necesidad impuesta por las circunstancias ambientales actuales: contaminación del agua y el viento, destrucción de la biodiversidad, falta de agua potable y el aumento de fenómenos climáticos destructivos, como los mega incendios, los huracanes y las seguías.
Más allá de qué pase con los criterios ASG, el ánimo y la visión que les dio origen, siguen tan vigentes como siempre.



