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¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

En un gobierno, en una empresa, un equipo deportivo, una familia o en cualquier institución la característica esencial y definitoria de un liderazgo ético es que hace mejor a cada una de las personas que conforman el equipo, incluyendo al líder; y que además beneficia a la institución, ayudándola a cumplir su misión y beneficiando así a la sociedad.

El liderazgo ético está orientado al bien personal y a un bien común.

Es el único liderazgo que vale la pena ejercer y apoyar. El único que nos conviene, al margen de lo que digan la moral, las tendencias o las modas.

Es un error grave pensar que lo esencial en un buen liderazgo es que sea efectivo, que “dé resultados”; y que todo lo demás es ingenuidad, idealismo trasnochado o moralina.

En política, en negocios y lamentablemente también en las familias sobran ejemplos de liderazgos “efectivos”—sumamente dañinos para quien lo ejerce y para quien lo padece como subordinado o como parte de la institución o la sociedad donde tiene impacto ese liderazgo.

Alguien que da resultados al margen de la ética —al margen de si los objetivos buscados son buenos o malos, y del modo de tratar a las personas para alcanzarlos— es un operador, no un líder genuino.

Mafias y organizaciones que actúan en la clandestinidad persiguiendo fines ilegítimos e ilegales tienen “operadores” en ocasiones muy eficientes. Que la palabra se haya vuelto común en el lenguaje político de México es un síntoma más de los malestares que aquejan a nuestra democracia.

Un operador que logra tejer una red de operadores subordinados a él, y que logra enquistarse en alguna jerarquía institucional  y disponer de los recursos de una institución, se convierte de simple operador en líder…un líder tirano, no un líder ético.

Más allá de lo que digan, de cómo se presenten ante los demás, incluso de cómo se vean a sí mismos, el operador y el líder tirano persiguen bienes excluyentes: bienes que, de alcanzarse, no se pueden compartir. Bienes como el enriquecimiento individual, los placeres excesivos, el poder como dominación y la fama, esa hermanastra frívola y a la vez perversa de la honra.

A operadores y tiranos el beneficio de los subordinados, de la institución y de la sociedad les tiene sin cuidado.

El beneficio, por ejemplo, de la empresa y sus actores claves —accionistas, colaboradores, clientes proveedores— será buscado por un líder tirano solo en la medida en que le ayude a alcanzar los bienes excluyentes anhelados. Se tratará de un beneficio accidental, que puede o no acompañar la búsqueda de un ideal pervertido de éxito egoísta, que se persigue a costa de los demás, principalmente a costa de los subordinados; no gracias a ellos. Éxito que implica la degradación y paulatina corrupción de los subordinados, y muchas veces el atropello de personas, instituciones y leyes.

Por eso el líder tirano se rodea de ingenuos entusiastas (“idiotas útiles”) numerosos oportunistas, aduladores y sicofantes (denunciantes pagados para calumniar)

El líder tirano manipula y persuade a través del miedo y las amenazas; o seduce a través del carisma y de las dádivas. La lealtad que cultiva es hacia su figura; no es fidelidad al proyecto ni a la empresa.

Por el contrario, un liderazgo ético convoca y entusiasma con la riqueza y la ambición del proyecto; con la posibilidad de crecer como persona, de crecer en la institución. Nos ofrece la oportunidad de ser mejores, hacer el bien y ganar dinero dignamente.

El liderazgo ético exige con el ejemplo y convence con la humildad de reconocer que necesita y pide nuestra participación para llegar a cabo una empresa noble. Permite la continuidad en el tiempo porque está comprometido con el desarrollo de las personas y la realización del proyecto; y no con el culto a la personalidad del líder y la satisfacción de sus caprichos. No necesita la luz veleidosa y siempre pálida de la fama; pero tampoco las sombras que operadores y tiranos requieren para disimular sus malas y vergonzosas acciones.

Un líder tirano solo podrá tener empleados o cómplices, jamás colaboradores ni socios; tendrá seguidores, pero nunca compañeros, mucho menos amigos.

¿Es razonable vivir cristianamente?

¿Es razonable vivir cristianamente?

Prólogo de:

Vivir cristianamente es razonable de Mario Salvador Arroyo Martínez Fabre. Eunsa, 2024.

Hay tantos motivos para no creer en Dios, y son tan visibles las miserias de los miembros de la Iglesia que casi sorprende que siga habiendo católicos. Los avances de la ciencia parecen confirmar que no es necesario y ni siquiera pertinente recurrir a la “hipótesis” de Dios para explicar el universo. El origen del cosmos al parecer puede explicarse por el azar; la vida en la tierra por la evolución; y las acciones y pasiones humanas o bien por algún tipo de represión sexual, o bien por algún mecanismo más o menos complejo como las hormonas, la genética o la interacción de redes neuronales. Una amalgama amorfa de azar, evolucionismo e histeria sexual parece explicarnos toda la realidad. La belleza del cosmos, la maravilla de la vida en nuestro planeta y el misterio del ser humano —explorado una y otra vez en la literatura, el cine y todas las bellas artes; y manifiesto siempre lo mismo en las competencias deportivas, en las proezas empresariales y en las campañas políticas— se deducen con necesidad y absoluta certeza de alguna explicación en última instancia materialista y supuestamente científica.

Frente a lecturas o “narrativas” omniabarcantes y omniexplicativas de algún autor en boga, y frente a las modas del “life-style” contemporáneo la vida cristiana es quizá un atavismo y un retroceso a una etapa anterior del ininterrumpido desarrollo civilizatorio.

Desde una perspectiva ética el catolicismo resiste tozudamente al extendido acuerdo vigente en muchas sociedades de una moral individualista, emotivista, utilitarista y materialista. El catolicismo es enemigo tanto de la absoluta libertad individual, de elegir sin culpa y sin compromiso lo que me plazca —en un clima relativista el único absoluto es el capricho individual— como de la máxima de evitar el sufrimiento y el sacrificio a toda costa; y es también enemigo del emotivismo que hace de mis sentimientos y emociones la medida del bien y del mal. Con la insistencia en afirmar la dignidad de la vida humana desde el momento de la concepción y hasta la muerte natural, la indisolubilidad, exclusividad y heterosexualidad del matrimonio abierto a la fecundidad, la valoración del celibato y la virginidad por consagración a Dios, la ética católica resulta absurda y chocante si no es que repugnante para muchas sensibilidades contemporáneas.

En el ámbito político parce que la Iglesia resiste el pluralismo individualista liberal el que “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Libertad individual que se reduce a la creciente declaración de derechos que incluyen todo aquello que el individuo considere relevante para su bienestar y realización; un liberalismo pródigo en derechos pero parco en deberes, que promete entregar prosperidad material sin límites a cambio de una mínima disposición a no lastimar a los demás; un liberalismo “facilón” poco vigilante de la limitación del poder (del poder del Estado, las corporaciones de negocios y organismos internacionales como la ONU o el Foro de Davos) y poco exigente respecto a la solidaridad y la subsidiaridad como principios de todo orden político orientado al bien común.

Para muchos comentadores y pensadores políticos, el 11 de septiembre a inicios del milenio y ahora los abominables atentados del 7 de octubre y la consecuente guerra total en la Franja de Gaza confirman la opinión añeja del potencial destructivo del odio religioso y de la fe religiosa en general, incluido por supuesto el cristianismo. 

En sentido filosófico la existencia innegable del mal en el mundo parece no dejar espacio para un Dios omnipotente, omnipresente y sobre todo misericordioso.

Sumados a estos argumentos de tan distintos ámbitos está la experiencia de quienes han perdido la fe o quienes no pueden creer. Hay quien pierde la fe como quien pierde un objeto de poca importancia que deja guardado en un cajón u olvidado en alguna parte; o como quien deja de usar algo y con el paso de los años olvida incluso que lo tuvo. Hay quien pierde la fe por algún golpe súbito: el suicidio de un ser querido; una enfermedad crónico-degenerativa; un fracaso profesional o personal; el colapso de un orden económico o civil.

Y hay quien no  puede creer porque jamás ha experimentado el amor incondicional de una madre, un padre o una hermana; o porque no logra conciliar la posibilidad de la existencia de un Dios bueno con la experiencia del mal radical en el mundo manifiesto en tantas formas como la guerra total, la violencia barbárica de los grupos criminales, el sufrimiento de los niños, el asesinato impune de los inocentes o la pobreza extrema.

De cara a estos argumentos y experiencias de vida ¿qué ofrece la vida de fe católica? ¿cuáles son las razones del creyente, si las tuviera?

El padre Mario pondera estos argumentos y experiencias y reflexiona también sobre la dolorosa realidad de la indiferencia o incluso el odio a Dios. Mi recomendación es caminar este libro —breve en páginas pero amplio en contenido y muy sustancioso— con un espíritu triplemente tomista, que es además afín a la aproximación amable y amena del padre Mario a cuestiones trascendentales, realidades dolorosas y verdades espinosas.

Tomás  apóstol fue primero escéptico. Con sus dudas y provocaciones consiguió que Cristo lo invitara a tocar sus llagas y su corazón. Hay en la actitud de Tomás antes de este encuentro algo de la insolencia tan propia de nuestro tiempo de “hasta no ver no creer”. Pero hay también en su tierna y definitiva conversión y en sus palabras “Señor mío y Dios mío” —que repiten todavía muchos fieles durante la consagración en la Misa— la esperanza de que aun a los incrédulos y temerarios Jesús nos salga al encuentro, que “se haga el aparecido” como en Emaús y nos invite a creer en él y a sentir con él.

Sin miramientos ni falso pudor el padre Mario discute muchos de los argumentos más populares y más hostiles a la fe católica; sin descalificar a los críticos o buscar salidas fáciles a sus cuestionamientos. No lo dice el texto, pero lo sabemos sus amigos: el padre Mario ha sido durante décadas un gran interlocutor para escépticos, descreídos, ateos y anti-teístas de toda índole; siempre generoso en la escucha y caritativo y amable en las respuestas.

En el espíritu de Tomás de Aquino el padre Mario orienta su reflexión filosófica al servicio de la búsqueda de la verdad — algo que debiera ser un sobreentendido en toda obra filosófica, pero que no siempre lo es, en un ambiente intelectual fascinado con el escándalo, la novedad, la estridencia y la explicación estrambótica, descabellada pero de mayor impacto mediático que la modesta y recatada verdad.

La  filosofía aparece en este libro como aquella disciplina con rigor metodológico y basada en la argumentación racional que aborda cuestiones que, o bien por su grado de abstracción, o bien por su carácter fundamental, escapan al espectro de la ciencia empírica. Siguiendo el consejo evangélico el padre Mario saca del tesoro común de la escritura y el magisterio “cosas nuevas y cosas viejas”, y recurre una y otra vez a las enseñanzas de Agustín, del mismo Tomás de Aquino, pero también de los Papas, sobre todo de los tres últimos, y de san Josemaría Escrivá.

En su diálogo con científicos contemporáneos no pretende el padre Mario escribir un libro de ciencia natural, sino más bien mostrar cuándo una disquisición científica supera las fronteras propias de su campo para elevarse en alturas o adentrarse en profundidades estrictamente filosóficas; situación de la que muchos científicos contemporáneos no son siquiera conscientes. Esto sucede por ejemplo al preguntar por la existencia de Dios o del mal, el riesgo de la libertad y las motivaciones humanas últimas, el fenómeno religioso o la inmortalidad del alma.

La vida cristiana sigue siendo piedra de escándalo por su radicalidad: porque el mensaje cristiano va a las raíces del misterio humano y de su relación intimísima con Dios, y empapa todas las dimensiones de la vida, desde la sexualidad y la relación de pareja y fecundidad, hasta el trabajo profesional y la participación política. Como nos dice el padre Mario no se puede minimizar el impacto de Cristo y del cristianismo en el mundo antiguo y por supuesto en el presente:

La modernidad de la que somos hijos —algunos a regañadientes— no se entiende sin la deuda con el cristianismo por el legado de la noción de dignidad humana y el valor de la libertad personal; tampoco es comprensible el mundo moderno sin su tendencia a aprisionar la fe en el ámbito estrictamente privado, su rechazo a cualquier limitante a la libertad individual, su escepticismo frente a toda autoridad no elegida democráticamente o no respaldada “por la ciencia”, y su disgusto frente a la “aberración” de la mortificación y el sacrificio personal, en contra del hedonismo sensualista predominante.

La fe cristiana tiene consecuencias prácticas, éticas y políticas. El mensaje cristiano no se cansa de recordar a los poderosos que todo poder es temporal, que el poder solo es fecundo y no destructivo cuando se subordina al ideal del bien común, y que a pesar de su popularidad y vigencia es falsa y demoniaca  la promesa —ya de la técnica, la economía, la política o la misma religión— de “seréis como dioses”.

El padre Mario nos muestra que los abusos de poder y los atentados contra la dignidad sagrada humana —imagen de la divinidad— también han sido desgraciadamente comunes en el interior de la Iglesia, el caso más grave y actual es el del abuso sexual a menores y mujeres por parte de miembros consagrados de la Iglesia. Y que como realidad política temporal representantes de la Iglesia también han abusado de su poder en el trato a los no creyentes, los fieles de otras religiones y los herejes.

Para recorrer los vericuetos del poder político y religioso, y el impacto del cristianismo en la vida pública no hay mejor compañero que Tomás Moro. Con el aplomo de Moro, la fineza de Aquino y la sagacidad y ternura del Dídimo iniciemos pues la travesía preguntándonos si existe Dios, si el catolicismo es la religión verdadera, si el principio de “sola Scriptura” o el dogma de la Trinidad están contenidos en la Biblia; si es posible una ética atea, si tienen razón los proponentes de la revolución sexual, y los promotores benevolentes de la eutanasia como un acto de amor, y del aborto como la expresión culmen de la libertad individual. Bajo el amparo de tan insignes modelos y de la mano de este prudente timonel, quizá lleguemos a buen puerto.

¡Ni madres!

¡Ni madres!

Gracias a la píldora anticonceptiva, las mujeres ahora (a diferencia de “en esos entonces de nuestras madres, abuelas y bisabuelas”) pueden estudiar y tener éxito profesional. Ese es el argumento que recientemente presentaba uno de nuestros modelos a seguir a un grupo de universitarias: la píldora anticonceptiva es el mayor invento del siglo XX (en el minuto 1:19).

Es común escuchar en discusiones universitarias alumnas que afirman con mucho orgullo que “no van a tener hijos porque no quieren sacrificar su éxito profesional”; porque la vida en el hogar, junto a la estufa, es el mayor de los fracasos; porque los hijos exigen sacrificio.

Y siempre me pregunto si estas mismas jóvenes, entusiastas e inteligentes, le han hecho saber a sus madres su decisión; y si lo han hecho con esas palabras: “mamá, yo no voy a tener hijos, porque no quiero ser una esclava doméstica más, fracasada”.

Porque hay un error respecto a los supuestos efectos benéficos incuestionables de la píldora. Las alumnas universitarias no están en la universidad “gracias a la píldora”; gracias a que la píldora les permite tener relaciones sexuales sin embarazo y sin tener que hacerse cargo de una nueva vida que trunque o de plano destruya su carrera profesional, y las obligue a convertirse en simples “amas de casa” o esclavas domésticas para variar el eufemismo. Las alumnas están en al universidad a pesar de la píldora:

Sus madres y sus abuelas tuvieron “la oportunidad” de no concebirlas, o de matarlas a través del aborto una vez concebidas. No solo eso, sus madres y abuelas, tuvieron la “oportunidad” de promover el antinatalismo y recibir los aplausos de todas las buenas conciencias de este mundo, de intelectuales, políticos, líderes y personas muy, muy exitosas. Y rechazaron esa oportunidad.

Sus madres y sus abuelas decidieron tener la generosidad y la valentía de abandonarse al milagro de la concepción, y comprometerse después con la gestación, nacimiento y cuidado de una nueva vida.

Es llamativo, por decir lo menos, que el uso de la píldora anticonceptiva no haya disminuido el número de abortos, ni tampoco el número de abortos selectivos, que afecta a las mujeres. La píldora tampoco ha mitigado la violencia sexual contra la mujer, tanto en el ámbito doméstico como en el ámbito público. No ha revertido la nefasta objetivización de la mujer a través de la pornografía. La píldora anticonceptiva no ha disminuido el número de divorcios, que crece significativamente cada año; no ha disminuido la promiscuidad de alto riesgo ni las enfermedades venéreas; no ha tenido ningún impacto en los índices de explotación sexual y prostitución de niñas y adolescentes. Y no ha generado tampoco uniones matrimoniales más robustas, contrario a lo que argüían defensores de la píldora en ambientes católicos.

La píldora solo ha tenido éxito en promover la anticoncepción, la epidemia de esterilidad cada vez más extendida en los países ricos y el antinatalismo, ideología diabólica que arrastra a países supuestamente avanzados en pos de un suicidio colectivo en el altar de la autorealización.

¿Gracias a la píldora? ¡Ni madres! Ni padres, ni hermanas, ni hermanos existirían; y por supuesto  no habría alumnas, ni alumnos que pudieran estudiar en la universidad, y fletarse esos discursos narcisistas, sosos y superfluos de la autorealización sin donación, la esterilidad como beneficio, el egoísmo celebrado como éxito, y el amor sin sacrificio.  

Quizá en lugar de celebrar y dar gracias a la píldora, haríamos bien en reflexionar sobre lo que implica el milagro de la concepción, el don de la vida, y la vida de la gracia.

Los amigos que perdemos

Los amigos que perdemos

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Algunos amigos se mueren. Los buenos amigos mueren siempre prematuramente. Y queda la inquietud, la tristeza, de no haberlos disfrutado cuando aún estaban con nosotros; de no haberse despedido; de haber permitido que la distancia y las obligaciones fueran un obstáculo para la amistad.

También hay personas que pudieron haber sido buenos amigos, que al momento de conocerlos, intuimos alguna afinidad de carácter o de objetivo. Pero luego quizá no hubo tiempo para que floreciera la amistad. ¿Cuántas amistades se habrán perdido por falta de tiempo? Siempre falta tiempo.

Otros fueron nuestros amigos en un momento y lugar específico de nuestra vida, y quizá pensamos que las amistades durarían para siempre, porque pasamos con ellos momentos que marcaron profundamente nuestra vida. Pero al cambiar las circunstancias, la amistad se enfrió, y luego se apagó.

Algunos amigos los perdemos porque cambiaron mucho, se volvieron “desconocidos”. No queda con ellos más que compartir que el pasado común. Pero la persona de hoy, no es la de antes.

Quizá también perdemos amigos porque cambiamos nosotros. Porque nuestros intereses difieren, y ya no nos entusiasman las mismas cosas ni nos une ningún proyecto. Quedamos sin nada que decirnos, y aparentemente sin nada que ofrecer.

Otros amigos los perdemos porque cometimos algún error. Porque los lastimamos, a veces sin querer, y no supimos o no quisimos pedir perdón. O cuando intentamos pedir perdón, era demasiado tarde. O simplemente no fuimos perdonados, eso también puede suceder.

Es muy triste perder amigos. Uno piensa que no le va a pasar, que será cuidadoso…y luego pasa.

¿Habrá manera de recuperar las amistades perdidas?

Las amistades que perduran no están atrapadas en el pasado. Y ayuda para conservar a los amigos aceptarlos como son, aunque hay límites, y no todas las conductas son compatibles con una amistad. Traiciones y deslealtades pueden terminar una amistad; también envidias, amarguras y resentimientos.

La envidia es perniciosa, porque impide al supuesto amigo alegrarse por nuestros (modestos) logros. Algunos de estos falsos amigos siempre tienen un comentario mordaz, una palabra hiriente, una fina o no tan fina ironía para arruinar o al menos enturbiar cualquier momento feliz.

Aprender a perdonar y aprender a pedir perdón ayuda a conservar a los amigos. Esperar sin exigir y dar sin llevar la cuenta.

Hay amistades que perduran, maduran y crecen con el tiempo.

Hay amigos que aparecen en los momentos más oscuros, cuando nos sentimos atrapados en un callejón sin salida; cuando nos araña el fracaso y nos acosa la frustración y el desánimo. Amigos que siempre te hacen sentir bien, que te reciben de puertas abiertas, que te hacen reír con sus historias, que siempre tienen una palabra de aliento: tiempo, confianza y gozo son elementales para una amistad.

Hay también amigos que dan buenos consejos en los momentos más oportunos; consejos estratégicos, claves para la vida profesional. Amigos que saber vernos cualidades y talentos que nosotros no alcanzamos a ver; que saben mirar a lo lejos donde nosotros no encontramos más que niebla. Amigos que nos animan a intentar aquello que nos parece inaudito. Amigo que nos acompañan y nos enseñan a ser audaces. Amigos que te regalan su compañía, sabiduría y tiempo. A esos, que se cuentan con los dedos de la mano, no hay que perderlos. Y si tienes la fortuna de que no te alcancen para contarlos los dedos de la mano, llama a un amigo.

Malos ciudadanos

Malos ciudadanos

Muerte por acidia, parte 6 de 13

Ir a parte 1. Ir a parte 5.

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¿Qué podemos pensar de una ciudadanía a la que es más fácil comprar con despensas o con puestos, que comprometer y convencer con proyectos comunes que mejoren la vida de todos en nuestra sociedad?

¿Qué podemos pensar de una ciudadanía a la que es más fácil comprar con despensas o con puestos, que comprometer y convencer con proyectos comunes que mejoren la vida de todos en nuestra sociedad?

Es común escuchar la decepción y la justificada molestia de muchos candidatos de diversos partidos al toparse durante sus campañas con ciudadanos que solo tienen una inquietud: “¿Qué van a recibir a cambio de su voto?” Desde costales de cemento hasta puestos en la administración pública, incontables ciudadanos piensan que la participación política, al nivel que sea, es un camino para hacerse de privilegios y seguir saqueando al gran botín que es México.

Más allá de estos casos, otros vicios extendidos en nuestra ciudadanía son: la apatía; el pesimismo; la ironía y el sarcasmo; la desconfianza absoluta; la tendencia a creer teorías de la conspiración y por último el desprecio al poder. Permítaseme abundar en cada uno de estos vicios.

Apatía como anulación de la ciudadanía

La apatía quiere decir etimológicamente la ausencia de “páthos” o de emociones y afectos. La apatía política es la indiferencia frente a los asuntos públicos, asuntos que nos conciernen a todos como ciudadanos porque afectan nuestra forma de vida individualmente y como sociedad. Asuntos públicos que se dan lo mismo a nivel nacional e internacional que a nivel municipal, a nivel de la colonia o incluso de la manzana. Asuntos tan diversos como el cambio climático, el problema de la basura, la contaminación de los mantos acuíferos o la transparencia en la asignación de contratos multimillonarios de obra pública; pero también asuntos de una escala menor, como una coladera destapada (las más de las veces porque alguien se robó la tapa de la coladera) un vagabundo con problemas mentales que requiere atención, o una lámpara del alumbrado público que no funciona.

La política en cualquiera de sus múltiples niveles y dimensiones se encarga de asuntos que nos competen a todos, y nos afectan a todos. La ciudadanía es la disposición para ocuparse de esos asuntos, ya sea dentro o fuera de un partido político o dentro y fuera de la administración pública. La apatía es por ello una de las formas de  anulación de la ciudadanía.

Foto: Faruk Touglougu

El pesimismo y fatalismo

La indiferencia frente a los asuntos públicos es justificada muchas veces con una actitud pesimista y fatalista. El pesimismo es una  postura característica de los intelectuales cobardes. Pero el pesimismo desafortunadamente no se limita a aquellos que se consideran intelectuales, muy por el contrario es una actitud que afecta a toda la ciudadanía.

El pesimismo además de dar una justificación intelectual para la pasividad, la falta de compromiso y el desánimo, es una postura que permite tener siempre la razón. Aunque no lo parezca, el pesimismo es una apuesta al futuro ─ una apuesta a que en el futuro todo va a ser peor a como es ahora.

El pesimismo desemboca necesariamente en una actitud fatalista ante la vida y en especial ante la vida política. Fatalismo que se define como la certeza de que nada de lo que hagamos en el ámbito público tendrá  a la larga incidencia en nuestra vida política y en la articulación de nuestra sociedad.

El fatalismo promulga que todos nuestros esfuerzos por mejorar nuestra sociedad a través de la participación política están condenados  a fracasar.

Para esta visión pesimista y fatalista cualquier éxito presente o pasado es o bien solo una victoria pírrica —una victoria que se consigue a  un precio demasiado alto— o bien solo una aparente victoria. De prevalecer y difundirse el fatalismo, conducirá a la larga a nuestra sociedad a una degradación política cada vez mayor; degradación que por supuesto hará sentir sus efectos en el ámbito económico y social.[1]

Foto: Eva Bronzini

La ironía y el sarcasmo

La irrupción de la ironía en la vida pública de una sociedad tuvo lugar como es bien sabido con Sócrates en la Atenas clásica. Como muestran Platón y Jenofonte, la ironía era una estrategia de Sócrates para desenmascarar las falsas pretensiones de sabiduría de muchos de sus contemporáneos, y especialmente de los más activos en la vida política: los retóricos, los poetas y aquellos que eran considerados “gente importante” en la sociedad de la época.[2]

La ironía socrática es una forma de la humildad de la razón — de aquel que se presenta al diálogo con los otros reconociendo su propia ignorancia y lo frágil y pasajero del conocimiento humano. Aquel que ciertamente está dispuesto a señalar los errores del otro, pero valora mucho más que le señalen los errores propios y lo ayuden a acercarse a la verdad. 

El mismo Sócrates presenció cómo algunos jóvenes que gustaban de escucharlo utilizaban la ironía, sin reconocer a la vez su propia y juvenil ignorancia. Jóvenes que transformaban la ironía que debía ser una estrategia para descubrir los errores propios y ajenos, en una herramienta para ganar discusiones a toda costa, sin ninguna consideración respecto a la verdad o falsedad de lo afirmado.[3]

La ironía de Sócrates se dirigía en primer lugar a sí mismo y evidenciaba frente a sí y frente a los demás sus tan humanas limitaciones. Sócrates no se tomaba demasiado en serio a sí mismo, y eso le permitía tomar en serio las argumentaciones de los demás.

Por el contrario, la ironía predominante en el debate público contemporáneo se esgrime casi siempre separada de toda humildad de la razón.

La ironía se utiliza como el arma de refutación última, como el golpe de “¡basta!” sobre la mesa, que pone punto final a cualquier discusión, y que evita la conversación.

La ironía que esgrimen numerosos ciudadanos contra los políticos vuelve irrisorio cualquier argumento y ridiculiza cualquier iniciativa. Quizá porque se toman demasiado en serio, y se dan demasiada importancia a sí mismos y a sus opiniones muchos ciudadanos son incapaces de tratar con seriedad cualquier asunto público.

La ironía, como ha explicado con clarividencia el historiador Stefan Pyne, implica separarnos de aquello sobre  lo que ironizamos.[4] Y es esa separación la que permite ver las iniciativas de los políticos, los proyectos de ley, las reformas del ejecutivo y las sentencias del poder judicial como iniciativas ridículas, incapaces de detener el miasma de la corrupción y hacer frente así a la marea del fatalismo.

A la distancia incluso las acciones públicas más nobles lucen ridículas y las intenciones más transparentes se vuelven ambiguas y sospechosas. Por eso la ironía va tan de la mano de la apatía y del pesimismo: la ironía nos permite descalificar de antemano cualquier iniciativa política, sin tener que dedicar tiempo a escuchar y a dialogar con nuestros políticos y gobernantes. La ironía es el último “argumento” de los pesimistas, el as bajo la manga que nos autoriza para mantenernos en la pasividad.

La ironía tiene un hermano gemelo, que se parece a ella en sus efectos, pero que es más violento y más fuerte, me refiero por supuesto al sarcasmo. Si la ironía se caracteriza por desacreditar discretamente y sin aspavientos —pero con un dejo de burla imposible de disimular— a  cualquier interlocutor y a sus argumentos, el sarcasmo se caracteriza porque la burla es abierta, directa y mucho más fuerte.

La raíz griega del sustantivo “sarcasmo” es el verbo “sarcaso” (σαρκάζω). Verbo que designa el acto de desagarrar la carne con los dientes, “como los perros”, acota el diccionario (σάρξ, es la palabra griega para carne).

Si la ironía es como una boca entreabierta que apenas y deja escapar la burla, el sarcasmo es, según una de sus definiciones etimológicas, la risa burlona del iracundo.[5]

El sarcasmo es una boca con los dientes expuestos que “desagarra” con palabras hirientes y entre risotadas que parecen ladridos los argumentos contrarios. El sarcasmo “mastica” la credibilidad moral del adversario.

El sarcasmo es muchas veces la última defensa que le queda a quien sufre abuso de poder contra el poderoso. Es el arma para lastimar al poderoso y al arrogante, si no en su integridad física por lo menos en su ego.

El sarcasmo, como la ironía y la sátira, tienen un lugar insustituible en la democracia: Son elementos indispensables de la libertad de prensa. Armas que en el debate público nos permiten recordarles a los tiranos y a aquellos malos demócratas con tendencias autoritarias que son tan vulnerables y frágiles como todos nosotros.

Pero al igual que la ironía, el sarcasmo también se utiliza en exceso en nuestro debate público, y transforma lo que debiera ser un debate acalorado y apasionante pero también sensato y moderado, en una vociferación entre sordos.

Como la ironía, el sarcasmo en el presente se utiliza para impedir la discusión, no para fomentarla. Para ponderar el papel destructivo del sarcasmo basta un vistazo a las redes sociales: “saracaso, como perros salvajes y hambrientos al disputarse un trozo de carne”, tiende uno a pensar con el diccionario.

Foto: Markus Spiske

La desconfianza absoluta, la reprobación permanente

De la mano de la apatía, el pesimismo, el fatalismo,  la ironía y el sarcasmo como recursos destructivos del diálogo, entre nuestros  ciudadanos cunde también una epidemia de desconfianza absoluta con respecto a los políticos y gobernantes. Y de reprobación permanente como único juicio aceptable de sus acciones y proyectos.

Esta desconfianza absoluta ocasiona que los ciudadanos se distancien aún más de sus representantes y de los temas políticos que nos conciernen a todos. 

La desconfianza es una virtud democrática que se traduce en el reiterado “llamado a cuentas” de quien ocupa un cargo público, en el balance de poderes, en la sujeción de todos —también de los gobernantes—  a la ley, y en la asignación de cargos públicos por elección popular y por un tiempo determinado.

Sin embargo una cosa es desconfiar de un político específico, de sus actuaciones y decisiones particulares, y otra muy distinta es desconfiar de todo el sistema político y de todos los políticos.

El juego de fuerzas democrático depende del voto de confianza que la ciudadanía otorga o retira a políticos específicos y a sus partidos. Voto que se hace en periodos específicos, y que implica concederle a cada político un cierto margen de libertad en su actuación en el gobierno.

El problema de la desconfianza absoluta de muchos ciudadanos frente a los políticos es la descalificación injustificada y generalizada de todos los políticos. Descalificar a la clase política en general, implica descalificar a la democracia como sistema de gobierno.

La confianza, aunque tampoco debe ser nunca absoluta, es enormemente relevante para el sano funcionamiento de una sociedad: En la administración pública, en cualquier empresa, institución educativa, fábrica o despacho jurídico, el sistema en conjunto funciona bien sólo cuando cada uno hace lo que le corresponde y asume que los otros harán también lo que les corresponde.

Los mecanismos de control y vigilancia aunque indispensables dentro de empresas y organismos públicos no garantizan el éxito. No hay mejor sistema de control que la confianza fundada en la integridad y responsabilidad de cada uno de los miembros del órgano administrativo o de la empresa.[6]

En México se toma muchas veces la desconfianza absoluta frente a todos los políticos como una característica de la gente “educada” y “bien informada” que no se deja engañar y descalifica de antemano cualquier iniciativa de un político como mal intencionada y deshonesta.

De esta desconfianza absoluta surge la reprobación permanente como la única evaluación “moralmente” aceptable del actuar de los políticos y de los servidores públicos.[7]

Foto: Gerardo Manzano

Si el veredicto y la sanción reprobatoria es anterior a la acción ¿qué razón tiene un político para esforzarse en buscar nuevas soluciones a los problemas y en mantenerse fiel a sus principios éticos y resistir las numerosas tentaciones de corrupción, si de cualquier forma su esfuerzo no será reconocido ni honrado por  sus conciudadanos? ¿Por qué apegarse a una ética profesional y personal que la opinión pública no reconoce ni admira?

Desde la antigüedad el buen nombre y la honra han sido motivaciones centrales para que los políticos actúen en favor de su ciudad y de la ciudadanía. De la misma manera que la opinión pública censura a los políticos corruptos, conviene que honre a aquellos íntegros; justo porque ser íntegro en la política del hoy y en el contexto mexicano  es enormemente difícil.

Muchos ciudadanos que retiran su apoyo y confianza a los políticos muestran únicamente su arrogancia moral y su coqueteo con el fatalismo, que los lleva a creer y proclamar que “todos los políticos son iguales”.

El desprestigio de la clase política in toto, el “desencanto de la política”, es el mejor campo de cultivo para los dictadores y tiranos. Los ciudadanos decepcionados de sus políticos y de su sistema político son presa fácil de vendedores de ilusiones con tonos redencionistas.

Mejorar los partidos políticos y el sistema democrático de una nación es una labor hercúlea de todos los ciudadanos que dura generaciones e implica trabajo constante, empeñado y arduo en muy diversos campos como la educación, la economía y la cultura.

Los mesías populistas prometen en cambio una especie de fast track, una vía rápida y sencilla de una democracia naciente, pobre y que camina entre tropezones, a un país supuestamente grande, igualitario y rico.  

Hugo Chávez fue uno de los primeros anti-políticos de esta nueva ola de desconfianza hacia los partidos y la forma de vida democrática y así fue como llegó al poder en Venezuela: presentándose como alguien que viene de “fuera de la política”, que no pertenece al grupo de “los políticos” (corruptos y enemigos del pueblo). Alimentando el odio y el distanciamiento ciudadano con respecto a las instituciones políticas a la clase política; acusando a los políticos de todos los males que aquejaban a Venezuela; generando grupos paramilitares, como hicieron los Nazis; aprovechándose de la rabia de todos esos ciudadanos hartos. Murió el perro… pero contrario al adagio no se acabó la rabia.

La desconfianza de la política y la reprobación permanente se sirven de una debilidad política tradicional en las sociedades democráticas. A saber, la tendencia de muchos ciudadanos a creer en las teorías de la conspiración. Aunque esta tendencia forma parte de los rasgos de una mala ciudadanía, por su complejidad y por el peligro que representa para la democracia merece un apartado propio.


[1] Sobre el papel de la confianza en la política mundial Cf. Francis Fukuyama. Trust. (Nueva York: Free Press, 1996). Sobre el papel de la confianza en los negocios Cf. Robert Solomon et Fernando Flores. Building Trust. (Nueva York: Oxford University Press, 2001).

[2] Roberto Frega apunta con acierto que la desconfianza ciudadana hacia los políticos es un reflejo de la desconfianza de los políticos a sus ciudadanos. Y pone como ejemplo las rigidez y obligatoriedad de las medidas de contención de la epidemia Covid: Países como España, Italia y Francia impusieron medidas mucho más restrictivas y sanciones en ocasiones “draconianas” para contener la movilidad; mientras que en otros países como Gran Bretaña o Bélgica las medidas de confinamiento han sido mucho menos restrictivas. Distintos niveles de confianza en la ciudadanía provocan que algunos gobiernos confíen más en “el ejercicio razonable de la autonomía individual” que otros. Véase Roberto Frega “Les dimensions de la confiance” en Esprit, Octubre 2020.

[3] εἰρωνεία, , disimulación del hablar. Cuando alguien se presenta como si no supiera algo que sí sabe. Herramienta con la que Sócrates atacaba a los sofistas, ver por ejemplo:  Plat. Rep. I, 337 a. Arist. Eth. 4, 8, 13. De acuerdo con el diccionario griego-alemán de George Pape: Pape.Griechisch-Deutsch, pg.25633 de la versión digital (cf. Pape-GDHW Vol. 1, pg. 736). Véase también: īrōnīa, ae, f. (είρωνεια), la fina burla, la ironía  como figura retórica en Cic. Brut. 292 u. 293; de or. 2, 270. Sen. contr. 1, 7, 13. De acuerdo con el diccionario latín-alemán de Karl Ernst Georges. Georges. Lateinisch-Deutsch / Deutsch-Lateinisch, pg. 31020 de la edición digital (cf. Georges-LDHW Vol. 2, pg. 447)

[4] Cf. Platón. Apología 23c-d.

[5] Cf. Payne, Stephen. Voice and Vision. (Massachusetts: Harvard University Press, 2009) Pg. 48-51.

[6] σαρκασμός, , la risa burlona, la palabra burlona, el discurso burlón, la burla amarga de acuerdo al Pape: Griechisch-Deutsch, Pg. 81493 de la versión digital (Cf. Pape-GDHW Vol. 2, pg. 863). Y en latín. sarcasmos, ī, m. (σαρκασμός), la burla hiriente, la burla amarga, por ejemplo en Charis. 276, 25. Diom. 462, 6 u. 33. Serv. Verg. Aen. 2, 547. VéaseGeorges: Lateinisch-Deutsch / Deutsch-Lateinisch, pg. 49815 de la versión digital (cf. Georges-LDHW Vol. 2, pg. 2489)

[7] Sobre el impacto permisivo de la desesperación en la vida política de un país y el paso de esta desesperación a una utopía maníaca véase Fritz Stern, The Politics of Cultural Despair. (California: Anchor, 1961). Sobre las vías de salida a este pesimismo véase Runciman, David. The Confidence Trap (Princeton: Princeton University Press, 2011), Tourraine, Allan Comment sortir du libéralisme ?. (París: Fayard, 1998). Así como el ensayo de Hessel, Stephan. Indignez-vous! (Montpelier: Indigène éditions, 2011). Hessel, héroe de la resistencia francesa, reflexiona poco tiempo antes de morir sobre los retos que enfrentan las generaciones jóvenes. 

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