Por Fernando Galindo Cruz y Bernardo Bátiz-Lazo
(Publicado originalmente en el blog de IBE)
Dame Elizabeth Anscombe (1919–2001) desafió los marcos éticos modernos al exponer su inconsistencia metafísica. Su desafío aún resuena en las salas de juntas de hoy: ¿Es posible la moralidad en un contexto profesional que coloca al dinero como objetivo último?
Las profesiones y el bien común
Para Platón, cada profesión beneficia a la sociedad de dos maneras: contribuyendo al bien común y cumpliendo la vocación del profesionista. La medicina es el ejemplo por excelencia: promueve la salud al tiempo que permite al médico realizar una vocación personal.
Un médico que prioriza la ganancia financiera sobre el bienestar del paciente pone en riesgo ambos beneficios. El mismo principio aplica a banqueros y financieros. Su función profesional es guiar fondos líquidos de ahorradores e inversionistas hacia individuos, empresas y gobiernos para un uso productivo. Al hacerlo, promueven el crecimiento económico y la estabilidad financiera. Los colapsos de Enron (2001), Wirecard (2020), Madoff, o la saga en curso alrededor de Jeffrey Epstein muestran que si un financiero busca exclusivamente su beneficio monetario, pone en peligro a sus clientes y a la sociedad en general.
La integridad en una era de materialismo
El argumento a favor de la integridad profesional carece de fuerza dentro de una cosmovisión materialista que reconoce únicamente bienes externos como la riqueza y el poder. Bienes externos son aquellos que recibimos de otros, que nos los pueden retirar y que no necesariamente merecemos.
La integridad profesional no garantiza recompensas financieras, y por tanto no se considera un bien dentro de una visión materialista. Por eso muchos profesionistas financieros corren el peligro de romper con el sentido de su profesión y vocación, tratando su relación con empleadores y clientes como exclusivamente transaccional, moldeada por su afán de ganancia individual.
Un ejemplo de esta mentalidad es la justificación de muchos gestores de activos que continúan apoyando industrias basadas en carbón y petróleo sin crítica alguna. A menudo defienden tales inversiones bajo el argumento de cumplir con su deber fiduciario, afirmando que maximizar los retornos a corto plazo para los clientes supera el daño ambiental o social que puedan causar. Argumentos similares se hacen para la moda rápida, la producción industrial de carne, los plásticos de un solo uso, el aceite de palma y la minería de criptomonedas.
Una cultura empresarial que alaba por encima de todo el éxito financiero individual, sin importar cómo se logre, resulta en una interpretación equivocada de la responsabilidad fiduciaria. Esta interpretación no toma en cuenta la convicción cada vez más extendida de que de que la creación de valor sostenible y a largo plazo debe incorporar consideraciones éticas y ambientales. Otra motivación externa —la reputación— también se debilita. En una sociedad que celebra la riqueza ostentosa, la reputación genuina queda eclipsada por la celebridad. Pensemos en Bernie Madoff, Sam Bankman-Fried, Elizabeth Holmes, Jho Low o Markus Braun; todos gozaron de gran reputación internacional hasta que sus acciones fraudulentas revelaron su falta de fundamento ético. El éxito externo distorsiona la percepción precisa de la integridad.
I WILL begin by stating three theses which I present in this paper. The first is that it is not profitable for us at present to do moral philosophy…” Elizabeth Anscombe, Modern Moral Philosophy January 1958
Motivaciones para la integridad profesional
Las motivaciones para la integridad profesional suelen invocar una “regla de oro” como principio rector de la conducta ética: tratar a los demás como te gustaría ser tratado. Pero simplemente enunciar esta regla carece de poder persuasivo. Para reforzar su fuerza motivacional, se invocan variaciones como la “intuición del karma”, el sentido del deber y el sentido de la empatía.
La “intuición del karma” sugiere que las acciones poco éticas traerán repercusiones negativas personales. Aunque intuitivamente atractiva, esta advertencia no disuade a quienes se guían por el interés inmediato. El comportamiento de Fred Goodwin en Royal Bank of Scotland o Michael Milken en Drexel Burham Lambert ilustra individuos que priorizaron la ganancia personal sobre la conducta ética y las consecuencias sociales. Goodwin y Milken nunca enfrentaron consecuencias financieras o penales negativas por sus acciones. Y ese fue el caso de muchos otros asesores financieros que engañaron a clientes para comprar valores respaldados por hipotecas subprime antes de la crisis de 2008. No existe el karma.
Algunos piensen que el sentido del deber sí tiene fuerza motivacional y ofrece una contención efectiva para la avaricia individual. No está claro, empero, en qué consiste ese sentido del deber cuando no está vinculado con recompensas o castigos externos. En un contexto materialista, la ausencia de sanciones por violaciones éticas y faltas al deber anula su poder persuasivo.
De manera similar, la fuerza motivacional de la empatía es débil en el sector financiero. Factores como la distancia geográfica y temporal, así como la participación de diversos agentes financieros, contribuyen a una disolución de la responsabilidad: cuando “todos” están involucrados, nadie es responsable. Las crisis financieras desde la década de 1980 destacan la dificultad de fomentar la empatía entre profesionistas alejados de las consecuencias de sus acciones: “yo ya no estaré; tú tampoco”.
Gobernanza y liderazgo
La tensión entre el éxito material y la integridad personal sigue siendo el dilema definitorio del liderazgo moderno. Para un cambio significativo, es esencial cultivar una comprensión más profunda de la ética que resuene con la experiencia humana fundamental, alentando a los individuos a actuar no solo por ganancia personal, sino por un interés más amplio que incluya apoyar el bien común.
A nivel individual no hay sustituto para la integridad personal.
A nivel organizacional, la gobernanza y el liderazgo son lo más importante: estructuras de gobernanza sólidas reducen las oportunidades de abuso de poder. Pero evitar que una gobernanza robusta se convierta en un corsé burocrático sigue siendo un desafío para liderazgos corporativos.
La conclusión central para la alta dirección es: la integridad no puede justificarse únicamente como un camino hacia el éxito. Debe estar incrustada como una característica constitutiva de la identidad profesional y del propósito organizacional.
Los consejos y altos ejecutivos moldean este propósito organizacional a través del diseño de la gobernanza, las estructuras de incentivos y las narrativas que los legitiman. Cuando el liderazgo enmarca la creación de valor como inherentemente ética y a largo plazo, la integridad profesional deja de ser una virtud discrecional y se convierte en una capacidad estratégica.
Las organizaciones que tratan la integridad como intrínseca —en lugar de instrumental— están mejor posicionadas para sostener la confianza, la resiliencia y la legitimidad en una era de escrutinio sistémico.
Mientras sigamos esperando que la integridad profesional genere beneficios financieros antes de practicarla, las reflexiones sobre filosofía moral en los círculos financieros y empresariales seguirán siendo “no rentables”.
Sobre los autores
Fernando Galindo Cruz es Profesor de Ética Empresarial y Gobierno Corporativo en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México.



