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¿Es razonable vivir cristianamente?

por | Mar 11, 2024 | 0 Comentarios

Prólogo de:

Vivir cristianamente es razonable de Mario Salvador Arroyo Martínez Fabre. Eunsa, 2024.

Hay tantos motivos para no creer en Dios, y son tan visibles las miserias de los miembros de la Iglesia que casi sorprende que siga habiendo católicos. Los avances de la ciencia parecen confirmar que no es necesario y ni siquiera pertinente recurrir a la “hipótesis” de Dios para explicar el universo. El origen del cosmos al parecer puede explicarse por el azar; la vida en la tierra por la evolución; y las acciones y pasiones humanas o bien por algún tipo de represión sexual, o bien por algún mecanismo más o menos complejo como las hormonas, la genética o la interacción de redes neuronales. Una amalgama amorfa de azar, evolucionismo e histeria sexual parece explicarnos toda la realidad. La belleza del cosmos, la maravilla de la vida en nuestro planeta y el misterio del ser humano —explorado una y otra vez en la literatura, el cine y todas las bellas artes; y manifiesto siempre lo mismo en las competencias deportivas, en las proezas empresariales y en las campañas políticas— se deducen con necesidad y absoluta certeza de alguna explicación en última instancia materialista y supuestamente científica.

Frente a lecturas o “narrativas” omniabarcantes y omniexplicativas de algún autor en boga, y frente a las modas del “life-style” contemporáneo la vida cristiana es quizá un atavismo y un retroceso a una etapa anterior del ininterrumpido desarrollo civilizatorio.

Desde una perspectiva ética el catolicismo resiste tozudamente al extendido acuerdo vigente en muchas sociedades de una moral individualista, emotivista, utilitarista y materialista. El catolicismo es enemigo tanto de la absoluta libertad individual, de elegir sin culpa y sin compromiso lo que me plazca —en un clima relativista el único absoluto es el capricho individual— como de la máxima de evitar el sufrimiento y el sacrificio a toda costa; y es también enemigo del emotivismo que hace de mis sentimientos y emociones la medida del bien y del mal. Con la insistencia en afirmar la dignidad de la vida humana desde el momento de la concepción y hasta la muerte natural, la indisolubilidad, exclusividad y heterosexualidad del matrimonio abierto a la fecundidad, la valoración del celibato y la virginidad por consagración a Dios, la ética católica resulta absurda y chocante si no es que repugnante para muchas sensibilidades contemporáneas.

En el ámbito político parce que la Iglesia resiste el pluralismo individualista liberal el que “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Libertad individual que se reduce a la creciente declaración de derechos que incluyen todo aquello que el individuo considere relevante para su bienestar y realización; un liberalismo pródigo en derechos pero parco en deberes, que promete entregar prosperidad material sin límites a cambio de una mínima disposición a no lastimar a los demás; un liberalismo “facilón” poco vigilante de la limitación del poder (del poder del Estado, las corporaciones de negocios y organismos internacionales como la ONU o el Foro de Davos) y poco exigente respecto a la solidaridad y la subsidiaridad como principios de todo orden político orientado al bien común.

Para muchos comentadores y pensadores políticos, el 11 de septiembre a inicios del milenio y ahora los abominables atentados del 7 de octubre y la consecuente guerra total en la Franja de Gaza confirman la opinión añeja del potencial destructivo del odio religioso y de la fe religiosa en general, incluido por supuesto el cristianismo. 

En sentido filosófico la existencia innegable del mal en el mundo parece no dejar espacio para un Dios omnipotente, omnipresente y sobre todo misericordioso.

Sumados a estos argumentos de tan distintos ámbitos está la experiencia de quienes han perdido la fe o quienes no pueden creer. Hay quien pierde la fe como quien pierde un objeto de poca importancia que deja guardado en un cajón u olvidado en alguna parte; o como quien deja de usar algo y con el paso de los años olvida incluso que lo tuvo. Hay quien pierde la fe por algún golpe súbito: el suicidio de un ser querido; una enfermedad crónico-degenerativa; un fracaso profesional o personal; el colapso de un orden económico o civil.

Y hay quien no  puede creer porque jamás ha experimentado el amor incondicional de una madre, un padre o una hermana; o porque no logra conciliar la posibilidad de la existencia de un Dios bueno con la experiencia del mal radical en el mundo manifiesto en tantas formas como la guerra total, la violencia barbárica de los grupos criminales, el sufrimiento de los niños, el asesinato impune de los inocentes o la pobreza extrema.

De cara a estos argumentos y experiencias de vida ¿qué ofrece la vida de fe católica? ¿cuáles son las razones del creyente, si las tuviera?

El padre Mario pondera estos argumentos y experiencias y reflexiona también sobre la dolorosa realidad de la indiferencia o incluso el odio a Dios. Mi recomendación es caminar este libro —breve en páginas pero amplio en contenido y muy sustancioso— con un espíritu triplemente tomista, que es además afín a la aproximación amable y amena del padre Mario a cuestiones trascendentales, realidades dolorosas y verdades espinosas.

Tomás  apóstol fue primero escéptico. Con sus dudas y provocaciones consiguió que Cristo lo invitara a tocar sus llagas y su corazón. Hay en la actitud de Tomás antes de este encuentro algo de la insolencia tan propia de nuestro tiempo de “hasta no ver no creer”. Pero hay también en su tierna y definitiva conversión y en sus palabras “Señor mío y Dios mío” —que repiten todavía muchos fieles durante la consagración en la Misa— la esperanza de que aun a los incrédulos y temerarios Jesús nos salga al encuentro, que “se haga el aparecido” como en Emaús y nos invite a creer en él y a sentir con él.

Sin miramientos ni falso pudor el padre Mario discute muchos de los argumentos más populares y más hostiles a la fe católica; sin descalificar a los críticos o buscar salidas fáciles a sus cuestionamientos. No lo dice el texto, pero lo sabemos sus amigos: el padre Mario ha sido durante décadas un gran interlocutor para escépticos, descreídos, ateos y anti-teístas de toda índole; siempre generoso en la escucha y caritativo y amable en las respuestas.

En el espíritu de Tomás de Aquino el padre Mario orienta su reflexión filosófica al servicio de la búsqueda de la verdad — algo que debiera ser un sobreentendido en toda obra filosófica, pero que no siempre lo es, en un ambiente intelectual fascinado con el escándalo, la novedad, la estridencia y la explicación estrambótica, descabellada pero de mayor impacto mediático que la modesta y recatada verdad.

La  filosofía aparece en este libro como aquella disciplina con rigor metodológico y basada en la argumentación racional que aborda cuestiones que, o bien por su grado de abstracción, o bien por su carácter fundamental, escapan al espectro de la ciencia empírica. Siguiendo el consejo evangélico el padre Mario saca del tesoro común de la escritura y el magisterio “cosas nuevas y cosas viejas”, y recurre una y otra vez a las enseñanzas de Agustín, del mismo Tomás de Aquino, pero también de los Papas, sobre todo de los tres últimos, y de san Josemaría Escrivá.

En su diálogo con científicos contemporáneos no pretende el padre Mario escribir un libro de ciencia natural, sino más bien mostrar cuándo una disquisición científica supera las fronteras propias de su campo para elevarse en alturas o adentrarse en profundidades estrictamente filosóficas; situación de la que muchos científicos contemporáneos no son siquiera conscientes. Esto sucede por ejemplo al preguntar por la existencia de Dios o del mal, el riesgo de la libertad y las motivaciones humanas últimas, el fenómeno religioso o la inmortalidad del alma.

La vida cristiana sigue siendo piedra de escándalo por su radicalidad: porque el mensaje cristiano va a las raíces del misterio humano y de su relación intimísima con Dios, y empapa todas las dimensiones de la vida, desde la sexualidad y la relación de pareja y fecundidad, hasta el trabajo profesional y la participación política. Como nos dice el padre Mario no se puede minimizar el impacto de Cristo y del cristianismo en el mundo antiguo y por supuesto en el presente:

La modernidad de la que somos hijos —algunos a regañadientes— no se entiende sin la deuda con el cristianismo por el legado de la noción de dignidad humana y el valor de la libertad personal; tampoco es comprensible el mundo moderno sin su tendencia a aprisionar la fe en el ámbito estrictamente privado, su rechazo a cualquier limitante a la libertad individual, su escepticismo frente a toda autoridad no elegida democráticamente o no respaldada “por la ciencia”, y su disgusto frente a la “aberración” de la mortificación y el sacrificio personal, en contra del hedonismo sensualista predominante.

La fe cristiana tiene consecuencias prácticas, éticas y políticas. El mensaje cristiano no se cansa de recordar a los poderosos que todo poder es temporal, que el poder solo es fecundo y no destructivo cuando se subordina al ideal del bien común, y que a pesar de su popularidad y vigencia es falsa y demoniaca  la promesa —ya de la técnica, la economía, la política o la misma religión— de “seréis como dioses”.

El padre Mario nos muestra que los abusos de poder y los atentados contra la dignidad sagrada humana —imagen de la divinidad— también han sido desgraciadamente comunes en el interior de la Iglesia, el caso más grave y actual es el del abuso sexual a menores y mujeres por parte de miembros consagrados de la Iglesia. Y que como realidad política temporal representantes de la Iglesia también han abusado de su poder en el trato a los no creyentes, los fieles de otras religiones y los herejes.

Para recorrer los vericuetos del poder político y religioso, y el impacto del cristianismo en la vida pública no hay mejor compañero que Tomás Moro. Con el aplomo de Moro, la fineza de Aquino y la sagacidad y ternura del Dídimo iniciemos pues la travesía preguntándonos si existe Dios, si el catolicismo es la religión verdadera, si el principio de “sola Scriptura” o el dogma de la Trinidad están contenidos en la Biblia; si es posible una ética atea, si tienen razón los proponentes de la revolución sexual, y los promotores benevolentes de la eutanasia como un acto de amor, y del aborto como la expresión culmen de la libertad individual. Bajo el amparo de tan insignes modelos y de la mano de este prudente timonel, quizá lleguemos a buen puerto.

Fernando Galindo

Fernando Galindo

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