Una objeción y una respuesta a “¿Plagio en Magnifica Humanitas?” Sobre la tradición, la cita y los tiempos de desolación epistémica

“Quitad la posibilidad del escándalo, como se ha hecho en la cristiandad, y todo el cristianismo (...) queda abolido, porque se ha convertido en una cosa fácil, una superficialidad que ni hiere ni cura con suficiente profundidad” —Søren Kierkegaard, Ejercitación del cristianismo.

Fernando Galindo me planteo una objeción interesante respecto a mi ensayo publicado sobre ¿Plagio en Magnifica Humanitas? Y trataré de dar una respuesta, dado que mi ensayo, ciertamente, puede mantener una sugerencia de ese mal hábito de la sospecha a la forma más alemana y francesa de hacer mala filosofía.

Por ello, al respecto, me objeta:

«Me pareció escandaloso el título de este texto. En el ámbito académico la acusación de plagio es muy seria, y asume una falta moral académica (en vocabulario católico) de la que difícilmente acusaría al Papa León XIV. Las ideas de Coeckelbergh no son demasiado originales, tampoco su diagnóstico; es común que lectores entusiastas encuentren a su autor en turno en todos los autores. Pero a veces el problema está en el lector, no el autor»

«Es importante también aclarar que «el rey filósofo» como lo entiende Platón justo no es un técnico, un demiourgo, en el vocabulario original; su virtud no es una virtud técnica: un método específico para la obtención de un resultado; sino las virtudes cardinales y el conocimiento del bien. Estas virtudes le permiten juzgar adecuadamente. Aclaro también que «el rey filósofo» no desea reinar; se ve en cierta forma obligado a ello para agradecer la educación que recibió y promover el bien común. Al rey filósofo no le interesa ningún bien externo: ni dinero, ni poder, ni prestigio. Porque conoce un bien superior que es el Uno bien, la verdad. Esto quizá no lo entendió muy bien Coekelbergh»

«Por otro lado, y con la mano en el corazón, no veo por qué el Papa plagiaría a Coekelbergh, y no a Hannah Arendt por ejemplo, una figura mayor; puestos a plagiar…»

«Y pienso además que el tema central de la encíclica es la protección de la dignidad humana, como dice el subtítulo; no el tema de la «epistemic agency». De eso me parece que la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia sí tiene bastante más que decir que Coekelberh, con todo respeto».

Agradeciendo esta objeción como una oportunidad para esclarecerme mucho mejor. Me gustaría intentar, también, explicarme mejor. Un buen filósofo francés, y católico, Jean Guitton (1901-1999), afirmó sobre su fe en el catolicismo:

“Cuando un hombre no es perseguido por su creencia, no resulta fácil saber lo que cree y a qué profundidad lo cree. En realidad, lo que yo creo, es lo que aceptaría sostener bajo la ironía, bajo el silencio o el desprecio de los que estimo; es aquello por lo que soportaría que me quemaran el dedo meñique. Sólo se cree realmente aquello por lo que aceptaría sufrir, o llegado el caso ser tomado por un imbécil”.

En esa dirección, también suelo ser bastante exigente con mi fe en el catolicismo y suelo vivirla a flor de piel en la ansiedad de su riesgo vital. Por ello, también me identifico con esta otra afirmación de Guitton:

“para penetrar en el terreno desconocido de la incredulidad, no tengo que hacer ningún esfuerzo. Me basta con relajar en mí un resorte (…). Conozco la incredulidad por el acto constante que realizo para escapar de ella: es mi reposo y mi sombra”.

La ironía es la contraluz de quien, desde la fe, reconoce los límites de su creencia, para poder llevarla con humildad. Creo que este un punto que no sólo defiendo como principio de vida, sino como modo de mostrar a otros la razonabilidad de mi fe en catolicismo.

Respecto a la objeción de Galindo, me gustaría, más que justificarme, esclarecer el propósito de mi ensayo, que he planteado desde un punto de vista católico. De ahí mi subtítulo: una pregunta católica por la verdad y el sentido de una encíclica.

  1. Mi ensayo no dice: “León XIV plagió”. Pregunta: “¿León XIV plagió?”. Y esa diferencia debe ser respetada para entender mi propósito. La pregunta no busca imputar una falta moral académica al Papa, sino abrir un problema más de fondo: ¿qué esperamos de una encíclica?, ¿la leemos como si fuera un artículo académico?, ¿como si el Papa tuviera que ofrecer una teoría original de la Inteligencia Artificial?, ¿o como un acto magisterial que trae principios recibidos de la tradición católica para discernir una situación nueva?
  2. Sobre Platón, concedo la precisión. El filósofo-rey no es simplemente un técnico ni un demiurgo político. Su autoridad no procede de una técnica instrumental, sino de su formación filosófica, de las virtudes y del conocimiento del bien. Pero Coeckelbergh debe leerse con cuidado: no está haciendo una lectura filológica de Platón, sino tomando una recepción moderna de la discusión sobre epistemología política, donde Platón aparece como figura problemática de la relación entre conocimiento, autoridad y gobierno.
  3. Esa lectura puede ser discutible; quizá incluso pobre frente al texto griego. Pocos leen a Platón en griego, y tampoco es que Coeckelbergh escriba siempre con la claridad que uno desearía. Pero su lectura funciona como síntoma de una preocupación contemporánea: quién debe juzgar, con qué saber y bajo qué autoridad.
  4. Además, aunque el filósofo platónico no busque dinero, prestigio o poder, su relación con el bien sí funda una jerarquía política. Popper me parece sensato: a veces Platón simplemente no es digerible para nuestros propósitos sociales. El conocimiento del bien preserva un orden y una autoridad reconocida por la comunidad política. Por eso la discusión no es si Platón era tecnócrata, aunque sí aristócrata en un sentido fuerte, matizado después en su diálogo sobre las Leyes. La discusión que me interesa es cómo hoy volvemos a vincular conocimiento, técnica y autoridad en el contexto de la Inteligencia Artificial.
  5. Por eso discrepo en reducir la cuestión de la agencia epistémica, de Coekelberg, a algo marginal frente a la dignidad humana. En Coeckelbergh, la agencia epistémica aparece ligada a la defensa de la plenitud humana, a la capacidad intelectual y a los derechos humanos. El punto no es que Coeckelbergh sea el origen de esos principios. De hecho, no lo es. Su vocabulario tampoco es novedoso. Nunca lo he afirmado. Habrá que retroceder un poco y observar que la misma Declaracion de Derechos Humanos de 1948, mantiene en su fondo una dirección cristiana, que desde Francisco de Vitoria (1483–1546) y Bartolomé de las Casas (1484–1566), vislumbra con fuerza.
  6. Ahí está la ironía de mi ensayo. Si hay coincidencias entre la encíclica y autores contemporáneos sobre ética de la IA, eso no significa necesariamente plagio. Más bien nos sugiere preguntar qué tipo de texto es una encíclica. El Papa no está llamado a comportarse como un filósofo social y político que presenta una teoría original, ni como un especialista en ética aplicada que busca novedad autorística. Su función es otra: hablar con autoridad desde una tradición que es luz del mundo, recordar viejos principios para ponerlos ante circunstancias nuevas (rerum novarum).

Ahora bien, mi propósito con estos ensayos, desde Leer Magnifica Humanitas desde perspectivas no cristianas y no católicas, ¿Plagio en Magnifica Humanitas? Una pregunta católica por la verdad y el sentido de una encíclica. Incluso, algunas semanas más atrás, saqué del cajón de borradores mi ensayo Nihilismo para la sinceridad de la fe cristiana: creer después de la muerte de Dios, acerca del modo de conocer la verdad cristiana y católica tras la terapia de las ilusiones humanas que ha significado el nihilismo como desencanto de Babel. Señalaba ahí que:

«los grandes proyectos humanos se parecen muchas veces a la Torre de Babel: apuntan al cielo y, aun así, dejan intacta la inquietud más profunda del corazón humano. El problema quizá no sea que el hombre construya, sino creer que puede salvarse completamente mediante sus construcciones»

Con ello, mi objetivo no es tanto hablar de Magnifica Humanitas, ni la verdad de la fe Católica. La verdad y la creencia son, o hechos, o decisiones vitales basadas en unos cuantos hechos. Mi interés es hablar de la epistemología que rodea el problema moderno del catolicismo: el problema sobre el modo de conocer este objeto en el mundo, que es la fe del católico y el cristiano, que es su mensaje ante el afán de novedades que nos caracteriza como sociedad. Que ahora se concreta ante Magnifica Humanitas.

Primero, si somos genuinamente católicos, debemos responder ante el ¿cómo puede una tradición iluminar los problemas de su tiempo sin confundirse con ellos? Por ello: ¿en Magnifica Humanitas se comete plagio? No, Leon XIV no está inmerso en ese afán moderno del autorismo y la novedad. Él es un buen católico, si cabe resaltar. Como católico, mi confianza está en el Papa como modelo de la fe en estos tiempos.

La actitud del papa ante citar me parece de lo más pertinente, como, incluso, un acto que disrumpe contra esa solemnidad académica por la originalidad.

Michel de Montaigne (1533-1592) lo expresaba así: “Aun cuando nos fuera lícito extraer de otro la sabiduría, no podemos ser sabios más que con nuestras exclusivas fuerzas y recursos”. La cuestión, entonces, no está simplemente en si una idea procede de otro, sino en cómo ha sido recibida, juzgada y puesta al servicio de una verdad.

En ese sentido, una encíclica no se alinea bajo el régimen moderno de la autoría individual, sino bajo el régimen de la tradición: recibe, ordena y transmite. Por eso, en Magnifica Humanitas no hay plagio, sino una forma católica de asumir principios que no pertenecen a un autor, porque pertenecen a una verdad que la Iglesia está llamada a custodiar. Y son expuestos con autoridad, aunque sin autoría.

La segunda pregunta, aún más dirigida a cada persona: ¿cómo podemos dejarnos iluminar por el Catolicismo cuando estamos inmersos en la desolación, la confusión y la velocidad del afán instintivo de novedad?

Por desolación me refiero al término central de la espiritualidad de san Ignacio de Loyola que acompaña al discernimiento. En sus Ejercicios espirituales (1533), Ignacio advierte que “en tiempo de desolación nunca hacer mudanza”. La advertencia no llama a la inmovilidad, sino a la prudencia: no tomar decisiones importantes cuando somos dominados por la intranquilidad, la confusión, la tristeza, la oscuridad o el desorden. Pero, ¿qué hacer, cuando en medio de la desolación se nos reclama acción?

Por eso, la pregunta se torna en si todavía somos capaces de recibir una palabra que no se deja gobernar por la velocidad del mundo. Si somos Católicos, por su eternidad. Si no lo somos, por su permanencia, continuidad, y sus efectos prácticos. Con la mano en el corazón, no dudaría en defender a la buena y antigua Doctrina Social de la Iglesia Cristiana ante la superficialidad académica en que solemos incurrir al buscar el autorismo y la originalidad.

En tiempos de desolación epistémica, no hacer mudanza significa también esto: no entregar inmediatamente nuestro juicio al ruido, a la sospecha, a la reacción, a la fascinación tecnológica. Significa demorarse lo suficiente para discernir con «ojo frío y científico», usando una expresión de C.S.Peirce. Y quizá esa demora sea una de las primeras formas de fidelidad intelectual y de fe que hoy podemos ofrecer ante una encíclica como Magnifica Humanitas.

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