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Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

¿Día de la Filosofía? ¿Y para qué?

¿Día de la Filosofía? ¿Y para qué?

Desde 2005, cada tercer jueves de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía por iniciativa de la UNESCO.

En este artículo quiero hacer una revisión de los motivos por los cuales define la UNESCO que el 16 de noviembre de este año se conmemoró por decimoctava vez a la filosofía. Por otro lado, quiero revisar si estos motivos son claros y valiosos para propiciar un examen sobre lo que estudié y, quiero pensar, ejercito profesionalmente.

Estudié filosofía como carrera universitaria y mientras estudiaba tuve varias dudas respecto a lo que hacía y se supone que quería aprender. No obstante, siguiendo una vía anti-Cartesiana hay puntos de los que en mi experiencia creo que no podemos “dudar”, porque no vale la pena hacerlo. Y esto es distinto de aquellos otros puntos respecto a los cuales sí vale la pena “sospechar”

Rene Descartes (1596-1650), filósofo que propuso la Duda Metódica como base del ejercicio filosófico.

No podemos dudar que hay un conjunto de vocabularios, que constituyen las diversas tradiciones de la “filosofía”. Tampoco, que hay un conjunto de preguntas que guían nuestra investigación sobre las tradiciones y problemas que nos acontecen. Y también, ciertas fuentes relevantes que destacan en su literatura. El método, ya lo define con cierta obscuridad Aristóteles en los Tópicos, es la inferencia y la argumentación. 

No creo necesario proponer el “análisis filosófico” como método. Aunque sí una “actitud filosófica” que guie como una “ética de la investigación” y hasta una forma vaga de “hacer bien las cosas” o cierto “modo de vida”.

En lo personal, sospecho de todas las investigaciones que en su nombre justifican su campo en la filosofía añadiendo: “análisis filosófico” o “aproximación filosófica”. Esto no significa que descarte su valía por ello, pues a menudo el “nombre” es sólo un infortunio.

En su “Mensaje (…) con Motivo del Día de la Filosofía” del 2022, de una sola página de extensión, Audrey Azoulay, quien es Directora General de la UNESCO, rescata ambos elementos de mi definición: “la filosofía se alimenta de las tradiciones de todo el mundo”; y, es “un ejercicio vivo de cuestionamiento” para definir lo que es, podría y queremos que sea el mundo.

Además, define que el valor de la filosofía reside en el “enfoque” que nos ayuda a enfrentar los cambios y posicionarnos ante la incertidumbre .

Como frutos de la UNESCO con este enfoque, Audrey Azoulay ejemplifica la “Declaración del Genoma Humano y los Derechos Humanos (1997), y la “Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial” (2022). Se trata de dos casos interesantes de frutos con los que la “actitud filosófica” ha impactado en el mundo contemporáneo.

En su “Mensaje” de 2022, Audrey sugiere que estos frutos son resultado de nuestra respuesta a ¿qué significa ser humanos? Pregunta que sólo puede responderse con precisión y completitud en una argumentación que conecta las diversas perspectivas humanas y un punto de partida “ecologista”.

Lo anterior no sólo implica una apertura a la pluralidad de tradiciones, sino también a las diversas investigaciones actuales a partir de las cuales, nos dice Audrey, la “reflexión puede traducirse en acción”. 

A menudo, “El Pensador (Le Penseur)” de Auguste Rodin (1840 -1917) se vuelve una caricatura de la filosofía, ¿realmente es un símbolo valioso y preciso para los filósofos y las filósofas actuales?

En particular, esta última parte me impresiona por su sencillez y por la descripción de nuestra responsabilidad como filósofas y filósofos. Audrey destaca que esta responsabilidad implica aprender a enseñar “las herramientas de la filosofía para reinventar un mundo común, desde la más temprana edad”

Entonces, la responsabilidad de los filósofos y las filósofas no sólo se da respecto a la solidez y practicidad de sus investigaciones, al ponerlas en el ruedo con las investigaciones de otras disciplinas; sino también respecto la enseñanza efectiva de las mismas.

Los filósofos pragmatistas como Dewey y Peirce destacan que la cooperación intelectual y la enseñanza son ejercicios que potencian los “frutos filosóficos”, porque impulsan el aprendizaje y aclaran el vocabulario de nuestras investigaciones.

Precisamente desde ahí se da la definición de la “Proclamación del Día Mundial de la Filosofía” de 2005 por la UNESCO: “disciplina que estimula el pensamiento crítico e independiente, capaz de actuar en favor de una mejor comprensión del mundo y de promover la tolerancia y la paz” (p. 5).

No sostengo que la estimulación del “pensamiento independiente” sea la finalidad de la filosofía. Al contrario: sostengo, parafraseando mis lecturas de Peirce, que la filosofía potencia nuestros “instintos sociales“. Esto es un infortunio en la definición de la UNESCO y propiamente no es lo que se dice en la misma.

Por lo mismo, coincido en que el hábito filosófico, en su propagación social, significa actuar en favor de una comprensión de un mundo “bueno“, con la que se promueve la tolerancia y la paz entre las personas. Esto es “filosófico”; pero es, más bien, común al proyecto humano. 

En su ensayo de 1891, “El Filósofo Moral y la Vida Moral”, William James se esfuerza en colocar el poder de la investigación filosófica ante la vida humana: ¿cuál es la autoridad de los filósofos y filósofas al prescribir lo que es bueno? La conclusión: la investigación filosófica está sujeta a los procesos sociales y forma parte de algunas de sus transformaciones morales.

Y ya que toda la humanidad formamos parte de un experimento complejo y falible, de interacciones y correcciones que llamamos “moralidad”; no podemos observarnos bajo el ojo de la “autonomía” respecto al resto de nuestros coetáneos ni de nuestros antepasados. 

De manera que la moralidad no es traslúcida al ojo de una “conciencia”, ni mucho menos la tenemos los filósofos y las filósofas, sino que se ha construído históricamente y continúamos construyéndola socialmente mediante apuestas que medimos por sus consecuencias en nuestras interacciones con otras personas. 

Ciertamente, esto indica la necesidad que subraya Audrey de transformar la “actitud filosófica” en dispositivos accesibles (y aquí implico: claros) que sirvan para guiarnos en la experimentación de este mundo común y hacerlo “bueno”.

Tal es la utilidad de que quienes investigamos, nos esforcemos en hacernos entender y comunicarnos cuando apostamos por la precisión de las palabras, para aclarar el diseño “moral” de nuestras interacciones sociales y valorar la dirección que llevamos. No somos infalibles, sino filósofos.

Este trabajo no es propio de quienes estudian alguna carrera que se llame “humanidades” o “filosofía”, sino de cualquier persona interesada en que como humanos nos vaya bien y tenga una convicción estructurada al respecto. Así, al parecer del filósofo Peirce, en el siglo XIX y XX la filosofía y la ciencia cambiaron de cunas: ¿podríamos llevar esto aún más lejos?

Peirce distingue al filósofo del científico de su época por la “voluntad de aprender” de los segundos. Estos son los genuinos filósofos. Por otro lado, Peirce define a los renombrados filósofos de su época como meros “recolectores” de todo lo que creen que vale la pena saber. Incluso: como investigadores que pretenden la novedad con métodos para fijar sus creencias que distan mucho del desarrollo empírico de una investigación.

Extendería este argumento a lo que filósofos como Quine y Pereda advierten: no todo lo que es verdad o podría serlo, vale la pena. Creo que esto tendría que impulsarnos a cambiar nuestra disposición hacia ciertas fuentes y tendencias de la investigación filosófica actual.

El “Mensaje” de Audrey, Directora General de la UNESCO, me resulta suficiente como un llamado a la acción para los filósofos y las filósofas actuales. Acepto los claroscuros de su mensaje como los comienzos de un camino que nos aclara suficientemente para definir lo que los filósofos y filósofas podemos ser.

La filosofía no consiste en “idealizar” la realidad, o, verla desde un conjunto de palabras o fragmentos de algún filósofo o filósofa “clásicos”. Directamente me atrevo a decir que no podríamos decir que quienes ven o practican la filosofía de este modo, lo son genuinamente; o, por lo menos, útilmente.

En mi opinión, defender una Filosofía “pragmatista” o que “produce cosas” (más aún: “cosas buenas”) es una incurrencia en la redundancia.

“These things ought ye to have done, and not to have left the others undone” palabras de John Dewey (1859-1952) en Democracia y Educación de 1916. En español: “Estas cosas debemos hacerlas nosotros y no dejarlas sin hacer a los otros”.

Por ello, me rehúso a adoptar cierto nombre romántico y abiertamente feo que se hizo famoso entre mis compañeros y compañeras de carrera: “filo-filósofos”. Esto es: no pretender ser filósofos o filósofas, sino aceptar estar al margen de serlo. Los gérmenes de esta propuesta pueden encontrarse en la “Crítica de la Razón Pura” (1781) de Kant.

Sin embargo, creo que el ejercicio filosófico ya comprende un margen entre el conocimiento y la verdad, entre la incertidumbre y el deseo del bien. Tal parece ser la raíz del mito de Pitágoras quien se llamo a sí mismo “filósofo” y no “sabio”.

De este modo, invito a que tomemos nuestra responsabilidad y dejemos de cavilar tanto sobre ¿Qué es filosofar?¿Cómo podríamos filosofar? Ya hay mucho escrito al respecto, diría John Dewey. Y una página podría ser suficiente para aclararlo, como creo que Audrey logra en su “Mensaje” del 2022. Lo que falta es hacer filosofía, producir frutos, y dialogar y enseñar para aprender a propagar este ejercicio genuinamente en nuestras comunidades.

NO MÁS LIBROS

NO MÁS LIBROS

¿Qué pasaría si los libros y las bibliotecas desaparecieran?

Hace una semana, el 24 de octubre, se conmemoró el día de las bibliotecas. Esta fecha se celebra desde 1997 en recuerdo de la quema de la Biblioteca de Sarajevo, en 1992, por órdenes de un político nacionalista serbio y profesor de “Poesía y Crítica” en la Universidad de Sarajevo. Ávido lector de Shakespeare y responsable de la orden que produjo la quema de una biblioteca, se trata de dos rostros que parecen incoherentes en Nikola Koljevich (1936-1997).

La pregunta de mi título es un esfuerzo por valorar realistamente esta conmemoración: ¿Son tan importantes las bibliotecas para el ejercicio intelectual y el proceso educativo como asumimos? Formulo la pregunta desde el punto de vista de quien está realizando labores bibliotecarias en la Universidad Panamericana y quien es un usuario frecuente de las bibliotecas.

Hago saber al lector que tengo en la memoria dos presentaciones relevantes que escuché durante mis estudios de filosofía en 2021: el seminario sobre Ciudad y Belleza, del Dr. Víctor Isolino Doval; y, la ponencia del Dr. José Luis Rivera sobre Defensa del Iletrado. No es necesario conocerlas, ofrezco aquí lo necesario para aclarar lo que quiero decir.

En términos muy generales, el Dr. Isolino Doval afirma que la arquitectura de los lugares tiene un efecto importante en la formación de nuestros hábitos. Podemos suponer que las bibliotecas, e incluso las universidades, son espacios para la lectura y el estudio, que han sido diseñados para propiciar a los profesionistas, a los intelectuales y a las personas que se apropian de la tradición con un sentido de discernimiento para actuar virtuosamente.

Tal propuesta puede denominarse como: “arquitectura social”. Y se inscribe ante el vértigo de la modernización de los espacios urbanos, cuyo exponente es el arquitecto francés Le Corbusier (1887-1965), autor de La Ciudad del Futuro (1920). La arquitectura social la podríamos atribuir a Jane Jacobs (1916-2006), autora de Muerte y Vida de las Grandes Ciudades (1961). Su argumento principal es una crítica a la modernización de las ciudades que estorba a las personas para sus funciones sociales, fragmentando las comunidades; y a cada uno de sus miembros, podría añadirse.

Maqueta de La Ciudad Radiante (La Ville Radieuse) de Le Corbusier.

Por otro lado, el Dr. José Luis Rivera defiende que no es tan efectiva la relación entre los libros y el buen aprendizaje. Estoy extendiendo este argumento a las bibliotecas y a las universidades. Su argumentación se apoya en dos fragmentos clave de la literatura: Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury. Y Don Quijote de la Mancha (1605) de Cervantes.

Los fragmentos clave son los discursos del Capitán Beatty, quien el Dr. Rivera enfatiza que sustenta su decisión de quemar los libros a partir de su estudio de los mismos. Siempre responde a Montag, el protagonista, con citas y lecturas argumentadas sobre las contrariedades e irrelevancias que contienen libros que habitualmente asumimos invaluables (la Biblia, Pope, Shakespeare…). En opinión de Beatty, leer no vale la pena y lo dice en pretensión de sabiduría.

También, el fragmento del Don Quijote donde los amigos lectores de Alonso Quijano, el barbero y el sacerdote, hacen una revisión de los libros que éste tenía en su biblioteca y que pudieron influir en su locura de ser un caballero y en abandonar sus responsabilidades. Los libros que dañaron a su amigo, los queman.

Según el Dr. Rivera, esta escena es clave de la versión cinematográfica de Fahrenheit 451 de 1966 dirigida por François Truffaut.

Mi posición es que ambos argumentos, el del Dr. Isolino y el Dr. Rivera, tienen que verse a trasluz de nuestra libertad y de nuestra disposición a actuar con prudencia. Si no se comprenden así, creo que fácilmente ambas posturas pueden derivarse en vértigos. Al decir esto no asumo que ambos profesores no tienen esto en cuenta.

En el primer capítulo de El Trabajo Intelectual (1951), Jean Guitton nos da su testimonio de cómo actúa un intelectual cuando pierde sus libros y su espacio. Guitton fue prisionero de guerra durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial y en ese tiempo no tuvo acceso a sus libros ni a un espacio diseñado para el ejercicio intelectual. Descubrió en esta situación que ni la frugalidad de los instrumentos ni la comodidad de los espacios define a los buenos frutos intelectuales.

Jean Guitton (1901-1999), filósofo francés del Catolicismo.

Guitton nos invita a cambiar el enfoque y a usar la prudencia antes que los instrumentos o nuestros espacios. Por ejemplo, parafraseando a Aristóteles, nos dice que el signo del conocimiento es la capacidad de enseñar. Y que el signo de nuestra profesión es la vocación manifiesta en el hábito experto. Los artistas siguen haciendo arte reinventando sus materiales y sus espacios. Lo mismo aplica para los intelectuales.

Mi invitación no es a quemar libros, no apoyo al Capitán Beatty: el olvido de lo inútil es natural. Esto está inscrito en nuestros procesos sociales, neurocognitivos y en la evolución. Tampoco esta es una invitación a dejar de investigar y evitar dar clases en las universidades. Sólo señalo que no es sostenible convencernos que hay una conexión fuerte entre la lectura y los espacios designados para el ejercicio intelectual, y, aquellos resultados del esfuerzo intelectual y educativo que les atribuimos; que es lo que realmente valoramos.

El capitán Beatty y Guy Montag.

No hay otro secreto para nuestros ejercicios intelectuales y la preservación de sus instituciones. Concluyo este argumento parafraseando una vez más a Aristóteles: adoptando este principio en nuestros esfuerzos intelectuales ya habremos logrado la mitad de toda nuestra responsabilidad.

Por lo anterior, me inclino a definir con claridad nuestros objetivos con la preservación de la tradición y de la misma actitud crítica (que puede fracasar al enfrentarse a su misma duda o a sus convicciones). Poner en el centro de todo esfuerzo de investigación su practicabilidad, a partir de una amplia comprensión de las virtudes humanas.

Esto significa convertir los libros, las bibliotecas y las universidades (todo dispositivo intelectual; incluso la investigación “lógica”, “ética” o “pedagógica” ), en oportunidades para el aprendizaje de quienes, de antemano, valoran el aprendizaje como objetivo último.

Lo cual requiere manejar el discurso institucional de los y las “intelectuales”, parafraseando al filósofo C. S. Peirce (1839-1914): con convicción de la falibilidad humana, y, de la utilidad del conocimiento enfocado a la solución de problemas, que tienen un espacio y tiempo, y perfecciona a las personas; y, quizá sobre todo, una gran pasión por aprender y por cooperar intelectualmente.

Charles Sanders Peirce, filósofo del Pragmatismo Americano.

Por ahora, mi respuesta a la pregunta de este ensayo es que si los libros, las bibliotecas y las universidades desaparecieran, tendríamos que reinventarlas.

Mientras tanto, podemos enfocar nuestros esfuerzos en mantener tales instituciones, recordando que su valor reside en los hábitos que formamos día con día en su uso. Pues si las instituciones educativas e intelectuales como las conocemos desaparecen o se transforman, sólo será una manifestación de lo que ya ha ocurrido en nosotros mismos. Se trata de una extensión de nuestros hábitos intelectuales y educativos. Entonces, concluyo con una pregunta que invito a hacernos: ¿Qué dice el estado actual de estos espacios e instrumentos intelectuales sobre nuestros hábitos comunitarios y personales? La tarea es desmenuzar nuestros hábitos intelectuales y educativos en virtudes y vicios, para esforzarnos en mantener sólo lo bueno.

MDNMDN