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Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

por | Ene 23, 2024 | 1 Comentario

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

Binnui Navarro Romo

Binnui Navarro Romo

1 Comentario

  1. Luisa Otilia Navarro Ortiz

    No sabía que había un día de la lógica. Me parece excelente que hayan conmemorado días de cualquier cosa, pero como está en este escrito la lógica para mí es lo más importante y semejante es el sentido común; y aún más, como exponen, seguir a Cristo es una forma lógica y no negligente de vivir. Excelente escrito

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