Bitácora de un viaje a Roma II

Mi segundo día de estancia en Roma fue bastante agradable. Hoy no hubo trabajo en oficina: sólo paseo por Roma. Al terminar el día y revisar mi iPhone vi que había caminado 22 kilómetros. De modo que seré telegráfico, pues estoy muy cansado.

La jornada comenzó visitando la Basílica de San Juan de Letrán “Madre y Cabeza de todas la Iglesias de Roma y del Mundo”. En estricto sentido, es la sede del Papa como obispo de Roma. Se vanagloria de tener en uso la puerta más antigua del mundo. Una puerta que ya se usaba en monumentos romanos y que funge como entrada central de la Basílica, aunque habitualmente está cerrada. En esta ocasión había una ceremonia religiosa, por lo que no pude observar con detalle su ábside. Curiosamente el presidente de Francia ostenta el título honorífico de primer y único “canónico de honor” de la basílica.

La tradición se remonta al rey Luis XI de Francia en 1482. Y fue instituida formalmente en 1604 con Enrique IV, que hizo importantes donaciones a la basílica. Enrique IV es el autor de la famosa frase: “Paris bien vale una Misa”. Recientemente Emmanuel Macron tomó posesión formal de este título el 26 de junio de 2018.

En San Juan de Letrán destacan, además del ábside, las maravillosas esculturas de los apóstoles en las columnas de la nave central. Mi preferida es la de San Bartolomé, apóstol que fue desollado. Se representa al santo con un cuchillo y cargando su propia piel. El realismo de la obra es estremecedor.

De san Juan de Letrán, después de una larga caminata, fui a Santa María la Mayor. Otra de las 4 grandes basílicas romanas. Ahí se conserva, según la tradición, parte del pesebre de Jesús, traído desde Belén. También está la “Patrona de Roma”, la imagen Salus Populi Romani, que según la tradición -con seguridad falsa- fue pintada por san Lucas Evangelista. El Papa Francisco le tenía mucha devoción y, de hecho, está enterrado ahí, con gran sobriedad y discreción. Daba gusto ver a muchas personas rezando en torno a su tumba. La imagen de la Virgen se conserva en una capilla barroca soberbiamente decorada, la capilla paulina. Pero, en esta ocasión, se estaba utilizando para realizar una ceremonia de confirmación, por lo que no pude disfrutarla con calma y al detalle. Llama poderosamente la atención que en un escalón que sube al presbiterio de la Basílica -la cual tiene también un ábside muy hermosa-, está enterrado Gian Lorenzo Bernini, quien construyera algunos de los mausoleos más maravillosos de los Papas (como el de Alejandro VII en el Vaticano), mientras que él, en su humildad, quiso ser enterrado en un escalón. Si en san Juan de Letrán el presidente de Francia es canónico, en Santa María la Mayor, a la entrada, hay una estatua de Felipe IV de España, que donó cuantioso oro proveniente de América para decorar el techo artesonado de la Basílica. Tengo entendido que, a raíz de esa generosidad, el Rey de España goza (o gozaba) del derecho de entrar a caballo en la Basílica.

No todo fueron éxitos en el día. En varias de las actividades “pinchamos hueso”. Así, en la Iglesia de la Santa Cruz en Jerusalén, donde se conservan las reliquias del letrero del INRI de la Cruz de Jesús, espinas de la corona de espinas, clavos de la Cruz y el leño más grande de la Cruz (es decir, es el lugar del mundo que contiene las reliquias más valiosas), lamentablemente estaba cerrado al público. Lo mismo me sucedió al visitar la Basílica de San Lorenzo junto al cementerio de verano, estaba cerrada por una marcha que iba a haber en los alrededores.

Curiosamente me encontré con la dichosa marcha cuando caminaba al lado de los foros romanos. Era, por lo demás, folklórica. La típica marcha de izquierda donde había un poco de todo: en primer lugar, el partido comunista italiano, al que se unían representantes de los derechos “trans” (había muchas banderas de este grupo), y también abundantes banderas de Palestina. Todas las “causas nobles” por las que hay que luchar en la actualidad. Aunque, la verdad -todo hay que decirlo-, había más turistas que manifestantes en la Vía dei Fuori Imperiali.

Pude visitar con éxito la Basílica de San Clemente Romano (el 4º Papa de la historia). Lamentablemente la Iglesia estaba llena de andamios, por lo que no pude disfrutar de su maravilloso ábside, con un mosaico del árbol de la vida. Pero sí puede visitar las basílicas sobre las que está construida, así como el mitreo del siglo I, que forma el nivel más bajo del conjunto. Un “mitreo” es un “templo de Mitra”, divinidad oriental que estaba de moda en Roma durante el siglo I.

De San Clemente me fui a la Basílica de San Pietro in Vincoli, la Iglesia que custodia el Moisés de Miguel Ángel, realizado para decorar la tumba del Papa Julio II, su gran mecenas, y las cadenas de san Pedro, cuando estuvo en la cárcel romana. De ahí pasé a visitar otras iglesias poco conocidas, pero muy valiosas, cargadas de historia y arte. Primero visité las iglesias dedicadas a algunos santos de la “Plegaria Eucarística I” o “Canon Romano”: san Cosme y Damián, en el corazón de los foros vaticanos, que destaca por su maravilloso ábside. Luego a la de los mártires Juan y Pablo, que está en el monte Celio. Un lugar muy recogido y tranquilo en el mero corazón de Roma. Intenté visitar la Iglesia de san Gregorio, donde se instituyeron las famosas “misas gregorianas”, para pedir por un monje que vivió con tibieza su vocación y estaba en el purgatorio. Pero también estaba cerrada por obras.

Luego visité varias iglesias de la zona. Las más destacadas fueron Santa María in Navicela, con un maravilloso ábside y, una de mis favoritas, San Stefano Rotondo. Una iglesia medieval, que tiene la característica original de tener una planta circular, y estar apoyada con columnas tomadas de templos romanos, de diferente tamaño. Todo el muro circular interno está decorado con frescos de mártires, comenzando por los Santos Inocentes. Da escalofrío ver la creatividad empleada en los diferentes martirios, e invita a examen, al considerar cómo, durante un periodo largo de tiempo, ser cristiano suponía un heroísmo particular, de modo que muchas personas dieron su vida por la fe, con frecuencias a través de crueles tormentos. Hace pensar, pues ahora, tristemente, para muchos católicos ir a Misa el domingo supone un sacrificio que no están dispuestos a realizar. Algunos tenemos nostalgia de la época heroica del catolicismo, que en el caso de México se remonta apenas hace 100 años. Hace justo 100 años comenzaba la “Guerra Cristera”, y fueron asesinadas por odio a la fe incontables personas.

Del Celio, pasando por el Circo Máximo, subí al Aventino, donde está una de las iglesias más majestuosas y antiguas de Roma, Santa Sabina. Una de sus capillas está decorada, en sus pechinas, con 4 representaciones de los fenómenos místicos de santa Catalina de Siena. Entiendo que Santo Tomás de Aquino vivió un tiempo allí. Al lado de Santa Sabina, hay un jardín “delle aranci” (De las naranjas), que tiene una de mis vistas panorámicas favoritas de Roma. En el breve tiempo que estuve ahí, me tocó ver a dos parejas de recién casados que estaban realizando la consabida sesión fotográfica de la boda y, lo más simpático, cómo un italiano le entregó el anillo a su novia, quien afortunadamente dijo que sí, para la algarabía de todos los circunstantes que festejaron el hecho con un fuerte aplauso. La espontaneidad y apertura de los italianos es inigualable.

En fin, mi día acabó haciendo la oración en Santa María de la Paz, donde está enterrado san Josemaría Escrivá. Después fui a cenar a mi casa en Roma, Cavabianca, que me recibió con una inigualable cena de pizza con helado. Valieron la pena los 22 kilómetros caminados, bajo un hermoso cielo azul romano, aunque con un calor veraniego considerable.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otros artículos

Monumento a los migrantes. Plaza de San Pedro

Bitácora de un viaje a Roma I

Roma tiene una relación muy personal con mi vida. Estuve por primera vez aquí el año 1992, para la beatificación de Josemaría Escrivá. Luego en