Cars: el talento sin comunidad

Lo hermoso de una película para niños con una buena historia es que su profundidad está al descubierto, casi a la intemperie. El problema, así, no consiste tanto en descifrar un mensaje oculto, sino en observar cuidadosamente lo que ya está ahí.

«No es más que una copa vacía».
—Doc Hudson, Cars

A propósito de
Cars
Dir. John Lasseter
Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures, Estados Unidos, 2006.
116 min.

William James afirma que nuestros perros, con todo el amor que nos tienen, nos ven sostener nuestros libros sin entender qué hacemos. Nos aman, pero no comprenden lo importante que es para nosotros leer. Lo mismo puede pasarnos respecto de ciertas películas infantiles. Vemos a nuestros hijos, sobrinos, o a los niños que hay en nuestras vidas, celebrando a sus héroes, sin descubrir que en esos héroes hay también motivo de admiración para nosotros.

Cars es una serie de películas de lo más peculiar. Primero, porque tuvo una importancia especial para Pixar y porque la primera entrega funcionó también como un homenaje doloroso: está dedicada a Joe Ranft, codirector y guionista de la película, una de las figuras creativas centrales del estudio, quien murió antes de su estreno. Segundo, porque presenta varios problemas de la vida humana —incluso la segunda entrega, tan criticada— que ameritan una reflexión detenida, si bien no necesariamente profunda.

Lo hermoso de una película para niños con una buena historia es que su profundidad está al descubierto, casi a la intemperie. El problema, así, no consiste tanto en descifrar un mensaje oculto, sino en observar cuidadosamente lo que ya está ahí. La densidad de un mensaje, y la obligación de reflexionar sobre él, a veces están sobrevaloradas. A menudo, las cosas importantes no requieren sino atención y una conversación de lo más mundana.

La primera entrega, de 2006, nos presenta a Rayo McQueen en lo que parecen ser los comienzos de su carrera. Un patrocinador de nombre Rust-eze, que vende ungüento para defensas oxidadas, le ha dado su primera oportunidad. Y McQueen observa esa primera oportunidad con desgana, sin demasiado aprecio, en espera de una segunda oportunidad: una mejor, más brillante, más digna de su talento.

McQueen es un auto —por no decir, una persona— solitaria. Tiene talento; al parecer, más talento del que puede controlar. Es ingenioso, veloz y bastante arriesgado. Pero no sabe trabajar en equipo. Más aún, desprecia a su equipo. No de manera completamente consciente, me parece. Con su mánager parece encontrar una pequeña luz de amistad, pero es claro que su mánager no tiene propiamente ese interés. Para él, McQueen es una oportunidad de negocio.

Ahí aparece uno de los primeros problemas de la película: el talento sin comunidad.

McQueen no carece de capacidad, ni de disciplina, ni de deseo de superarse. Carece de pertenencia y de la capacidad de valorar esa pertenencia por sí misma. Su autoafirmación constante no expresa sólo confianza en sí mismo, sino una deformación de la expectativa del éxito. Cree que ganar significa no necesitar a otros. Cree, más concisamente, que el éxito es una forma de autosuficiencia.

Radiador Springs corrige esa ilusión. Pero no lo hace mediante un sermón. La película no le explica a McQueen que debe ser humilde, ni le ofrece una lección moral explícita sobre la amistad. Lo obliga, más bien, a detenerse.

McQueen no aprende porque alguien lo convenza, sino porque los acontecimientos rompen su mundo vital. Al desviarse de la carretera interestatal, sale del mundo de la notoriedad y la velocidad, y entra a Radiador Springs: un mundo olvidado y más lento.

Conocer a Sally en Radiador Springs es un punto de quiebre para McQueen. Sally es la prueba de que Radiador Springs no es sólo un pueblo abandonado. Fue una abogada exitosa en Los Ángeles. Pero un día, conduciendo sin rumbo, llegó a Radiador Springs, se descompuso, fue reparada y decidió quedarse.

Obligada también a detenerse, Sally no llega al pueblo porque haya fracasado en su vida, sino porque el ritmo de su vida anterior se había vuelto insostenible. En ella, Cars muestra algo distinto de la derrota: la renuncia lúcida. Sally no se quedó en Radiador Springs por resignación, sino porque descubrió allí algo que el éxito no le había dado: pertenencia, arraigo y la belleza de una comunidad.

Por eso Sally comprende a McQueen mejor de lo que parece. No lo mira sólo como un arrogante al que hay que corregir. Lo mira como alguien todavía atrapado en una ilusión que ella ya conoció. McQueen quiere seguir hacia lo próximo: hacia su carrera por la Copa Pistón. Sally, en cambio, lo invita a detenerse ante sus circunstancias.

La escena en la que le muestra el paisaje y le cuenta lo que fue Radiador Springs antes de que la interestatal lo dejara de lado no funciona únicamente como nostalgia. Es una educación de la mirada y de la empatía.

Sally le enseña a McQueen a ver que Radiador Springs no es sólo un lugar del que debe salir para ir a su carrera. Lo invita, en cambio, a contemplar, a compartir un recuerdo común y, más importante aún, a restaurar. Lo invita también a conocer a Fillmore, Luigi, Guido, Ramón, Flo, el sheriff, Mate y Doc Hudson: personajes menores sólo en apariencia.

En ese sentido, Radiador Springs no es solamente el lugar donde McQueen se equivoca y paga una deuda. Es el lugar donde descubre que hay vidas que no se ordenan por la promesa de la siguiente oportunidad.

Cada uno tiene una historia, una forma de estar, una pequeña dignidad incuantificable. McQueen, que al inicio sólo veía obstáculos, empieza a descubrir personas y una comunidad a la cual pertenecer. Y en ese descubrimiento, lo que antes era estorbo se esclarece como alguien; lo que antes era obstáculo aparece como un conjunto de virtudes a las cuales arraigarse.

Doc Hudson, por su parte, introduce otra dimensión importante en la historia: la del mentor de McQueen. A diferencia de Sally, él está en Radiador Springs refugiándose de su vida pasada como corredor. Su estancia en el pueblo la vive como resignación ante una herida. Doc sabe lo que significa ser usado mientras se gana y ser olvidado cuando se deja de servir al espectáculo.

Por eso su dureza frente a McQueen no es puro resentimiento: es sospecha ante un mundo que convierte a los otros en medios y no los reconoce como realidades valiosas por sí mismas. McQueen quiere consolidarse en ese mundo; Doc ya fue expulsado de él.

Mate, en cambio, enseña otra cosa. Su amistad no busca prestigio, ni utilidad, ni reciprocidad perfecta. Quiere a McQueen casi antes de tener razones suficientes para quererlo. Y es así como lo nombra su mejor amigo. Esto, que podría parecer ingenuo, tiene una importancia enorme.

McQueen, acostumbrado a vínculos instrumentales, se encuentra con alguien que no lo quiere por su carrera, ni por su fama, ni por lo que podría llegar a ser. Mate lo quiere porque está ahí. Esa amistad torpe, que roza lo exagerado, es quizá una de las primeras experiencias de aprecio genuino que McQueen recibe.

McQueen no percibe esto inmediatamente. Me parece importante destacar esa escena en la que Mate le cuenta su sueño de subirse a un helicóptero, mientras Sally escucha a lo lejos. McQueen asiente a la petición de Mate y le dice que lo ayudará a cumplir su sueño, casi sin mucha atención a sus palabras. Acto seguido, Sally le hace ver que, en el mundo vital-mecánico de Mate, esa promesa tiene una importancia mayor que la que McQueen había concedido. Para McQueen, decirlo fue meramente cortesía; para Mate, en cambio, era una esperanza real y un voto de confianza en su promesa.

Tras estas experiencias, McQueen descubre que la vida no se reduce a la meta ni al próximo paso que hay que dar. También importa el camino que conduce hacia esos pasos: las personas que aparecen en él, las promesas que hacemos casi sin pensar, las deudas que contraemos con otros y los lugares que aprendemos a mirar de nuevo.

La carrera final lo muestra con claridad: McQueen puede ganar, pero decide detenerse para ayudar a “The King”, quien competía en su última carrera y sufre un terrible accidente antes de cruzar la meta. Ese gesto muestra que McQueen no sólo ha encontrado pertenencia, sino que ha ordenado su visión y su talento a las virtudes de su comunidad. Por primera vez, su velocidad deja de estar al servicio de su ego y se pone al servicio de otro.

La belleza de Cars está en esa sencillez. Ahí, a la intemperie de sus personajes, se nos ha mostrado una pequeña verdad sobre la vida: que el talento, cuando no reconoce a los otros, se vuelve aislamiento y falta de virtud; que la velocidad, cuando no tiene destino humano, se vuelve sinsentido; que el éxito, cuando no encuentra hogar, se vuelve intemperie y soledad.

Esa pequeña verdad también implica algo que el viejo Aristóteles nos ayuda a notar: que la virtud no nace en soledad, sino entre otros, en una vida compartida y sostenida por la amistad. También recuerda algo que Platón había sostenido un poco antes: que, cuando una comunidad pierde de vista la virtud, termina perdiendo también la capacidad de apreciar la belleza por sí misma.

Sólo quien aprende a detenerse —ante cada persona, ante cada obstáculo— puede reconocer que esos trofeos que vamos ganando no son más que “copas vacías”. Llegar, entonces, ya no consiste sólo en cruzar la meta, sino en hacerlo acompañado y con amabilidad.


Este ensayo es una reflexión personal de análisis cultural sobre Cars (Pixar/Disney, 2006). No está afiliado, patrocinado ni autorizado por Disney/Pixar. Las referencias a la obra y sus personajes se usan únicamente con fines de comentario crítico.

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