A propósito de Cars 2
Dir. John Lasseter
Codir. Brad Lewis
Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures, Estados Unidos, 2011.
106 min.
«Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro».
—Mamá Topolino, Cars 2
La primera entrega de Cars trataba sobre la transformación de McQueen. Cars 2 trata sobre Mate y sobre una transformación un tanto menor en su gradualidad, pero no menos importante. Trata sobre la percepción que uno tiene de sí mismo y sobre cómo nos afecta e influye la percepción de los demás para reconocer nuestro valor.
La segunda película de la saga, de 2011, suele ser vista como la entrega más extraña. Y lo es. De pronto, una historia que parecía hablar de pertenencia, amistad, pueblos olvidados y carreras automovilísticas se convierte en una aventura internacional de espionaje. La película se mueve entre Japón, Italia e Inglaterra; entre carreras de alto nivel, agentes secretos, conspiraciones energéticas y persecuciones. Todo parece excesivo, como si la película hubiera cambiado de género sin pedir permiso.
Lo es, pues mientras la primera película, en medio de la metáfora de la vida humana con automóviles, nos enseña la importancia de detenernos e ir despacio, la segunda película parece hacer todo lo contrario. Sin embargo, esa rareza también mantiene un mensaje a la intemperie. No hay que olvidar que el director de la primera y la segunda película sigue siendo John Lasseter.
Cars 2 es una película de espías con coches, centrada sobre Mate. Y esto ya implica un cambio importante. En la primera entrega, Mate era el amigo torpe, entrañable, exagerado y secundario. En la segunda entrega, pasa al centro. El personaje que parecía acompañar la historia de McQueen se vuelve el centro y, así, también la amistad.
McQueen ya no es el corredor solitario que desprecia a su equipo. Ya aprendió algo. Ya pertenece a Radiador Springs. Ya tiene amigos. Ya sabe que el éxito no consiste solamente en ganar una copa. Sigue siendo talentoso, y lo sabe. Tan sólo al principio le dice a Mate que aquellas copas son vacías, pero que no podía dejar que las ganara otro.
Aunque McQueen ya no es el protagonista, sigue puesto a una prueba: la lealtad hacia nuestros amigos y nuestra comunidad cuando entramos a un mundo que mide las cosas con otros criterios. Las virtudes tienen criterios estéticos que relativizan aquello que es siempre valioso por sí mismo, pero que a menudo sirven como excusa para excluir y destacar la diferencia de quienes salen de esos criterios.
Eso es lo que ocurre con Mate. En Radiador Springs, Mate encaja. Es raro, pero todos lo conocen. Es torpe, pero todos saben qué esperar de él. Es excesivo, pero su exceso pertenece al paisaje del pueblo. En cambio, cuando sale al mundo internacional de las carreras, aparece como alguien extraño.
No conoce los protocolos, habla de más, malinterpreta situaciones, interrumpe, hace comentarios fuera de lugar y lleva consigo una manera demasiado local, demasiado directa, de estar en el mundo. Es claridoso.
McQueen no deja de quererlo. Ese es un matiz importante. Así como McQueen, al inicio de la primera película, desprecia Rust-eze por tratarse de una empresa que ayuda a autos oxidados, ahí ya había ofendido a su amigo Mate al decir que quería a toda costa encontrar una segunda oportunidad de patrocinio. Pues «no le gustaban los autos oxidados». McQueen no es claridoso: da muchos rodeos ante lo que tiene frente a sí y ofende a Mate sin proponérselo, siendo Mate claramente una grúa oxidada. Recordemos que, al final de la primera película, McQueen rechaza la oportunidad del patrocinio de Dinoco en agradecimiento a sus primeros patrocinadores.
En esta segunda película, donde la amistad entre Mate y McQueen es expuesta en el panorama internacional de las carreras, Mate destaca. Se trata de un contexto donde nadie dice lo que piensa. Nadie pretende hacer algo de lo cual podría avergonzarse. Mate no es así. Y brilla por eso. McQueen, con desesperación y mucha falta de cuidado, le dice a Mate que ese nuevo contexto no es Radiador Springs. Que no debe ser tan él como suele serlo.
La película toca así una experiencia muy común: hay personas que amamos y apreciamos en la cercanía, pero que nos incomodan al exponernos a juicios ajenos. No porque hayan dejado de ser importantes para nosotros, sino porque creemos que otros las juzgarán. Y, al juzgarlas, nos juzgarán a nosotros… La vergüenza ante nuestros amigos, familiares, o cercanos, no siempre nace de la falta de amor. A veces nace del deseo de proteger un personaje alrededor de nuestra persona. Como si nuestra persona dependiera de ello.
McQueen ya es de Radiador Springs; sus acciones lo reflejan. Esto es lo más cercano a su persona automotriz. Ha aprendido a dar de sí lo más valioso. Pero su personaje sigue siendo aquel auto sofisticado y competitivo que va a las carreras: el que gana cada Copa Pistón en honor a su mentor, Doc Hudson, pero también el que gana porque es capaz de hacerlo y lo demuestra.
Cuando no se distingue la persona —si no quiere decirse así, la esencia, lo más esencial, lo propio de uno— de aquella otra accidentalidad que nos da circunstancia, podemos llegar a creer aquello de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Se debe tener cuidado: uno no es su circunstancia, incluso aunque fuera la más cercana a nuestro ser. La circunstancia es aquello a lo que nos aferramos para ser prudentes, para que nuestra capacidad se vuelva en una virtud reconocible. Pero sólo ante el grave error notamos que debemos dejar morir la circunstancia para salvarnos a nosotros, a nuestra persona.
Pero Cars 2 no se queda ahí. La película introduce un giro más interesante: Mate no sólo es el amigo que no encaja. Es también alguien que logra encajar en un trabajo que ni siquiera era el suyo.
Por accidente, confusión y una serie de malentendidos, Mate termina involucrado en una operación de espionaje internacional relacionada con la carrera de McQueen. No fue formado como agente secreto. No domina tampoco los códigos de ese mundo. No entiende del todo qué está pasando. No sabe moverse como Finn McMissile ni como Holley Shiftwell. Y, sin embargo, resuelve varias de las pistas principales. Sobrevive a situaciones que lo sobrepasan. Interpreta detalles que otros pasan por alto. Se vuelve útil precisamente en un contexto donde, al inicio, parecía estar completamente fuera de lugar.
Esto es quizá lo más valioso de la película. Mate no se adapta al espionaje dejando de ser Mate. Se adapta siendo Mate. La peculiaridad de su persona no desaparece; cambia de función ante las circunstancias. Aquello que en un ambiente sofisticado parecía torpeza se revela, en otro contexto, como una forma de virtud.
La película juega con esa tensión. Mate parece descolocado, pero logra, sin esforzarse, dar lo mejor de sí. Parece estar fuera de lugar, pero ciertos aspectos del lugar se vuelven adecuados para él. Para McQueen parecía ser un estorbo para mantener su personaje, pero, en otras circunstancias, objetivas y reales, Mate resulta ser el elemento clave. Por supuesto ante las personas que logran apreciarlo, como es el caso de los agentes McMissile y Shiftwell.
Esto se vuelve notable porque nos obliga a reconocer que el problema no es la personalidad de Mate, sino el criterio ajeno. Mate no es un amigo torpe; ese es un personaje. Mate tiene una manera propia de habitar el mundo. Una manera cuyas acciones rozan lo ridículo y exagerado, sí; pero son un efecto secundario a su lealtad y atención con las personas.
Es importante, por ello, tener en cuenta que Mate no es un genio escondido bajo una máscara de torpeza. La película no intenta justificarlo. Mate es valioso porque es una persona que no tiene conflictos consigo mismo ni con los demás. De ahí su virtud para hacer amigos. Pero además es tan talentoso como McQueen, sólo que no tiene la preocupación de mostrarlo hasta que las circunstancias confluyen a su favor.
Esto permite leer Cars 2 como una crítica al prestigio y a la cultura del talento. Hay mundos donde sólo ciertas formas de hablar, vestir o comportarse son reconocidas como valiosas. Quien no domina esos códigos parece torpe o incapaz. Pero esa torpeza puede ser una inadecuación contextual, no una incapacidad. Incluso una personalidad que no da importancia a los personajes puede enarbolar su persona a la intemperie y sin conflictos, siendo efectiva en la práctica, no en la pretensión.
La historia de espionaje, entonces, funciona como exageración narrativa de un problema humano. Mate entra en un mundo que no le corresponde. Pero ese mundo, sin que nadie lo sospeche, necesita de él. Necesita precisamente aquello que no había sabido reconocer: su atención a lo mecánico, su memoria de detalles, su confianza inmediata, su terquedad afectiva, su modo poco elegante de estar presente.
Por eso la película no trata principalmente sobre la vergüenza de McQueen. Eso es secundario, y es el problema del personaje de Mate. Trata sobre cómo el mismo Mate debe enfrentarse, al final, a la percepción que otros tienen de él, para actuar con lealtad y amor a su persona. No es sólo sobre cómo otros nos ven, sino sobre cómo debemos aprender a mirarnos a nosotros mismos.
Esto implica una segunda reflexión, que amerita cuidado: cómo una amistad se funda en las personas mismas o en ciertos intereses. Esto es: en la virtud o excelencia que uno vive, como afirma Aristóteles, o en ciertos propósitos externos a las personas mismas. Esto es: en sus productos o resultados.
En la primera película, McQueen recibe una amistad por excelencia de parte de Mate. Lo quiere por ser quien es, y lo ayuda a descubrir el valor de su persona. Pero hay aún instrumentalidad en McQueen, y no era inesperada. La virtud de Mate se vuelve imprudencia porque McQueen quiere a Mate sólo en tanto Mate lo quiere a él. Por eso esa amistad llega al límite cuando McQueen siente amenazado su personaje.
La belleza extraña de Cars 2 está ahí. No es una película tan armoniosa como la primera. Su trama es más dispersa, su género más extraño, su tono más exagerado. Es una película que nos habla de distinguir entre la persona y sus personajes; de reconocer que una buena amistad se funda en las personas mismas y en su capacidad, independientemente de las circunstancias. Nos llama a tener presente que los personajes son instrumentos que no entran con importancia en las amistades más valiosas ni tampoco en los actos que cambian el mundo.
En un mundo globalizado y digital, donde tantas personas intentan convertirse en personajes capaces de generar impacto, esta película infantil nos recuerda que: los actos que realmente cambian el mundo suelen venir de personas que no están demasiado preocupadas por representarse a sí mismas.
Este ensayo es una reflexión personal de análisis cultural sobre Cars 2 (Pixar/Disney, 2011). No está afiliado, patrocinado ni autorizado por Disney/Pixar. Las referencias a la obra y sus personajes se usan únicamente con fines de comentario crítico.



