«El hecho de que todo pensamiento sea un signo, tomado junto con el hecho de que la vida es una cadena de pensamiento, prueba que el hombre es un signo»
—C. S. Peirce, CP 5.314
1. El problema de la responsabilidad total
Uno de los principales problemas del existencialismo clásico es su respuesta al fundamento de la responsabilidad en la libertad. Según Jean-Paul Sartre, en El existencialismo es un humanismo (1946), «el primer paso del existencialismo es poner a todo hombre en posesión de lo que es, y hacer recaer sobre él la responsabilidad total de su existencia». La impracticabilidad de esta definición de responsabilidad reside particularmente en su tinte totalizante. Se pone sobre los hombros de cada persona el peso total de su existencia.
¿Pero esto puede ser, tan siquiera, verdad? La sutileza reside en advertir los detalles de su practicabilidad, desatendiendo el dramatismo implícito. Esta definición de responsabilidad recuerda a Atlas y el peso del mundo. Pero la existencia humana no se nos da de esta manera.
Sartre prosigue: «cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres». La impracticabilidad vuelve a ser notable.
No sólo Sartre pretende una definición de responsabilidad sobre las implicaciones totales de nuestra existencia, sino la responsabilidad de todos los seres humanos. Sin duda, Kant está aquí presente en el capricho totalizante. «Al elegirse», advierte Sartre, «(uno) elige a todos los hombres».
Aunque suene, una vez más, bastante dramático y heroico, el realismo práctico presente en nuestras vidas lleva a reconocer que hay lazos que se rompen por la necesidad de distinguir entre lo que uno decide ser y lo que otros han decidido. Que mi decisión tenga consecuencias para otros no significa que mi decisión contenga, por sí misma, la existencia de todos los demás. Hay responsabilidad, sí; pero no toda responsabilidad es responsabilidad total.
2. Sartre, Kant y la ejemplaridad universal del acto
La belleza de las palabras de Sartre es, sin embargo, patente: «no hay ninguno de nuestros actos que, al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre tal como consideramos que debe ser». Esto sin duda ya parece una calca completa del imperativo categórico: actuar de tal manera que nuestra ley pueda ser universal. Esto es: una ley de la comunidad de seres racionales.
Sin embargo, Sartre es un existencialista, no un kantiano. Aquí se habla de crear al hombre, no del reino de los fines al que debemos orientar nuestra ley moral. Lo que se mantiene del imperativo es su rigidez: es imposible todo acto humano que no signifique lo que todo humano debe ser. «Nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que podríamos suponer, porque compromete a toda la humanidad», concluye Sartre.
Da varios ejemplos:
«Si soy obrero y elijo adherirme a un sindicato cristiano antes que ser comunista, si con esta adhesión quiero indicar que la resignación es en el fondo la solución que conviene al hombre, que el reino del hombre no está sobre la tierra, no comprometo solamente mi caso: quiero resignarme para todos; en consecuencia, mi acto ha comprometido a toda la humanidad».
«Y si quiero —hecho más individual— casarme, tener hijos, aun si mi casamiento depende únicamente de mi situación, o de mi pasión o de mi deseo, con esto no me encamino yo solamente, sino que encamino a la humanidad entera en la vía de la monogamia».
3. Angustia, mala fe y dramatismo existencial
El argumento último para la responsabilidad, sin embargo, no es éste. Sartre es, en buena medida, un emotivista: «el existencialista suele declarar que el hombre es angustia». Este es el sentimiento de su «total y profunda responsabilidad» que motiva al existencialista. Incluso podríamos pensar que se trata de ansiedad. Propiamente, la raíz común a angustia y ansiedad es el adjetivo anxius, que deriva del verbo angere.
Esto último es pertinente: angere refiere a una acción de estrechar, oprimir, angustiar. El existencialista se angustia; no vive angustiado sin razón, tampoco vive angustiado como simple estado pasivo, sino por su propio acto y decisión. Sartre nos lleva a notar el objetivo de este ejercicio «ascético»:
«Ciertamente hay muchos que no están angustiados; pero nosotros afirmamos que se enmascaran su propia angustia, que huyen de ella; en verdad, muchos creen que al obrar sólo se comprometen a sí mismos, y cuando se les dice: “Pero ¿y si todo el mundo procediera así?”, se encogen de hombros y contestan: “No todo el mundo procede así”. Pero en verdad hay que preguntarse siempre: ¿qué sucedería si todo el mundo hiciera lo mismo?».
La insistencia de Sartre en preguntarse por la ejemplaridad de nuestros actos busca rehuir aquello que llama «mala fe». Esto es la renuencia a aceptar la responsabilidad totalizante sobre nuestra existencia y la de los demás. Y, además, a mentir: «es alguien que no está bien con su conciencia, pues el hecho de mentir implica un valor universal atribuido a la mentira».
La pregunta sartreana tiene fuerza. Pero su fuerza no implica que su definición de responsabilidad sea practicable. Lo que está en juego no es negar que nuestros actos tengan una significación humana, sino rechazar que toda acción particular cargue con la totalidad del hombre. Aquí conviene introducir una alternativa pragmatista: no una negación de la responsabilidad, sino una definición más precisa de su raíz.
4. Peirce: la responsabilidad como problema lógico
Para un pragmatista como Charles Sanders Peirce, el sentido principal de la responsabilidad existencial se da lógicamente. Esto puede entenderse en un sentido cercano al estoico: la lógica sirve para controlar la creencia y los discursos que la expresan. Así, la responsabilidad no nace primero del vacío de una libertad absoluta, sino de la exigencia de responder por la corrección de nuestros razonamientos. Peirce lo formula de manera directa: «Somos, por decirlo así, responsables (responsible) de la corrección (correctness) de nuestros razonamientos (reasonings)» (CP 2.183).
Esto modifica el punto de partida. Para Sartre, la responsabilidad surge porque el hombre se elige a sí mismo sin una esencia o naturaleza previa. Para Peirce, en cambio, somos responsables porque razonamos, afirmamos, creemos, inferimos y actuamos a partir de hábitos que pueden ser examinados, corregidos o abandonados. No se trata de cargar heroicamente con la humanidad entera, sino de reconocer que nuestros actos tienen una estructura racional previa: proceden de signos, creencias e inferencias por las que podemos responder.
Por eso Peirce añade: «A menos que los aprobemos deliberadamente (deliberately approve) como racionales (rational), no pueden propiamente ser llamados razonamientos (reasonings)» (CP 2.183). Un proceso mental no es propiamente un razonamiento si no lo aprobamos deliberadamente como racional. Esta observación es notable: la responsabilidad no se encuentra primero en la elección dramática, sino en el autocontrol lógico del pensamiento. Antes de preguntarnos si mi decisión compromete a toda la humanidad, habría que preguntar qué creencias, qué inferencias y qué hábitos hacen posible esa decisión.
Peirce notaría que incluso el existencialista que pregona «soy libertad radical» ejercita su red de creencias y pone en práctica, o lo intenta, su naturaleza lógica. Desde aquí, la responsabilidad moral, práctica y comunitaria no desaparece; se deriva.
5. La aserción como forma concreta de responsabilidad
Peirce puede decir que «Afirmar (assert) una proposición (proposition) es hacerse uno mismo responsable (responsible) de su verdad (truth)» (CP 5.543). Afirmar una proposición es hacerse responsable de su verdad. Esto permite comprender la responsabilidad de manera más concreta: cuando digo algo, cuando defiendo algo, cuando actúo desde una creencia, no me convierto dramáticamente en el legislador de toda la humanidad; me comprometo con aquello que he afirmado, con las razones que lo sostienen y con las consecuencias razonables de sostenerlo.
El modelo de la aserción es más practicable que el modelo del peso total de la existencia. Si afirmo que algo es verdadero, puedo ser cuestionado; si razono mal, puedo corregirme; si mis hábitos me llevan a actuar de cierto modo, puedo revisarlos; si una comunidad me muestra mejores razones, puedo aprender. La responsabilidad no es una condena metafísica, sino una práctica de corrección y aprendizaje.
6. La regla de la razón y la responsabilidad social de investigar
Esto no vuelve la vida más ligera en un sentido superficial o burdamente «pragmático». La vuelve más humana y practicable. La responsabilidad deja de ser una abstracción aplastante y se convierte en una tarea: cuidar la calidad de nuestras inferencias, no bloquear el camino de la investigación, no defender como definitivo aquello que todavía debe ser revisado.
Por eso Peirce formula su primera regla de la razón: «Esta primera (first), y, en un sentido, esta única (sole) regla de la razón (rule of reason), dice que para aprender (in order to learn) hay que desear aprender (desire to learn), y en tal deseo no estar satisfechos (in so desiring not be satisfied) con lo que inmediatamente nos disponemos a creer (already incline to think)» (CP 1.135).
El corolario que se sigue de ahí implica un aserto de responsabilidad social: «No bloquees (block) el camino (way) de la investigación (inquiry)» (CP 1.135). No basta con que cada individuo desee aprender en privado; también debe evitar convertir sus creencias inmediatas en obstáculos para la investigación común.
Bloquear el camino de la investigación significa cerrar prematuramente la posibilidad de corregirnos: convertir una opinión, una doctrina, una decisión o una forma de vida en algo inmune a la revisión. Por eso, en Peirce, la responsabilidad lógica se prolonga necesariamente en responsabilidad comunitaria. Si razonar es responder por la corrección de nuestras inferencias, investigar es responder por las condiciones sociales que permiten que esas inferencias sean discutidas, corregidas y continuadas por otros.
7. Heroísmo, comunidad y valentía lógica
Este punto permite comprender mejor una analogía de Peirce: la del héroe que se adelanta en la batalla. No se trata de un héroe sartreano que carga con toda la humanidad porque su elección inventa al hombre, sino de alguien cuya acción sólo tiene sentido dentro de una comunidad con la que se identifica. Peirce escribe: «El soldado (soldier) que corre (runs) para escalar una muralla (scale a wall) sabe que probablemente le dispararán (probably be shot), pero eso no es todo lo que le importa (not all he cares for). También sabe que, si todo el regimiento (all the regiment), con el cual se identifica en sentimiento (in feeling he identifies himself), avanza de una vez (rush forward at once), el fuerte será tomado (the fort will be taken)» (CP 2.654).
La analogía del soldado es importante porque muestra que la responsabilidad comunitaria no equivale a cargar con la totalidad abstracta de todos los hombres. Esta forma de responsabilidad desvirtúa el heroísmo del soldado, pues lo entiende como si cada acción individual tuviera que soportar, por sí sola, el peso completo de la humanidad. En Peirce, por el contrario, el heroísmo del soldado consiste en dar el primer paso dentro de una comunidad con la que se identifica, abriendo así una vía posible de acción común.
El soldado no se vuelve responsable de la existencia entera de la humanidad por angustiarse ante su libertad; responde por una acción concreta que toma iniciativa en la incertidumbre de tomar el fuerte. La responsabilidad no es, en primer lugar, angustia, sino valentía: la disposición a actuar desde una inferencia que no se clausura en el individuo, sino que puede ser seguida, corregida, discutida o prolongada por otros.
No obstante, no se detiene ahí: mi acto cuenta porque puede entrar en una cadena de consecuencias prácticas compartidas. En este sentido, la comunidad no aplasta al individuo; lo vuelve inteligible y le da sentido. De ahí que tengo una responsabilidad con comunicarme adecuadamente. El individuo no es menos responsable por no cargar con todo: es responsable justamente porque su acción forma parte de una continuidad de signos, hábitos, inferencias y efectos comunes.
8. Del humanismo existencialista al humanismo lógico-falibilista
Aquí aparece una diferencia profunda frente a Sartre. En Sartre, la angustia revela que no tenemos excusa: estamos condenados a ser libres. En Peirce, el falibilismo revela que no tenemos certeza absoluta, pero tampoco estamos abandonados a una elección solitaria. Tenemos métodos, signos, hábitos, comunidad, corrección y continuidad racional. La ausencia de garantía absoluta no produce necesariamente angustia; puede producir, más exactamente, responsabilidad lógica ante los efectos prácticos de nuestras afirmaciones, inferencias y acciones.
El problema no es, entonces, que el hombre no tenga esencia y por eso deba inventarse a sí mismo. El problema es que el hombre razona mal, afirma demasiado pronto, bloquea la investigación, absolutiza sus decisiones y transforma sus hábitos en destino. El error no está en no cargar con toda la humanidad, sino en no responder por las razones desde las cuales actuamos. Y en no hacernos responsables de las consecuencias de nuestros actos.
Desde esta perspectiva, el pragmatismo puede ser entendido como un humanismo más practicable y menos teatral. No porque reduzca la existencia humana a utilidad o conveniencia, sino porque sitúa la responsabilidad donde efectivamente puede ejercerse: en la formación, revisión y corrección de nuestras creencias. El ser humano no es primero una conciencia solitaria que crea al hombre en cada elección; es un agente falible que piensa, afirma, actúa y puede corregirse dentro de una comunidad.
La responsabilidad peirceana no nos permite refugiarnos en la angustia como signo de profundidad. Nos obliga a revisar si nuestras afirmaciones son defendibles, si nuestros razonamientos son correctos, si nuestros hábitos favorecen la investigación o la clausuran. La responsabilidad no consiste en sufrir el peso del mundo, sino en responder, con autocontrol, por la parte del mundo que efectivamente pasa por nuestros signos, nuestras inferencias y nuestras acciones.
Por eso, frente al humanismo existencialista de Sartre, puede proponerse un humanismo lógico-falibilista. El hombre no se define por una libertad absoluta que inventa su esencia en cada elección, sino por su capacidad de autocontrol racional: puede revisar sus inferencias, corregir sus creencias, transformar sus hábitos y mantener abierto el camino de la investigación.
La responsabilidad humana no es, en primer lugar, la carga angustiosa de inventar al hombre, sino la tarea lógica y comunitaria de no cerrar las posibilidades de verdad. Y, con ello, tampoco cerrar la posible verdad del proyecto moral humano ni, tal vez, su salvación.
Dicho de manera más directa: no somos responsables de todos los hombres en cada acto, como si cada decisión privada legislara la humanidad entera. Somos responsables, antes que nada, de la corrección de los razonamientos que aprobamos, de las afirmaciones que sostenemos y de los hábitos que cultivamos. Lo demás —la responsabilidad moral, política, comunitaria y existencial— deriva de ahí. No hay humanismo practicable sin esta humildad lógica.



