Por Christian Jiménez
Cuando la vi pensé: “un cuadro viejo”. Otra escena de personas que habían vivido hacía siglos y que ya no tenían nada que decirme. Pero ahí estaba yo, detenido frente a un hombre con sombrero y una mujer con un enorme vestido verde, mirándolos como si el tiempo nunca hubiera pasado. Me quedé clavado frente a ellos.
Entonces vi al perro pequeño a sus pies. Parecía mirarme directamente, como si supiera que yo estaba espiando algo que no me pertenecía. Tal vez era solo una travesura de aquellas sandalias gastadas que me habían llevado hasta ahí.
La lámpara con una sola vela encendida me hizo pensar en esas noches en las que me quedo despierto viendo videos, con apenas un poco de luz para no despertar a mi mujer y recibir su regaño al día siguiente. De repente, esa habitación lejana dejó de parecer tan antigua.
La mano del hombre sobre la de la mujer me llamó la atención. No parecía un gesto cualquiera. Había algo solemne en ella, como si estuvieran haciendo una promesa silenciosa, diciendo sin palabras: “de aquí en adelante caminamos juntos”.
Pero lo que más me impresionó fue el espejo del fondo. En él aparecían dos personas más, como testigos invisibles de aquel momento. Me dio la sensación de que no solo estaban mirando la escena, sino también a todos los que, siglos después, nos detendríamos frente al cuadro intentando entenderla.
Salí del museo con una idea sencilla: aunque todo cambia, hay cosas que encuentran la manera de permanecer. Una mirada, un gesto, una promesa, un reflejo perdido en un espejo.



