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por | Jun 1, 2022 | 1 Comentario

Fotos: María Sara Cadirola

La Tierra es redonda, ergo, terraplanistas abstenerse. Aunque, en realidad, es más bien elipsoidal. Sin embargo, en nuestros ojos tenemos incorporada esa icónica imagen de planisferio escolar en la que se describe la elegante silueta de los (cinco) continentes sobre la vasta extensión de los océanos. Allí se dibujan también los límites precisos de cada uno de los países, la ubicación de las principales ciudades y a través de ciertos colores predeterminados se pueden distinguir algunas características de sus paisajes. En su esfuerzo por volcar una esfera sobre un plano, las proyecciones geográficas más conocidas, como la proyección de Mercator, desfiguran algunas formas y fuerzan algunas proporciones. Y como en estos mapas el Norte está siempre arriba y el Sur siempre abajo, a sus pies yace incómoda una figura desarticulada cuyo perfil parece resistirse a ser cartografiado. Invariablemente blanca, emerge así la Antártida. 

Un viaje hacia esas tierras de hielo sólo cabe en los libros de aventuras. Un continente reservado para temerarios exploradores y arduas campañas científicas. Si bien existe hoy en día actividad turística, esta es fuertemente regulada. Todas las visitas a la Antártida deben contar previamente con un permiso especial y deben llevarse a cabo de acuerdo a las directrices dispuestas en el Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente del Tratado Antártico.   

Lo inhóspito de este destino, sin embargo, no hace mella en la fascinación que provoca. El sobrecogimiento que despierta no es ante monstruos marinos, ni sirenas, sino ante la inmensidad de la naturaleza en su estado primigenio. En su curso hay que enfrentarse empero a los 40 Rugientes, los 50 Aulladores y los 60 Bramadores. Y lo más estremecedor es que no se trata de seres mitológicos. Bajo ese encantamiento es que pese a todo riesgo un grupo de amigos, junto a la familia de uno de ellos, emprendió la que quizás sea la más grande expedición de sus vidas. A bordo del Atlantis se adentraron así hacia las más altas latitudes australes.

A bordo del Atlantis

Hace diez años unos ex-compañeros del secundario comenzaron a forjar este sueño. Sus primeros pasos en la navegación la habían recibido precisamente en su colegio, el Liceo Naval de Argentina. Pero una travesía de estas características requería enormes preparativos y una capacitación altamente especializada, como es el curso de Pilotos de la Prefectura Naval Argentina y el Curso de Navegación Antártica (NAVANTAR). Todos ellos hoy de profesiones muy variadas, no ligadas directamente a la marinería, debieron entrenarse e instruirse en todo lo que hace propiamente la náutica oceánica, en uno de los recorridos más peligrosos del mar. Uno de sus libros pilares, por ejemplo, fue el de “Navegación con mal tiempo”, cuyo título no parece ser precisamente el de un folleto que aliente el turismo en esa zona.

Nada fue improvisado. Sabían muy bien a lo que se enfrentaban. Suficiente provisión de alimentos, como comidas envasadas termoestabilizadas, agua potable y medicamentos no podían faltar. La ropa de abrigo y los trajes de agua adecuados eran de importancia vital. Obligatorio también fue gestionar ante las autoridades competentes la obtención de todos los permisos legales, entre los que se requiere un estudio de impacto ambiental y la suma de los más precisos detalles de toda la excursión: ¡Hasta la hora de llegada debían indicar! Incluso al regreso deberían cumplimentar un informe de todas las actividades realizadas en su itinerario. Y lo fundamental, por supuesto, fue el barco, que también tenía que ser debidamente acreditado junto a la aptitud de su tripulación.

El Atlantis es una robusta embarcación de acero naval de 50 pies de eslora y de 24 toneladas de peso, con diseño y prestaciones específicas para atravesar aguas polares atestadas de témpanos y hielos de diversos tamaños.

Viaje al fin del mapa (ida y vuelta)

La nave partió de la ciudad de Buenos Aires la madrugada del día 1° de noviembre de 2021. El trayecto fue segmentado en distintas etapas o “piernas”, como se nombran en lenguaje náutico, haciendo postas en distintos puertos a lo largo de toda la costa sur de Argentina. En cada tramo se fueron sumando más viejos amigos como integrantes temporales de la tripulación. Y como acompañantes ocasionales, pingüinos magallánicos, toninas overas y ballenas. 

El recorrido de ida incluyó los puertos de Mar del Plata, Rawson, Caleta Hornos en el Golfo San Jorge, Puerto Deseado y Puerto San Julián. Las exploraciones e historias en cada uno de ellos merecen un relato aparte. Desde allí cruzaron a la Isla de los Estados donde se encuentra el faro de San Juan de Salvamento, el cual inspiró nada menos que a Julio Verne en su obra “El faro del fin del mundo”; título que parece ya decirlo todo respecto a esta pequeña gran odisea, que todavía estaba apenas por la mitad. 

Finalmente, de allí se dirigieron a través del Canal Beagle al puerto de Ushuaia, último punto antes de cruzar el Pasaje de Drake hacia la Antártida y, por eso, último lugar para reaprovisionarse, aprontar los últimos detalles y reunir a la tripulación definitiva.

La tripulación que habría de completar el total del derrotero hasta arribar a la Antártida estaba compuesta por su capitán, Juan Theodorou, por Ricardo Franzosi y por Oscar Díaz Thompson. A la etapa final iniciada en Ushuaia se sumó también la familia de Juan, su esposa María Sara Cadirola y su hija María.

A lo largo de las distintas piernas participaron también de la dotación Jorge Bizet, Guillermo Gazzani, Walter Ceskiavikus, Diego Busetti, Gustavo Souto, Quico Diez, Matías Córdoba Andrada, Patricio Ehrman, Nicolás Vitale, Pablo Yema, Orlando Bocanera, Pablo Ferrari, Sergio Gil Adamo y Gabriel Martini.

Para el regreso quedaría visitar los puertos de Camarones y Madryn y una frustrada recalada en las Islas Malvinas, cuya entrada estaba vedada debido a medidas preventivas por COVID. 

El Pasaje de Drake, el estrecho que separa América del Sur de la Antártida, era ahora el gran desafío. También conocido como Mar de Hoces es el paso marítimo más meridional que comunica el Océano Atlántico y el Océano Pacífico. Famoso por sus furiosos vientos y con una anchura de aproximadamente mil kilómetros de mar abierto sin interrupción, reúne en su extensión las aguas más tempestuosas del mundo.

El 16 de diciembre se dan las condiciones para zarpar desde Ushuaia. Cinco días tardaron en cruzarlo, con mucha cautela, pero con gran éxito. El 21 de diciembre, en coincidencia con el solsticio de verano, lo dejaron finalmente atrás. Crucial fue el seguimiento y apoyo por parte de dos meteorólogos amigos que desde distintas partes iban recabando los datos necesarios para saber cómo atravesarlo sin extremos sobresaltos. 

Los vientos no son todos iguales. Dentro del sistema circulatorio de la atmósfera se distinguen, entre otros, los llamados vientos constantes o planetarios. Estos vientos globales tienen un recorrido muy extenso y a su paso se encargan de transportar gran cantidad de energía térmica. Sus características y sus nombres van variando de acuerdo a la latitud. En el Hemisferio Sur se da la particularidad de que, al haber menos cantidad de tierras emergentes, los vientos fluyen sin mayores obstáculos, volviéndose mucho más intensos. A medida que los navegantes avanzan más y más hacia el Polo Sur es que se producen esos fenómenos cuyos nombres parecen tomados de criaturas legendarias. A los 40° de latitud sur comienzan a soplar los 40 Rugientes (Roaring Forties), tolerables sólo para temples especiales, pero muy convenientes para quien sabe aprovechar su velocidad. A partir del paralelo 50°, los vientos se vuelven aún más inquietantes, transformándose en los 50 Aulladores (Howling Fifties o Furious Fifties), a lo que se agregan las casi continuas tormentas propias de la zona. A esta altura es que corren las indómitas aguas del Pasaje de Drake. Pero a más frío, más escalofrío, ya que a los 60° las ráfagas desatan toda su bravura a cargo de los 60 Bramadores (Shrieking Sixties o Screaming Sixties), llegando a velocidades mayores a los 50 nudos (aproximadamente 100 km. por hora). En esta franja de mar, plagada ya de bloques de hielo, el abrazo de una ola puede alcanzar los 15 metros.

La Antártida constituye todas aquellas tierras emergidas al sur de los 60°: 14.000.000 km2, cubiertos de hielo casi en su totalidad. Su nombre lo toma como referencia opuesta a sus antípodas del Polo Norte: el Ártico. “Ártico” proviene de la palabra griega “arktos”, el oso, en alusión a la constelación de la Osa Menor, en la que se ubica la estrella polar, indicador clave para la orientación de los antiguos navegantes. “Antártida” es por eso “anti” (lo opuesto de), más “arktos”. Pero no sólo en su posición se contrapone al Ártico. Debido a una serie de factores geográficos, las temperaturas antárticas son muchísimo más extremas: ¡en las regiones internas más severas las marcas máximas van desde los -20°C en verano y los -60°C en invierno! Por suerte, en las costas, por donde transitó el Atlantis, las temperaturas estivales son más benignas. 

Pero no son sólo el frío y los vientos los que hacen tan difícil abordar tan altas latitudes. Es curioso, pero los mapas disponibles contienen muchos errores respecto a la latitud y longitud para cada lugar, lo cual hace tan incierta la ubicación que a veces parece indicar que se está navegando sobre tierra. Literalmente, el Atlantis había llegado al fin del mapa.

A orillas del sexto continente

La primera tierra antártica que alcanzan es la Isla Decepción. Pese a su nombre, es uno de los lugares más visitados. La boca de un volcán semihundido le da al terreno forma de herradura dando lugar a una enorme bahía en el que se entreabre un imponente paisaje. Su última erupción ocurrió en el año 1969 y actualmente mantiene una importante actividad termal. En el pequeño mar interior de la isla fondearon en la Bahía Telefon, donde quedaron momentáneamente varados por un banco que no figuraba en los croquis. Forzoso era esperar hasta que subiera nuevamente la marea, lo cual les dio oportunidad para realizar sus primeras caminatas sobre suelos polares. Distintas especies de pingüinos y de focas les salieron al paso. En todos los casos, debían ser sumamente respetuosos del paisaje, procurando no alterar de ninguna manera la vida silvestre local. 

Destrabar el Atlantis no fue tarea nada sencilla. Una vez logrado se dirigieron a Bahía Balleneros, donde hoy se encuentran las ruinas de antiguos establecimientos de producción de aceite de ballena. Era 24 de diciembre y pese a que los vientos lejos de amainar, arreciaban con gran fuerza, en la cena pudieron agradecer por fin el feliz arribo y festejar la Nochebuena. 

Aunque en realidad nunca se hizo de noche. Durante el verano antártico, hay luz solar las 24 horas del día. Lo cual hace confundir los ciclos de sueño y vigilia y las horas de las comidas.

A la salida de la Isla Decepción pudieron admirar los monumentales Fuelles de Neptuno, un estrecho de acantilados de más de 100 metros de altura. Cruzando el Mar de la Flota, unos 130 kilómetros más al sur, arribaron a Puerto Mikkelsen en la Isla Trinidad. Otros barcos de diferentes países circundaban también la zona. El mar comenzó a espesarse de hielos y la navegación se tornó más cautelosa. 

A través del Estrecho de Gerlache alcanzan el largo brazo de la Península Antártica, llegando a Caleta Cierva donde está ubicada la Base Primavera, una de las estaciones científicas a cargo del Instituto Antártico Argentino.

Luego, pese a que el viento dificultaba seriamente el avance, siguieron un sinuoso recorrido entre islotes, hielos flotantes y canales que los conduciría hasta Puerto Foyn, en la Isla Nansen. El combustible comenzó a escasear. Por suerte habían hecho amistad con los marineros del buque ruso Amazone, quienes solidariamente les proveyeron de gasoil, los cuales a su vez fueron recompensados con buenos vinos argentinos.

Al retomar de nuevo el rumbo experimentaron nuevamente las falencias de la cartografía antártica, de acuerdo a la cual la costa aparecía insólitamente corrida. Más fiables les resultaron las cartas náuticas manuales de otros navegantes que anteriormente habían recorrido esas aguas. De esta manera, accedieron al Canal Errera, uno de los lugares más hermosos que conocieron. Hielos, témpanos y glaciares brillaban bajo un sol espléndido. Gracias a su drone pudieron obtener increíbles vistas aéreas. En Bahía Paraíso, lugar cuyo nombre en este caso sí hace justicia con su maravilloso entorno, tuvieron oportunidad de visitar la base científica argentina Almirante Brown. Y este fue el punto más al sur que pisaron. 

A través del canal Murature y con un clima más adverso, llegaron a la Isla Melchior donde los sorprendió el nuevo año. Los festejos de Año Nuevo se dieron entre la visita a una colonia de focas, un sabroso menú casero, con champagne enfriado en el mar, y la urgencia de remover una inmensa acumulación de nieve de la cubierta del Atlantis. Si bien la comunicación era muy limitada, pudieron recibir saludos y buenos deseos de familiares y amigos. 

Finalmente, luego de este casi épico recorrido por tierras y aguas extremas, ya era hora de emprender el regreso. Pero allí la meteorología es la que decide. Para eso debieron esperar lo que llaman la “ventana” de buen tiempo que les permitiera enfrentar nuevamente los vientos y el oleaje del Pasaje de Drake. En dirección norte ahora, se internaron nuevamente en sus violentas corrientes. 

Ya por fin en Ushuaia nuevamente, comenzaron a desandar el largo camino recorrido hasta Buenos Aires, adonde llegarían el 11 de marzo de 2022. Y así recopilando fotos, videos, vivencias y anécdotas, fueron despidiéndose paso a paso de esta magnífica aventura y pergeñando quizás la siguiente. 

La Antártida es un lugar maravilloso porque se respira la libertad.”

María Sara Cadirola nos cuenta su experiencia personal a bordo del Atlantis y comparte además con nosotros las impresionantes fotos que captó con su cámara.

¿Cómo se inició todo este proyecto de expedición a la Antártida?

Fue un proyecto entre Juan y sus amigos del Liceo Naval que se gestó hace como diez años. Siempre el grupo de amigos se juntaba en el club.  Algunos son navegantes activos, otros no, pero comparten el gusto por la náutica. Así, en algún momento surgió la inquietud y empezaron a prepararlo. Se formaron, estudiaron, hicieron el curso de navegación antártica, hicieron los cursos de prefectura, tuvieron que hacer el curso de pilotos de yate para poder navegar aguas oceánicas, se juntaron con gente que ya había viajado a la Antártida, leyeron muchos libros y vieron muchos documentales. Todo esto a paso de hormiga. El viaje estaba proyectado para fines del 2020, pero apareció el COVID, así que quedó suspendido para el año pasado. Mucha preparación; sin prisa, pero sin pausa. En mi caso particular yo había navegado, pero no tengo ni siquiera el carnet de timonel. Un día Juan, en la cena, nos dijo así sin más: “¿Quién quiere venir a la Antártida?”. ¡Yo!, dije enseguida. Y mi hija María también se sumó. Siempre me pareció un destino fabuloso.

¿Cuáles son las vivencias e impresiones más fuertes que experimentaste?

La Antártida es un lugar maravilloso porque se respira la libertad. Y también te hace dar cuenta de lo mínimo que es uno tomando decisiones, porque en realidad uno puede programar muchas cosas, pero termina estando supeditado a las condiciones meteorológicas del momento, ya que tiene un clima muy cambiante.  Me pareció fascinante ver los animales, cómo subsisten, cómo es la libertad, la supervivencia de cada grupo de ellos, cómo se acomodan. En el camino íbamos leyendo unas fichas del Instituto Antártico Argentino que te da los datos de cada lugar. Es increíble saber que hay tantos estudios hechos sobre la Antártida, pero todos muy recientes, ya que es uno de los continentes más “nuevos” explorados, con lo cual es el día de hoy que se siguen estudiando todas sus características. 

¿Había otros barcos en la zona?

Yo pensé que íbamos a ser los únicos en la Antártida y claramente no lo éramos. Más allá de que uno sabe que hay bases, bases permanentes y bases de verano, y que la Antártida no es de nadie, nunca pensé que en el radar íbamos a ver tantos barcos. Había veleros de distintas nacionalidades; había cruceritos de turistas que parten desde Ushuaia; había un velero ruso que también llevaba pasajeros y otros veleros de grupos más reducidos como el nuestro. 

Eso me impresionó mucho, por lo cual me parece muy apropiada la campaña de no transformar la Antártida como un destino turístico, porque ya sabemos lo que pasa cuando hay mucha gente transitando distintos lugares.

¿Cómo es la vida silvestre? 

De la vida silvestre hemos visto albatros, escúas, gaviotas, gaviotines, toninas overas, que son como los delfines de Tierra del Fuego; vimos también ballenas, pingüinos de tres tipos, focas de weddell. Nos advirtieron también de la foca leopardo, que es muy agresiva, pero esa no la llegamos a ver. Peces no vimos. De plantas hemos visto algas verdes, algas rojas. Y leímos que en la isla Decepción, que más que una isla es un volcán, aparecieron recientemente unas plantitas que le llaman “clavel antártico”, que están siendo muy estudiadas. 

Yo salía con mi cámara a filmar y a sacar fotos a los distintos pájaros que nos daban vuelta, para aprovechar todo, todo, porque no sé cuándo voy a volver.

¿Cuál fue el paisaje más impactante?

El paisaje de la Antártida es maravilloso. Todo es lo mismo, pero todo es distinto. En conjunto son glaciares, hielo, agua y piedra, pero los paisajes son tan diferentes entre sí que a cada momento hay un espectáculo distinto. Pero la navegación más hermosa, casi soñada, fue yendo a Bahía Paraíso. No había viento, el agua estaba en calma y había pequeños icebergs y pingüinos como jugando en el agua. Silencio. Sol. Por detrás nuestro, sólo escuchábamos a las ballenas. Eso fue soñado. Ahí llegamos a la base Almirante Brown, que parecía otro planeta. Nos pareció increíble. 

¿Cuáles eran los medios de comunicación de los que disponían?

Teníamos el sistema de GPS Garmin, que es un localizador, por el cual la gente que tenía el link podía ver donde estaba el barco, y eso se iba actualizando cada 2 o 3 minutos. A través de esa página, nos podían enviar mensajes cortos. Y de esa manera cada uno se podía comunicar con sus familiares y amigos. Ese era nuestro medio de comunicación, porque allá no hay redes, no hay Wi-Fi. Y el teléfono satelital que contratamos para eventualidades y por seguridad, no tenía señal, con lo cual no nos sirvió.

¿Cómo era la organización interna en el barco cada día?

No había un orden establecido. Cada uno cocinaba distintas cosas. Todos hacíamos todo. Todo voluntario. No había un horario estricto, ya que además los horarios estaban totalmente trastocados, porque durante el verano no hay noche. La verdad es que la convivencia fue fantástica. Éramos cinco personas en un espacio reducido, pero todo fue muy armonioso. Sinceramente fue un viaje soñado.

¿Hubo algún momento difícil de la navegación? 

Yo tenía cierto temor a las olas y a la “vuelta campana” del barco. Y Juan es muy claro en sus respuestas. Ante mi pregunta de “¿Che, el barco se puede dar vuelta con una ola?”, me dijo categóricamente: “”.  Pero en realidad lo que pasa es que el barco da la vuelta campana, pero después termina de acomodarse otra vez. Mientras tanto adentro es una coctelera, pero al menos el barco no se hunde, ni se queda panza arriba. Como sea, eso era lo que más miedo me daba.  

Ya de regreso, dentro del Pasaje de Drake, un día nos tocó un viento muy fuerte de dirección noroeste, con mucha ola. Tan fuerte fue que hizo que el barco se escorara de repente tres veces. No se dio vuelta, pero fue lo suficientemente intenso para que se cayeran todas las cosas de la cocina, todas las herramientas de la proa, la mesa de herramientas, todo… Los más experimentados estaban sin embargo muy tranquilos, así que decidí que simplemente debía soltarme y confiar.

¿Volverías a hacerlo?

Definitivamente, quiero volver a la Antártida. 

El Tratado Antártico

Entre 1957 y 1958 las ciencias de la Tierra tuvieron su año dorado: la celebración del Año Geofísico Internacional (AGI). Una inmensa cooperación científica mundial de todas las disciplinas que contribuyen al estudio de la Tierra y del Espacio que la rodea: geología, geografía, geodesia, geofísica, sismografía, hidrología, astronomía, meteorología, oceanografía, glaciología, entre otras.  Científicos de 64 países se sumaron a esta monumental empresa. 

Uno de los principales temas de investigación fue precisamente la gran región del planeta que en ese entonces no había sido suficientemente explorada: el Continente Antártico. 

El entusiasmo ante los buenos resultados del AGI propició uno de los tratados intergubernamentales más exitosos de todos los tiempos: el Tratado Antártico.  El 1° de diciembre de 1959, Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Japón, Nueva Zelanda, Noruega, Sudáfrica y la entonces Unión Soviética firmaron en Washington este acuerdo con el objetivo de asegurar el uso pacífico del territorio antártico y de promover allí la colaboración científica internacional. 

El Tratado Antártico entró en vigor el 23 de junio de 1961.  Varios de los países firmantes sostienen todavía reclamos de soberanía en distintas regiones de la Antártida, algunos de los cuales se superponen entre sí. El Tratado dispone que mientras este se encuentre vigente, estos reclamos siguen siendo válidos, pero se mantienen en suspenso, no admitiéndose nuevos, ni ampliaciones de los ya existentes. 

Bandera del Tratado Antártico

Es de resaltar que esta alianza se llevó felizmente a cabo más allá de las tensiones propias de la Guerra Fría. Y es gracias a este Tratado que la Antártida es todavía hoy un continente desmilitarizado, libre de armas nucleares y donde se prohíbe terminantemente la eliminación de desechos radiactivos. La presencia de bases militares es solamente a efectos de apoyo logístico a investigaciones científicas u otras actividades con fines pacíficos. 

A lo largo de los años, nuevos países fueron agregando su firma al Tratado. Hoy lo conforman un total de 54 países, de los cuales 29 son partes consultivas, o sea con voz y voto, y el resto, partes adherentes. Todos los miembros mantienen una reunión anual, con sede rotativa, a fin de velar por su adecuada implementación. De las llamadas Reuniones Consultivas del Tratado Antártico (RCTA) han surgido a su vez nuevos acuerdos conexos que atañen principalmente a la conservación de la vida y la protección del Medio Ambiente en la Antártida.

Desde 2004, La Secretaría del Tratado Antártico tiene su sede permanente en la ciudad de Buenos Aires. Su secretario ejecutivo es un funcionario internacional elegido por la RCTA

La próxima RCTA, la número 44, se realizará en Berlín entre el 22 de mayo y el 2 de junio de 2022. 

Mariana Barry

Mariana Barry

1 Comentario

  1. Andrea

    Excelente crónica de viaje. Al leer te sientes a bordo del Atlantis. Las fotografías son impactantes.

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