Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
Ensayo en defensa del ánime

Ensayo en defensa del ánime

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

La popularidad creciente del ánime a nivel mundial contrasta con la opinión de muchas personas que, sin jamás haber visto uno (o uno bueno), lo rechazan tajantes y afirman que simple y sencillamente no les gusta. Algunos llegan a aceptar que la historia de algún ánime les interesa, pero que no pueden sobreponerse al formato animado. Curiosamente, las producciones occidentales como las de Disney o DreamWorks no suelen tener estos reparos.

Desde hace un tiempo, se ha estereotipado al consumidor habitual de ánime como un otaku (una persona con una afición intensa al ánime o al manga) y, esta denominación, socialmente, suele tener una connotación negativa. Las características del otaku son claras: gente extravagante que, joven o adulta, vive con sus padres y se pasa los días consumido en videojuegos y caricaturas chinas; gente que no sale y no se baña, salvo cuando se disfraza para sus convenciones de cosplay.

Aunque la comunidad otaku suele destacar por sus pintorescas expresiones de afición, la verdad es que el rechazo que siente mucha gente respecto al ánime no sólo se debe al mundo que lo rodea, sino que aquél ya resulta bastante extraño por sí solo. Basta pensar en esos personajes de diseño gracioso, que gritan mucho, se desenvuelven raro y, originalmente, no hablan en inglés. Los prejuicios que se tienen sobre el ánime, aunque un poco injustos, no están del todo equivocados. El ánime es extraño. Por otro lado, considero que, con un poco de perspectiva, estos prejuicios se pueden suavizar e incluso volver ocasiones de curiosidad y enriquecimiento.

Creo que puede ser útil, antes de dar cualquier razón en favor del ánime, hacer una descripción muy general de éste y de sus características principales, con la intención de que empiecen a disiparse algunos prejuicios. A grandes rasgos, podría decirse que el ánime son todas las formas de animación que se producen en Japón o que se asocian con él, y que, en su gran mayoría, están basados en un manga (esto es, la historieta japonesa). Sin embargo, el país de origen no parece ser lo más importante. Aunque entre una y otra forma de animación japonesa pueden haber muchísimas diferencias, me referiré a algunas similitudes técnicas, estéticas y de contenido que hacen del ánime un tipo de animación muy particular.

Las casas de animación suelen utilizar técnicas diversas, ya sea en dibujos a mano o a computadora. Se juega con encuadres, acercamientos, ángulos y demás efectos elocuentes de la “cámara” que nos recuerda a la cinematografía. El ánime tiene la peculiaridad de concentrarse más en el realismo de estos efectos que en la animación misma del movimiento. Los pioneros de la animación japonesa no contaban con muchos recursos para elaborar una animación tan detallada y continua, por lo que se limitó el movimiento de los personajes. No obstante, aunque hoy en día mejor tecnología y grandes presupuestos acompañen a las casas de animación, el elemento de la animación de movimiento limitado sigue siendo un recurso frecuente. Esto, que en un inicio se debía a razones tan prácticas como ahorrar tiempo y dinero, terminó por fungir como vehículo artístico y creativo.

Seitarou Kitayama, Jun’ichi Kouchi y Oten Shimokawa, pioneros de la animación japonesa

La animación de los personajes también tiene características distintivas: los ojos suelen ser desproporcionadamente grandes y el cabello, muchas veces de forma extravagante, no es raro encontrarlo en colores llamativos como azul o naranja chillón. Pero, de nuevo, esto no es una regla. Hay ánimes más realistas y discretos con el aspecto de sus personajes, depende mucho del género y la estética de la historia que se quiere contar. El ánime suele tener una manera romántica de narrar y, para esto, se sirve de elementos técnicos y visuales. El aspecto de los personajes, el ambiente que les rodea, ciertas imágenes y signos faciales, fungen como recursos narrativos que nos dicen cosas de la historia y de los sentimientos de los personajes: un fondo azul oscuro te muestra su tristeza; elementos como flores o burbujas pueden indicar enamoramiento; el efecto del viento en el cabello siempre añade dramatismo a una escena y, si se quiere dar un tono más cómico, siempre están las clásicas expresiones faciales que, exageradas, cumplen con su función.

Naruto, My Hero Academia, Inuyasha, Sailor Moon

De esta manera se puede entender cómo la animación puede variar dependiendo qué se quiera contar y cómo se quiera contar. El ánime es sólo un estilo de animación, un medio para contar historias que pueden ser de cualquier género, por lo que ningún contenido específico es absoluto. En Tumba de las luciérnagas se cuentan las vivencias trágicas de dos hermanos huérfanos que luchan por sobrevivir a finales de la Segunda Guerra Mundial. No era muy probable que, para una historia así, Isao Takahata decidiera que sus personajes se animaran con gestos, cabello y proporciones poco naturales, así como sí es probable que se encuentren estos elementos en ánimes de acción o fantasía.

Comedias románticas blancas y dulces como Kimi ni Todoke; dramas melancólicos, introspectivos, que indagan sobre el valor de la vida, la amistad, o la salud mental como Neon Genesis Evangelion u Orange; historias que presentan problemas clásicos como la tensión entre humanidad y naturaleza como en La princesa Mononoke; o historias sobre temas tan cotidianos como un deporte que, narrado de cierta manera, se eleva a ser un auténtico drama, como en Haikyu!! Ánimes gore, históricos, de suspenso, de acción. Hay de todo y para todos. Al final, fue el ánime el que popularizó los medios de entretenimiento animado para el público no infantil.

La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka)

El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari), Los niños lobo (Ōkami Kodomo no Ame to Yuki)

Otro de los rasgos representativos del ánime es que tiende a reflejar aspectos característicos de la cultura japonesa. Esto podría ser algo que genere resistencia en un primer acercamiento. Es natural que el ánime le resulte extraño a nuestra sensibilidad occidental, a la que Estados Unidos—nuestra gran fuente de entretenimiento—nos tiene tan acostumbrados. Nos parece raro que los japoneses utilicen sufijos en los nombres o que referirse a alguien por su nombre de pila denote una gran intimidad; que se descalcen al entrar en una casa; que los estudiantes hagan la labor de limpieza en la escuela; que se separe algo de la comida para ofrecerlo a algún familiar difunto; o todo aquello que, para ellos, suele ser motivo de humor, vergüenza, agradecimiento. Todos estos son ejemplos de un imaginario distinto al nuestro, de otros límites afectivos, de nuevos órdenes sociales.

Estados Unidos ha dominado tanto tiempo el mundo del entretenimiento que, para bien o para mal, hemos asimilado muchas de sus expresiones culturales en nuestra propia cosmovisión. Pienso que confrontarnos con otras culturas y sus formas particulares de entender el mundo no sólo es refrescante, sino que también es necesario. Las diferencias culturales que nos parecen tan extrañas se vuelven oportunidades para hacer de lo ajeno familiar, conocer nuevas perspectivas, sensibilidades y, en general, hacer de nuestra experiencia en el mundo algo mucho más amplio y rico.

Your Name (Kimi no Na wa)

El último punto que quisiera tocar es uno que adelanté cuando me referí a la parte más técnica y estilística del ánime: su dimensión artística. Lo que puede decirse de la literatura, del cine y la pintura, también puede decirse del ánime: hay unos buenos y hay otros malos. Como en todo, con experiencia, uno puede aprender a seleccionar lo que vale la pena ver. Hay muchos criterios técnicos y especializados dentro del campo de la animación que determinan la calidad de ésta, pero el que un ánime sea arte o no, parece ir más allá de los aspectos meramente técnicos. 

Es una discusión compleja que daría pie para otro artículo. Me limito a mencionar aquí lo que el filósofo y esteta Hans-Georg Gadamer consideraba un elemento imprescindible a la hora de considerar algo como arte: la fusión de dos mundos para dar lugar a uno nuevo. Esto no quiere decir otra cosa más que el espectador, con todo su bagaje emocional, intelectual y vital, se enfrente con una obra (en este caso, un ánime) y el resultado sea una experiencia completamente nueva y particular: todo lo que ese ánime le enseña al espectador sobre el mundo y sobre sí mismo. Mucha gente llama a esto romanización. 

Romanizar la vida por el arte. Es decir, que uno ve belleza y encanto en el mundo cuando las reconoce primero en alguna obra. Es el arte que revela cosas del propio mundo que antes no se habían notado. El ánime definitivamente cumple con esto. No por nada hay tantos memes y videos de compilación con la pregunta de por qué el mundo es más bello o por qué la comida se ve más rica cuando está animada. Después de ver cómo personajes de Ghibli preparan sus tasas de té, andan en bicicleta o van a la escuela, es casi imposible no querer replicar el efecto estético cuando uno mismo lo hace. 

El recurso de animación de movimiento limitado del que hablé antes, por lo mismo, también tiene una razón estética: el espectador tiene que hacer un esfuerzo un poco más activo para interpretar los movimientos y dar un sentido coherente a todo lo que pasa en la historia. Similar, tal vez, a lo que pasa en los cuadros impresionistas, en los que no hay tantos detalles ni acabados realistas: se deja que la imaginación del espectador complete la obra y le dote de sentido. Creo que es por esta participación más activa del espectador que, así de involucrado, se encuentra como raptado por la obra. Como un buen libro de ficción, el ánime también te transporta a nuevas realidades. Hay que imaginar todos los mundos e historias posibles que pueden crearse cuando no se tienen las limitantes de conseguir una buena escenografía o de invertir millonadas en efectos especiales para que las escenas parezcan creíbles. Cuando el mundo es animado, las posibilidades de crear se vuelven más diversas y los límites terminan por ser el talento y la imaginación del animador.

Aun considerando todo lo anterior, es perfectamente válido que a la gente no le guste el ánime. Puede que sean los aspectos técnicos lo que no disfrute, esas “tomas” complejas y efectos de “cámara”; o tal vez no gusten el tipo de recursos visuales de los que se vale para expresar los sentimientos y pensamientos de un personaje (aunque aquellos sean tan versátiles y dependan tanto del género narrativo); o si el desagrado tiene más que ver con las expresiones culturales de Japón… bueno, ese ya sería un prejuicio de otro tipo. De cualquier manera, creo que basta con decir que el ánime es el vehículo de muchísimas historias y, como cualquier medio, no siempre es bueno. Hay ánimes que (no hay otra manera de ponerlo) son basura. Pero así, también hay muchos otros que son imperdibles. Esos que, como toda buena historia, trascienden las particularidades culturales y temporales para decirnos algo universal. Cosas de humanidad, cosas del corazón. Historias y personajes que vibran, acompañan y crecen con uno, mundos llenos de encanto para perderse y encontrarse. Eso es algo que uno tiene que descubrir por sí mismo, sobre lo que se tiene que formar gusto y opinión. No hay que perderse de buenas historias por prejuicios que, con un poco de perspectiva, se vuelven puras oportunidades.

Por leer hasta acá, arigato gozaimasu.

Ensayo en defensa del ánime

Nostalgia

Por Ana Paola Gris Trinidad

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Siempre he sido una persona nostálgica. Desde muy pequeña me hice el hábito de fechar cada dibujo, libro o papelito que pasaba por mis manos. En un par de ocasiones, y para encanto de mi madre, incluso escribí con plumón indeleble mi edad en los muebles de mi cuarto. Así, al día de hoy tengo varios recuerditos, y uno que otro buró, marcados con un “Ana 9 años” o un “abril 2009”. 

Librero: Ana 9 años.

No sé de dónde habré sacado esa costumbre, pero sí recuerdo que cada vez que escribía mi edad o la fecha, lo hacía con la esperanza de volver a aquellos objetos en el futuro y considerar el tiempo transcurrido. Esa misma sensibilidad nostálgica me desarrolló un respeto especial por el pasado. Atesoraba los regalos que me hacían mis abuelas cuando me aseguraban que tal prendedor o aquella estatuilla habían pertenecido a sus madres o a sus mismas abuelas. La antigüedad siempre parecía darle un encanto añadido a las cosas, porque ¡cuántos años, cuánta historia y cuánta vida habían pasado por aquellos objetos!

Aunque pudiera parecer contrario a mi naturaleza que tiende preservar el momento presente, a admirar lo que fue y a guardar “cajas de recuerdos”, decidí darle un giro importante a mi vida cuando terminé la preparatoria. En mi círculo social chiapaneco es muy común salir de casa para estudiar la universidad y, por eso, cuando cumplí 19, cambié mi pequeña ciudad natal por la megalópolis de Ciudad de México, busqué amistad en gente que no conocía desde kínder y pasé de una ruidosa casa de seis personas a un silencioso departamento.

Equipaje

La verdad, salí muy bien librada de la aventura. Me enamoré de mi carrera, de mis nuevas amistades, de un chico que ahora es mi novio y hasta de una ciudad respecto a la que alguna vez tuve tanto prejuicio. Pero así como gané muchas cosas nuevas, poco a poco me fui dando cuenta de tantas otras que perdía. “El día a día de la familia”, como decía una amiga foránea que también compartía la inquietud. Si no sentía suficiente nostalgia con las fotos que subían al grupo familiar de Whatsapp en que mostraban las comidas con la abuela o las carnitas asadas con los tíos, sí que la sentía cuando llegaba de vacaciones a mi casa y mis hermanos menores eran de pronto más altos que yo, cuando los notaba más jóvenes que niños y cuando me hacía consciente de una normalidad doméstica de la que ya no formaba parte.

Primer gran súper. Foto: Ana

Fue un privilegio que el inicio de la pandemia haya supuesto para mí una bondad en este sentido: pude volver a mi familia, en su cotidianidad, cuando ya tenía ojos y corazón para apreciarla como nunca. Pero, una vez más, la añoranza no se hizo esperar, sólo que ahora se trataba de nuevas pérdidas: clases, amigas, novio, la que había sido mi vida desde hacía cuatro años. Comencé a extrañar cosas que no parecían muy significativas en su momento: los esquites y manguitos afuera de la universidad, los descansos que tomaba afuera de la biblioteca, las noches de películas con mi roomie, el parque donde corría, ¡y el clima, sobretodo el clima! Pequeñeces que ahora adquieren una importancia enorme porque ya no pueden volver.

Me rebelé contra el afán de algo que no fuese lo que tenía enfrente. Me desagrada la idea de una insatisfacción inagotable en el ser humano (creo que muchos de los grandes problemas de la actualidad se deben a la codicia sin escrúpulo) pero en el fondo creo que es cierta. He podido comprobar en mi vida esa tendencia constante hacia algo que, incluso cuando me considero feliz, siempre puedo echar en falta. Nunca dejamos de desear. De esa manera, aunque había aprendido a valorar mi vida en Chiapas, me seguían doliendo algunas pérdidas. Recién graduada, enfrentándome a un futuro laboral incierto y en el contexto de un mundo en llamas por la pandemia, me embargó una inquietud, una certeza paralizante: cada elección implica un sacrificio.

Soy consciente de que mi situación no era especial, ni mucho menos: estos años han habido duelos más grandes e incertidumbres más graves de los que no me atrevería a decir que entiendo algo. Pero, como toda experiencia humana, el dolor, la inquietud, se dan de manera personal. Y me afectaba, hasta el grado de no querer decidir más: ¿qué ganar y qué perder? ¿familia o amigos? ¿hermanos o novio? ¿Tuxtla o Ciudad de México? ¿trabajo o maestría? Era mejor quedarme quieta y posponer las preguntas incómodas.

En The Bell Jar, Sylvia Plath hace una bonita analogía de esto último. Cuenta cómo una joven percibe su vida como si estuviese frente a una higuera en la que cada higo representa una posibilidad: uno era un marido e hijos, otro era una carrera como poeta, otro era una vida en el extranjero. A pesar de estar muy hambrienta, la joven se sienta frente al árbol sin poder decidir qué higo tomar. La higuera termina por secarse y los higos, caen negros y arrugados a sus pies.

Al final, como en el relato de la higuera, las determinaciones en la vida llegan con el tiempo, incluso si no es uno mismo quien las elige. En un afán de no querer tener que decidir, no me daba cuenta de que mi aparente inacción ya marcaba cierto rumbo en mi vida. No querer enfrentarme a cosas como buscar trabajo, reconciliarme con alguien o terminar la tesis, no era igual a posponerlas sino que ya estaba eligiendo cierto tipo de vida: estar desempleada, albergar resentimiento y no tener un título. Las decisiones y, más importante, el cambio, son ineludibles; toda elección o no-elección que tome hoy ya me encamina hacia algún lado.

Recuerdos, Ana.

En esto último convendrá recordar al estoicismo y su invitación a aceptar e incluso querer lo que es inevitable (más vale que el perro camine junto al carruaje a que el carruaje tire del perro). Tuve que hacer las paces con esa verdad para poder reconocer que aunque el cambio significa pérdida y renuncia en unos sentidos, también significa oportunidades y crecimiento en muchos otros. Es por el cambio que tomamos distancia de lo vivido, adquirimos perspectiva y podemos transformarnos. 

Así como valoré mi ciudad con el contraste de vivir en otra, y valoré a mi familia con el contraste de vivir sola, la experiencia nos va moldeando. Ahora, aunque aún trabajo en adueñarme más de mis decisiones, el futuro me entusiasma más de lo que me asusta. A veces no es tan claro qué actitud tomar, pero tengo que recordarme que esa tensión entre pasado y futuro es la realidad humana en la que habitamos. Abrazar esta realidad mudable no significa renunciar al pasado, sino asumirlo como algo que nos permite seguir adelante. Al final, las raíces de una planta no desaparecen porque haya algo más que empiece a crecer, sino que es gracias a ellas que algo más puede darse. La Ana que escribía su edad en los muebles ya contaba con aquello y esa misma era la intención: que cuando volviera a ver aquellas marcas fuese alguien más que aquella romántica niña de nueve años. Sólo queda conservar la esperanza de que los cambios que vengan y las decisiones que haya que tomar no sólo me permitan apreciar lo vivido, sino que me sigan transformando en alguien más y, esperemos, en alguien mejor.

MDNMDN