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Ensayo en defensa del ánime

por | Dic 6, 2021 | 0 Comentarios

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La popularidad creciente del ánime a nivel mundial contrasta con la opinión de muchas personas que, sin jamás haber visto uno (o uno bueno), lo rechazan tajantes y afirman que simple y sencillamente no les gusta. Algunos llegan a aceptar que la historia de algún ánime les interesa, pero que no pueden sobreponerse al formato animado. Curiosamente, las producciones occidentales como las de Disney o DreamWorks no suelen tener estos reparos.

Desde hace un tiempo, se ha estereotipado al consumidor habitual de ánime como un otaku (una persona con una afición intensa al ánime o al manga) y, esta denominación, socialmente, suele tener una connotación negativa. Las características del otaku son claras: gente extravagante que, joven o adulta, vive con sus padres y se pasa los días consumido en videojuegos y caricaturas chinas; gente que no sale y no se baña, salvo cuando se disfraza para sus convenciones de cosplay.

Aunque la comunidad otaku suele destacar por sus pintorescas expresiones de afición, la verdad es que el rechazo que siente mucha gente respecto al ánime no sólo se debe al mundo que lo rodea, sino que aquél ya resulta bastante extraño por sí solo. Basta pensar en esos personajes de diseño gracioso, que gritan mucho, se desenvuelven raro y, originalmente, no hablan en inglés. Los prejuicios que se tienen sobre el ánime, aunque un poco injustos, no están del todo equivocados. El ánime es extraño. Por otro lado, considero que, con un poco de perspectiva, estos prejuicios se pueden suavizar e incluso volver ocasiones de curiosidad y enriquecimiento.

Creo que puede ser útil, antes de dar cualquier razón en favor del ánime, hacer una descripción muy general de éste y de sus características principales, con la intención de que empiecen a disiparse algunos prejuicios. A grandes rasgos, podría decirse que el ánime son todas las formas de animación que se producen en Japón o que se asocian con él, y que, en su gran mayoría, están basados en un manga (esto es, la historieta japonesa). Sin embargo, el país de origen no parece ser lo más importante. Aunque entre una y otra forma de animación japonesa pueden haber muchísimas diferencias, me referiré a algunas similitudes técnicas, estéticas y de contenido que hacen del ánime un tipo de animación muy particular.

Las casas de animación suelen utilizar técnicas diversas, ya sea en dibujos a mano o a computadora. Se juega con encuadres, acercamientos, ángulos y demás efectos elocuentes de la “cámara” que nos recuerda a la cinematografía. El ánime tiene la peculiaridad de concentrarse más en el realismo de estos efectos que en la animación misma del movimiento. Los pioneros de la animación japonesa no contaban con muchos recursos para elaborar una animación tan detallada y continua, por lo que se limitó el movimiento de los personajes. No obstante, aunque hoy en día mejor tecnología y grandes presupuestos acompañen a las casas de animación, el elemento de la animación de movimiento limitado sigue siendo un recurso frecuente. Esto, que en un inicio se debía a razones tan prácticas como ahorrar tiempo y dinero, terminó por fungir como vehículo artístico y creativo.

Seitarou Kitayama, Jun’ichi Kouchi y Oten Shimokawa, pioneros de la animación japonesa

La animación de los personajes también tiene características distintivas: los ojos suelen ser desproporcionadamente grandes y el cabello, muchas veces de forma extravagante, no es raro encontrarlo en colores llamativos como azul o naranja chillón. Pero, de nuevo, esto no es una regla. Hay ánimes más realistas y discretos con el aspecto de sus personajes, depende mucho del género y la estética de la historia que se quiere contar. El ánime suele tener una manera romántica de narrar y, para esto, se sirve de elementos técnicos y visuales. El aspecto de los personajes, el ambiente que les rodea, ciertas imágenes y signos faciales, fungen como recursos narrativos que nos dicen cosas de la historia y de los sentimientos de los personajes: un fondo azul oscuro te muestra su tristeza; elementos como flores o burbujas pueden indicar enamoramiento; el efecto del viento en el cabello siempre añade dramatismo a una escena y, si se quiere dar un tono más cómico, siempre están las clásicas expresiones faciales que, exageradas, cumplen con su función.

Naruto, My Hero Academia, Inuyasha, Sailor Moon

De esta manera se puede entender cómo la animación puede variar dependiendo qué se quiera contar y cómo se quiera contar. El ánime es sólo un estilo de animación, un medio para contar historias que pueden ser de cualquier género, por lo que ningún contenido específico es absoluto. En Tumba de las luciérnagas se cuentan las vivencias trágicas de dos hermanos huérfanos que luchan por sobrevivir a finales de la Segunda Guerra Mundial. No era muy probable que, para una historia así, Isao Takahata decidiera que sus personajes se animaran con gestos, cabello y proporciones poco naturales, así como sí es probable que se encuentren estos elementos en ánimes de acción o fantasía.

Comedias románticas blancas y dulces como Kimi ni Todoke; dramas melancólicos, introspectivos, que indagan sobre el valor de la vida, la amistad, o la salud mental como Neon Genesis Evangelion u Orange; historias que presentan problemas clásicos como la tensión entre humanidad y naturaleza como en La princesa Mononoke; o historias sobre temas tan cotidianos como un deporte que, narrado de cierta manera, se eleva a ser un auténtico drama, como en Haikyu!! Ánimes gore, históricos, de suspenso, de acción. Hay de todo y para todos. Al final, fue el ánime el que popularizó los medios de entretenimiento animado para el público no infantil.

La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka)

El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari), Los niños lobo (Ōkami Kodomo no Ame to Yuki)

Otro de los rasgos representativos del ánime es que tiende a reflejar aspectos característicos de la cultura japonesa. Esto podría ser algo que genere resistencia en un primer acercamiento. Es natural que el ánime le resulte extraño a nuestra sensibilidad occidental, a la que Estados Unidos—nuestra gran fuente de entretenimiento—nos tiene tan acostumbrados. Nos parece raro que los japoneses utilicen sufijos en los nombres o que referirse a alguien por su nombre de pila denote una gran intimidad; que se descalcen al entrar en una casa; que los estudiantes hagan la labor de limpieza en la escuela; que se separe algo de la comida para ofrecerlo a algún familiar difunto; o todo aquello que, para ellos, suele ser motivo de humor, vergüenza, agradecimiento. Todos estos son ejemplos de un imaginario distinto al nuestro, de otros límites afectivos, de nuevos órdenes sociales.

Estados Unidos ha dominado tanto tiempo el mundo del entretenimiento que, para bien o para mal, hemos asimilado muchas de sus expresiones culturales en nuestra propia cosmovisión. Pienso que confrontarnos con otras culturas y sus formas particulares de entender el mundo no sólo es refrescante, sino que también es necesario. Las diferencias culturales que nos parecen tan extrañas se vuelven oportunidades para hacer de lo ajeno familiar, conocer nuevas perspectivas, sensibilidades y, en general, hacer de nuestra experiencia en el mundo algo mucho más amplio y rico.

Your Name (Kimi no Na wa)

El último punto que quisiera tocar es uno que adelanté cuando me referí a la parte más técnica y estilística del ánime: su dimensión artística. Lo que puede decirse de la literatura, del cine y la pintura, también puede decirse del ánime: hay unos buenos y hay otros malos. Como en todo, con experiencia, uno puede aprender a seleccionar lo que vale la pena ver. Hay muchos criterios técnicos y especializados dentro del campo de la animación que determinan la calidad de ésta, pero el que un ánime sea arte o no, parece ir más allá de los aspectos meramente técnicos. 

Es una discusión compleja que daría pie para otro artículo. Me limito a mencionar aquí lo que el filósofo y esteta Hans-Georg Gadamer consideraba un elemento imprescindible a la hora de considerar algo como arte: la fusión de dos mundos para dar lugar a uno nuevo. Esto no quiere decir otra cosa más que el espectador, con todo su bagaje emocional, intelectual y vital, se enfrente con una obra (en este caso, un ánime) y el resultado sea una experiencia completamente nueva y particular: todo lo que ese ánime le enseña al espectador sobre el mundo y sobre sí mismo. Mucha gente llama a esto romanización. 

Romanizar la vida por el arte. Es decir, que uno ve belleza y encanto en el mundo cuando las reconoce primero en alguna obra. Es el arte que revela cosas del propio mundo que antes no se habían notado. El ánime definitivamente cumple con esto. No por nada hay tantos memes y videos de compilación con la pregunta de por qué el mundo es más bello o por qué la comida se ve más rica cuando está animada. Después de ver cómo personajes de Ghibli preparan sus tasas de té, andan en bicicleta o van a la escuela, es casi imposible no querer replicar el efecto estético cuando uno mismo lo hace. 

El recurso de animación de movimiento limitado del que hablé antes, por lo mismo, también tiene una razón estética: el espectador tiene que hacer un esfuerzo un poco más activo para interpretar los movimientos y dar un sentido coherente a todo lo que pasa en la historia. Similar, tal vez, a lo que pasa en los cuadros impresionistas, en los que no hay tantos detalles ni acabados realistas: se deja que la imaginación del espectador complete la obra y le dote de sentido. Creo que es por esta participación más activa del espectador que, así de involucrado, se encuentra como raptado por la obra. Como un buen libro de ficción, el ánime también te transporta a nuevas realidades. Hay que imaginar todos los mundos e historias posibles que pueden crearse cuando no se tienen las limitantes de conseguir una buena escenografía o de invertir millonadas en efectos especiales para que las escenas parezcan creíbles. Cuando el mundo es animado, las posibilidades de crear se vuelven más diversas y los límites terminan por ser el talento y la imaginación del animador.

Aun considerando todo lo anterior, es perfectamente válido que a la gente no le guste el ánime. Puede que sean los aspectos técnicos lo que no disfrute, esas “tomas” complejas y efectos de “cámara”; o tal vez no gusten el tipo de recursos visuales de los que se vale para expresar los sentimientos y pensamientos de un personaje (aunque aquellos sean tan versátiles y dependan tanto del género narrativo); o si el desagrado tiene más que ver con las expresiones culturales de Japón… bueno, ese ya sería un prejuicio de otro tipo. De cualquier manera, creo que basta con decir que el ánime es el vehículo de muchísimas historias y, como cualquier medio, no siempre es bueno. Hay ánimes que (no hay otra manera de ponerlo) son basura. Pero así, también hay muchos otros que son imperdibles. Esos que, como toda buena historia, trascienden las particularidades culturales y temporales para decirnos algo universal. Cosas de humanidad, cosas del corazón. Historias y personajes que vibran, acompañan y crecen con uno, mundos llenos de encanto para perderse y encontrarse. Eso es algo que uno tiene que descubrir por sí mismo, sobre lo que se tiene que formar gusto y opinión. No hay que perderse de buenas historias por prejuicios que, con un poco de perspectiva, se vuelven puras oportunidades.

Por leer hasta acá, arigato gozaimasu.

Ana Paola Gris Trinidad

Ana Paola Gris Trinidad

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