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La caja de galletas

por | Dic 19, 2020 | 0 Comentarios

Por Magdalena S. Blesa

Tres hijos del tamaño de una silla
enganchados al carro de la compra;
uno quiere dormir, alza los brazos,
otro quiere comer, el otro llora.

Yo observo por detrás de unos estantes,
en silencio, la estampa y me conmueve.
No está tu monedero para fiestas
y comparas el precio de la leche.

Cojes en brazos al que más molesta,
le quitas el flequillo de la frente
y pones tu mirada en su mirada
buscándole a la vida un aliciente.

Señala el pequeñajo con el dedo
una caja preciosa de galletas.
Apartas su dedito con tu mano:
no está tu monedero para fiestas.

La boca de tus hijos mereciera
lo mismo que la boca de los reyes,
y sigues apartando sus deditos
de aquello que los niños apetecen.

Abres la cremallera al monedero
por si hubiera algo más que tú no sepas
y pudieras comprarle al pequeñajo
esa caja preciosa de galletas,

pero llevas apenas lo justito
para saciar el hambre más urgente.
El hambre de los pobres es un hambre
más primitiva, un hambre diferente.

Y en unas matemáticas exactas
calculas el valor de lo que llevas;
viendo que te has pasado, determinas
qué es menos importante en una mesa.

Dejas los postres porque, al fin y al cabo,
el postre es un capricho: ¡qué puñetas!
Y vuelven a pasar tus tres criaturas
delante de la caja de galletas.

Miras al pequeñajo; te sonríe.
Señala con el dedo nuevamente.
Tuviste la desgracia que a tus hijos
les gusta lo que al resto de la gente.

Y sin pensar dos veces lo que haces
sustituyes el queso, ¡qué carajo!
por la caja preciosa de galletas
que tan feliz hará a tu pequeñajo

El hambre de tus hijos se parece
al hambre de los hijos de cualquiera.
Tuviste esa desgracia, amiga mía,
el hambre que no entiende de etiquetas.

Redacción

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