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La vigencia de Santo Tomás de Aquino

por | Ene 28, 2023 | 0 Comentarios

Por Maria José García Castillejos

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A manera de preámbulo, quisiera aclarar que yo no me especialicé en el pensamiento del Aquinate, pero sus textos me han iluminado en la comprensión de las áreas de la Filosofía práctica que me interesan. Con motivo de la festividad de Santo Tomás, que se celebra el 28 de enero, quiero comenzar presentando aquello que, aunado a su agudo contenido intelectual, ha colaborado conmigo en el plano existencial: me refiero a la relación entre fe y razón que Tomás de Aquino comprende y transmite impecablemente en su obra. La capacidad racional es la constante del pensamiento tomista, y que, en ésta, la fe encuentra una aliada y algunos desafíos contemporáneos una respuesta.

  1. La fe y la razón “son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (Juan Pablo II)

Quienes nos adentramos al mundo de la filosofía nos preguntamos frecuentemente sobre la pertinencia de la razón en asuntos de fe, la cabida de las creencias en el ámbito científico y los límites de ambas formas de aproximarse a la realidad. ¿Qué sentido tiene reflexionar críticamente sobre aquello en lo que hemos creído toda la vida? ¿Podemos aplicar una metodología ordenada y sistemática a las creencias? ¿Para qué creer si podemos pensar? Las cuestiones no son nuevas. Sobre ellas se han preguntado varias personalidades intelectuales. Sobresalen figuras de la talla de Juan Pablo II y su famosa encíclica, Fe y razón, ya mencionada

Por lo menos en el catolicismo, la revelación de ciertos temas provoca que los asumamos como verdaderos, aunque no podamos explicarlos por el camino de la demostración. Esta actitud no desplaza a la razón, pues ésta puede obtener nuevas conclusiones y realizar comparaciones cuando es pertinente, es decir, especular (cf. Gilson, 1951, 37). En otras palabras, la creencia en la existencia de la verdad, tan importante en una época como la actual donde abunda el relativismo, es previa a su búsqueda y profundización por medio de la razón.

Como bien dice el ya mencionado Juan Pablo II: “partimos de la fe para llegar a la razón” (Fides et Ratio, II). En otras palabras, creemos en la verdad y procuramos entenderla. A este orden se debe, me parece, que Tomás de Aquino se considerara primariamente un teólogo y secundariamente un filósofo.

La teología se define como el estudio de las verdades necesarias para la salvación (cf. Gilson, 1951, 39) y la definición clásica de filosofía nos indica que ésta es una ciencia que estudia todas las cosas, no sólo las verdades necesarias para la salvación.

La vocación teológica del Aquinate se ordena al perfil intelectual de la Edad Media cuando la filosofía era la esclava de la teología, de acuerdo con lo que afirma el cardenal Pedro Damiano en el siglo XI. En palabras de Étienne Gilson, para el Doctor Cristiano, “el estudio de la filosofía y de las ciencias era necesario; pero para que fuera útil, no constituía un fin en sí” (1951, 17).

El mismo Tomás de Aquino afirma en la Suma Teológica que la contemplación de la verdad divina es el fin de toda la vida humana (cf. II.II, q. 180, art. 4, c.). Loable es que para lograr esta tarea Aquino haya retomado a muchos pensadores que le antecedieron y, como todos sabemos, no sólo a Aristóteles: también a Boecio, Platón, Dionisio, Agustín, Alberto Magno, entre muchos otros. El Aquinate supo construir una doctrina propia sobre los elementos que tomó de otros (cf. Gilson, 1951, 18).

En consonancia con la anterior, Tomás de Aquino reconoce con precisión la relación entre la razón y la fe: “acepta que su razón progresa bajo la acción bienhechora de la fe; pero comprueba que, al pasar por el camino de la revelación, la razón penetra más profundamente y… reconoce verdades que sin ella hubiera ignorado” (Gilson, 1951, 37).

Piénsese por ejemplo en los famosos preambula fidei que Tomás expone al principio de su Suma, a saber, las bases racionales de la fe que son necesarias para la salvación, pues se refieren a verdades demostrables frente a la razón humana (cf. Forment, 2014). Esto no implica que dichas verdades no pudieran también haber sido reveladas para quienes carecieran de las herramientas para alcanzarlas (cf. S.Th. I.I, q. 1, art. 1, c.).

El ejemplo clásico de este tipo de verdades es la existencia de Dios. Para muchos, esto es verdadero porque así se los han transmitido, lo cual no impide que después puedan encontrar argumentos a favor de su creencia. Incluso, creer en Dios invita a pensar sobre Él, lo cual probablemente no hubiera sucedido de ignorar su existencia.

La inmortalidad del alma es otro preámbulo de la fe. La historia de la filosofía ha presentado varios argumentos razonables para demostrar que el alma es imperecedera, no sólo a través de autores cristianos.

En conclusión, Tomás de Aquino nos enseña la manera de compaginar dos ciencias distintas, sin descuidar alguna. Para lograrlo, en consonancia con la tesis sobre el ser humano que expondré a continuación, le otorga un lugar justo a la razón, sin vanagloriarse en desmedida, es decir, reconociendo sus límites.

Por otra parte,  Aquino nos da una lección de humildad, especialmente a quienes gustamos de la filosofía: no podemos entenderlo todo. Podemos intentar reconocer y especular sobre algunas verdades que nos han sido compartidas, pero debemos dejar de lado la intención de descubrir, por nuestros propios medios, el funcionamiento del mundo en su totalidad. Este deseo denotaría una utópica y pobre aproximación a la naturaleza humana.

Finalmente, el Aquinate colabora en que el catolicismo se difunda como realmente es: una religión que promueve el discurrir racional, alejada de cualquier tipo de fideísmo o fundamentalismo. Es posible ser, entonces, un buen filósofo y cristiano. 

  1. Sobre la ciencia en general y las ciencias filosóficas en particular

Me concentraré en las aportaciones de Tomás de Aquino a algunas ramas de la filosofía práctica. Puesto que yo considero a la filosofía una ciencia, es menester explicar la aportación del Aquinate al conocimiento científico en general: “el tomismo no está inextricablemente unido a teorías científicas anticuadas, y la validez de sus principios generales no ha sido afectada por la evolución de la ciencia moderna” (Copleston, 1960, 192). Entiendo que esta aseveración no es universalmente aceptada y que la metafísica realista de Tomás de Aquino ha sido ocultada en varias ocasiones, especialmente en el siglo XIX cuando predominaba el positivismo.

La cuestión reside en distinguir la ciencia empírica o positivista de la metafísica que, como su nombre lo indica, versa sobre otro objeto de estudio -aquello que supera el conocimiento sensible- (cf. Copleston, 1960, 197). Mi amigo Joaquín lo ha mencionado claramente en varios foros: “Tomás de Aquino purificó el pensamiento aristotélico de algunas interpretaciones materialistas y a él se debe que Occidente haya mirado la ciencia con ojos positivos y –en términos generales- el que la ciencia se haya desarrollado con cierta libertad, primero que nada, en círculos eclesiásticos” (García-Huidobro, 2013).

Siguiendo la línea del tema anterior, la fe y la razón, se concluye que no hay contraposición entre religión y ciencia. Para comprobarlo, remítase –nuevamente– a las vías para probar la existencia de Dios, donde Tomás de Aquino defiende que el cosmos está ordenado y tiene una finalidad. De modo que, si el mundo responde a un designio inteligente es, por tanto, inteligible (cf. García-Huidobro, 2013).

Esto también aplica en el estudio del ser humano, aunque ni Tomás de Aquino ni sus antecesores le llamaran Antropología filosófica a este tipo de análisis (el término se acuña hasta el siglo XX). Lo que quiero transmitir es que es posible acercarse al ser humano desde la religión y la especulación filosófica, y que éste forma parte de una realidad que es, de suyo, cognoscible. 

Es necesario aclarar que existe una relación imperdible entre la antropología, la ética, la filosofía política y la filosofía social. De ahí que la consideración de ciertas aportaciones tomistas a la primera rama de la filosofía derive en otras aportaciones a la ética y a la filosofía política y social que se mencionarán más adelante.

Las líneas a continuación no pretenden mostrar un análisis especializado sobre la filosofía tomista. Deseo apuntar, únicamente, la vigencia del pensamiento de Tomás en algunos temas que se discuten el día considerando fragmentos de sus obras que han llamado mayormente mi atención.

Lo primero a enfatizar es que Tomás de Aquino comenta las obras de Aristóteles y las retoma en sus famosas Sumas, pero no se limita únicamente a este autor. No lo hace porque Tomás aporta algunas ideas que, si bien de origen griego, superan esta etapa del pensamiento, por ejemplo, la inmortalidad del alma y el acto de ser personal.

A lo largo de los años, he encontrado en el Aquinate la posibilidad de defender la inmortalidad del alma y, a la par, el hilemorfismo, esto es, que las personas están conformadas por alma y cuerpo. Esto último, que se distancia de un dualismo también de origen griego, me parece acertado y consistente con el resto de la filosofía tomista: el mérito o demérito de nuestras acciones responde a nuestra parte material e inmaterial por igual. En esta línea, el Doctor Cristiano también afirma que sólo se llaman personas humanas a quienes tienen alma y cuerpo (cf. S.Th., I.I., q. 29, art 1, s.c. 3).

Respecto a la inmortalidad del alma, no pretendo reconstruir el argumento en su totalidad, sino mostrar que ésta se demuestra mediante la capacidad racional, la cual necesita del cuerpo para comenzar a existir, pero no para seguir funcionando (cf. S.Th. I-II, q. 76).

Siguiendo el hilemorfismo originalmente aristotélico, Tomás afirma que las imágenes surgen del conocimiento sensible y, posteriormente, serán abstraídas mediante el conocimiento intelectual. Este último es, de suyo, universal e inmaterial, lo cual significa que no depende directa e inmediatamente de un órgano como los sentidos y que, por tanto, puede subsistir sin el cuerpo.

En las Cuestiones disputadas sobre el alma, Tomás asegura que, sin necesidad del conocimiento sensible, el conocimiento intelectual puede obtener conclusiones nuevas y diversas sin necesidad de apelar a su parte corporal. 

La capacidad racional, reitero, es el hilo conductor de la filosofía tomista, pues gracias a ésta Tomás de Aquino muestra la superioridad del ser humano respecto a otras criaturas que no son semejantes a Dios. Lo que tiene el ser humano en común con su Creador es, pues, sus facultades racional y volitiva, en el entendido de que ambas son capacidades superiores que están íntimamente relacionadas entre sí.

De lo anterior no se concluye que Dios y sus criaturas racionales sean idénticos, sino que las personas participan de Dios de manera más directa. Para confirmar tal participación siguiendo la filosofía de Boecio, Aquino asegura que sólo son llamadas personas las sustancias individuales de naturaleza racional; no el resto de las sustancias individuales animadas y, mucho menos, las inanimadas.

La centralidad de la razón y de la voluntad es retomada por varios filósofos, aunque llama especialmente la atención el argumento kantiano que defiende la dignidad humana. En el marco de un proyecto filosófico distinto, Kant concluye que sólo son dignos los seres autónomos, es decir, aquellos que pueden ponerse a sí mismos la ley moral gracias a su razón. 

Pero la ley moral no le es ajena a Tomás de Aquino. Por el contrario, el Aquinate acepta que la naturaleza es regida según su Creador mediante leyes naturales que están al alcance de la razón humana. Por ello, aunque todas las criaturas de la naturaleza obedecen a dicha legislación, el ser humano es el único capaz de entenderla, de seguirla y, por supuesto, de desobedecerla.

En aras de evitar un relativismo moral o político, la dificultad reside en justificar la universalidad de esta ley, es decir, la manera en la que todos los seres humanos —independientemente de su ubicación geográfica o contexto histórico— coinciden con las mismas reglas. Lograrlo permite juzgar los actos humanos, actividad propia de la ética, a partir de absolutos morales, y desentenderse de las teorías más individualistas que defienden la inexistencia de una verdad o un bien universal que rijan al ser humano. Nada más alejado del proyecto tomista que, como adelanté en la primera sección de este texto, se fundamenta en el encuentro con la verdad divina. 

Como es de esperarse, hay una relación importante entre las leyes naturales y las leyes humanas, pues éstas deberían ordenarse a aquellas para que funcione “la comunidad de todos los hombres” y se viva realmente el bien común y la justicia social (cf. S. Th. II-II, q. 58).

El argumento es muy extenso. Por el momento, nótese el parecido entre la etimología de justo (iustum) y derecho (ius), y entre su significado: “la justicia se identifica como un deber con relación a otros, como algo exterior, como un algo que se debe dar.

Un obrar, por lo tanto, en y con relación a otro” (Piñón, 2018, 84). ¿Cuál es, entonces, la relación entre derecho y ley? Las leyes indican los derechos y ordenan a la razón al bien común, de modo que sólo ejerciendo y respetando los derechos, cumpliremos con el mandato de cuidar a la comunidad de todos los hombres (cf. S.Th., II-II, q. 57 y 58).

Hacerlo, además, sólo está al alcance de las criaturas racionales. La justicia social es imperdible precisamente porque de ésta depende la vida de las personas que, como ya señalamos, son en sí mismas valiosas y dignas. 

  1. De Aquino hoy

Del muy apresurado recorrido por algunos temas de la filosofía práctica se detonan varios temas que interpelan directamente a la Bioética, ciencia de reciente creación, y a las ciencias jurídicas. Brevemente, ofreceré algunos ejemplos. 

Si asumimos, como Tomás, que el alma humana es racional y qué ésta no es una potencia de ningún tipo, sino un acto ininterrumpido, es decir, una entelequia, la discusión en torno a las personas en gestación adquiere otro matiz. En otras palabras, si los seres de la naturaleza están configurados desde el momento en que tienen vida –o alma, entendida como psique–, la racionalidad no estará sujeta al funcionamiento de ciertos órganos o a su modo de operar.

Las discusiones actuales en torno al aborto parten de la pregunta, esencialmente antropológica, sobre qué es la persona y desde cuándo se es tal. Quienes defienden la personalidad (en el sentido de ser persona) a partir de cierta evolución material, dejan de lado la configuración inmaterial que posibilita dicho desarrollo.

Por su parte, quienes defienden que la personalidad depende de la configuración racional inicial, no de su ejercicio, defenderán que las personas existen desde el momento en el que viven.

No deja de ser sorprendente, y de cierta manera evidente, que las discusiones políticas, económicas y jurídicas se remontan a un problema antropológico que se trata desde el siglo VI (centuria de Boecio, el autor de la famosa definición de persona). Asimismo, resulta pertinente resaltar la aportación tomista al respecto. El pensamiento de Aquino sigue vivo en temas tan delicados como éste de índole bioética.

La vigencia tomista se vislumbra también en las discusiones sobre la dignidad humana: si depende necesariamente de la naturaleza racional, que está dada de antemano, la dignidad se convierte en un valor absoluto que no está sujeto a características accidentales como la raza, posición social, situación económica, salud, etcétera.

Si, como confirma Tomás de Aquino, la persona es irreductible a otra y el ser sustancial es intransferible (cf. S.Th. I-I, q.29) resultan aberrantes las experimentaciones con personas que ponen en riesgo su vida, la trata o la instrumentalización más normalizada en las actividades económicas y políticas.

En su calidad de ser semejante a Dios, resultan inconcebibles los actos violentos y las injusticias en contra del ser humano. Hacerlo menosprecia la capacidad racional de la víctima, y también del victimario. 

En la misma línea social, Tomás de Aquino es un parteaguas en la teoría del derecho natural que retomaron los modernos a partir del siglo XVI. Resulta impreciso y equivocado concebir que la Modernidad es una etapa intelectual que rompe absolutamente con la Edad Media.

Los derechos naturales como la vida y la libertad que promovieron algunos autores como Thomas Hobbes y John Locke son un legado intelectual del Tratado de la ley de Tomás de Aquino y de la escolástica protestante e hispánica. Los modernos, al igual que el Aquinate, encontraron en la razón el fundamento último de los derechos inalienables y universales que, más adelante, se llamarán derechos humanos. Se trata de ciertos iura que no deben ser ignorados en circunstancia alguna y que pertenecen a los integrantes de la naturaleza humana, únicamente. Aquellos derechos que defendemos en cualquier manifestación y a los que apelamos cuando se trata de luchar a favor de las mujeres, los niños, los migrantes y de cualquier persona a la que no se le reconozca su dignidad. 

La actualidad de Tomás de Aquino se presenta en una lista interminable de temas. Por el momento, basta reafirmar que en su concepción antropológica racional es en donde encontramos una caracterización acertada de la realidad humana: sin ignorar sus evidentes límites, Tomás se da cuenta que hay algo especial en el ser humano que lo dota de mayor responsabilidad en la naturaleza.

En palabras de Robert Spaemann: “el acierto tomista es considerar que el hombre es parte de la naturaleza, pero también que la comprende y trasciende accediendo a lo sobrenatural” (2011).

Bibliografía

Copleston, F.C.: El pensamiento de Santo Tomás. (Elsa Cecilia Frost, Trad.). CDMX: FCE, 1960. 

Forment, E.: “Los preámbulos de la fe” en Sapientia christiana. Disponible en https://www.infocatolica.com/blog/sapientia.php/1411150154-v-los-preambulos-de-la-fe#_ftnref10. Último acceso el 27 de enero de 2022.

García-Huidobro, J.: Creo y pienso. El aporte del cristianismo a nuestras inteligencias. Conferencia impartida en la Universidad Panamericana en abril de 2013.

Gilson, E. El tomismo. Introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino. (Alberto Oteiza, Trad.) Buenos Aires: Ediciones Desclée de Brouwer, 1951. 

Kojève, A.: “El origen cristiano de la ciencia moderna” en Revista de Filosofía Open Insight, vol. 11, núm. 22, 2020

Piñón, F.: “Los fundamentos cristiano-medievales de la dignidad del hombre. (Aportaciones para una modernidad” en Dignidad. Perspectivas y aportaciones de la filosofía moral y la filosofía política. CDMX: Anthropos y UAM, 2018.

Spaemann, R: Lo natural y lo racional. Chile: Instituto de Estudios de la Sociedad, 2011.

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