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Reflexión seria-jocosa y contumaz acerca del libro electrónico

por | Mar 11, 2022 | 0 Comentarios

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Por Uriel Iglesias

(Ofrezco aquí una reflexión donde invito al lector que así lo desee, a acompañarme en mis pensamientos (acotados por paréntesis) frente a la exposición. Siéntase libre de brincarse estos paréntesis o léalos hacia sus adentros).

El debate entre los libros electrónicos y libros físicos tiene ya por lo menos un par de décadas y, en distintos momentos, ha presentado tensiones, seguidas de profecías y retractaciones. No sé hasta qué punto se pueda hablar con detalle de esta inquietud generalizada, pero me queda claro que todos han oído hablar algo del tema y todos, de una u otra manera, se cuestionan sobre esto; sin olvidar, ante todo, que se está consultando una publicación en formato digital.

Las opiniones de los tecnólogos y tecnólatras se habían apresurado a inicios del milenio y quizá un poco más adelante, a dar juicios terminantes, y, cual Daniel en la soledad, sentenciaban: el libro físico será substituido sin duda alguna por el formato digital. Inclusive los más entusiastas, mientras se apuraban a quemar incienso al nuevo e-book, precisaban que, quienes poseen (poseemos) muchos libros, se vayan (nos vayamos) acostumbrando a su eventual desaparición so pena de vernos como anacrónicos modelos. E-book, por supuesto, porque las nuevas profecías deben escribirse en inglés. (Algo del síndrome mesiánico muy propio de los Estados Unidos aquél, que proviene desde ciertos personajes que complementan los Testamentos hasta la profética Hollywood reciente, donde, por supuesto, todo ocurre o en un elegante suburbio neoyorkino o en San Francisco, desde Aliens hasta Godzilla). Al paso del tiempo, parece, sin embargo, que esos entusiastas de la tecnolatría han fracasado, pues entre editoriales, con ciertas excepciones, no se ha documentado esa transmigración y, acaso, lo que hay es una cada vez más generalizada ignorancia que no pasa sólo por los libros electrónicos o los físicos. Parece que, como la Bella y la bestia, a la bestia, además de los modales, se le olvidó leer (Me refiero, por supuesto, a la película de Disney) tras diez años de abandono (¿cuánto lleva el debate?). Otros, mucho más moderados, apuntaban una coexistencia entre ambos formatos donde quizá ciertos textos habrían de ser más leídos en un formato, y otros sí habrían de migrar casi por completo al formato electrónico. Tal es el caso de revistas y periódicos cuyo consumo en medios electrónicos ha sido mucho más abundante que el resto de los textos. La pregunta importante es: ¿por qué? 

Siempre es bueno atacar a los tecnólatras (en parte por incumplir el primer mandamiento de la ley de Dios dada a Moisés), pero más allá de esta siempre correcta actitud de señalar el error, hay que ser más concretos. ¿Por qué no funcionó el libro electrónico como se pensó?, ¿qué pasó con los émulos de Isaías, o habrá pasado algo parecido a los caballos de aquél general que confundió cosa por nombre? (Me refiero, con el mero afán de parecer un poco más culto, a la anécdota que narra Cicerón en su brevísimo texto De fato, o sobre el hado, donde discute si es posible predecir el futuro con base en que ya existe de antemano una determinación del mismo. Quienes sean doctos, conocen que la doctrina estoica, que era apreciada por Cicerón, consideraba un camino marcado por la providencia, ante el hado (de donde proviene el nombre del tratadito, tristemente masticado por los dientes del tiempo), el hombre tenía que padecer. De ahí provienen importantes reflexiones morales; sin embargo, me permito referir brevemente al hecho: cierto oráculo vaticinó la muerte a un rey a manos de un caballo. El rey, aterrorizado, ordenó que todo caballo de su reino fuese eliminado para evitar que se cumpliera la profecía, sólo para morir tiempo después aplastado por una roca en un paso llamado El caballo. La enseñanza, cabe aclarar, se enfoca sobre todo en cómo, al obsesionarse con un fin, podríamos terminar cumpliéndolo. Reflexiona así Cicerón hasta qué punto hay un determinismo o si nosotros somos quienes cumplimos ese determinismo al conocerlo. La reflexión ha sido impresionantemente extensa, y muchos autores a lo largo de la historia se han cuestionado estos temas. En el siglo XX, Karl Popper en La miseria del historicismo haría lo propio bajo el caso que, de intentar predecir, el sesgo humano haría que dicha profecía se vuelva realidad y, por lo tanto, sería imposible saber si se cumplió porque efectivamente la profecía era cierta o porque nosotros con nuestras acciones la llevamos a cabo. El tema no es ajeno y se ha tratado en todavía más textos, desde la interesante Historia del futuro, escrita por el jesuita Antonio de Vieira (una de cuyas polémicas, no directamente relacionadas con él, habría de formar la Carta atenagórica de Sor Juana) hasta los horóscopos contemporáneos. Pero he de reconocer que me separo del tema). 

Retomando el punto, es cierto que al principio hubo una exponencial oferta y compras para los libros electrónicos, que, vistos con frialdad, es algo propio de las modas. Mi padre compró hace poco más de dos décadas uno de los primeros libros electrónicos que sólo contenía una versión de Blancanieves. A la larga, la poca memoria y otros dispositivos superaron con rapidez a este primer libro electrónico que mi padre todavía conserva. (Antes de que el lector se haga una idea de mí, no soy una persona tan entrada en años, aunque sí me tocó ver en el cine Toy Story y Titanic, pero, en mi defensa, era pequeño). Yo mismo recuerdo hace alrededor de una década haber ido a una tienda de electrónicos y observar por lo menos cinco marcas distintas de libros electrónicos, de los cuales recuerdo uno que me llamó la atención: la marca Papyre. No recuerdo más, pero con el tiempo todas estas marcas se acabaron. Que me sea conocido, en la actualidad sólo se popularizan el Kindle de Amazon y el Kobo que lo vende sobre todo Porrúa. Es posible que haya muchos más pero al menos están fuera de la esfera de mi conocimiento. 

Ahora bien, los debates no del todo carentes de sentido, apuntaban ventajas a las computadoras, sobre todo en torno a la tinta electrónica en comparación con las incipientes tabletas cuyo desarrollo parece suplir en algunos puntos las funcionalidades de los libros electrónicos; sin embargo, a pesar de sus capacidades superiores, se olvida lo básico: que un libro electrónico sólo sirve para leer, mientras que una tableta, para muchas cosas más. Podría parecer una ventaja mayúscula, pero, si se piensa en segunda instancia, se verá que no lo es tanto. En resumidas cuentas: distrae. Distrae mucho. Si uno lee con confianza y concentración, al recibir el veinteavo aviso de ofertas o el acoso de cierta compañía que no acepta un no por respuesta, se pierde la concentración y, en contraparte, el sentido de la lectura. Luego entonces, se dificulta la lectura. Las tabletas y teléfonos son productores de ruido, distracción y diversión, y, por lo tanto, no funcionan correctamente para la concentración. Es más, diría que son dos de los más importantes distractores, cuya conectividad sirve para todo menos para estar conectados y para leer. (Léanse en este mismo medio las disertaciones de Alberto Domínguez contra las redes sociales para profundizar más en el tema). En suma: más aplicaciones, más tecnología: una afrenta contra la lectura.

Hay otro punto que, paradójicamente, se debe a fallas tecnológicas y es el que podría sorprender al lector: en efecto, el libro electrónico es arcaico. Y es que el libro electrónico, e-book o en tableta, a pesar de su aparente novedad, se fundamenta en principios sumamente antiguos cuya tecnología fue superada por el libro. Me explico: la tecnología del libro electrónico es la misma que usaba el rollo de papiro, no el libro, sea como codex membraneceus, o como libro actual. Es decir: a usted le están vendiendo una tecnología obsoleta por más de milenio y medio, pero como si fuera nueva. (Dirían los críticos al consumo: una rebranding magistral (recuérdese que se tienen que usar conceptos en inglés, de lo contrario quedaría muy outfashioned), ya que, tras mil quinientos años, la patente ha expirado y cualquiera la puede usar). Use usted, lector ingente, cualquier instrumento como este mismo medio electrónico, y verá que tiene que “enrollar” la pantalla, sea para arriba y abajo o para alguno de los lados en el caso de otros formatos. Eso es justamente un papiro, un volumen papyraceus. Es como si alguien le vendiera alimento para caballos a Volkswagen: simplemente absurdo. (En efecto, los caballos de fuerza de los carros, me enteré bastante tarde en mi vida, no se refieren a caballos en sí, aunque hay una relación en origen).

La razón por la que éste dejó de usarse se debe a tres principales problemas: el primero es la naturaleza propia del papiro, que es difícil de conseguir, al ser sólo endémico de Egipto y que su material lo vuelve frágil al pasar cierto tiempo, y fuera del clima árido se torna muy difícil de conservar. El segundo es su capacidad material, que lo vuelve vulnerable y poco práctico para cargar obras voluminosas, además de ser difícil de guardar y muy espacioso, ya que requiere una cobertura, parecida a una urna, cilíndrica que impide aprovechar su almacenamiento en pleno sentido. Por ejemplo: hay un debate por las muy distintas cifras en torno a la cantidad de libros que contenía la Biblioteca de Alejandría. Algunos sin duda eran papiros y otros libros, pero la disputa radica en si son volúmenes, es decir, número de rollos, u obras como tal. (Para que se entienda mejor: una obra como la Ilíada, que contiene veinticuatro cantos cabía típicamente en un solo libro. Por supuesto, si contiene un comentario puede ser en muchos más, pero en estricto sentido se puede imprimir en un solo volumen, inclusive en forma bilingüe, tal y como aparece la versión de Rubén Bonifaz Nuño en la UNAM (La primera versión apareció en dos hace ya un cuarto de siglo, pero a partir de la segunda se puede encontrar en uno solo, grueso, eso sí, pero uno solo.) Esta misma obra, en el formato antiguo, se encontraría en veinticuatro rollos, ya que un rollo de papiro no puede ser demasiado extenso, so pena de romperse. Para que se me entienda: ponga veinticuatro ollas volteadas y verá el tremendo espacio que éstas ocupan. Se explica así, por qué se prefirió paulatinamente un cambio.) 

La tercera y última razón (y acaso la más importante) radica en que son obras de difícil consulta. Las dos primeras podrán objetarse y en su engrandecimiento tecnológico estarán resueltas, por lo tanto serían poco efectivas en el debate que aquí propongo: el libro electrónico las ha superado con creces, pero no la tercera. El papiro complicaba la consulta porque no podía hacer uso de un objeto sencillo: el separador. (En efecto, este pequeño instrumento que se obsequia en muy variados lugares, contiene la razón para refutar al libro electrónico). No se podía usar porque la propia estructura del papiro al ser doblado perdería el separador y, más bien, podría romper el material si se utilizara un separador que se adhiriera al rollo. (Compare, por ejemplo, las hojas múltiplemente engrapadas y desengrapadas, sobre todo para efectos de burocracia que la gente suele llevar en sobres manila o de plástico, importados por filibusteros chinos y cómo se preservan arrugadas, imperfectas y feas a pesar de tener un uso muy corto). Pero no sólo es la señal en sí, sino la facilidad para brincar entre páginas y hacer, oígalo bien: una lectura interactiva. Es decir, que la computadora no es interactiva, pero el libro sí. Así es. Haga usted, afamado lector, este experimento: agarre un libro que tenga enfrente, el que sea. Sosténgalo con la mano izquierda y con la derecha utilice los cuatro dedos para separarlo en cuatro lugares distintos. Una vez con el dedo puede ir de una a otra página de forma inmediata. Ya si quiere utilizar al máximo, puede usar separadores, desde los sencillos hasta los imantados y separar varias páginas. Esto es más evidente en el uso de los misales y los breviarios, donde normalmente hay varias tiras para poder ir y venir entre el ordinario, el tiempo, el santoral, las oraciones, el propio del tiempo y las distintas rúbricas, pero se aplica para casi cualquier libro, sobre todo aquellos que contienen notas o comentarios al final, lo cual nos da una lectura en varios sentidos sólo por su materialidad, al cual podremos aplicar otros tantos sentidos, sean meras notas personales, sean subrayados tenues con lápiz (pues quienes subrayan con marcatexto en libros y sobre todo libros de biblioteca merecen ser ahorcados, ahorcados y arrastrados por cuatro caballos) o sean los sublimes quattuor sensus ex Scriptura, como enseña San Buenaventura en su décima tercera colación al Hexamerón. (Que, dicho sea de paso, no es sólo una teoría de lectura, sino que la expone en función de la separación entre Iglesia Militante e Iglesia Triunfante, como recordará el lector cuando en su catecismo se comentaron los últimos artículos del Credo que corresponde a la primera parte del catecismo en sí. Es decir: implica comprender su sentido y su acción que, como miembros de la Iglesia Militante, debemos). 

(A propósito de los comentarios de las obras, pienso, por ejemplo, en las obras de Sor Juana Inés de la Cruz editadas por el padre Méndez Plancarte, cuyo extenso y erudito cuerpo de notas se apunta al final. Permítaseme hacer una diatriba: debo decir que lamento en buena medida la substitución del primer volumen por parte de Antonio Alatorre en las ediciones canónicas del Fondo de Cultura Económica. Es cierto que la filología en torno a Sor Juana avanzó desde la edición de Méndez Plancarte, pero no la erudición, que fue substituida por los socarrones comentarios, mínimos en muchos casos, de Alatorre y su muy vergonzoso conocimiento de filosofía que contrasta con la del padre Méndez Plancarte. ¿No acaso se podría haber realizado un punto medio, es decir, incorporar al trabajo del anterior, en vez de sacar sólo una versión omitiendo todo lo que hizo Méndez Plancarte? Me lamento de esto. En este caso, sin embargo, hay un problema que es lo invasivo del comentario, que es la razón por la cual la interactividad del libro funciona mejor. En la edición de Méndez Plancarte, éstos se leen al final, así que uno puede disfrutar del poema y si quisiera un apunte, irse al final. Pero, al tener el comentario molesto de Alatorre a pie de página donde se mezcla desde las variantes textuales y las enmendaciones hasta uno que otro interpretativo, sobre todo con referencias obscuras. En suma: termina uno odiando la entrometida voz de Alatorre). 

Por otra parte, el libro, el codex membraneceus nos da una facilidad para darle un uso mucho más completo al libro en cuanto objeto, ya que puede cambiar de sección de libro en cuantas secciones guste usted, darle circularidad y no perder de fondo el hilo de lo que uno está leyendo. O, si así lo prefiere, puede leer un libro en un solo sentido. Hay libros que lo permiten así, otros que lo demandan y otros que requieren ir poco a poquito y dejar un separador para regresar tiempo después. Nada de eso se puede hacer fehacientemente con el papiro que nos proporciona una lectura lineal. Esto no se puede hacer ni con un papiro ni tampoco con un libro electrónico. Es cierto que uno puede hacer marcas, pero jamás darle esa circularidad. Esto es un defecto de origen que, si bien la tecnología ha tratado de corregir, no puede cambiar todo de inmediato porque está comprometido su principio, y éste, por mucho que se aminore, perfeccione o modifique, no cambia substancialmente las formas que pueden generarse a partir de él.

Por otra parte, hay un aspecto de materialidad que rara vez se toma en cuenta. Libros hay de muchos tamaños, formatos, tipos de letra, caja de texto y demás que tienen una función concreta. Inclusive, el uso de la caja de texto y la ruptura de los párrafos, para una mejor lectura es un proceso gradual para leer mejor. Roger Chartier apuntaba que la famosa biblioteca azul de libros, una editorial popular, popularizó el uso de párrafos más pequeños para que fuese más sencillo leerla como parte de la revolución de la Modernidad. La observación es correcta, aunque la conclusión no. Como buen francés, él parte de que todo surgió en Francia y en la Modernidad, en lo que yo llamo la modernitis, una enfermedad muy grave y para la cual no hay muchos médicos que la curen. La morbilidad consiste en que el mundo se inventó en algún punto de la modernidad, en la imprenta o en Francia, o en los tres si se puede. Yo como no soy francés y estoy más cerca de Zacazonapan (y de los lugares que narra la canción de Antonio Zamora) que de París y mi maestra de geografía me hizo aprenderme muchos países con sus capitales, conozco más del mundo, al menos en memoria. A esto agréguese que tampoco comparto las tesis de la modernitis, y que estoy más cerca de Joseph de Maistre, el honroso contrarrevolucionario, que de Chartier, y creo y quiero decir algo desde estas humildes palabras. (Quejaránse de esto algunos de esta situación, pero algo de lo insular puede dar frente a la gran capital. Recuerdo que una profesora atribuía a cierto jesuita expulsado (¿Clavigero, Cavo? No lo sé) los versos: “Prefiero Tacubaya, pueblo inmundo/ a Roma, capital del mundo”. No he encontrado la referencia, pero así está conservado en mi cuaderno y, como no le daré derecho a réplica a la maestra, tendrá que tomarse por bueno. Seguramente la cita es falsa o por lo menos inconclusa, ya que no suelen los poetas combinar el endecasílabo con el eneasílabo. Lo arreglaría así: “Prefiero Tacubaya, pueblo inmundo,/ por sobre Roma, capital del mundo” para que se balancee el dístico, pues no hay cosa más triste que un verso “mal contado”. (Permítase aquí también aquí enmarcar mi desprecio a los autores de verso libre. No es personal, pero sí profesional mi oposición)). Esta tendencia se observa desde los manuscritos. El corazón de Chartier se detendría si supiera de la existencia del Manual de Dhuoda, una noble mujer que escribió un manual, un librito chiquito, para que su hijo estudiase los fundamentos de la teología por allá del siglo IX. (Dhuoda estuvo relacionada en los escándalos palaciegos de Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno). Ojalá, por su salud, nunca lea este texto, pues ya es un hombre mayor. Pero lo cierto es que libros pequeños o grandes o más adornados o más sencillos tienen una razón de fondo y la misma materialidad nos indica cuál es la finalidad del propio libro y preexisten a la imprenta, y a la barbarie asesina y misantrópica que fue la Revolución Francesa. No en balde los libros de arte son grandotes y algunos se pueden llevar en la mano. Depende de la materia que traten, porque ésta depende ciertos fines. Considere este caso: va a llevar un escritorio de un lugar X a uno Y.  ¿Qué hace, agarra cualquier carro o se fija antes en uno que pudiese tener potencialmente la posibilidad de que quepa sin lastimar el mueble? Debe, entonces, adecuarse a la propia necesidad.

(Nota bene: ésta es la razón por la cual cuando usted entra en una librería tradicional, lo recibirán los libros de arte. No tanto por la belleza o porque usted empiece por la parte gráfica, sino porque es grande y pesado, y en nuestro país, tan noble y único, existe una raza que viene de no sé dónde y que tienen varios nombres: los cacos, rateros, ratas o demás, así que hay que protegerse porque la justicia conmutativa no funciona mucho. (Dicen algunos: “Lo mejor de México es su gente”). Haga usted la cuenta: un libro de arte es mucho más difícil de robar. Inclusive para eso nos sirve la materialidad. Un libro electrónico, siempre es igual, no se ostentan estas diferencias.)

Otro tema de fondo es el proceso de aprendizaje mismo. Sin entrar en el debate epistemológico de fondo, el aprendizaje y como lo pueden atestiguar el grueso de quienes educan jóvenes (donde me incluyo), se comprueba el adagio escolástico: nihil in intellectu quod non praeter in sensu (No hay nada en el intelecto que no pase antes por los sentidos). Existen aquí algunas precisiones, pero para no entrar a los pormenores de la sutileza filosófica, implica que, en cuanto a hombres, tenemos cuerpo. Puede usted comprobarlo si se pellizca un brazo o si golpea su cabeza frente a una pared. Este punto nos lleva, en segundo lugar, a que el cuerpo sirve para algo. Seguramente usted lo ha sospechado, independientemente que sea torpe como yo para el deporte, pero hay algo de funcionalidad en el mismo. Y, tercer punto: ese cuerpo es nuestro contacto con el mundo. Es, si usted quiere, un contacto problemático, pero existe y es nuestro medio de conocimiento. No en balde, a los niños se les enseña a partir de elementos concretos que puedan tocar, babear, aventar, y luego percibir y después abstraen: pueden los niños ver dos manzanitas, tocarlas y a partir de ahí aprender el concepto de los números, que es abstracto. Enseñar directamente los números significaría un fracaso en la formación, porque no se rompe el ciclo de aprendizaje, así de sencillo. Y esto no queda únicamente confinado a los niños, sino que también entre los adultos es necesario. 

Esto tiene muchas consecuencias, por supuesto, el primero es el fracaso y error de todos (así es, todos) los racionalistas desde Descartes hasta la fecha (es duro de escuchar, sobre todo para los seguidores de Descartes y otros racionalistas, pero deben saber que estaba equivocado y que dedicarle más tiempo de estudio no aligera los errores, como tampoco podrán salvarlo de éstos), lo cual no es raro, y, en segundo lugar, la resolución de los problemas en torno a problemas tales como la consciencia. Es decir: si usted pensaba que podía salvar sólo su cerebro y consciencia y congelarlo en alguna elegante carnicería para que en un futuro pusieran ese cerebro en un robot o en un trozo de carne motorizado, lamento decepcionarlos, pero no se puede ni se podrá. (Cfr. La película Robocop donde el agente Murphy es una excepción). 

Detrás, además, de estos debates, hay una cierta postura, llamémosle por facilidad y sin demasiado compromiso, racionalista (de ratio, organizar), el cual podría y, a menudo desemboca en un deshumanizar al hombre y pretenderlo una máquina. La irrupción tecnológica ha sido brutal en todos los aspectos, y un tema obsesivo para ser tratado por cuantos textos se encuentren y opiniones, y, sobre todo, en su aplicación educativa. Y ante esto se han desplegado preguntas que no se alejan mucho de lo que aquí estoy planteando, tales como: ¿Se debe involucrar a los niños, a los jóvenes en el conocimiento oculto de la computadora o no? El proceso de llegar a objetos abstractos e irreales, como los que aparecen en la computadora en vez de lo concreto ha generado grandes distorsiones y, no sólo dentro de la esfera de cosas concretas, sino más allá. Los buscadores que indudablemente auxilian para encontrar de forma rápida algunos datos, son muy eficaces para esa finalidad, pero, en contraparte, presentan una terrible desventaja: elimina la necesidad de revisar con más detalle en, por ejemplo, una enciclopedia. En consecuencia, se deja de leer el texto en búsqueda sí de un dato concreto, pero también el trabajo para poder llegar al mismo y, por tanto, el proceso de conocer se vuelve exclusivamente utilitario y, por lo tanto, limitado. 

He procurado a algunos alumnos la búsqueda en enciclopedia de papel no tanto por los datos que podrían encontrar con mayor velocidad en cualquier navegador, sino para que aprendan, desde el momento de buscar correctamente la letra en la cual está el artículo que necesitan, hasta pensar cómo funciona éste y qué partes del artículo son útiles o no y lo difícil que es encontrar un dato preciso. Ya un segundo punto mucho más deseable es la lectura de las fuentes que lo sustentan: he aquí donde se desarrolla el conocimiento. Desde el inicio hay objeciones porque el alumno cree que mi intención es que aprendan datos, pero se equivocan: quiero que se tarden, quiero que no encuentren, quiero que lean y que, acaso se pierdan, se equivoquen, vuelvan a rectificar y acaso encontrar otro artículo que no habían pensado que estaría y que, ojalá, les llamase la atención. Muchas veces a los profesores no interesa el resultado tanto como el proceso para llegar a él, por desaseado o caótico que pudiera pasar. Quizás el resultado sea correcto, pero el proceso no y eso implicaría que, de volver a dejar un ejercicio parecido, lo que fue en uno acierto, en otro un error llegaría a ser. En cambio, la búsqueda de un proceso correcto, aunque yerre el resultado, evaluará que, en otro momento, se comprenderá el tema y, por lo tanto, cuando cambie la finalidad, el aprendizaje quedará. 

Planteo así, de fondo que buscar o seleccionar la tecnología con exclusivos criterios de practicidad es completamente errado. Es cierto que muchos procesos se pueden acelerar y corregir con indudable acierto, pero también existe un arte en la lentitud, pues de lo contrario sólo pasaremos a un cambio de mera acreditación donde todos fingimos hacer las cosas y los demás fingen preocuparse por las mismas. Por eso debo reclamar la urgencia de eliminar los argumentos simplones de la tecnología en los libros y también orillar a que se reflexione que, en muchas ocasiones, la tecnología, por muy innovadora, puede ser proporcionalmente obsoleta.

Así pues, el libro electrónico y su tecnología papirácea es, reitero, como venderle alimento para caballos a Volkswagen, que no usa caballos reales para que sus coches arranquen. El tema es que, como ya se ha perdido esta reflexión y una hojeada a la cultura universal, entonces se asume una especie de tabula rasa y, por lo tanto, se comete una estafa al vender algo obsoleto cual si fuese nuevo. Puedo así concluir con lo evidente: erraron los tecnólatras. Y eso es bueno.

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Nota del editor.- A este ensayo, en realidad, el autor le dio un título un poco más largo, que dice así:

Reflexión seria-jocosa y contumaz acerca del libro electrónico, o sobre cómo venderle alimentos de caballos a Volkswagen, en la que se trata de temas variados que tienen como elemento común la lectura y los títulos extensos que escribió un viandante del antiguo reino de la gran Anáhuac mientras esperaba a que se enfriaran las tortillas antes de comer los sagrados alimentos sobre mesas cubiertas de manteles de plástico usualmente entre la sexta y nona hora donde, según el Breviario, se da gracias ante el sudor de la frente

Redacción

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