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Soy yo quien habla

por | Nov 16, 2020 | 0 Comentarios

Fotografía de Mike Terry, para The Upcoming.

Voices, Max Richter
Decca, 2020

Varias veces Max Richter ha compartido su idea sobre las obras musicales como lugares para reflexionar. Voices, en efecto, es un lugar de reflexión. Me hizo pensar sobre las relaciones con el prójimo, sobre el tipo de vida en comunidad que queremos tener y, también, sobre el que no queremos tener.

La voz de Eleanor Roosevelt abre el álbum: «I´m going to read you the Universal Declaration of Human Rights. Preamble. Whereas the recognition of the inherent dignity…». Su voz no es propiamente un canto; no hay en ella una melodía. Y Richter la hizo música. Es sólo el inicio. Me pregunto, de cualquier manera, si Richter tuvo que editar al voz de Eleanor Roosevelt para que empatara así de bien (sospecho que no). La Declaración universal de los derechos humanos, por su parte, carece de métrica y metáforas. Y Richter la hizo música.

Pieza inicial del álbum Voices

Después de Eleanor, y en el resto de las piezas, Kiki Layne, con una voz dulce y firme que inunda, toma el escenario.

No creo que sea posible clasificar a Max Richter en alguna corriente artística. La huella minimalista, empero, reluce en todas las piezas: una melodía que se repite en distintos acordes con distinta sensibilidad. En principio, la repetición da paz, mas, conforme avanza, esa misma repetición se torna enigmática, inquisitiva, insoportable, extática. Armonía y melodía se desenvuelven como una sola. La lentitud de ciertos paisajes sonoros de Richter, esa resistencia a caer en un tiempo continuo por parte de las notas, representa una batalla contra el tiempo. Del mismo modo en que el arquitecto hace que el espacio sea verdadero espacio, el músico ha de hacer que el tiempo sea tiempo habitable.

“On the Nature of Daylight” y otras de las más famosas piezas de Max Richter en Tiny Desk

Se palpa en Voices esa atmósfera peculiar: un momento en el que el mundo se detiene, a pesar de estar a punto de caer por un despeñadero, y puede no caerse. Es una atmósfera mediante la cual se pueden pensar muchos momentos cruciales de la vida propia.

En Origins, la segunda pieza, se escucha entre las muchas voces la de un niño y la del mar. Pasos, de pronto. Ruidos de gente haciendo cosas. Luego los ruidos se diluyen y, en su lugar, suena el chelo de Ian Burdge en los tiempos segundo y tercero; las notas van en pares, insistentes y firmes. Toda la humanidad, desde esa vida cotidiana de pasos y ruidos y voces de niños, se une en el chelo en una especie de confesión íntima, en un vivir la vida que les tocó vivir, con dolor y con gozo a la vez, pero rogando que no hubiese dolor para nadie.

La voz de Grace Davidson —ese homenaje a Mahler— luce especialmente en la pieza Chorale, y en Little Requiems. Vibra más divina que humana. No es de este mundo. Obliga a pensar que hay algo por encima de nosotros, de nuestros afanes. Reconforta; su voz recoge los plañidos del violín. No sé cómo más describirlo. Hay que escuchar la pieza.

El chelo y la orquesta dirigida por Robert Ziegler permiten el relieve del violín y de la voz. Suena al comienzo de los compases un golpe grave que impulsa a toda la orquesta. Parece el latido del mundo; parece que en Chorale se encontraran Dios, la humanidad y el mundo.

Mercy es la pieza angular. Sirvió al compositor como pauta para el resto. La misericordia articula la Declaración universal de los derechos humanos. En la misericordia está, al mismo tiempo, lo pútrido y lo celeste de la condición humana. El violín de Mari Samuelsen encarna ese oxímoron. Basta oír cómo mantiene la tensión en esa penúltima nota que amenaza con no resolverse nunca.

Nada sé sobre la vida religiosa de Richter y no me corresponde saberlo, pero la libertad religiosa es constitutiva del espíritu del álbum. Tampoco sé qué piense sobre el cristianismo, pero a mí esa tensión en el violín me movió a ver en los humanos vasijas de barro con tesoros dentro.

Max Richter es el compositor, él escribió las partituras. Pero contrario a lo que podría pensarse, él no dirige la orquesta, sino Robert Ziegler, a quien mencioné líneas atrás. Max Richter interpreta el piano; él, de formación, es pianista.

El mayor lucimiento del piano ocurre en Prelude 6, un arpegio intrigante que da la sensación de continuidad. El mundo sigue. La vida sigue. En Cartography se escuchan pájaros. El canto de los pájaros siempre se me ha figurado el contraste perfecto: nuestra vida interior, nuestra cabeza, puede llegar a ser insoportable; las aflicciones, insufribles, y, no obstante, afuera los pájaros cantan.

La Declaración, además de Eleanor Roosevelt y Kiki Layne, se oye en boca de ancianos, niños, mujeres, varones y todo tipo de gente en todo tipo de idiomas. El conjunto de voces anida una propuesta. Puesto que el público no habla sino que, como en cualquier obra musical, su tarea es escuchar, y puesto que lo que escucha son esas voces, el álbum internamente propone acercar el oído al prójimo, escuchar los derechos de cada individuo concreto a través de su voz concreta. La voz es la huella dactilar del espíritu. Eleanor Roosevelt, de hecho, proponía en su momento una alianza para que todos los derechos humanos se incluyeran en las leyes de todos los países. Con un giro distinto y a partir de este modo artístico, Richter boga por que esos derechos se hagan efectivos en cada individuo concreto. Escuchad al prójimo.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

Little Requiems, pieza en la que destaca la voz de Grace Davidson

Alberto Domínguez Horner

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