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28/02/2022

por | Mar 3, 2022 | 0 Comentarios

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Tengo que salir de aquí, pero no quiero. Además, ¿a dónde iría? ¿de regreso a casa? No hay nada ahí para mí. ¿Lejos de la violencia? Igual y hasta encuentro algo que contar. Algo que vivir. Me aburre la monotonía tanto, que igual y esta guerra o me da algún tipo de encuentro con extremos de la vida, o me la quita, lo cual tampoco suena tan mal. 

Quizá en mi hogar no habrá peligro. Dicen que no se quieren meter con civiles, y eso es lo que yo soy. Un miserable civil, que, aunque viva aquí, en el centro del conflicto, no sabe ni siquiera lo que está pasando.

Hace unas horas salí a caminar. Caminé un buen rato. El aire no se siente como aire de guerra, aunque las calles sí que parecen en estado de guerra. Tanta gente queriendo salir, y yo aquí, tranquilo, en el centro del universo. 

Quizá deba vestirme de militar, para que me confundan los enemigos, los malos, o los otros quienquiera que sean, y apunten sus misiles para esta zona. Retarlos, confrontarlos, ver qué pasa. Yo solo sé que la guerra no es un antidepresivo. La paz está en las pastillas. 

Algunos dicen que todo es culpa de la OTAN. Otros, dicen que todo es culpa de la ambición de un hombre. Que quiere más poder, que pierde la cabeza; que es malo y perverso. ¿Cómo saber cuál es la verdad? ¿Quién la tiene? ¿Estará en un frasco, apropiado por algún egoísta? 

La guerra es lo único que conocemos. Y estas calles lo saben. Estos edificios me entienden. ¿Cómo será el futuro? ¿Habrá un gran gobierno que controle todo? ¿Habrá gente a la que gobernar? 

Aquí en mi cuarto todo está igual que ayer. Yo no soy de aquí, pero en estos momentos de apuro no me iré. Y no por solidario. No por guerrillero. Sino por desidia. Por estar lo más cerca posible de no entender absolutamente nada. 

¿Y si corro al conflicto? ¿Y si manejo a él? Podría. No, no podría. A quién engaño. Vivo en un corral gigante, del tamaño de un país, del tamaño de un mundo; pero un corral. El aire sigue igual, pero el sonido no. El sonido sí que suena a guerra. Sí que suena a algo. He oído cohetes, bombas, aviones militares. Y la radio, ah, la radio. Y las redes sociales, ah, las benditas redes sociales. Ahí sí que se siente la guerra. La guerra que comenzó con La Ilíada, muy probablemente, pero qué sé yo, y no ha parado desde entonces. 

¿A quiénes les gusta la guerra? ¿A quiénes les gusta pelear y matar? Yo no estoy hecho para ese mundo. Yo no nací para las grandes hazañas militares. Yo nací para estar aquí, en este cuarto, tranquilo. Escribiendo cosas, para nadie. 

Podría, si quisiera, escribir los mejores pasajes de esta guerra, pero no lo haré. No escribiré nada. Caminaré las calles, gritaré a los cielos, y beberé alcohol. Porque eso es lo que se hace en una guerra. Beber alcohol. Sobre todo, si no estás en esa guerra, en la que todos estamos. Porque no olvidemos que solo ha habido una larga guerra interminable que nunca terminó. Un enorme y gigantesco malentendido entre personas que saben hablar. Que saben escuchar. 

Ahora que lo pienso más, también reiré. Reiré de mí, reiré de ti. Reiré de nosotros. Pero, sobre todo, reiré de ti. Porque me das gracia. Reiré alcoholizado. Beberé vodka, claro está. Beberé vino, evidentemente. 

No reiré de mi ignorancia. La respetaré. La mantendré; la conservaré en un jarro, esperando poderla cambiar por la verdad algún día.

Redacción

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