Navegando crisis

Por Esteban Morfín

La democracia está en crisis. Es evidente. Guerra en Ucrania y Gaza, crisis migratoria en Europa, desigualdad en Estados Unidos, dictadura en Venezuela, destrucción de instituciones en México. Parece que estamos yendo hacia atrás como humanidad. Cómo, por qué, por culpa de quién, es tema de acalorado debate que divide países y familias. Debate que es también síntoma de la propia crisis. No existe claridad sobre lo que en realidad está pasando. Distintas versiones antagónicas se presentan todas al mismo tiempo prometiendo resolver el pasado, el presente y el futuro una vez que logremos aplastar al enemigo. Parece existir un llamado a las armas, metafórico o, a veces, real. Se nos está aplastando y hay que defendernos.

Efectivamente, existe una crisis. Y como en toda crisis, hay incertidumbre, hay ruido, hay pánico. No podemos dejarnos arrastrar por el huracán del alarmismo. Si bien es fácil y parece lo correcto, seguir ciegamente a tal o cual grupo no es la solución. Al mismo tiempo, no parece posible entender del todo qué es lo que está pasando y cómo resolverlo, sobre todo tomando en cuenta que aún las crisis pasadas siguen sin entenderse del todo y son también leña para el fuego del debate actual.

Esto no quiere decir que debemos rendirnos y bajar los brazos. Más bien quiere decir que tenemos que detenernos a pensar para después ser capaces de movernos hacia adelante. Es necesario tomar distancia de las situaciones para comenzar a entender qué está pasando. En la práctica, esto quiere decir leer (y mucho), observar, escuchar, cuestionar. Leer a los clásicos. Leer novelas, ensayos, filosofía, noticias, artículos. Observar las dinámicas a nuestro alrededor. Simplemente observar. Notar cómo funciona, cómo se desarrollan las cosas, cómo reacciono yo. El cambio y la evolución en épocas como la nuestra no se da en un solo momento, requieren tiempo y atención para comprenderse. Cuestionar, cuestionarlo todo, las ideas de otros y las propias. Preguntarse qué podría ser diferente. Qué de lo que creo que es bueno en realidad es malo y al revés. Qué motivos tengo para apoyar o no a un cierto grupo.

No podemos quedarnos con Twitter, Instagram y Tiktok, porque no son fuentes confiables de información. Si los usamos sin sentido crítico simplemente nos dirán lo que queremos oír. Bien utilizados pueden ayudar a nutrir nuestra comprensión del mundo, escuchar distintos puntos de vista, ampliar nuestra visión y entendimiento de la crisis, pero no puede ser nuestro único punto de contacto con el mundo exterior.

Siempre o casi siempre existe algo de verdad en los dos lados de un debate. El mundo no es blanco y negro. No por tener “algo” de la razón se tiene “toda” la razón. Si queremos construir y no aniquilar, tenemos que empezar por escuchar al otro. Por mucho que no estemos de acuerdo, necesitamos un proyecto común. El arquitecto siempre quiere añadir detalles, el ingeniero constructor siempre quiere quitarlos. Si no se ponen de acuerdo, no se levanta el edificio.

Es además importante hacer un esfuerzo por ver el escenario desde arriba y lo más desapasionadamente posible. Si metemos temas de superioridad moral, corrección política y otras tonterías similares, nunca vamos a acercarnos a los problemas reales, de fondo, y nuestro entendimiento siempre estará empañado por alguna ideología.

Aún más importante es alejarnos de nuestras propias experiencias y percepciones. Todos vivimos dificultades. Todos la vemos negra en algún momento. Es muy humano sentir que tenemos el monopolio de la desgracia y que nadie sufre como nosotros y los nuestros. Sin embargo, la auto victimización es lo peor que podemos hacer por nosotros mismos, pues impide que cierren las heridas y que salgamos adelante.

Veamos a una joven obesa de veinte años nacida en los Estados Unidos. Desde pequeña sus padres, que también fueron obesos, siempre le dieron mucha más comida de la que necesitaba y de menor calidad de la que necesitaba. McDonald’s, Subway, Dunkin’ Donuts, Coca Cola, fueron las bases de su pirámide nutricional. Apenas con ocho años ya sufría sobrepeso. Nunca se le inculcó ni exigió la actividad física. Nunca conoció otro modo de vida. A pesar de todo, sabe que algo está mal, pero no está muy segura de qué. ¿Qué piensa esta joven? ¿Cómo se ve a sí misma y la situación en la que está?

Si escucha la narrativa mediática de hoy, llegará a la conclusión de que su obesidad no tiene nada de malo, y que los malos son los que intentan decir otra cosa. Si se burlan de ella es porque son intolerantes y gordofóbicos. Ella no tiene la culpa de ser gorda. Sus padres también lo son. Claramente es algo genético y no puede hacer nada al respecto. Si come obsesivamente es porque su cuerpo lo necesita. La sociedad le produce ansiedad con estándares de belleza imposibles, lo que la empuja a comer más aún. Ella no tiene por qué cambiar, es una víctima. El sistema es el que debe cambiar.

Si se atreve a observar la cuestión con ojo crítico, se dará cuenta de que se siente mal porque no está sana, ni física ni mentalmente. Es verdad que no es su culpa nacer donde nació y que su obesidad es consecuencia de un escenario que ya existía antes de que ella llegara al mundo. En muy buena medida, su obesidad no es su culpa. Sin embargo, leyendo y estudiando se da cuenta de que no es bueno vivir con sobrepeso. Si sigue por ese camino, es muy probable que sufra otras complicaciones de salud y que incluso muera prematuramente. Como además investigó el tema a fondo, reconoce que no tiene por qué sentirse mal por estar donde está.  Se da cuenta de que puede mejorar su condición. Nadie puede ayudarla si ella no se ayuda primero. Toma entonces su vida en sus manos y comienza a trabajar por mejorar su salud, muy a pesar de todo.

¿Cuál de los caminos es mejor? ¿En cuál de los dos escenarios vivirá más feliz esta joven? Otra vez, cada lado de un debate tiene algo de razón. El movimiento de “aceptación” de la obesidad tiene un aspecto muy positivo. Una persona obesa no tiene por qué sentirse mal consigo misma y es verdad que muchas veces no tienen la culpa de estar donde están. Pero eso no implica una negación de los riesgos de salud que conlleva la obseidadni cerrarse a la posibilidad de un cambio para mejorar. Si bien el acoso a los obesos es inaceptable, también lo es la exaltación de su condición.

Vivir conscientes implica esfuerzo; romper esquemas mentales constantemente, los nuestros y los que se nos imponen de fuera; saber que no lo sé todo y que siempre puedo aprender; escuchar al “enemigo” y tratar de empatizar, de escuchar de verdad, sin contestar en nuestra cabeza antes de que hayan terminado la oración. Si es verdad que cada cabeza es un mundo, quiere decir que hay muchos mundos por conocer y para eso hay que salir del nuestro. Es cansado, incómodo, pero, sobre todo, es emocionante, enriquecedor, renovador, humanizador. Seamos exploradores de mentes. Salgamos de nosotros mismos. Tomemos distancia. Así quizá lograremos entender un poco mejor qué carajos está pasando y lograremos navegar las crisis de hoy y del mañana.

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