Veía hace unos días la entrevista de un literato que afirma:
“el trabajo no da la felicidad (…), da dinero; el dinero lo que permite es comprar la libertad”, pues “no se trabaja para ser feliz”.
Es una frase realista y pragmática. Incluso elegante en su cinismo. Pero tal vez pierde el punto —permítaseme la pésima traducción de miss the point.
“Felicidad” es una palabra demasiado fuerte y mal comprendida. Aristóteles, en la Ética Nicomáquea, habla de eudaimonía, que solemos traducir como “felicidad”. Sin embargo, significa literalmente el “buen (eu) demonio (daimonion)”. Sí, en griego suele sonar más extraño.
Pero recordemos a Sócrates y su daimonion: esa voz interior que, más que decirle qué hacer, le advertía cuándo no debía actuar. No se trata simplemente de placer o satisfacción inmediata, sino de cierta armonía con uno mismo; una satisfacción que aspira a algo más alto que el mero bienestar. Sócrates incluso interpreta el silencio de su daimonion ante el veredicto de Atenas como señal de que debía aceptarlo.
Aristóteles toma esa premisa para hablar del flourishing: vivir desarrollando buenos hábitos. O, si usted es clasicista, de las virtudes.
La vida humana parece orientada hacia eso que seguimos llamando “felicidad”, aunque nunca terminemos de definirla. Para algunos es honor; para otros, placer; para otros más, riqueza. Pero todos persiguen, de alguna forma, esa íntima satisfacción de estar haciendo lo correcto. Eso es Aristóteles, de nuevo. Lo cual no resulta especialmente informativo.
Sin embargo, en respuesta a mi autor —no devoto de la literatura norteamericana— respondo con un poema de Philip Levine, sobre un hombre que descubre que el trabajo también puede ser una forma de amor hacia su hermano:
How long has it been since you told him
you loved him, held his wide shoulders,
opened your eyes wide and said those words,
and maybe kissed his cheek? You’ve never
done something so simple, so obvious,
not because you’re too young or too dumb,
not because you’re jealous or even mean
or incapable of crying in
the presence of another man, no,
just because you don’t know what work is.
El trabajo, entre las muchas cosas que puede ser, también es la madurez que permite amar.
Y quizá esa trascendencia —ese simple ir más allá de lo evidente— consista precisamente en permitirnos observar lo evidente: que el florecimiento humano nunca ocurre cuando vivimos según motivos meramente individuales. El buen daimonion también aparece cuando trabajamos por quienes amamos, y el trabajo nos permite entender qué significa eso.
Tal vez el problema no sea que el trabajo no nos conduzca a la felicidad, sino que, para que así sea, debe existir no tanto un sentido del mismo como un motivo tan pragmático como el dinero, aunque menos cínico: las personas por quienes trabajamos.



