La virtud de ser pragmáticos

Ser pragmático no es resignarse a lo "práctico" o lo "útil", sino exigir que nuestras creencias sean capaces de abrir las formas de vida que deseamos

La palabra “pragmático” está trillada. A menudo se usa como equivalente de “utilitarista”: alguien que evalúa la bondad de una acción según la magnitud de sus efectos en una comunidad política. En cierto sentido, el uso no es incorrecto. Pero sería reduccionista detenernos ahí.

Para nuestro beneficio, la tradición filosófica del Pragmatismo fue inaugurada por el científico americano Charles Sanders Peirce como una corriente filosófica con intereses científicos y metodológicos. Según William James, el punto de partida puede situarse en un ensayo publicado por Peirce en 1878 en Popular Science Monthly: How to Make Our Ideas Clear. Partamos de ello.

Peirce, un científico entre positivistas y un lógico entre matemáticos, buscaba en la filosofía una respuesta tanto para los métodos de investigación como para las inquietudes más profundas del ser humano: la ética, la estética, la religión e incluso cuestiones más prácticas, como la educación. No estaba satisfecho con la filosofía de su época, a la que consideraba sumergida en un mar de confusión, hasta el punto de afirmar que “la filosofía y la ciencia han cambiado de cunas”. La ciencia presentaba ahora, a su modo de ver, las preguntas filosóficas que habían guiado a los clásicos.

Para Peirce, la filosofía no era una competencia entre doctrinas, o sistemas, sino un modo de vida que revelaba su valor en la búsqueda de la verdad mediante la resolución de ciertas dudas reales. Este término es fundamental para comprenderlo. La filosofía no está impulsada únicamente por la investigación de la verdad —aunque también lo esté—, sino por la duda genuina. Por eso, René Descartes aparece como el gran adversario filosófico de Peirce: su duda es simulada y universal. Toda duda auténtica, en cambio, es local y situada.

La filosofía, además, está situada en la propia vida. Esto implica varias cosas. Primero, que no podemos comenzar pensando mediante una ruptura absoluta con nuestras creencias iniciales, como sugería Descartes. La filosofía se mueve argumentativamente, de premisas a conclusiones, y por ello debe comenzar desde ciertos principios previos. Aristóteles llamaba a estos principios los elementos (arjai) que componen las cosas.

Segundo, que la convicción que tenemos respecto de nuestras primeras creencias no puede simplemente eliminarse. “No duden en filosofía de lo que no dudan en sus corazones”. La frase no es romántica, aunque sea hermosa. Su significado es más preciso: la convicción es un instinto, o mejor aún, un hábito formado a partir de múltiples impresiones. La certeza cartesiana —al menos entendida en el sentido kantiano como una intuición inmediata del objeto— resulta demasiado limitada. Ver no es un modo fiable de comprender el mundo.

Aquí resulta útil la distinción que el detective ficticio Sherlock Holmes establece entre ver y observar. Quien simplemente ve no advierte detalles ni se pregunta qué indican las impresiones que recibe de los objetos. Observar, en cambio, exige interrogar los hechos.

Para Peirce, como puede leerse en Deduction, Induction and Hypothesis (1878), ver consiste en inducir: inferir una clase de hechos semejantes a los que ya hemos percibido. Observar consiste en inferir una clase de hechos distintos a los ya conocidos. Pero esto no ocurre gratuitamente. Lo que permite esto es la pregunta por cómo comprender esos hechos, pues la primera impresión que tenemos de ellos no basta para interactuar prácticamente con ellos. Por ello, la conclusión de una observación detallada —la hipótesis o abducción— es siempre un hecho posible o contingente: algo que puede ser o no ser, pero que, si lo es, permite explicar la clase de hechos que estamos investigando.

Este es el tipo de inferencia que utiliza Holmes para no limitarse a describir una escena del crimen. Lo que distingue sus hipótesis de las de Lestrade no es simplemente que sean inteligibles. Muchas hipótesis lo son, siempre que resulten consistentes con los hechos y coherentes con antecedentes similares. El poder de las hipótesis de Holmes reside en otra cosa: en que siempre buscan un nuevo hecho que pueda ser iluminado por ellas. La inmóvil condición del conocimiento kantiana es renovada por la condición para abrir la investigación.

¿Qué es entonces ser pragmático? No se trata simplemente de ser práctico, ni tampoco de reducir toda verdad a la utilidad inmediata, como suele suponerse. Ser pragmático consiste, más bien, en reconocer que toda creencia posee inevitablemente una fuerza práctica sobre nuestra vida, incluso aquellas que parecen más abstractas, inútiles o absurdas. Hasta una pseudo-paradoja como la del cretense que afirma “todo cretense es mentiroso” tiene consecuencias prácticas: modifica el modo en que comprendemos el lenguaje, la referencia y la confianza.

El pragmático considera redundante afirmar que incluso lo contemplativo posee una dimensión práctica; eso es evidente desde el momento en que toda creencia orienta alguna forma de conducta, atención o expectativa.

Pero el pragmatismo exige algo más profundo. No basta con que nuestras creencias sean coherentes, consistentes o sistemáticas. Por ello si “todo cretense es mentiroso”, eso lo descubriremos sobre la marcha, no a partir de las consecuencias lógicas de dicha afirmación. Aunque eso no signifique que sea infructífero hacer dicho cálculo: pero la paradoja en la que incurre es inútil.

Una teoría perfectamente ordenada, aunque basada en hechos, puede seguir siendo estéril. Lo decisivo es su practicabilidad: su capacidad para abrir posibilidades de investigación, iluminar nuevos hechos y transformar nuestra relación con el mundo. Para dar dirección a nuestras vidas. Es mejor, en este contexto, cambiar la discusión sobre el sentido de la vida por una sobre la dirección de nuestra vida.

Esta practicabilidad no debe entenderse de manera vulgar, como mera eficacia técnica o cálculo utilitario. Eso no es una virtud, sino simplemente un rasgo de la naturaleza humana. La virtud de ser pragmático es, para oídos atentos, una forma de esperanza. La esperanza de que lo moral y lo religioso puedan recuperar una cientificidad no positivista; y, al mismo tiempo, de que la ciencia y la lógica recuperen también algo de su vitalidad existencial.

Se trata, en última instancia, de la primera de las virtudes para habitar el mundo realistamente.

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