El griego antiguo cambio mi vida: una relectura de The Little Book of Stoicism de Jonas Salzgeber y The Obstacle is de Way de Ryan Holiday

Hay algo saludable en considerar que la pregunta no consiste en cómo vencer lo que tenemos enfrente —que muchas veces somos nosotros mismos—, sino en qué nos está pidiendo aquello que tenemos enfrente y qué nos permite llegar a ser.

El título de este ensayo es una exageración deliberada. El griego antiguo no cambió mi vida de manera directa. Pero sí cambió mi lectura de una famosa frase de Marco Aurelio y, con ello, mi manera de pensar la relación entre los obstáculos, la acción y nuestras circunstancias.

Lo que sigue es el recorrido de ese descubrimiento: un problema de traducción, un problema de perspectiva y, finalmente, un problema vital.

I. Un problema de traducción.

Estaba leyendo The Little Book of Stoicism (2021) de Jonas Salzgeber, un popular divulgador contemporáneo del estoicismo que pone un fuerte énfasis en la dimensión práctica de esta filosofía. Epicteto probablemente habría apreciado ese interés por traducir la filosofía en ejercicios para la vida cotidiana. Su propuesta se acerca, en varios aspectos, a lo que hoy suele llamarse neoestoicismo: una recuperación de las enseñanzas estoicas orientada principalmente a la vida práctica moderna.

Sin embargo, una de las frases más conocidas que Salzgeber recupera de Marco Aurelio me hizo detenerme un momento.

En la traducción española de las Meditaciones que se encuentra en el libro de Salzgeber encontramos:

«El impedimento para la acción favorece la acción. Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino.»

La frase procede de Meditaciones V, 20, uno de los pasajes más citados de toda la obra de Marco Aurelio. Es precisamente este fragmento el que Ryan Holiday popularizó en el título de su libro The Obstacle Is the Way (2014).

El fragmento suele entenderse como una invitación a aprovechar las dificultades: aquello que parece detenernos puede ayudarnos a avanzar. Y esa lectura tiene una enorme fuerza práctica.

Sin embargo, al revisar el griego, me pareció posible destacar un matiz distinto.

El fragmento griego de Meditaciones V, 20 afirma:

«Antes de una obra (πρὸ ἔργου), llega a ser (γίνεται) lo que sostiene esta obra (τὸ τοῦ ἔργου τούτου ἐφεκτικόν); y antes de un camino (πρὸ ὁδοῦ), llega a ser (γίνεται) lo que obstaculiza este camino (τὸ τῆς ὁδοῦ ταύτης ἐνστατικόν).»

La diferencia es pequeña, pero cambia la perspectiva. No se trata sólo de que los obstáculos puedan ser útiles. La tesis de Marco Aurelio podría ser más profunda: que muchas veces aquello que consideramos que nos frena forma parte de las condiciones mismas bajo las cuales se constituye nuestro camino.


II. Un problema de perspectiva.

Solemos pensar que primero existe un camino y luego aparecen los obstáculos. Pero para un estoico antiguo como Marco Aurelio, camino y obstáculo no aparecen como realidades separadas. La dificultad no es simplemente un accidente del recorrido, sino un elemento constitutivo de la situación desde la cual actuamos.

Esta reflexión se hizo especialmente conocida gracias a Ryan Holiday, quien condensó el pasaje en el título de su libro The Obstacle Is the Way (2014). La fórmula es brillante porque captura en pocas palabras una intuición central del fragmento de Marco Aurelio: el obstáculo no está fuera del camino; de algún modo, forma parte de él.

Sin embargo, la formulación de Holiday pone el énfasis en una lectura práctica que invita a convertir las dificultades en oportunidades. Al volver al fragmento griego, me parece posible advertir otro matiz: no sólo que el obstáculo pueda aprovecharse, sino que forma parte de las condiciones mismas desde las cuales la acción llega a realizarse.

El sentido de la tesis de Marco Aurelio parece entonces más preciso. Siguiendo una lectura más literal del griego, el pasaje podría traducirse así:

«Pues la mente transforma y desplaza todo obstáculo de la actividad hacia lo que va delante [τὸ προηγούμενον]; pues antes de una obra, llega a ser lo que sostiene esta obra; y antes de un camino, llega a ser lo que obstaculiza este camino» (Meditaciones, V, 20,)

No traduzco τὸ προηγούμενον como «lo que favorece» o «el objetivo», sino como «lo que va delante», porque me interesa conservar la imagen dinámica del fragmento: la mente no suprime el obstáculo ni simplemente lo supera, sino que lo integra en aquello que sigue.

No pretendo que esta lectura sustituya a las traducciones habituales. Más bien, la propongo como un ejercicio vital y pragmático. Vale la pena detenerse un momento, leer ambas versiones y preguntarse cuál expresa mejor la experiencia que cada uno tiene de sus propios obstáculos.

¿Son simplemente algo que debe superarse? ¿O forman parte de las condiciones mismas desde las cuales actuamos?

Y aquí conviene recordar algo importante: el estoicismo no es, al menos en sus orígenes, una filosofía de superación personal. Un estoico antiguo no nos invita a vencer obstáculos mediante un cambio de actitud o una perspectiva más optimista. Peligrosamente, algunas formas de neoestoicismo sí parecen invitarnos a ello.

El estoico antiguo parte de una comprensión realista de la acción humana en unas circunstancias no controlables. Nuestros actos nunca ocurren en el vacío: tienen por condición de posibilidad tanto las circunstancias externas como nuestras propias limitaciones. Nuestro camino no existe antes de todo obstáculo, ni la obra antes de toda resistencia. Actuamos siempre desde una situación concreta, con capacidades determinadas y frente a condiciones que no elegimos del todo.

Desde esta perspectiva, el obstáculo no es sólo algo que pueda ser superado. Es parte de la realidad a partir de la cual actuamos. Por eso Marco Aurelio puede sugerir que aquello que impide nuestros propósitos termina participando en su realización, y que aquello que se interpone en el camino contribuye a constituir el propio camino.

De ahí que, quizá, al final nuestros propósitos no sean obstaculizados, sino que tomen forma en función de lo que tenemos ante nosotros y de quienes somos. El obstáculo no es algo a superar, ni tampoco una mera oportunidad para ser virtuosos. Es la ocasión para comprender cómo se nos da la virtud misma, como una extensión de lo que la necesidad, el destino o Dios nos solicitan.


III. Una elección vital de traducción.

¿Cuál es la consecuencia práctica de esto? La diferencia reside entre (1) vivir considerando los obstáculos como oportunidades para ejercitar nuestra virtud, como podría sugerir Salzgeber, al «aprender a darles la vuelta»; o (2) considerar los «obstáculos» como la posibilidad de llegar a ser quienes realmente podemos ser.

(1) y (2) plantean la diferencia entre dar vueltas sobre quiénes queremos ser y preguntarnos, en cambio, cómo nos corresponde ser y cómo podemos mejorar en esa dirección según nuestra propia «forma». Nuestros límites nos dan forma y, en ese sentido, subdeterminan nuestra relación con otras personas y con el mundo.

Hay algo saludable en considerar que la pregunta no consiste en cómo vencer lo que tenemos enfrente —que muchas veces somos nosotros mismos—, sino en qué nos está pidiendo aquello que tenemos enfrente y qué nos permite llegar a ser.

Sí, quizá Kung Fu Panda tenía razón más de lo que parecía. No hay ingrediente secreto para llegar a ser lo mejor que podemos ser, sino observarnos y reconocer la forma de quienes somos.

El peligro de (1) consiste en vivir en una lucha constante por encontrar la manera de darle la vuelta a todo lo que tenemos enfrente. No diré que no llegue a funcionar. Pero resulta frustrante vivir pensando que siempre hay una opción mejor y no saber cuál es.

Lo que sugiero con (2) es algo más sencillo: observar. Mirar tu vida, tu familia y tus acciones. Aceptarte y continuar.

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