No siempre he sabido leer con claridad las reglas implícitas de los contextos. Sólo en retrospectiva puedo decir que, en algunas ocasiones, fui más llamativo de lo que esperaba al intentar comunicar algo; o que no comprendí del todo las normas que organizaban un subcontexto. El estigma se mantiene. En mi vida he tratado de no darle demasiada importancia.
Por eso, de lo que quiero hablar es de una de las cosas que más me ha costado aprender: que una de las mejores maneras de trabajar profesionalmente es no tomárselo personal. O, dicho con palabras más bruscas, no ser tan egocentrista.
En su ensayo Sobre cierta ceguera en los seres humanos (1899), el filósofo y psicólogo William James afirma que una de las cosas más ciertas es que somos ciegos ante “los sentimientos de las criaturas y personas diferentes de nosotros mismos”. Esta ceguera no consiste sólo en desconocer lo que otros sienten, sino en no comprender sus “juicios sobre el valor de las cosas”.
James añade algo más: “somos seres prácticos, cada uno con funciones y deberes limitados”. Por eso, cada uno guarda una especie de secreto vital: “todos sentimos profundamente la importancia de nuestros deberes y la trascendencia de las situaciones que los suscitan”. Al vivir desde esos secretos vitales, tendemos a juzgar injustamente la vida de los demás.
Empatizar es difícil, aunque simple. La acción que hay que realizar para lograrlo se parece más a soltar un resorte que solemos tensar que a esforzarse heroicamente por conseguir algo. Empatizar es, en cierto sentido, un acto de relajación. Lo que hacemos al mirar más allá de nuestros propios secretos vitales es relajar el músculo del juicio, para recibir pacientemente el acto de otra persona y esclarecer su significación. No imponerla.
Mi profesión me ha permitido asimilar esto desde varios frentes. La filosofía antigua, por ejemplo, tiene la característica de presentarnos documentos cuyos autores ya no podemos interpelar. Son autores ausentes. La única manera de acercarnos a ellos, según el filósofo Carlos Pereda, es mediante presunciones. Pero estas presunciones deben usarse como hipótesis para anticipar las posibles respuestas de esos interlocutores, evitando, a toda costa, proyectarlas sobre ellos.
En este sentido, la profesión filosófica enseña algo importante. Uno investiga autores que suelen ser de su agrado, pero debe hacerlo más con curiosidad que con convicción. La investigación no puede ser puramente personal, porque la investigación nace de la duda, como enseña Peirce. Investigar exige suspender la adhesión inmediata a lo que uno cree haber entendido.
En Philosophy and the Conduct of Life (1898), Peirce afirma que “la moralidad es conservadurismo (morality is conservatism)», porque se funda en el hábito, los sentimientos y las máximas comunitarias heredadas. También sostiene que “el conocimiento puramente teórico, o ciencia, no tiene nada que decir directamente sobre los asuntos prácticos, ni nada aplicable a las crisis vitales” (CP 1.666). La vida práctica no se resuelve sólo con teoría: se sostiene en hábitos, disposiciones, sentimientos y formas aprendidas de actuar.
Sin embargo, la vida laboral puede ser iluminada por esta reflexión sobre cómo debe hacerse filosofía. Su base es la empatía, pero esa empatía requiere una motivación por la duda. En filosofía contemporánea solemos llamar a esto principio de caridad: la disposición a interpretar al otro bajo la hipótesis de que su conducta tiene alguna racionalidad, incluso cuando no nos resulte evidente.
Se trata de una invitación a sostener una hipótesis razonable sobre las personas con quienes trabajamos: que tratan de hacer lo mejor que pueden, que su objetivo no es necesariamente afectarnos, y que muchas veces actúan desde deberes, presiones, hábitos o intereses que no conocemos por completo. Y, cuando esa razonabilidad no aparece con claridad, quizá debemos proponerla nosotros con nuestra propia conducta.
Pero hay otra parte de la reflexión. Nuestro trabajo es importante, pero también lo es el trabajo de los demás. El valor de trabajar no está sólo en cumplir nuestras propias tareas, sino también en aprender qué es importante para otros, qué cuidan, qué temen perder, qué responsabilidades cargan y desde qué mundo vital actúan.
La base de esta actitud es una duda dirigida hacia aquello que nuestras presunciones no alcanzan a reducir: lo que las otras personas pueden decirnos de sí mismas, de su trabajo y de lo que consideran importante.
¿Cómo se practica esto? Actuando de esa manera. Tratando de hacer lo mejor posible, sin afectar innecesariamente a otros, y tomando los medios adecuados para colaborar.
Por eso, no tomarse algo personal no significa negar que nos afecte. Significa no convertir inmediatamente esa afectación en interpretación. Significa admitir que, antes de juzgar, hay que comprender; y que, antes de defendernos, quizá conviene preguntarnos si hemos entendido bien el mundo vital desde el cual actúa la otra persona.
No es fácil. Pero quizá ahí comienza una forma más madura de vida profesional: no en dejar de sentir, sino en dejar de creer que todo lo que sentimos explica suficientemente lo que ocurre.



