Santos Tomás Moro y Juan Fisher: Mejor perder la cabeza, pero salvar el alma

Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad,
entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien.
San Juan Pablo II

Cada 22 de junio la Iglesia Católica celebra a dos mártires ingleses: Santo Tomás Moro, patrono de los gobernantes y políticos, y a San Juan Fisher, obispo y cardenal. Su heroísmo en defender la verdad frente al poder y seguir su conciencia hace de ellos dignos ejemplos de coherencia moral.

La historia de ambos santos está entrelazada con la vida del Rey Enrique VIII, quien, habiendo decidido casarse con Ana Bolena, obligó a los obispos a que declararan nulo su matrimonio con Catalina de Aragón –de la que Juan Fisher era confesor–. Luego, ante la negativa del Papa Clemente VII a concederle la dispensa, el enojado soberano se autoproclamó como el Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra.

En 1534 el parlamento ratificó la decisión del rey con el Acta de Supremacía y el Acta de Sucesión. Todos los obispos tenían que firmar y someterse. Y este fue, de hecho, el nacimiento de la Iglesia Anglicana, que no reconoció al Papa sino al rey como la más alta autoridad jurídica y religiosa. Tanto Fisher como Moro confirmaron valientemente su lealtad al Papa y la sacralidad del matrimonio, por lo que fueron encarcelados en la Torre de Londres y, luego de ser injustamente condenados por alta traición, fueron decapitados.

Estos hombres de fe y de conciencia recta murieron confiando en que su ejecución era su entrada en la vida eterna. El historiador Hugh Trevor-Roper describe a Tomás Moro como “el más santo de los humanistas y el más humano de los santos”. A su vez, Erasmo de Rotterdam llamó a Juan Fisher “el hombre más culto y el obispo más santo”.

En esta ocasión, quisiera aprovechar para destacar algunas notas muy humanas de estos santos cuyas vidas tienen grandes enseñanzas para el mundo de hoy. En muchas épocas, nuestro Señor, ha enviado a sus amigos “de dos en dos” y estos mártires no fueron la excepción. Con contribuciones y enfoques diferentes, uno jurista y canciller laico y el otro como académico y obispo, ambos trabajaron por un fin en común: el bien de las almas, el bien de su patria y el de la Iglesia.

Ambos fueron hombres destacados no sólo por su heroico martirio sino por su vida entera. Aunque cada uno escogió caminos diferentes, los dos llegaron a lo más alto de sus profesiones. Moro se convirtió en un abogado brillantísimo que prácticamente sirvió en los puestos más altos de los tres poderes de gobierno: en el legislativo como Speaker del Parlamento, en el judicial como juez, y en el ejecutivo como Lord Chancellor (secretario del rey). Fisher, a su vez, fundó dos colleges en la Universidad de Cambridge de la cual fue rector, fue obispo de Rochester, y cardenal de la Iglesia Católica. Sin embargo, a pesar de sus extraordinarias carreras, hoy podemos decir que son más reconocidos por la calidad de su carácter, por su valentía, por ser fieles a sus convicciones y por abandonarse a la Providencia de Dios. Ambos realizaban con excelencia la tarea que en ese momento concreto estaban llamados a realizar: Moro, como brillante embajador, juez compasivo y honesto, consejero de confianza, y sobre todo como un marido y padre amoroso; Fisher, como rector de Cambridge, realizó su labor con tal excelencia que lo nombraron rector vitalicio.

Cuando Tomás Moro era joven, pensó que podría tener vocación a ser monje cartujo. Por tres años, mientras estudiaba derecho, vivió en las premisas de una Cartuja en Londres, discerniendo si eso era lo que Dios le pedía. Eventualmente concluyó que no y se convirtió en un excelente abogado, uno tan bueno, que su sabiduría y talento lo llevarían hasta la corte del rey. Pero por la misteriosa mano de la Providencia y la venganza del rey, los monjes cartujos también fueron encerrados en la Torre de Londres al mismo tiempo que Moro. Fue como si Dios le hubiera permitido salir de la Cartuja para que un servidor del rey pudiera darle la primacía a Dios.

Durante toda su vida fue un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. A pesar de todas sus responsabilidades, lo que más le importaba era su familia. Tomás tuvo cuatro hijos, y después de que falleció su esposa, él se volvió a casar convirtiéndose en padre de la hija de su nueva esposa. Sobre la marcha, también adoptó a otros dos niños en situación vulnerable y el mismo rey le pidió que asumiera la custodia del hijo de un caballero.

Para Moro era importante que sus hijos y todos aquellos bajo su cuidado vivieran una disciplinada vida interior. La oración de la mañana en la casa de los Moro consistía en recitar los siete salmos penitenciales seguidos de la letanía de los santos. Por la tarde se rezaban otros salmos, el Salve Regina y el De profundis. Durante las comidas, uno de los niños leía un pasaje de las Escrituras seguido de comentarios sobre lo que había leído.

Moro estaba convencido de la importancia de una buena educación, y anticipándose a su tiempo, estableció una academia tipo “home schooling” para varones y mujeres. Definitivamente fue un pionero en la educación de las mujeres a quienes educaba con el mismo cuidado y profundidad que a los hombres. Estudiaban latín y griego, las Sagradas Escrituras, y a los Padres de la Iglesia, además de los nuevos desarrollos en las ciencias como la astronomía. Su hija Margaret fue tan brillante en griego que ella editó las obras de Erasmo, el humanista más preeminente de literatura griega de su tiempo, y corrigió algunos errores.

Cuando sus ocupaciones alejaban a Tomás Moro de su hogar, él le pedía a cada uno de los niños que cada día le escribiera una carta resumiendo sus actividades y lo que habían aprendido ese día. En una carta a uno de los tutores que contrató mientras estaba fuera, le escribió que debía tener en mayor estima aquellas cosas que les enseñaran a los niños piedad hacia Dios, caridad a todos, y modestia y humildad cristiana en ellos mismos. Moro siempre impulsó a sus hijos a buscar la excelencia en dar gloria a Dios en lugar de buscar la aprobación del mundo. La entrega de Moro a su familia fructificó en el amor que recibió de ellos toda su vida y en particular en sus últimos días, que fue lo que lo sostuvo hasta el final. Él le proveyó a su familia sólidos cimientos intelectuales, emocionales y espirituales que les permitieron sobrevivir sin él. Ellos se sabían muy amados por quien moría como un buen padre, pero como mejor hijo de Dios.

Juan Fisher, por su parte, sintió de manera muy profunda que caminaba en los pasos de su querido tocayo San Juan Bautista. Tanto veneraba al santo que se dice que celebraba la santa Misa con un cráneo del Bautista en su altar. Tal parece que el obispo Fisher mantenía en su presencia esta reliquia como emblema de la tiranía real y de la congruencia de la santidad. Cuando Fisher estaba defendiendo la legitimidad del matrimonio de Enrique y Catalina de Aragón, de quien el rey se quería separar para casarse con Ana Bolena, Fisher enfatizó su deseo de morir en defensa de la santidad del matrimonio de forma similar a San Juan el Bautista quien había rendido su vida en circunstancias parecidas, ya que ese santo consideraba que no había manera más gloriosa de morir que por la causa del matrimonio. El día de su ejecución, Fisher se vistió con la ropa más elegante que tenía, ya que para él, ese era el día solemne del banquete de bodas con su Señor.

Juan el Bautista y Juan Fisher son en cierto sentido imágenes espejo. Herodes había sido consumido por la lujuria hacia la esposa de su hermano Filipo. Por su parte, la lujuria había consumido a Enrique VIII con una pasión por deshacerse de Catalina, la esposa de su difunto hermano Arturo con quien legítimamente se casó. A su vez, Herodías y Ana Bolena estaban convencidas de que nadie se interpondría en su camino, ni Juan el Bautista ni Juan Fisher quien fuera tutor, consejero y obispo del rey. De hecho, se rumora que tras su ejecución, Ana Bolena pidió que le trajeran la cabeza del obispo Fisher para poder insultarla. Si bien el rey tuvo poder sobre el cuerpo de Fisher primero al encerrarlo y luego al decapitarlo, el respetable obispo siempre mantuvo un absoluto control sobre la bondad de su alma.

Santo Tomás Moro vivió su intensa vida pública con sencilla humildad y alegría, caracterizada por su célebre “buen humor”, incluso ante la muerte. Y aunque le pasó como a Job, que una vida llena de bendiciones, de un momento a otro se trocó en la más aguda adversidad, estaba convencido que todo es para bien de aquellos que aman a Dios. Después de decirle a su familia que descenderían las escaleras de la pobreza y, que si era necesario, mendigarían juntos cantando el Salve Regina, les aseguró que manteniendo la mutua compañía serían dichosos juntos.

A los jueces que lo condenaron, Moro primero les habló como abogado cristiano y después ya sólo como cristiano, y les dijo: “Así como nos relatan los Hechos de los Apóstoles que San Pablo presenció y consintió el apedreamiento de San Esteban hasta la muerte, y ahora ambos están en el cielo y son amigos en la eternidad, confío y así lo imploro que, aunque sus señorías aquí en la tierra han sido jueces para mi condenación, podamos un día encontrarnos todos felizmente en el cielo para siempre”.

Aunque a los ojos del mundo pudiera parecer que triunfó el injusto y poderoso tirano, el rey Enrique VIII, sin duda alguna podemos afirmar que las últimas palabras que dijo Santo Tomás Moro antes de ser ejecutado –“Muero como fiel servidor del rey, pero primero de Dios”–, son muchísimo más famosas que todos los discursos, proclamaciones o decretos del rey que lo mandó ejecutar.

Como escribió San Juan Pablo II, santo Tomás Moro se distinguió por su constante “fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes”.

Ambos hombres nos enseñan que la búsqueda de la verdad requiere mucho estudio, oración y sacrificio, y que la verdad debemos decirla a todos: a los poderosos, a las autoridades, a nuestras comunidades, a nuestro prójimo y a nosotros mismos. Con su integridad y valentía nos dan ejemplo de que la entrega de la vida vale totalmente la paz que se alcanza.

El cardenal San John Henry Newman, el primer inglés en ser canonizado desde aquellos mártires de la Reforma de Inglaterra, entre los que encontramos a Santo Tomás Moro y a San Juan Fisher, tenía tal amor por estos santos que le escribió una carta al Papa León XIII pidiendo su canonización. Tomás Moro y el obispo Juan Fisher junto con otros 52 mártires, fueron beatificados por el Papa León XIII en 1886. Ambos fueron después canonizados por Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio. 

La fe de estos hombres les dio aquella confiada fortaleza interior que los sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo. Ambos santos nos confirman que “el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Ésta es la luz que iluminó su conciencia”.

Seamos como Moro, seamos como Fisher. Hoy su ejemplo nos ilumina más que nunca ante la necesidad que siente el mundo político y eclesiástico de modelos creíbles. Estos hombres aspiraron a la excelencia buscando hacer siempre la voluntad de Dios. Habiendo logrado un éxito extraordinario en sus profesiones, demostraron una convicción inquebrantable de dejar todo al servicio de un llamado aún más alto: la gloria de Dios.

¡Santos Tomás Moro y Juan Fisher, rueguen por nosotros!

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