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Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

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Manent, Pierre.
Situation de la France.
Paris: Desclée de Brouwer, 2015.

En el libro, Situación de Francia, Manent plantea la cuestión de la relación de la comunidad musulmana y Europa.  Manent aplica sus décadas de experiencia en el campo de la filosofía política al malestar y la crisis actual de Francia y propone una vuelta a la nación reemplazando la sociedad laicista secularizada por una amistad cívica que tenga presente el valor social de la religión. Para Manent, los desafíos de incorporar a los musulmanes a la vida de la sociedad francesa constituyen una crisis cívica derivada de la incapacidad de los ciudadanos franceses en su conjunto para visualizar el bien común. La actual situación francesa se deriva no sólo de la expansión global del islam sino también de la crisis de autocomprensión colectiva francesa y europea.

Como el propio Manent señala, su ambición es “que el análisisde la experiencia europea sea suficientemente adecuado para que [los franceses] podamos ver el islam como una realidad objetiva, en lugar de que permanezca como el reflejo de nuestra propia ignorancia y desconocimiento de nosotros mismos.”

Esta crisis es resultado de varios procesos:

Desde la agitación cultural de 1968, la mayoría de las formas de autoridad se han degradado. Las políticas francesas que combinaron individualismo con rechazo a la ley mermaron la legitimidad de la nación, la Iglesia, y la familia. Se abandonó la idea de bien común, se deslegitimaron las reglas colectivas y se perdió la lealtad a la comunidad. Realmente se vació de sentido la nación francesa que era una república laica con corazón católico. 

La política francesa de laicidad de principios de siglo XX, que armónicamente integraba un estado laico, con educación nacional y una sociedad civil católica, se transformó en un proyecto de secularización de la sociedad y desnacionalización de Francia. El resultado es un espacio social formado por individuos consumidores que tienen derechos y se mantienen parcialmente unidos por una burocracia europea transnacional. 

Portada del libro “Situation de la France”, Pierre Manent.

Hoy se sacrifican las formas de autoridad colectiva en el altar de los derechos individuales. Existen muchos individuos “con derechos” solos y sin ninguna esperanza en la política nacional ni en la religión, pero que aspiran a un estado europeo postnacional donde primen sociedades radicalmente laicistas libres de deberes compartidos. En Francia, el estado laicista ha neutralizado todo lo que su pueblo tenía en común y ha otorgado soberanía ilimitada al individuo.

Ante este panorama, los franceses, tienen problemas para ver y entender el desafío que representa la llegada del islam a lo poco que queda de la vida común francesa. Para Manent, la razón es que los franceses no toman en serio la nación ni la religión católica fuertemente vinculada a su historia. Las élites no logran entender la nueva presencia del islam porque no se toman en serio la religión, en particular el cristianismo y sus efectos en la nación.

Para Manent, hay dos obstáculos para abordar de manera efectiva la cuestión musulmana en Francia. 

El primero es el laicismo cuya versión más radical busca sacar el islam y toda religión de la arena pública, a pesar de la innegable impronta cristiana del país. Manent sugiere que la versión más agresiva del laicismo es impotente ya que no puede unir a los ciudadanos porque va en contra de su experiencia histórica y además es demasiado débil para hacer frente a la fuerza colectiva del islam. Acostumbrados a varios siglos de laicismo como regla de la asociación política “hoy no sabemos más cómo hablar de la religión como un hecho social o político”. Para los occidentales, la religión es un asunto privado y no puede ser motivo legítimo para la acción política. Sin embargo, esta separación no se ha vivido entre los pueblos musulmanes.

Una de las principales tesis de Manent es que el actual laicismo francés es un fracaso. Ciertamente la laicidad como principio de gobierno que separa religión y política ha sido beneficiosa para Europa. Pero, el laicismo que hoy pretenden vivir los franceses es un laicismo “imaginario”, un laicismo que quiere “hacer desaparecer la religión como cosa social y espiritual”. 

El segundo obstáculo para atender esta nueva situación de Francia es la comprensión europea dominante de la religión como algo privado e individualizado.

Esta postura que busca deshacerse del papel social e integrador de la religión, es impuesta como norma política y es central para la comprensión europea de la modernidad como una inevitable marcha hacia la secularización. Esta comprensión de la modernidad y de la religión, constituye un doble problema según Manent. Primero, porque no permite el acercamiento al islam como una tradición orientada hacia la comunidad y fuerza moral en la vida política. En segundo lugar, porque el supuesto punto de vista de la modernidad libre de religión impide a los franceses y europeos involucrarse en este desafío recuperando los fundamentos espirituales de la religión cristiana “propios” de la vida política europea. 

Pierre Manent en la “Semaines sociales de France”, Noviembre 2011.

Otorgar una soberanía ilimitada a los individuos, mantener que la religión es meramente una opinión privada y aceptar las diferencias de la vida siempre que no se violen los derechos de los demás, ha fracasado al tratar con la población musulmana de rápido crecimiento en Francia. La suposición laicista de que todos los problemas con los musulmanes se disiparán porque eventualmente se volverán modernos, seculares y democráticos, ha demostrado ser errónea. La vida pública para los musulmanes es un conjunto de moral y costumbres, no un entorno que garantiza derechos. 

Aunado a esto, los países europeos sufren la deslegitimación de la nación como marco político de la vida y se debilita el Estado y su papel en la articulación e institucionalización del bien común. Europa sufre un debilitamiento del Estado que se ve agravado por el progresivo borrado de fronteras políticas, que indirectamente refuerza la legitimidad de las fronteras religiosas, principalmente del Islam, que se presenta como un “todo” lleno de sentido. Tenemos así, por un lado, la Europa “cristiana”, cuya forma política es el debilitado Estado-nación y que adopta el discurso de los derechos humanos, y por otro, el mundo musulmán, que habla el lenguaje de la ley y las costumbres religiosas, y cuya forma política ha sido inestable. Son dos formas totalmente diferentes de asociarse, pero deben encontrar un principio de convivencia. 

Ante la fortaleza de unos y la debilidad de otros, Manent, concluye que el régimen político francés no tiene más remedio que ceder

Los movimientos culturales de 1968 erosionaron la vida común y dieron paso a la islamización de Francia, ya que no proporcionaron ninguna vía para que sus propios ciudadanos o los inmigrantes musulmanes se unieran. Los laicistas proponen una aplicación más rigurosa del actual laicismo radical y los multiculturalistas proponen intentar preservar la identidad francesa a pesar de la presencia de musulmanes. Sin embargo, ambas posturas tratan a los musulmanes franceses como una abstracción y no como una realidad concreta. Y tampoco proponen ninguna acción política. Ambos apuestan por un proceso de despolitización. Algunos quieren más laicismo y otros simplemente denuncian el suicidio y decadencia nacional.

En contraste con esto, Manent responde que la única “política posible” es una política “igualmente alejada de las ensoñaciones de una “diversidad feliz” y de las inclinaciones mal reprimidas de un “retorno” de los inmigrantes “a sus casas”. Una “política de lo posible” implica un gran compromiso entre los ciudadanos musulmanes franceses y el resto del cuerpo político. Por un lado, Francia renuncia a “modernizar” las costumbres de los musulmanes y les otorga un lugar concreto dentro de las instituciones sociales. Por otro lado, establece claramente prohibiciones para preservar ciertos rasgos fundamentales de su régimen.

“Así que creo que las restricciones que nuestro sistema político está obligado a imponer a las costumbres musulmanas tradicionales se reducen a la prohibición de la poligamia y el velo completo. … El segundo principio que anuncié, se refiere a la preservación, o a la reafirmación de ciertos elementos constitutivos de nuestra vida común que pueden resultarles más difíciles de aceptar… [como] la completa libertad de pensamiento y expresión. Es un requisito que se encuentra en el corazón de la historia europea moderna. 
… La única condición para participar efectivamente en la sociedad europea es dar la cara y aceptar que la ley política no pone límites a lo que se puede pensar, decir, escribir, dibujar.”

La filosofía política detrás de estas propuestas se expone a lo largo de todo el libro La situación de Francia. Manent quiere recordar la naturaleza de la acción política. Los seres humanos tienen una “naturaleza política”,  necesitan y se sienten atraídos por un arreglo de vida común que armonice las diferencias y que los una a todos a algo superior a ellos mismos, es decir, al bien común. 

Manent critica las opiniones dominantes sobre los seres humanos y su convivencia, las cuales se resumen en el individualismo y el laicismo. Ninguno de los dos permite ver la realidad política y social tal como es, y ambos son incapaces de proporcionar alguna fuente de cohesión política. Bajo esta óptica, el desafío que ofrece el islam se suma al planteado por la despolitización contemporánea. 

Sin embargo, esta situación obliga a Francia a plantearse si debe continuar con su búsqueda de un estilo de vida “post-político” –donde no se les pide nada a los ciudadanos excepto ser individuos con derechos y sin membresía en cuerpos políticos intermedios como la familia, la Iglesia y la escuela–, o si sería mejor recuperar aspectos de su antigua constitución como nación y llevar decididamente su “marca cristiana”.

En un auténtico espíritu Aristotélico, Manent escribe que “Toda acción, y especialmente la acción cívica o política, se despliega con miras al bien, especialmente con miras al bien común.” Por ello, para Manent, el principal problema de Francia es la ceguera ante este bien, que históricamente se expresó en términos espirituales, y que ahora se ha combinado con la necesidad de acomodar e integrar a la relativamente nueva población musulmana de Europa. Los estados sacrificaron el bien común (y finalmente a sí mismos) al dar prioridad al individualismo hasta el punto de que los “ciudadanos-individuos” contemporáneos no logran ver la persistencia y el significado político de las relaciones, las familias y el grupo o comunidad. Los europeos de hoy necesitan restaurar la creencia en un bien común.

Foto: Alotrobo.

Para Manent, lo distintivo de Europa es “el gobierno de sí mismo en relación con la proposición cristiana”. Bajo este tenor, la principal contribución política europea no sería el principio de la separación Iglesia-Estado sino la íntima unión entre proyectos políticos y religiosos, que vincula el orgullo de un ciudadano a la humildad de un cristiano. La historia europea no estuvo marcada por la separación radical o completa de la religión y la política (como imaginan los laicistas radicales), sino por la interacción prudencial de la religión y la política. Además, el cristianismo encontró su forma política en la nación, o la pluralidad de naciones que primero se llamó “cristiandad” y luego “Europa”. En palabras de Manent:

“En lugar de considerar la separación como el secreto … del desarrollo europeo, debemos buscar lo que ha sido a lo largo de nuestra historia el principio de reunión y de asociación del hombre europeo. La separación, tan útil e incluso necesaria como se ha vuelto, no es en sí misma un principio de vida. La unidad, o más bien la búsqueda de la unidad, es principio de vida.
… Este es pues el punto de partida, el principio de la historia europea: gobernarse a sí mismo en una cierta relación con la propuesta cristiana.
… Fue en una forma política sin precedentes [la nación] que los europeos emprendieron este proceso político y religioso sin precedentes: gobernarse a sí mismos obedeciendo el plan benévolo de Dios. Se podría decir: buscar constantemente conjugar el orgullo del ciudadano, o en general del hombre activo, y la humildad del cristiano. En este sentido, lo específico de Europa no es la separación entre lo religioso y lo político, sino la búsqueda de una unión más íntima entre ambos.
… Lo que se busca constantemente en Europa puede definirse, en términos teológicos, como la acción común de la gracia y la libertad, y, en términos políticos, como la alianza de la comunión y la libertad.”

Para volver a poner en el centro el bien común y la esencia de la grandeza espiritual de Europa, los musulmanes no necesitan abandonar su religión, sino que deben verse a sí mismos como “ciudadanos musulmanes miembros de una comunidad nacional” y así, al entregarse a Francia y participar como ciudadanos, a la vez que reciben de ella la libertad de vivir su cultura y religión. Un estado laico puede ser neutral a la religión, pero la sociedad nunca puede serlo. Reconocer que Francia es una nación marcada principalmente por el cristianismo no significa que los musulmanes deban ser ciudadanos de segunda. De aquí surge la necesidad de reavivar la vida cívica y el régimen de representación. Los musulmanes deben participar en la plaza pública como musulmanes al igual que los cristianos y cualquier otro ciudadano. Para Pierre Manent, revitalizar la nación europea y la participación cívica ante la entrada del Islam y el agotamiento de un “EuroEstado” secular, es una oportunidad para apostar juntos como nación.

“… acogerlos sin más sería privarlos de su mejor oportunidad de vida cívica, o más bien abandonarlos en una Europa sin forma ni bien común. No es suficiente para reunir a las personas el declarar o incluso garantizar sus derechos. Necesitan una forma de vida común. El futuro de la nación de marca cristiana es un tema que nos une a todos.”

El libro de Manent es un llamado a los europeos a llegar a un acuerdo con el islam y aumentar su aceptación del estilo de vida musulmán tomando en serio el significado social de todas las religiones. Esta reconceptualización de la religión y el repensar el legado del laicismo, tendría dos efectos según Manent. En primer lugar, obligaría a los europeos a recuperar su “antigua constitución” para que el cristianismo pueda volver a vigorizar la vida política; y en segundo lugar, permitiría a los musulmanes encontrar su lugar en un país de marca cristiana y contribuir a la vida pública afirmando abiertamente sus compromisos religiosos. La “comunidad de ciudadanos”, según Manent, no es ni musulmana ni cristiana, pero, el carácter público de las identidades religiosas colabora para revivir el principal proyecto republicano, que es la amistad cívica y una visión compartida de bien común.
En conclusión, los planteamientos de Pierre Manent en su libro Situation de la France ciertamente contribuyen a una mejor deliberación política en Francia sobre la situación de los musulmanes ese país al afirmar que todos los ciudadanos deben tener una responsabilidad y capacidad para contribuir a los ideales del bien común de la nación. Sólo de esta manera se dejará atrás una visión del desafío como una guerra entre “ellos” y “nosotros”. La superación de la crisis cívica consistiría en la conversión de los musulmanes franceses en ciudadanos completamente franceses en una renovada “nación de marca cristiana”.

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Derechos y relativismo cultural: Lo problemático de concebir al hombre como un ser con derechos

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El mundo contemporáneo se ha conducido bajo el paradigma de que el humano es un “ser con derechos”. Pareciera que hoy prevalece, en palabras de Pierre Manent, “un solo principio espiritual, una sola referencia ética, un solo argumento legítimo” en lo que respecta a la forma de conducirnos en la sociedad: los derechos humanos. Desde muchos frentes, se nos propone reorganizar y recomponer todos nuestros arreglos sociales sobre la base de este único principio. En el imaginario colectivo y en la convivencia ordinaria esto se traduce en el derecho ilimitado del individuo a que su particularidad sea reconocida por las instituciones públicas. Como si la única razón de ser de las instituciones fuera garantizar y proteger el derecho ilimitado de toda persona para definir y regular su vida como mejor le parezca.

Sin embargo, no es tan fácil ordenar la vida en sociedad a partir de los derechos del individuo cuando se sospecha que toda noción de bien obstaculiza los derechos individuales. La política contemporánea ha separado a la justicia, comprendida en su raíz etimológica (ius) “derecho” de la cuestión del bien del otro. Para muchas personas, hoy el bien se concibe como una noción ciega: “Cada quien tiene derecho a buscar su propio bien”. Por lo tanto, afirmar el Bien (con mayúscula) implica poner en peligro los derechos. Si postulamos una cierta idea de la felicidad, si la proponemos como merecedora de orientar lo individual y lo colectivo, ponemos en peligro y en duda el derecho de cada uno a decidir lo que le conviene, a buscar la felicidad como le plazca. Así, la sociedad más justa se vuelve la que más autoriza, la que mayores derechos concibe.

Lo que se promueve hoy es la llamada ‘diferencia cultural’, el supuesto derecho a la diferencia, el derecho a ser diferente. Se reclama el reconocimiento público de un contenido concreto en nombre de un derecho abstracto. Pero este supuesto “derecho a la diferencia” encubre una total indeterminación respecto de lo humano, su bien y su perfeccionamiento, al impulsar un número ilimitado de derechos.

Bajo este marco de los derechos (ilimitados), cuesta cada vez más trabajo pensar en lo común, pensar en el bien, y sobre todo, pensar en el bien común. A partir de la modernidad se da por sentado que no nos podemos poner de acuerdo sobre los bienes humanos y precisamente por este desacuerdo se quiso organizar la vida común sobre la base de derechos y no sobre la base de bienes o fines.

Pierre Manent, 2011. Crédito: Semaines Sociales de France.

La contradicción de “todas las culturas son iguales”

Otra problemática que suscita la exaltación dogmática de los derechos del hombre tiene que ver con la comprensión de la cultura y las distintas culturas.

Cuando miramos otras culturas, culturas exóticas, consideramos que tenemos el deber de no juzgarlas, nos jactamos de ser de mente abierta y les buscamos un sentido aceptable porque ¿acaso no cada cultura es un todo congruente y coherente con su propia lógica? Pero, cuando se trata del entorno en el que vivimos, nos gana un afán por modificar nuestros ordenamientos sociales y morales. En “otros lugares” nos apena querer cambiar cualquier cosa de “sus costumbres”, pero en nuestra sociedad vemos mal el querer conservar ciertas costumbres. Pierre Manent afirma: 

“En “otra parte” suspendemos el juicio, porque debemos por encima de todo cuidarnos de hacer una apreciación [de sus] … costumbres “exóticas” que sugiera o implique que nuestra forma de vida podría ser superior; [y] “aquí” tenemos todo el tiempo la urgencia de juzgar para reformar y sería inadmisible dejar las cosas en el estado en el que están, porque nada es más apremiante ni más justo … que reconocer, declarar y hacer valer nuestros derechos, todos nuestros derechos, los derechos humanos.”

P. Manent, La ley natural y los derechos humanos, p. 9.

Hoy se afirma que los derechos humanos son un principio universal que vale para todos, pero, también se plantea que todas las culturas, todas las formas de vida son igualmente valiosas y que juzgarlas sería discriminatorio y atentaría contra la igualdad de todos los seres humanos. Al mismo tiempo, el hombre contemporáneo sostiene que todos los hombres son iguales y que todas las culturas tienen derecho a igual respeto, pero cae en el absurdo de que incluso aquellas que violan la igualdad de los seres humanos merecen ser respetadas, porque si no, con nuestro juicio, suscitamos esa desigualdad que nos choca y que queremos combatir.

Reconocemos un criterio universal para juzgar, pero a la vez nos abstenemos de aplicar ese juicio cuando se trata de otros. Esta contradicción derivada del dogmatismo de los derechos humanos y el relativismo cultural sustantivo que pone en plano de igualdad a todas las culturas, desata una disociación que contribuye a la “confusión del debate público acerca de la mejor manera de asegurar la cohesión social y la amistad cívica”. 

La universalidad de los derechos humanos contrasta con la gran diversidad de culturas. Sin embargo, una práctica cultural que atenta contra los derechos humanos hoy se justifica (o al menos no podemos juzgarla) bajo el principio de igualdad que está al interior de los mismos derechos humanos. Y así “una filosofía que exige la mayor libertad e igualdad entre los hombres [se muestra también] favorable a la diversidad humana en la que abundan formas de vida que [vulneran] la libertad y la igualdad”, siguiendo a Manent.

El hombre moderno que redujo la compresión de su humanidad a una libertad sin ley, a un mero ser con derechos. Considera que la práctica cultural más exótica y bárbara manifiesta de manera excelsa su nota más distintiva, la libertad. Hoy no tenemos idea de qué es el hombre, pero lo que sí sabemos es que es un ser con derechos y un animal cultural, un ser de cultura.  

¿Y qué conclusiones se deducen de esta comprensión de lo humano? De manera simplona asumimos que la diversidad de culturas, la plasticidad ilimitada de la “cultura”, prueba que no hay naturaleza o que nuestra naturaleza es la libertad indeterminada. Por eso mismo, si condenamos las prácticas culturales que violan derechos humanos, esto supondría que la naturaleza humana prescribe un orden y eso es inaceptable para el hombre moderno. 

Una postura más razonable, pero que choca con este dogmatismo de los derechos y su mancuerna del relativismo cultural, sería que no podemos comprender la valía de una práctica cultural al margen del bien humano. 

Existe el bien y la posibilidad del mal, esto es un presupuesto para la libertad. Si el bien o el mal sólo existieran de forma subjetiva, entonces no existiría la libertad. La libertad humana requiere la noción de orden o ley y de naturaleza y finalidad, de otra manera no se tiene libertad sino indeterminación, anarquía. La libertad no es un fin en sí misma; es una condición para alcanzar el bien y la verdad. Nuestra libertad se subordina a la ley de nuestra naturaleza de creatura.

Me parece más sensato pensar que la libertad es un bien común de la creatura racional, y que la condición del ser humano sólo cobra sentido como libertad bajo la ley (de la naturaleza y de Dios). La ideología de los derechos pretende desestimar justamente esta posibilidad. Atrapados entre la afirmación de la igualdad de los derechos humanos y la afirmación de la igualdad de las “culturas”, quedamos en una perplejidad insuperable que paraliza cualquier intento de buscar el bien común.

Foto: Anderson Guerra

El Estado de Naturaleza como origen de los derechos

¿Pero cómo llegamos hasta aquí? El profesor francés, Pierre Manent, estudioso del liberalismo, apunta algunas consideraciones valiosas para entender el origen de nuestra actual condición.

Para Manent, el estado de naturaleza es la construcción filosófica que “fue la base y la matriz de la doctrina de los derechos del hombre” y de la actual concepción del mundo humano como libertad sin ley. Tanto la antigüedad clásica como el cristianismo concibieron la libertad humana como libertad bajo la ley (de la naturaleza o de Dios). Pero en la modernidad, esta idea es reemplazada por la de una humanidad que comienza en una libertad sin ley y que sólo por necesidad (guerra de todos contra todos) se ve obligada a darse leyes, pero con la intención de seguir viviendo “tan libre como antes”. A partir de entonces, la ley y el Estado sólo tienen legitimidad si ayudan a garantizar los derechos de los individuos.

Manent descubre en Hobbes que el soporte de los derechos humanos es el individuo, cuya naturaleza no es la de una creatura racional ni social, sino que posee únicamente una naturaleza biológica de ser vivo egoísta con un ius in omnia, con un derecho a todo; una naturaleza que no nos dice nada sobre lo que es ser humano. Sólo una naturaleza tan pobre y abstracta como ésta resulta compatible con todas las “culturas” posibles o imaginables. Así, todo lo que experimentamos como hombres es humano. Al disolver lo natural en el hombre a mera individualidad, el “fenómeno humano … se vacía … de toda determinación natural … se le ‘desnaturaliza’ de manera radical”. Bajo esta concepción, el ser humano es ALGO (indefinido), separado y distinto de otros sólo por su materia, pero IGUAL, y que tiene el DERECHO “natural” a ser cualquier cosa, es un ser con derechos.

Foto: Kosygin Leihangthem.

La política antigua VS la política moderna

Este cambio radical se dio en la modernidad política. El mundo antiguo era movido por la búsqueda del bien; al mundo moderno le basta con huir del malestar. Sólo si sé quién soy puedo ser movido por mi bien. Para el mundo moderno el hombre es una incógnita, y, más bien, lo humano se deduce de la animalidad y el des-orden. ¿Qué hay más molesto que la incómoda ley? Hay que huir de la ley en nombre de la naturaleza y huir de la naturaleza en nombre de la libertad.

Al respecto, Manent atribuye un papel importante a John Locke quien piensa que el hombre es un producto de sí mismo, y que es él quien crea arbitrariamente sus leyes morales. El hombre no busca el bien (una finalidad objetiva) sino que huye del malestar, ese es el fondo de la antropología lockeana. Este “hombre” es el sujeto perfecto de la sociedad comercial. El hombre de Locke fabrica sus “valores” y tiene derechos, haga lo que haga, posee sus derechos.

Aquí Manent descubre otro contraste antropológico fuerte en comparación con la antigüedad. El hombre antes se concebía como agente que actúa y busca el bien, y existía en él una tensión entre potencia y acto, entre lo realizado y lo deseado: quien busca la verdad o la justicia sabe que no las posee. Pero el hombre moderno, que declara sus derechos y exige se le respeten, sabe que los posee y que esto no cambia independientemente de lo que haga. Los derechos humanos de un sin vergüenza o de un héroe siempre son iguales. “[R]econocer … la nueva definición del hombre como ser que tiene derechos nos obliga a desterrar las modalidades tradicionales del ser”: potencia y acto.

Esta nueva ontología vuelve al hombre impenetrable, hermético al ser. Antes la filosofía se preguntaba por el ser del hombre, por pensar lo propio del ser humano. Ahora, el hombre no tiene nada que hacer para ser: “toda la humanidad del hombre está contenida en sus derechos y en el hecho de que tiene derechos; y esos derechos están definidos exhaustivamente por el hecho de que son derechos del hombre”.

Ayuda humanitaria en Lituania. Foto: Artüras Kokorevas.

El reto de organizar el mundo social concibiendo al hombre como “ser con derechos”

La postura hegemónica del liberalismo actual radicaliza la comprensión del hombre como ser con derechos y como ser de cultura. Si los derechos humanos no tienen su origen en la naturaleza, en el fondo lo que anhelamos es regresar al estado de naturaleza que hoy en su versión más sofisticada llamamos posmodernidad. Sin las leyes de la naturaleza y de Dios como criterio de orden, lo humano se puede construir y deconstruir según nos plazca. Así desatados, los derechos humanos se convierten en un movimiento social, moral y político indefinido, sin rumbo. Esta filosofía de los derechos humanos radicaliza no sólo la igualdad sino la libertad, y nos deja sin límites claros en la vida social mientras fomenta la deconstrucción de lo humano.

A su vez, esta transformación moderna por la cual la igualdad ya no es inherente a los seres humanos como especie sino a los seres humanos como individuos, genera el mismo dilema que el relativismo cultural. Tanto el dogmatismo liberal de los derechos como el relativismo cultural se refuerzan mutuamente y provienen de la disolución de la noción de naturaleza humana en la modernidad. En la indeterminación del estado de naturaleza, el hombre moderno encuentra su naturaleza completa. En la determinación de cada cultura particular, el hombre moderno encuentra la naturaleza indeterminada. Finalmente, la plasticidad de la naturaleza humana en el estado de naturaleza lleva a la plasticidad de los derechos en la sociedad.

Cuando Aristóteles define al hombre como zoon politikon pone el énfasis en su naturaleza social y fundamenta la vida humana en la deliberación y la acción. Cuando la modernidad define al hombre como “el ser que tiene derechos”, derechos humanos que puede exigir en todo momento y lugar, no decimos nada sobre lo que constituye y da forma a la vida humana. Paradójicamente, siguiendo a Hobbes, fundamos la vida social y política en un estado a-político pre-humano; en un estado sin racionalidad, sin sociabilidad y sin personas.

Los derechos ilimitados, el derecho a ser lo que queramos, los derechos humanos sin saber quién es el hombre, no nos dicen nada sobre qué debemos hacer, cómo actuar en sociedad, o cómo contribuir al bien común. Hoy se quiere organizar el mundo a partir de los derechos de un ser sin naturaleza y sin ley para dirigir su vida. Desgraciadamente, el derecho de cada uno a buscar su propio bien se acaba convirtiendo en el derecho / autorización a no buscar el bien común. Empieza como una autorización, después se vuelve una sugerencia, y acaba imponiéndose como una ley que permite ser indiferente al bien. Insistir en que se respete mi derecho a ser lo que yo quiera (o sienta), implica sólo una relación conmigo mismo, no sugiere ningún principio de acción y no aporta a la vida común. 

Vale la pena seguir pensando las implicaciones de los derechos humanos en la vida social y en la vida práctica. Concebirnos como sujetos pasivos de derechos, sin saber qué es la persona, su dignidad y su naturaleza, de cierta forma nos des-naturaliza y des-humaniza. Unos derechos verdaderamente humanos deberán desarrollarse sobre la base de una sólida antropología que fomente el bien común.

Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

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Cuando la gente piensa en México, a la mayoría le viene a la mente su rica cultura y tradiciones. Los mexicanos deben muchas de éstas al enriquecedor encuentro que se produjo entre los españoles y las culturas indígenas. Sin embargo, hay quienes piensan que México fue una colonia española con una situación similar de los países africanos bajo el dominio europeo, pero tal idea es completamente errónea y absolutamente ignorante de la historia mexicana. 

Si pensamos en una relación en cierta forma perjudicial para México, deberíamos re-enfocar nuestra mirada hacia sus vecinos del norte. Pero, ¿por qué es así? ¿Acaso los españoles no mataron a gran parte de la población indígena? ¿Qué no invadió Estados Unidos a México una sola vez? 

Las diferencias entre estos dos países son más profundas que la evidente diferencia socioeconómica y la “oposición entre desarrollo y subdesarrollo, riqueza y pobreza, dominación y dependencia”, afirma Octavio Paz en el texto Posiciones y contraposiciones: México y Estados Unidos. Para comprender la compleja relación entre México y Estados Unidos y las profundas diferencias entre ambos, es necesario retroceder en el tiempo. 

La oposición entre México y Estados Unidos es antigua y se remonta a la América precolombina. “El norte del continente estaba poblado por naciones nómadas y guerreras; Mesoamérica, en cambio, conoció una civilización agrícola, dueña de complejas instituciones sociales y políticas”. Unos pobladores eran cazadores y otros, agricultores. Esta división influyó enormemente en las políticas de los ingleses y los españoles hacia los nativos americanos.

Las diferencias entre los ingleses y los españoles que respectivamente fundaron “Nueva Inglaterra” y “Nueva España” también fueron decisivas: “en Inglaterra triunfó la Reforma mientras que España fue la campeona de la Contrarreforma”. Conquista y evangelización, ambas palabras profundamente españolas y católicas, describen mejor lo que ocurrió en México. La expansión colonial de Inglaterra no tuvo relación con ellas.

El catolicismo traído a México por los españoles estuvo lleno de asimilación y hubo una mezcla de culturas. De la cultura indígena, México conservó: la familia, la amistad, las actitudes hacia el padre y la madre, la imagen de la autoridad y el poder político, la visión de la muerte, el trabajo y la fiesta. De la cultura española, México conservó: la lengua, la religión, las instituciones políticas y el espíritu aventurero y valiente. México es una nación nacida de dos civilizaciones con un rico pasado, tanto de los indígenas como de los españoles. 

Por el contrario, en Estados Unidos no hay ningún elemento indígena. La mayoría de los nativos americanos fueron exterminados, y los pocos que quedaron fueron recluidos en “reservaciones”. Como escribió el premio Nobel mexicano Octavio Paz, “los Estados Unidos se fundaron sobre una tierra sin pasado”. Estados Unidos no tiene raíces, y exactamente lo contrario ocurre con México, que tiene una herencia muy vasta. En uno de sus ensayos, Octavio Paz sugiere que la actitud del catolicismo hispano es incluyente, y la del protestantismo inglés es excluyente: asimilación vs. segregación.

Otra oposición significativa se relaciona con la actitud de cada nación hacia el trabajo y la fiesta. Para la sociedad novohispana, el trabajo no redimía, y el trabajo manual era servil. El hombre superior mandaba, contemplaba y disfrutaba. El ocio era noble. Y si se tenía riqueza, se construían iglesias y palacios y se hacían grandes celebraciones. Por el contrario, la sociedad protestante de Estados Unidos, afirmaba el valor redentor del trabajo y rechazaba el valor de la fiesta. Para los puritanos, el trabajo era redentor porque liberaba al hombre, y esa liberación era una señal de la elección divina. 

La sociedad mexicana era muy heterogénea, por lo que requería un gobierno central fuerte controlado por el monarca español y la Iglesia católica. La situación de Estados Unidos era diferente. Las pequeñas comunidades coloniales eran más bien homogéneas, y las instituciones democráticas podían florecer allí más fácilmente. 

Para Octavio Paz, el mayor contraste entre estos países es su posición respecto al tiempo. Estados Unidos es una sociedad orientada hacia el futuro. “El norteamericano vive en el límite extremo del ahora, siempre dispuesto a saltar hacia el futuro. El fundamento de la nación no está en el pasado sino en el porvenir… su acta de fundación, fue una promesa de futuro”. La posición de México es justo la contraria. “[E]l ideal fue perdurar a imagen de la inmutabilidad divina… pluralidad de pasados, todos ellos presentes y combatiendo en el alma de cada mexicano… La utopía, para ellos, no consistía en construir el porvenir sino en regresar al origen, al comienzo.”

Estas historias y caminos distintos han hecho que ambos países sean profundamente diferentes. Sin embargo, hay que decir que la sociedad mexicana era más rica y próspera que la estadounidense hasta finales del siglo XVIII. Pero todo cambió…

Justo después de la independencia de México, Estados Unidos, comenzó a perturbar aún más la inestable situación de la nueva nación. Una de las figuras más oscuras del imperialismo estadounidense y uno de sus mejores espías y alborotadores fue Joel R. Poinsett, el primer agente especial estadounidense en Sudamérica y ministro plenipotenciario de Estados Unidos en México. Era un oficial protestante, masón, anticatólico, antihispano, antimonárquico, codicioso y de mente clara, decidido a obtener el mayor beneficio para Estados Unidos de la situación política mexicana. Podríamos decir que era bastante anti-mexicano.

Fue enviado a promover un ajuste fronterizo que concediera a Estados Unidos dos tercios del territorio mexicano. Por supuesto, su petición fue denegada. Pero tras sus intentos fallidos, optó por una estrategia diferente: dividir a los mexicanos y fomentar intrigas entre ellos. Para ello, estableció las logias masónicas, que desde entonces han manejado y desgraciado a los gobiernos mexicanos. Además, fomentó la “leyenda negra” antiespañola que dice que los españoles solo robaron y asesinaron a las grandes culturas indígenas. Pero esto no es preciso. La nación mexicana es mestiza, lo que significa que surge de la mezcla de españoles e indígenas. Por supuesto hubo algunos abusos, pero el balance es más positivo que negativo. La situación en México propició los primeros desarrollos de la noción de los derechos humanos por parte de los misioneros religiosos y México no tuvo esclavos como Estados Unidos porque sus ciudadanos eran súbditos directos del reyes españoles como lo pidió la reina Isabel desde que Colón descubrió estas tierras. 

Las malas intenciones de Poinsett también fomentaron la expulsión de los españoles que quedaban, lo que produjo una mayor crisis en México en muchos sentidos: hubo una pérdida de población en varias regiones que quedaron como presa fácil para americanos ambiciosos, una pérdida de capital e industria necesarios para el desarrollo del nuevo país, y la pérdida de muchos sacerdotes y misioneros. Finalmente, se pidió la expulsión de Poinsett del país por toda la inestabilidad que estaba provocando. Pero en 1847, Estados Unidos invadió México, lo ocupó y le impuso terribles y pesadas condiciones de paz. Fue la guerra mexicano-estadounidense en la que Estados Unidos obligó a México a ceder más de la mitad de su territorio. La codiciosa expansión territorial del presidente Polk dejó a México con una agitación interna peor, muchas vidas perdidas y un sentimiento nacional en un estado de degradación y ruina.

Durante gran parte del siglo XIX, México sufrió guerras civiles, y los liberales mexicanos (principalmente masones dejados por obra de Poinsett) trataron de implantar una república democrática enfrentándose a la Iglesia católica. Esto supuso una ruptura radical con el pasado y produjo más división interna. Esta ruptura con la Iglesia hizo colapsar la educación y produjo que mucha gente quedara analfabeta y pobre. Las guerras acabaron produciendo el militarismo que llevó a la dictadura del presidente Díaz, que a su vez condujo a la Revolución Mexicana, que no pudo implantar una verdadera democracia sino sólo un régimen autoritario con una máscara de democracia. La desigualdad social y la acción de los monopolios económicos, entre ellos los de Estados Unidos, han dificultado desde entonces en gran medida el desarrollo de México. 

Hasta estos días, la injerencia estadounidense en la política mexicana continúa pero se ha transformado en la presión económica de las grandes empresas y su poder para manipular y abusar de las frágiles instituciones mexicanas corroídas por la corrupción. Además, Estados Unidos abusa de alguna manera de la dependencia de su vecino del sur y se aprovecha de la mano de obra barata sin proporcionar derechos laborales ni seguridad a las familias de los empleados. 

Una situación particular de injusticia en las relaciones México-Estados Unidos que puede ser retratada como una “sombra global” es la relacionada con la guerra contra las drogas. Es una sombra multifacética de poder, privilegio, inconsistencia e irresponsabilidad porque el gobierno de Estados Unidos ha avanzado poco en la reducción de la demanda y el consumo de drogas ilegales. Esto ha fomentado el crecimiento del mercado de las drogas, lo que detona también el crecimiento de los cárteles y desencadena muchos círculos viciosos al mismo tiempo. La violencia del narcotráfico destruye las comunidades y muchos jóvenes mueren por la violencia relacionada con las drogas o por sobredosis. Las madres tienen que trabajar en fábricas (lejos de sus casas) para mantener a sus hijos, y mientras tanto, los niños quedan solos a merced de los cárteles de la droga que los enrolan para su negocio. El consumo de drogas es un mal social, pero los más afectados son los más vulnerables. A Estados Unidos parece importarle sólo su beneficio económico y se lava las manos proporcionando más armas para combatir a los cárteles, pero no hace nada para solucionar el vicio de sus ciudadanos que causa todos los problemas. Mientras tanto, además de todos sus problemas, México mismo se está convirtiendo en un consumidor de drogas, y la legalización de la marihuana en algunas jurisdicciones estadounidenses ha empujado a las organizaciones del narco a concentrarse en drogas más duras.

Caricatura M. Wuerker.

Una solución podría ser reducir el consumo mediante campañas serias y no fomentar más el consumo mediante la legalización de las drogas. Hay que cambiar la cultura. La enfermedad de Estados Unidos es moral, y su hedonismo es otra cara de la desesperación. El libertinaje no es libertad. La libertad no es hacer lo que uno quiera. La verdadera libertad es hacer el Bien. Enseñemos a nuestros jóvenes a usar su libertad para servir al prójimo con amor.

Los defensores de la legalización de las drogas dicen que se erradicará el mercado negro, pero bien podrían seguir vendiendo marihuana a menor precio y a los menores de edad. NO a la marihuana y SÍ a la educación. Al buscar el bien común, el Estado debe proteger a sus ciudadanos. Ejerciendo la verdadera libertad, uno no se perjudica a sí mismo ni a los demás…  

El genial Octavio Paz termina su perspicaz ensayo sobre México y Estados Unidos –publicado en The New Yorker en 1979– con una advertencia que sigue siendo válida hoy: 

“Hoy los Estados Unidos se enfrentan a enemigos muy poderosos pero el peligro mortal no está fuera sino dentro: no es Moscú sino esa mezcla de arrogancia y oportunismo, ceguera y maquiavelismo a corto plazo, volubilidad y terquedad, que ha caracterizado a su política exterior en los últimos años … Para vencer a sus enemigos, los Estados Unidos tienen primero que vencerse a sí mismos: regresar a sus orígenes. Pero no para repetirlos sino para rectificarlos: el otro y los otros —las minorías del interior tanto como los pueblos y naciones marginales del exterior— existen. Si los Estados Unidos han de recobrar la entereza y la lucidez, tienen que recobrarse a sí mismos y para recobrarse a sí mismos tienen que recobrar a los otros: a los excluidos del Occidente”.

Octavio Paz, “Reflections Mexico and United States”.

La frase “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los estados Unidos” se atribuye a Porfirio Díaz.

Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

Poor Mexico, so far from God and so close to the United States

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When people think about Mexico, I guess most people think of its rich culture and traditions. For many of these, Mexicans owe them to the rich encounter that took place between the Spanish and the indigenous cultures. Moreover, some people think that Mexico was a colony of Spain similar to the situation of African countries under European rule, but such an idea is completely mistaken and absolutely ignorant of Mexican history. 

If we are to consider an important relationship of harm toward Mexico, we should shift our sight toward their neighbors in the north. But, why is this so? Didn’t the Spanish kill a lot of the indigenous population? Didn’t the United States invade Mexico only once? 

The differences between these two countries are more profound than the evident socio-economic divide and the opposition between development and underdevelopment, wealth and poverty, and domination and dependence. To fully understand the complex relation between Mexico and the United States and the profound differences between them, we need to go back in time. 

The opposition between Mexico and the United States is an ancient one dating back to pre-Columbian America. The northern part of the continent was settled by nomadic, warrior nations; Mesoamerica, on the other hand, was home to settled agricultural civilizations with complex social and political institutions. The first ones were hunters, and the second ones were farmers. This division greatly influenced the policies of the English and the Spanish toward the Native Americans.

The differences between the English and the Spaniards who founded “New England” and “New Spain” were also decisive: in England, the Reformation triumphed, whereas Spain was the champion of the Counter-Reformation. Conquest and evangelization, both words deeply Spanish and Catholic, best describe what happened in Mexico. England’s colonial expansion had no relation with these.

Catholicism brought to Mexico by the Spaniards was full of assimilation and there was a mix of cultures. From the Indigenous culture, Mexico kept: the family, friendship, attitudes toward one’s father and mother, the image of authority and political power, the vision of death, work, and festivity. From the Spanish culture, Mexico kept: the language, religion, political institutions, and a brave adventurous spirit. Mexico is a nation born of two civilizations with a rich past, from both the indigenous and the Spanish. 

In the United States, there is no native element. Most Native Americans were exterminated, and the few who were left were put on “reservations.” As Mexican Nobel Prize winner Octavio Paz wrote, “the United States was founded on a land without a past.” The United States has no roots, and exactly the opposite is true of Mexico, which has an abundance of heritage. In one of his essays, Octavio Paz suggests that the attitude of Hispanic Catholicism is inclusive, and the attitude of English Protestantism is exclusive: assimilation vs. segregation.

Another significant opposition relates to the attitude of each nation toward work and festivity. For the society in New Spain, work did not redeem, and manual work was servile. The superior man commanded, contemplated, and enjoyed himself. Leisure was noble. And if you had wealth, you built churches and palaces and made big celebrations. On the contrary, the Protestant society in the United States affirmed the redemptive value of work and rejected the value of festivity. For the Puritans, work was redemptive because it freed man, and this liberation was a sign of God’s choice. 

Mexican society was very heterogeneous, so this required a strong central government tied by both the Spanish monarch and the Catholic Church. The situation of the United States was different. The small colonial communities were rather homogenous, and democratic institutions could flourish there more easily. 

For Octavio Paz, these countries’ strongest contrast is their position regarding time. The United States is a society oriented toward the future. “The American lives on the very edge of the now, always ready to leap toward the future. The country’s foundations are in the future, not in the past … the act of its founding was a promise of the future.” Mexico’s position is just the opposite. “Its ideal is to conserve the image of divine immutability… it has a plurality of pasts, all present and at war within every Mexican’s soul… Utopia for them [is] a return to the source, to the beginning.”

These different stories and paths have made both countries profoundly different. However, it must be said that Mexican society was richer and more prosperous than American society up until the end of the eighteenth century. But everything changed…

Right after Mexico’s independence, the United States started disrupting even more the unstable situation of the new nation. One of the darkest figures of U.S. imperialism and one of its finest spies and troublemakers was Joel R. Poinsett, the first U.S. agent in South America and first U.S. minister to Mexico. He was a Protestant, mason, anti-Catholic, anti-Hispanic, anti-monarchy, greedy, and clear-minded officer determined to get the most benefit for the United States out of the Mexican political situation —very much anti-Mexican.

He was sent to promote a border adjustment that would grant the United States two-thirds of Mexican territory. Of course, his petition was denied. But after his attempts failed, he chose a different strategy: dividing Mexicans and fostering intrigues among them. For this purpose, he established masonic lodges, which have disrupted and managed Mexican governments ever since. Additionally, he fostered the anti-Spanish “black legend” that suggests that the Spaniards robbed and murdered the great indigenous cultures. But this is not true since the Mexican nation is mestiza, which means the combination of both Spanish and Indigenous. Of course, there were some abuses, but the balance is more positive than negative. The situation in Mexico fostered the first developments of the notion of human rights by religious missionaries and Mexico did not have slaves as the U.S. because its citizens were direct subjects to the King of Spain as requested by queen Elizabeth since Columbus discovered this land.

Poinsett’s evil intentions also encouraged the expulsion of the remaining Spaniards, which produced a greater crisis in Mexico in many ways: there was a loss in population in several regions that were left as easy prey for ambitious Americans, a loss in capital and industry needed for the development of the new country, and the loss of many priests and missionaries. Finally, people asked for Poinsett’s expulsion of the country because of all the instability that he was causing. But in 1847, the United States invaded Mexico, occupied it, and imposed on it terrible and heavy conditions of peace. This was the Mexican-American War in which the United States forced Mexico to cede more than half of its territory. The greedy territorial expansion of President Polk left Mexico with worse domestic turmoil, lots of lost lives, and its national sentiment in a state of degradation and ruin.

During much of the nineteenth century, Mexico suffered civil wars, and Mexican liberals (mainly masons left by Poinsett’s work) tried to implant a democratic republic by confronting the Catholic Church. This meant a radical break with the past and produced more internal division. This rupture with the Church made education collapse and resulted in leaving lots of people uneducated and poor. The wars eventually produced the militarism that led to the dictatorship of president Díaz, which in turn led to the Mexican Revolution, which could not implant true democracy but only an authoritarian regime with a mask of democracy. Social inequality and the actions of economic monopolies, among them those of the United States, have made it more difficult for Mexico to develop ever since. 

Up until these days, American interference in Mexican politics continues but it has morphed into the economic pressure of big companies and their power to manipulate and abuse Mexico’s frail institutions corroded by corruption. Additionally, the United States somehow abuses its southern neighbor’s dependence and takes advantage of cheap labor without providing labor rights or security to the employees’ families. 

A particular situation of injustice in the Mexico-U.S. relations that can be portrayed as a “global shadow” is the one related to the war on drugs. It is a multifaceted shadow of power, privilege, inconsistency, and irresponsibility because the U.S. government has made little progress in reducing the demand and consumption of illegal drugs. This has encouraged market growth for drugs, which fosters cartel growth too and triggers many vicious cycles at the same time. Drug violence disrupts communities and many young people die from drug-related violence or drug overdoses. Moms have to work in factories (far from their homes) to provide for their kids, and in the meantime, kids are left alone at the mercy of drug cartels that enroll them for their business. Drug consumption is a societal ill, but the most affected are the most vulnerable. The United States seems to care only for its economic profit and washes its hands by providing more weapons to combat the cartels but does nothing to address the vice of its citizens that causes all the trouble. In the meantime, in addition to all its problems, Mexico is becoming a drug consumer itself, and the legalization of marijuana in some U.S. jurisdictions has pushed drug trafficking organizations to refocus on harder drugs.

One solution could be reducing consumption through serious campaigns and not further encouraging consumption through the legalization of drugs. Culture must be changed. The sickness of the United States is moral, and its hedonism is another face of desperation. Licentiousness is not liberty. Freedom is not doing whatever one wants. True freedom is to do the Good. Let us teach our young ones to use their freedom to serve one another in love.

Proponents of drug legalization say it will eradicate the black market, but it may as well continue selling marijuana at a lower price and to the underaged. Say NO to marijuana YES to education. In seeking the common good, the state should protect its citizens. By exercising true freedom, you do not harm yourself nor others…  

Paz’s genius ends his insightful essay about Mexico and the United States with a warning that is still valid today:

“Today, the United States faces very powerful enemies, but the mortal danger comes from within: not from Moscow but from that mixture of arrogance and opportunism, blindness and short-term Machiavellianism, volubility and stubbornness which has characterized its foreign policies during recent years … To conquer its enemies, the United States must first conquer itself—return to its origins. Not to repeat them but to rectify them: the “others”—the minorities inside as well as the marginal countries and nations outside—do exist. … If the United States is to recover fortitude and lucidity, it must recover itself, and to recover itself it must recover the “others”—the outcast of the Western World.”

Octavio Paz, “Reflections-Mexico and United States”, The New Yorker, September 1979.
Nación en llamas: Laicismo, individualismo y la creciente islamización de Europa

A propósito de El trabajo intelectual

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El trabajo intelectual
Jean Guitton, Rialp (Madrid),
2005. pp. 160.

En esta civilización “archisaturada” de conocimientos y medios para adquirirlos, todos alguna vez nos hemos sentido desalentados porque utilizamos imperfectamente nuestra energía mental y porque en el siglo XXI nuestro saber ya no puede ser enciclopédico.  No obstante, el maestro Guitton nos ofrece una guía para ordenar nuestros estudios y mejorar su rendimiento, “para perfeccionar la memoria, nervio del entendimiento; para entrelazar el espíritu con el cuerpo, obtener un esfuerzo y una labor absolutos y mantenerse, sin embargo, alegres.” Nos enseña cómo tener un tesoro sin que se pierdan ninguno de nuestros esfuerzos,  ya que “lo que desalienta en los estudios, es ver que los conocimientos no se acaban de adquirir jamás, que no se conservan, no se agregan unos a otros en un desarrollo continuo y sustancial”. Así, este pensador nos orienta sobre cómo recoger, mediante signos, el trabajo del espíritu, fijar el pensamiento propio y el de los demás, para que podamos volver a pensar sobre lo que una vez hemos conocido y amado en ese movimiento de retorno que representa el conocimiento. 

Jean Guitton, pensador católico, doctor en letras y miembro de l’Académie française, nos regaló hace más medio siglo un valiosísimo libro llamado: El Trabajo Intelectual. Podría sonarnos ajeno este título, porque usualmente descuidamos ese aspecto que es el único que al final del día nos colma de satisfacción. Pero es un error pensar que las fatigantes actividades del trabajo diario no puedan compaginarse con semejante delicia. Es aquí donde entra monsieur Guitton para compartirnos con la elocuencia de un sabio, su experiencia y consejo en este respecto.

 Enriquecido con referencias tanto interesantes como divertidas  y haciendo el libro sumamente ameno al incluir anécdotas suyas y de sublimes personajes de la talla de Simone Weil, Pascal, Victor Hugo y Napoleón, el autor nos invita a tomar el tiempo en nuestras manos  y convertirlo en una experiencia provechosa. 

Portada del libro.

Con la sencillez y amenidad de un maestro que no ha dejado de ser alumno, nos guía por el camino que debemos seguir para ejercitar nuestra voluntad y sacar provecho de nuestra existencia cotidiana. Nos recuerda cómo disponer de las herramientas que nos permitirán emplear de la mejor manera nuestra actividad intelectual y que precisamente se encuentran tan sólo en nosotros mismos. Desde cómo tomar notas, cómo dejar correr al monstruo, los  beneficios de guardar de vez en cuando nuestro detritus, y qué tipo de libros disfrutar. 

Además, sus palabras nos ponen de manifiesto que el esfuerzo intelectual puede realizarse incluso cuando se ha trabajado todo el día en la oficina. ¿Por qué escindir de los deberes de nuestra profesión las alegrías del ocio que nos concede el goce de la libertad pura? El chiste es tener siempre una atención y disposición vivaz puesto que las vicisitudes de esta vida tienen ritmos y suspensos en los cuales puede alojarse una acción del alma. Aunado a esto, “una obligación regular, que no exige una atención excesiva, pero que obliga a hacer gestos sin poner en ellos el alma, […] sirve a muchos de sostén y reposo para el trabajo del espíritu. Lo que hay que evitar es ser absorbido por ella…”

Con máximas verdaderas, simples y esenciales Guitton nos invita a ser nuestro propio maestro interior y a enriquecer la propia vida con la sustancia de lo que leemos y hacemos, puesto que todo concurre a nutrir. La clave está en “que el espíritu debe aprender a concentrarse y a encontrar en el tema, cualquiera que fuere,  su punto de aplicación; que debe hacer trabajar al reposo y a los intervalos del tiempo, a fin de madurar; [y en] que le hace falta expresarse para conocerse…”

Considero que en una ciudad caótica, en un mundo sumamente atareado, conocemos el valor del tiempo y es por eso que estamos obligados a pensar en los métodos que nos permitan utilizarlo del modo más provechoso, cosa que este profesor francés nos facilita. 

En fin, este brillante librito nos mueve a conferir un valor absoluto al acto de atención, a la perfección formal o a la tarea de un día, al reiterarnos que todo acto de atención, de paciencia, de afán de mejoramiento por mínimo que sea, encuentra en sí mismo su recompensa, independientemente del provecho y de todo resultado. 

Después de todo esto, cabe decir, sin embargo, que no nos obliga a adoptar métodos rigurosos ni resoluciones heroicas. Al contrario, nos tranquiliza e infunde confianza puesto que el progreso se logra con una práctica simple de aplicación cotidiana, como él bien refiere. Los grandes hombres no son de una esencia diferente a la nuestra, todo  hombre posee una vida intelectual en su ser y sólo es cuestión de ser creativos para engrandecer todas nuestras pequeñas tareas.

Jean Guitton Foto: Marc Gantier/ Agencia Rapho.

Pero no me mal entiendan.  El Trabajo Intelectual  no es cualquier libro de superación personal, es un manjar suculento que no se nos ofrece ya digerido y vulgarizado de manera simplona como un “libro de tips”. Jean Guitton nos permite saborear ese manjar del crecimiento intelectual y espiritual en carne propia. Nos ilumina sutilmente, cual luciérnaga posada sobre una flor, para que con nuestra paciencia aguardemos el glorioso amanecer del esfuerzo que ilumina nuestra vida.

Mejor regalo que el que hace Jean Guitton a la inteligencia y a la energía incansable de la juventud no se puede ofrecer. Sin embargo, no es un libro sólo para jóvenes. Guitton es un maestro que ningún alma ávida de pasión intelectual debe evitar. De esta forma, se nos brinda a los no tan jovencitos, la oportunidad de reflexionar sobre nuestra temprana educación escolar que frecuentemente criticamos por sus carencias, pero que examinada a la luz de lo que somos hoy y lo que nos resta por ser guarda un gran tesoro precisamente por esa imperfección.

Pensar es un arte que la sociedad actual ha dejado de valorar, pero como en todo arte, es preciso dominar las técnicas y métodos que los grandes hombres han usado, para así estar en aptitud de crear y recrear nuestro propio ser. Tengan la certeza de que esta breve joya les permitirá hacer gozar el alma en medio del propio trabajo.

MDNMDN