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AUSENCIAS

por | Nov 8, 2020 | 0 Comentarios

Fernando Galindo

En estos últimos meses todos hemos perdido algo. Algunas pérdidas parecen triviales: tiempo perdido o algo que nos fue robado— dinero, una llanta de refacción, una computadora. Otras pérdidas son irreparables—personas que mueren y que no volveremos a ver, al menos en esta vida y en este mundo. La muerte de una persona nos confronta de manera radical con la realidad de la ausencia.

¿Cuándo experimenta el ser humano por primera vez la realidad de una ausencia? ¿Cómo sentir lo que no está?

“Si ausencia quiere decir olvido”

Las despedidas y separaciones muchas veces ocasionan dolor corporal: en mi caso se siente como un vacío en el estómago, un mareo o una especie de náusea. El padecimiento ha sido recurrente en mi edad adulta. Las primeras veces asumí que el mareo y la sensación de cansancio debían ser resultado de algún malestar estomacal. Me tomó tiempo entender que era simplemente la inminencia del adiós. Y he visto que los niños reaccionan también de modo peculiar ante las despedidas: algunos se enojan, otros se entristecen.

Hace poco una pequeñita de dos años que apenas habla unas pocas palabras me preguntaba por su mamá y luego por su papá. Seguramente si una pequeña o un pequeño de esa edad perdiera a sus padres, los olvidaría casi por completo; pero no creo que ni ellos ni nadie evite el dolor —quizá inconsciente, quizá incomprensible o inarticulado— de la ausencia y la separación.

Supongo que hay distintos tipos de ausencia, y que las ausencias se sufren de diferentes maneras: Inmersos en el presente, los niños pequeños notan que sus padres no están, y lloran. Es imposible que sepan si se trata de una ausencia permanente o transitoria, y no parece importarles las causas o explicaciones de la ausencia. Y sí, hay veces que su madre, su padre, o ambos se van y no vuelven.

Hay también ausencias que resultan de separaciones impuestas por las circunstancias: amigos  que viven a gran distancia uno del otro; familias extensas que viven en distintos países; o padres que viven separados de sus hijos y creen que volverán a reunirse, pero no saben cuándo. Millones de padres y madres de familia en todo el mundo migran al extranjero o a grandes ciudades lejos de su lugar de nacimiento en busca de oportunidades laborales y un salario digno, suficiente para sostener a sus familias, que permanecen en su tierra natal. Separaciones que duran meses, a veces años, y que inevitablemente  dejarán cicatrices en las almas de los que se fueron y de los que se quedaron.

La soledad deja de ser la descripción de una situación y se vuelve un estado de ánimo.

Probablemente no a todos los padres les pese esta separación de la misma forma; hay padres que quieren mucho a su familia, pero no necesariamente disfrutan vivir con ella. Para otros padres y madres la separación es muy dolorosa: La ausencia de la propia familia eclipsa la presencia de las demás personas. La soledad deja de ser la descripción de una situación y se vuelve un estado de ánimo; la ausencia le quita el sabor y la luz a todo; la vida se vuelve insípida y difícil. Y el paliativo de la tecnología y las redes sociales muestra toda su pobreza:

La vida de familia se compone de esos mil detalles de la vida ordinaria; de esa convivencia íntima y cotidiana, de asear a los niños, poner la mesa y lavar los trastes; de ver crecer a los hijos, de padecer sus peleas y defectos; de disfrutar su ingenio, sus travesuras, sus ocurrencias y su buen humor; de soportar sus enojos y frustraciones; de acompañarlos y consolarlos en las dificultades, en la medida de nuestras muy limitadas posibilidades. Las redes sociales nos dan imágenes y algunos sonidos, sombras nada más de la compañía y de la convivencia; son un placebo, jamás una medicina para la ausencia. Esto es obvio para la ausencia de la pareja y de los hijos: las imágenes saben a muy poco, casi a nada; pero se aplica a cualquier ausencia.

“Desde que te fuiste no he tenido luz de luna”

Un caso especial de ausencia es el desamor. En otro tipo de ausencias, la separación aunque puede darse por decisiones personales, está también vinculada con condiciones de salud, económicas, políticas, profesionales o de estudio que escapan a nuestro control: Nos separamos, porque no nos queda de otra. En cambio la ausencia por desamor es resultado de la voluntad de una persona que no quiere estar con nosotros, que no quiere nuestra presencia, muchas veces con independencia de cualquier otra circunstancia. Por eso es una ausencia tan dolorosa y no tiene nada de trivial o de superficial.

El rechazo amoroso es seguramente una experiencia universal y debe ser una de las primeras experiencias de la ausencia para un adolescente. Pero el rompimiento no es exclusivo de parejas jóvenes. Y las consecuencias en el rompimiento de una pareja madura suelen ser de la mayor seriedad y afectar casi todos los ámbitos de la vida de los involucrados.  En el caso de los matrimonios con hijos jóvenes se trata, además, de rupturas y ausencias que afectan a terceros: a los hijos, a los abuelos, a los tíos y a los primos; donde antes lo cotidiano era la presencia, se impone ahora la ausencia.

En algunos de sus rasgos, la ausencia por desamor casi se parece a la más definitiva de las ausencias: la que nos impone la muerte. Pero en el desamor pesa más la decisión de una persona, el misterio de la libertad; y en la muerte, normalmente no es así.

Tumbas abandonadas AF Lápida visible: “Lugar de reposo del matrimonio Geiger”.

De la muerte quizá lo que más nos impresiona es su irreversibilidad—la muerte es definitiva y no admite réplicas. Con la muerte no se puede negociar. La muerte pone en evidencia la fugacidad y fragilidad del presente: el hecho de que no podemos aferrarnos al tiempo; que se nos escurre entre las manos y fluye, implacable, hacia la muerte de nuestros seres queridos y de nosotros mismos.

La muerte es para nosotros una experiencia vicaria, que conocemos a través de la ausencia. Distintas ausencias nos hacen conocer de distinta manera a la muerte: no es lo mismo perder a una abuela que a una hija o a una madre; perder a un hermano o a un amigo; a una persona mayor o a un nonato.

Algunas muertes nos impactan más que otras, por la ausencia que provocan, por lo súbito o lo injusto. A veces duelen más las muertes evitables; las muertes ocasionadas por la ineptitud, la indiferencia o la perversidad de otros seres humanos.

Pero toda muerte—justa o injusta; natural o provocada; en la ancianidad, la juventud o la niñez— deja una ausencia. Y la ausencia de alguien a quien amamos, o amábamos—¿quién dirá cuál es la expresión correcta?—es siempre dolorosa. Se trata de un dolor complejo que seguramente cada uno sentirá de forma distinta; pero en todo caso es un dolor real, es el más real de los dolores: una punzada violenta que nos hiere en momentos inesperados y que puede doblegarnos o incluso derribarnos; o una punzada incesante, permanente, un chirrido que como triste música de fondo nos acompaña siempre; nos acostamos queriendo olvidarlo, solo para despertarnos deseando que las cosas fueran diferentes; que la ausencia no fuera definitiva; que pudiéramos negociar con la muerte.

“Tú eres la tristeza de mis ojos”

De todas las ausencias es difícil imaginar una más dolorosa que la ausencia por suicidio.

Atrapado por la angustia, por un dolor crónico, una tristeza invisible y silenciosa, o algún otro malestar, quien se quita la vida priva de su presencia a sus seres queridos.

La ausencia provocada por un suicidio se parece al desamor, porque implica también al menos un momento de decisión; a veces también días, meses o años de ideación. Nos lastima porque, además de privarnos del ser amado, queramos o no, lo sentimos como un rechazo a nosotros y a nuestra presencia. Nos lastima porque nos hace sentir culpables e impotentes a la vez. Culpables porque no supimos o no quisimos darle razones para vivir a quien se quitó la vida, no supimos cuidarle…llegamos tarde. Impotentes porque ya no hay nada que podamos hacer para recuperar, siquiera por un instante, la presencia de quien se fue. Perplejos porque nunca comprenderemos qué sintió la otra persona. Tristes y avergonzados porque quizá le fallamos y no supimos hacernos presentes, aliviar su dolor, hacerla sentir querida, alegrarla.

¡Yo no quiero estar bien conmigo mismo; yo lo que quiero es volverte a ver!

Frente a esta realidad inexorable palidece el voluntarismo y esa especie de “motivacionismo” contemporáneo que se manifiesta en la obsesión por la salud, la “cultura del wellness”, el miedo al dolor, a la derrota y al fracaso. No es cierto que “querer es poder”, ni que “todo cambio depende de ti”; ni que basta querer “estar bien con uno mismo”, para estar bien. ¡Yo no quiero estar bien conmigo mismo; yo lo que quiero es volverte a ver!

También se vuelven patentes, dolorosamente patentes, los límites de nuestra capacidad de comprensión y explicación. Hay realidades como la muerte que nunca podremos acabar de comprender; hay dolores, como el de la ausencia que nunca podremos curar, ni olvidar.

¿Por qué querríamos olvidar o disimular la ausencia de un ser querido? Si ya hemos perdido a alguien, ¿por qué querríamos perder también su recuerdo?

La ausencia, las distintas formas de ausencias, nos recuerdan todo aquello que no podemos cambiar y que no depende de nosotros.

Algunas ausencias, las de nuestros mayores, nos recuerdan lo que fue y ya no es. Y nos vuelven agradecidos por aquello recibido y que ya no podremos corresponder.

La ausencia de nuestros hijos, que por alguna razón se nos adelantaron, nos hacen pensar en todo aquello que pudo haber sido y no será; nos ayudan a agradecer por lo que sí es y a ser humildes frente a todo aquello que no podemos controlar.

Cada ausencia es una prueba de que ninguna persona está de más, de que nadie es sustituible. Es doloroso perder a alguien, pero es más triste e inhumano, no sentir dolor por la ausencia de nadie.

No Bad Days AGGC
Fernando Galindo

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