Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

En un gobierno, en una empresa, un equipo deportivo, una familia o en cualquier institución la característica esencial y definitoria de un liderazgo ético es que hace mejor a cada una de las personas que conforman el equipo, incluyendo al líder; y que además beneficia a la institución, ayudándola a cumplir su misión y beneficiando así a la sociedad.

El liderazgo ético está orientado al bien personal y a un bien común.

Es el único liderazgo que vale la pena ejercer y apoyar. El único que nos conviene, al margen de lo que digan la moral, las tendencias o las modas.

Es un error grave pensar que lo esencial en un buen liderazgo es que sea efectivo, que “dé resultados”; y que todo lo demás es ingenuidad, idealismo trasnochado o moralina.

En política, en negocios y lamentablemente también en las familias sobran ejemplos de liderazgos “efectivos”—sumamente dañinos para quien lo ejerce y para quien lo padece como subordinado o como parte de la institución o la sociedad donde tiene impacto ese liderazgo.

Alguien que da resultados al margen de la ética —al margen de si los objetivos buscados son buenos o malos, y del modo de tratar a las personas para alcanzarlos— es un operador, no un líder genuino.

Mafias y organizaciones que actúan en la clandestinidad persiguiendo fines ilegítimos e ilegales tienen “operadores” en ocasiones muy eficientes. Que la palabra se haya vuelto común en el lenguaje político de México es un síntoma más de los malestares que aquejan a nuestra democracia.

Un operador que logra tejer una red de operadores subordinados a él, y que logra enquistarse en alguna jerarquía institucional  y disponer de los recursos de una institución, se convierte de simple operador en líder…un líder tirano, no un líder ético.

Más allá de lo que digan, de cómo se presenten ante los demás, incluso de cómo se vean a sí mismos, el operador y el líder tirano persiguen bienes excluyentes: bienes que, de alcanzarse, no se pueden compartir. Bienes como el enriquecimiento individual, los placeres excesivos, el poder como dominación y la fama, esa hermanastra frívola y a la vez perversa de la honra.

A operadores y tiranos el beneficio de los subordinados, de la institución y de la sociedad les tiene sin cuidado.

El beneficio, por ejemplo, de la empresa y sus actores claves —accionistas, colaboradores, clientes proveedores— será buscado por un líder tirano solo en la medida en que le ayude a alcanzar los bienes excluyentes anhelados. Se tratará de un beneficio accidental, que puede o no acompañar la búsqueda de un ideal pervertido de éxito egoísta, que se persigue a costa de los demás, principalmente a costa de los subordinados; no gracias a ellos. Éxito que implica la degradación y paulatina corrupción de los subordinados, y muchas veces el atropello de personas, instituciones y leyes.

Por eso el líder tirano se rodea de ingenuos entusiastas (“idiotas útiles”) numerosos oportunistas, aduladores y sicofantes (denunciantes pagados para calumniar)

El líder tirano manipula y persuade a través del miedo y las amenazas; o seduce a través del carisma y de las dádivas. La lealtad que cultiva es hacia su figura; no es fidelidad al proyecto ni a la empresa.

Por el contrario, un liderazgo ético convoca y entusiasma con la riqueza y la ambición del proyecto; con la posibilidad de crecer como persona, de crecer en la institución. Nos ofrece la oportunidad de ser mejores, hacer el bien y ganar dinero dignamente.

El liderazgo ético exige con el ejemplo y convence con la humildad de reconocer que necesita y pide nuestra participación para llegar a cabo una empresa noble. Permite la continuidad en el tiempo porque está comprometido con el desarrollo de las personas y la realización del proyecto; y no con el culto a la personalidad del líder y la satisfacción de sus caprichos. No necesita la luz veleidosa y siempre pálida de la fama; pero tampoco las sombras que operadores y tiranos requieren para disimular sus malas y vergonzosas acciones.

Un líder tirano solo podrá tener empleados o cómplices, jamás colaboradores ni socios; tendrá seguidores, pero nunca compañeros, mucho menos amigos.

Eclipse de la civilización

Eclipse de la civilización

Tal parece que el aborto se ha convertido en “la manzana de la discordia”, en signo de contradicción. Muchas veces se vuelve el elemento determinante, definitorio, de las opciones políticas. Los países y dentro de ellos la política, se atrincheran en posiciones inexpugnables: o a favor o en contra. Quizá donde mas vivamente se experimenta esa batalla es en los Estados Unidos. Prácticamente divide al país en dos porciones: pro-vida y pro-muerte están dispuestos a pelear cada milímetro del territorio.

Tristemente, el pasado 7 de noviembre, se engrandeció el territorio en donde existe el “derecho a matar”. Un referéndum determinó incluir en la constitución del Estado de Ohio, el “derecho a abortar”, que se introduce en el Artículo 1º sección 22, bajo el título de: “El derecho a la libertad reproductiva con protecciones para la salud y la seguridad”. La redacción del artículo es lo suficientemente ambigua como para que quepa, con algunas condiciones, discrecionales, la posibilidad de abortar hasta el 9º mes del embarazo. En principio el limite estaría en el momento en que el feto sea viable -es decir, pueda vivir fuera del seno materno-, pero si a juicio del médico es necesario realizarlo para proteger la vida o la salud de la madre, se puede efectuar después. Y no olvidemos que, si por salud se entiende también “salud psíquica”, todo cabe en ese presupuesto.

Y así, mientras estados como Texas, Misuri, Oklahoma, Utah, Idaho, Wyoming, Dakota del Norte y Dakota del Sur, restringen el acceso al aborto, otros, como Ohio, lo reconocen como derecho en su constitución. Pero hay algo que huele mal en el caso de Ohio, pues en ese estado no entró el aborto como suele entrar: a través de una decisión judicial —es decir, de un grupo pequeño de personas que imponen su particular ideología—, o por medio de un debate parlamentario —más difícil, porque el grupo que presiona para imponer el aborto debe ser más grande. Sucede, sin embargo, en esos casos, que las decisiones no representan, usualmente, la forma de pensar de las mayorías, de la gente normal, sino a un grupo activista o a una pequeña elite intelectual que logra manejar los mecanismos de poder. Pero en Ohio no fue así, pues el aborto entró por la puerta grande, a través de un referéndum, mostrando así, inequívocamente que la mayoría de sus habitantes lo sostienen y respaldan la cultura de la muerte.

Ese solo hecho representa una derrota para la civilización, para el humanismo, para la dignidad de la persona, que se convierte en papel mojado, una vez que el derecho a vivir presuponga el participio “deseado”. Significa que la mayoría de la gente está dispuesta a usar de la violencia —el aborto es un acto violento— contra los inocentes para resolver sus problemas. La radiografía espiritual de ese estado evidencia así cómo ha cuajado una mentalidad contraria al valor de la vida humana y a la dignidad de la persona. Muestra, de forma incontrovertible, que los que defendemos la vida somos minoría, lo cual supone un auténtico eclipse de la civilización. En poco tiempo hemos vuelto al paganismo y echado en saco roto dos mil años de cultura cristiana; nuevamente la vida no vale nada.

La sentencia de Roe vs Wade fue en su momento un auténtico golpe de mano de una minoría activista hábilmente organizada. Su reciente anulación obligó a sincerarse a la sociedad en los Estados Unidos, posicionándose a favor o en contra de la vida. Chocan en ese contexto dos pilares de la cultura americana: el pragmatismo, que busca la forma más fácil y sencilla de resolver problemas, sin hacerse mayores complicaciones morales, con la raíz cristiana de su cultura, gracias a la cual “todos son iguales ante la ley” (Declaración Universal de Derechos Humanos, n. 7), presupuesto fundamental de toda democracia que se precie de serlo. Lo práctico vs el valor de la persona.

Ciertamente, perdimos una batalla, no la guerra. Pero descubrimos también, con horror, cómo las raíces de la “cultura de la muerte” son profundas. No es solo cuestión de mostrar evidencia científica de que el embrión y el feto son seres vivos de la especie humana, como sugiere el Papa, sino que se trata de una auténtica batalla cultural, y de volver a poner los cimientos de una civilización que reconozca y respete la dignidad humana.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Señores de la vida y de la muerte

Señores de la vida y de la muerte

Parece que los jueces británicos gustan de excederse en sus atribuciones, considerándose una especie de “oráculo”, con capacidad de decidir quién debe vivir y quién no. Una vez más, como hace 5 años sucediera con Alfie Evans, han determinado que la bebé de ocho meses, Indi Gregory, debe morir. Es lo mejor para ella -dicen-, y ellos son los únicos capacitados para determinar qué es lo mejor para la menor. No importa que los padres de la bebé no estén de acuerdo, ni siquiera que se le haya ofrecido tratamiento en el Hospital Bambino Gesú del Vaticano y que le fuera concedida la nacionalidad italiana por Giorgia Meloni, para poder ser atendida en ese país.

De hecho, los jueces tomaron esa posibilidad como una especie de insulto. El juez Peter Jackson consideró que la idea de que las autoridades italianas estaban en mejores condiciones de determinar los intereses del bebé era completamente errónea. ¡Claro, lo mejor para la bebé es morir! ¿qué duda cabe? No importa que los padres no piensen así, ni los médicos del Hospital Bambino Gesú. No sólo eso: la bebé debe morir en el hospital, ni siquiera se autorizó a los padres a llevarla a su casa, mucho menos a sacarla del país. Y ¡vaya que los atribulados padres hicieron la lucha! Acudieron primero al Tribunal de Apelaciones de Londres y después al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, Francia, con la intención de revocar la decisión, sin obtener mayor éxito.

Ahora bien, lo que está claro —a mi humilde entender—, es que los tribunales se están excediendo en lo que a sus atribuciones se refiere. Con esa serie de decisiones y de negativas a las sucesivas apelaciones de los padres, no parecen formar parte de una democracia europea del primer mundo, sino de una república totalitaria. Con el mayor desparpajo han eliminado, de un plumazo, el derecho de los padres a la patria potestad de sus hijos; a decidir qué es lo mejor para ellos; a buscar todas las maneras posibles de beneficiarlos. En lugar de tomar su lugar, establecido claramente por el principio de subsidiariedad, se han arrogado la suprema autoridad sobre Indi Gregory, despojando a sus padres Dean Gregory y Claire Staniforth, de un derecho que les compete por naturaleza a ellos. Los padres son los responsables de los hijos; quienes los han traído al mundo; quienes velan por su alimentación; salud y educación, requiriéndose los servicios del Estado sólo de manera subsidiaria, en aquellos aspectos que los padres no puedan atender directamente, o a falta de los mismos.

Lo triste del caso es que los jueces no están dispuestos a considerar su arbitraria decisión. No les importa el grave incómodo de los padres, les tiene sin cuidado el que otro hospital se haya ofrecido para atender a la bebé. No, la bebé, sí o sí, debe morir, es lo mejor para ella, porque ellos lo han decidido así. ¿Cabe imaginar mayor prepotencia y abuso del poder? Si el Queen’s Medical Center de Nottingham ha dicho que no puede hacer más por la niña, el Hospital Bambino Gesú, le abrió sus puertas. Si no tenía futuro en Gran Bretaña, Italia le quería dar otra oportunidad, concediéndole incluso la nacionalidad, para hacerlo todo en regla.

Los jueces negaron a los padres la posibilidad de llevar a su hija a Roma. ¿Con base en qué derecho te despojan de la capacidad de llevar a tus hijos a donde quieras? ¿Con qué sustento jurídico pueden impedirte acudir a otros médicos, cuando unos han reconocido que no pueden hacer más? ¿Por qué no pueden, ni siquiera, llevar a su hija a su hogar? ¿Eso es propio de un “Estado de Derecho”? Simplemente el estado británico despojó de sus derechos a los legítimos padres, y dictaminó, unilateral y absolutamente, que la niña debe morir y no se le deben dar más tratamientos.

No se trata, ni siquiera, de un caso de eutanasia. Se suele afirmar, eufemísticamente, que la eutanasia supone la consagración de la capacidad de autodeterminación del ser humano. Implica, en consecuencia, que el interesado quiera morir y lo exprese repetidas veces de modo incontrovertible: esa es su voluntad definitiva. El caso de Indi Gregory se parece más a una condena a muerte, que a una eutanasia. Ella, obviamente, no puede expresar su deseo de morir. Los responsables naturales de ella, sus padres, no quieren que muera y desean buscar otras opciones; opciones que encuentran, pero los jueces, arbitrariamente, les impiden acceder a ellas, y condenan, sin apelación posible, a morir a la bebé. Ante casos como este uno se pregunta, ¿de qué nos sirve entonces el ordenamiento jurídico?

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Consenso y Verdad

Consenso y Verdad

Por Carlos Agustín Masías

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

En cierta ocasión me encontré en una conferencia donde un orador audaz se aventuró a describir la ética kantiana como una ética del consenso. En esta interpretación se sugería que para Kant las verdades éticas eran producidas por el acuerdo colectivo de las voluntades individuales. A partir de ello, nuestro orador nos alertaba de la amenazante posibilidad de que, bajo la egida de la ética kantiana, pudiéramos llegar a legitimar criterios de acción que fueran diametralmente opuestos a los nobles principios morales y a la sagrada dignidad personal.

Sin embargo, al analizar con más detenimiento esta perspicaz mirada relativista sobre la ética kantiana, se nos revela una falta evidente de profundidad en la comprensión del propio Kant. Pues, de haber explorado minuciosamente la obra del filósofo de Königsberg se hubiera descubierto que, para él, remitirse al juicio de la multitud era apelar

«a un aplauso que hace ruborizar al filósofo; pero que pone altanero y triunfante al ingenio popular», razón por la cual, «no se te puede admitir que apeles al consenso de la razón humana universal». Kant era, en esencia, un crítico severo del mero consenso como fundamento para establecer los principios, ya sea en el ámbito teórico o práctico.

Así, podemos apreciar que la actividad filosófica kantiana se sumerge en la profundidad de la razón humana universal, en busca de un fundamento de la moral más sólido y profundo que las cambiantes corrientes de los rumores públicos. En su búsqueda de un fundamento sólido de la moralidad, Kant nos exhorta a elevarnos por encima de las fluctuaciones del tiempo y de la opinión pública, y a buscar principios éticos que sean racionales, universales y fundamentados en la dignidad de cada ser humano. En definitiva, Kant nos recuerda que la verdadera ética no se halla en la aprobación de la multitud, sino en la reflexión crítica y en el respeto inquebrantable por los principios morales.

Sin embargo, más allá de las consideraciones de la filosofía kantiana, nos encontramos frente a un error de dimensiones formidables que reside en la errónea reducción de la noción de consenso a un mero asunto de voluntarismo, o incluso a un asunto de afectividad desbordada, con lo que se desconoce por completo la naturaleza racional de los consensos. Muchas veces olvidamos que por lo general los consensos no se forjan a capricho, que no son la simple expresión de lo que anhelamos; muy por el contrario, los seres humanos construyen consensos sobre la base de la selección de aquellas ideas que parecen más racionales, lo cual muestra su profunda conexión con la razón humana.

Dicho esto, hay que aclarar que la racionalidad de un consenso viene señalada por su arraigo en principios y criterios de racionalidad práctica que actúan como su marco de referencia y que ellos mismos no son producto de consenso alguno. Por ejemplo, cuando Kant señaló que en toda acción debemos tratar a nosotros mismos y a los demás siempre como fin y nunca solo como medio, enunciaba un principio práctico sobre el cual podemos intentar consensuar nuestras discrepancias, y lo mismo ocurre con principios como el fin no justifica los medios, no hagas a otros lo que no te gustaría que te hagan a ti o el bien debe seguirse y el mal evitarse, por mencionar algunos.

La solución y avance que podamos hacer en cuestiones prácticas dependerá muchas veces del consenso de opiniones que podamos establecer sobre la base de esos principios y criterios racionales. Dicho consenso racional de opiniones tendrá un valor heurístico en la búsqueda de la verdad práctica. Ciertamente, como observó Aristóteles, las opiniones que merecen ser tenidas en cuenta son aquellas que «parecen bien a todos, o a la mayoría, o a los sabios. Y, entre estos últimos, a todos, o a la mayoría o a los más conocidos y reputados». Es decir, vislumbramos la verdad práctica sobre las sólidas bases de un consenso racional, apoyado por la ponderación y la deliberación y no por meros impulsos emotivos.

La interpretación voluntarista del consenso parece esconder en su corazón un oscuro pesimismo antropológico; pues parece sugerir que la mayoría de las veces los seres humanos se embarcan en un juego de elecciones irracionales, impulsados por locas pasiones o caprichosas emociones tan volátiles como las predicciones del clima. Sin embargo, para un filósofo de la vieja escuela que todavía cree en la capacidad racional del ser humano, la idea de que el consenso sea simplemente el resultado de una sociedad de chiflados compartiendo sus delirios colectivos es un tanto extravagante. Es más probable que, dada nuestra condición racional, el consenso sea el producto de razones comunes en lugar de un carnaval de irracionales rarezas. Por ello, en el ámbito práctico-comunitario, un filósofo como Tomás de Aquino, creía que «cuando se trata de una comunidad libre, capacitada para darse leyes, el consenso de todo el pueblo expresado en la costumbre vale más en orden a establecer una norma que la autoridad del príncipe, cuyo poder para crear leyes radica únicamente en que asume la representación del pueblo».

Así que, en resumen, el consenso es como ese amigo razonable que todos tenemos, pero no es la fuente de la racionalidad. A medida que exploremos el laberinto de nuestras decisiones colectivas, recordemos que, por encima del consenso, siempre prevalecerán principios y criterios más racionales, listos para iluminar el camino hacia la verdadera racionalidad. En última instancia, lo que no debemos olvidar es que el ser humano sigue siendo un ser capaz de la razón, incluso si a veces parece que pierde la brújula en un mar de caprichos e impulsos. El consenso puede ser una guía útil, pero no la última palabra en la búsqueda de la verdad y la sabiduría.

5. México como botín / Muerte por acidia

5. México como botín / Muerte por acidia

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Ir a la parte 1 “Ciudadanos rabiosos”

Ir a la parte 4 “Las virtudes de la anti-política y los vicios de los políticos”

En el origen de estos vicios se encuentra la carencia de una formación política sólida compuesta por ideales, principios e ideas.

Muchos políticos no tienen claro qué ideales son los que orientan su actuar, no han pensado o han olvidado hacia qué metas, anhelos profundos y horizontes dirigen sus acciones. Tampoco tienen claro sus principios: aquellos lineamientos de su actuar en los que no están dispuestos a transigir, al margen del costo electoral que esto pueda tener o de la recompensa monetaria. Sin ideales y principios es muy difícil tener ideas nuevas, que nos ayuden a transformar nuestra realidad.

El vacío de ideales y principios, y la carencia de ideas es quizá lo que ha permitido el auge del marketing político como la dimensión esencial de la actividad política contemporánea. El marketing político es un hijo bastardo de la política  que tiene antecedentes en la práctica sofística denunciada magistralmente por Platón en “Gorgias”, y que adquirió una nueva fuerza con la conjugación del advenimiento de la televisión y el genio norteamericano para vender todo, hasta políticos.[1]

El marketing político es una forma suave de la propaganda, esa estrategia de manipulación de masas perfeccionada por Joseph Goebbels durante el régimen Nazi y tan popular también en el otro totalitarismo stalinista. Pero no por suave es menos peligroso, adictivo y dañino para la vida democrática. El marketing político es propaganda “sin alcohol”, pero no sin azúcar. Y una adicción a las bebidas azucaradas es también dañina.

Afiche de propaganda conmemorativo del partido NSDAP. Nuremberg 1933. Fuente: Alexander Schulz

El marketing político substituye el contenido por la forma: lo importante no es tener un buen candidato, con ideales claros y nobles, principios firmes y muchas ideas. Lo importante más bien es cómo ven las masas al candidato, cómo retrata en televisión, si da la apariencia de ser una persona confiable y amable; o más bien parece un arrogante y egoísta.

En la última década el marketing político ha acaparado la mente y la imaginación de los estrategas de campaña, y ha substituido la creación de un discurso coherente y la presentación de una visión política esperanzadora, ambiciosa y de grandes horizontes, por la obsesión con la apariencia y con los aspectos más triviales del candidato o la candidata: si usa o no bigote, si se presenta con falda o pantalón; si utiliza saco o chamarra; si va o no con corbata; si utiliza colores obscuros o colores pastel; si tiene un “distintivo” como un zarape, o un rebozo.[2]

No es de extrañar por eso ni el hartazgo ni la rabia de millones de ciudadanos frente a campañas insípidas, con las mismas promesas vacías de siempre, las mismas fotografías y frases huecas de los candidatos.

La homogeneidad en los diseños visuales y auditivos de las campañas, y la nula creatividad en la propuesta, deja entrever que en México no existen suficientes agencias de marketing, o que todos los partidos recurren a las mismas malas agencias.

El marketing político, con el complemento de la obsesión por las encuestas, es la mezcla perfecta para reducir el ejercicio político y las campañas para ganar el voto ciudadano a algo similar al lanzamiento y la colocación en el mercado de un nuevo champú o de una crema de afeitar.

Fuente: El País

Uno de los “méritos” del marketing político, es haber transformado el periodo de campañas en México en las semanas más desagradables para ver la televisión o escuchar la radio; bombardeados por anuncios insulsos e idénticos entre sí, la mayoría de los mexicanos añoramos el fin de las campañas y el retorno de los anuncios insulsos e idénticos entre sí de productos, no de candidatos.

La carencia de una visión y formación política sólida, así como los excesos cotidianos del marketing político llevan a muchos mexicanos a pensar que para la llamada clase política México es más un botín, que una promesa; un botín del que hay que apoderarse a toda costa. Un botín de privilegios económicos y jurídicos que permite, a quien es lo suficientemente descarado y temerario, tener más que los demás, violar la ley con impunidad y abusar de los otros.

La actitud cínica y destructiva de tantos políticos muestra que, aunque añoran y viven para alcanzar el poder, no saben qué es el poder, ni para qué sirve: “Macht bessesen, macht vergessen” en la concisa y contundente frase de Richard von Weizäcker[3].


[1] Al respecto es enormemente interesante el artículo de la historiadora Jill Lepore, “The Lie Factory,” New Yorker, 24 de septiembre del 2011. Véase también Robert Shiller y George Akerlof,  Phishing for Phools (Princeton: Princeton University Press, 2015) en específico el capítulo 5 “Phishing in Politics”.

[2] De nuevo es recommendable Jill Lepore, “Politics and the New Machine,” New Yorker, 16 de noviembre de 2015. Y Jill Lepore, “The Party Crashers,” New Yorker, 22 de febrero de 2016. También es muy enriquecedora la reflexión de David Axelrod, Believer (Nueva York: Penguin, 2015) Pg. 74 ss. David Axelrod fue estratega de las campañas de Obama.

[3] La frase podría traducirse así: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado de para qué sirve el poder”. Y era una de las frases de Richard von Weizäcker, sexto Presidente de la República Federal Alemana. Debo la referencia a Mathias Geffrat, „Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3.” [¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta. Tercera de tres partes.] Programa radiofónico “Essay und Diskurs” emitido el 4 de marzo de 2012.

4. Las “virtudes” de la anti-política y los vicios de los políticos / Muerte por acidia

Ir a parte 3

Entérate de SPES en Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

Nous mourons à petit feu de

ne plus vouloir vivre ensemble.

Alexis Jenni, L’ art française de la guerre 

Los anti-políticos surgen en el seno de ciudadanías decepcionadas con la democracia y la política, y surgen como un intento de responder a los vicios de muchos de nuestros políticos de carrera. No es difícil identificar algunos vicios comunes en ciertos políticos, que encuentran su respuesta en las supuestas “virtudes” ya mencionadas de la anti-política:

La pretendida autenticidad responde a la incoherencia; la arrogancia moral a la corrupción; la pasión tribunalicia al cinismo; y el puritanismo ideológico al oportunismo.

La pretendida autenticidad es una respuesta a la incoherencia que muestran muchos políticos entre aquello que predican ─ democracia, transparencia, sobriedad, respeto a las instituciones ─ y aquello que viven: abuso de poder, compra de votos, opacidad en el manejo de presupuestos públicos y privilegios propios de su puesto; y un profundo desprecio a las instituciones y procesos democráticos cuando los resultados electorales no les favorecen.

La arrogancia moral es una respuesta a la corrupción en la que incurren y han incurrido tantos políticos[1]. El problema es que el arrogante moral no distingue entre corruptos y honestos; tampoco distingue entre tipos de corrupción, ni considera malos diseños del sistema democrático y de gobierno que ponen a políticos y gobernantes en circunstancias en las que es muy fácil incurrir en actos de corrupción.

El arrogante moral no toma en cuenta la condición humana vulnerable, ni las tentaciones y peligros morales propios del ejercicio del poder, de la autoridad y del manejo de cuantiosos recursos públicos.

La pasión tribunalicia es una respuesta al cinismo que muestran muchos políticos en sus declaraciones y acciones.

El cinismo en la política es la aceptación sin ambages de la brecha entre nuestros supuestos ideales, principios y convicciones por una parte, y nuestras acciones contrarias a tales ideales, principios y convicciones por otra. El cinismo es la aceptación de la corrupción personal, de la incapacidad de ser coherentes y honestos. Pero es una aceptación que al cínico ni le provoca vergüenza, ni le causa cargo de conciencia, ni lo mueve a un propósito de enmienda.

El cínico comparte con el ciudadano rabioso el desencanto frente a las posibilidades civilizatorias de la política y de la democracia, pero en lugar de enardecerse por este desencanto el cínico decide sacarle provecho  a la degradación de la ciudadanía y a la anulación de la política.

El cinismo destruye la posibilidad de creer en la política y es para la mayoría de los ciudadanos la prueba última de que nuestros políticos no tienen remedio.

En círculos partidistas se confunde en ocasiones al cinismo con un supuesto “realismo político”; se piensa que la actitud desencantada, desvergonzada y desencarnada que muestran los cínicos es una señal de madurez intelectual y disposición a ver la realidad tal cual es. ¡Nada más alejado de la verdad! El cinismo en política implica aceptar que no se puede mejorar la sociedad a través del trabajo político y que es cuestión de tiempo para que el miasma de la corrupción invada todos los ámbitos de la vida social.

El cinismo no es una actitud de madurez, sino de desesperanza. 

El anti-político, movido por la pasión tribunalicia, desea confrontar al cínico y denunciarlo. Es noble este afán tribunalicio, pero está mal orientado porque no acaba de devolverles a los ciudadanos su dignidad y su poder como agentes responsables y coprotagonistas en la construcción democrática.

Por último, el puritanismo ideológico es la respuesta al oportunismo que muestran tantos políticos en la adopción de posturas, causas y creencias. Ambos extremos son peligrosos. El puritanismo ideológico impide la negociación y la autocrítica; y el oportunismo impide desarrollar una visión política consistente y de largo plazo. El oportunismo en política es enormemente destructivo porque se rige más por las encuestas y las voces más escandalosas de un momento, que por las necesidades reales de la sociedad y la atención a problemas que solo tienen solución a largo plazo. Problemas relacionados con la infraestructura (indispensable para la industria, el comercio y el turismo), los cambios demográficos, el rezago educativo, la salud, o los temas de seguridad nacional, por poner algunos ejemplos. Ninguno de estos problemas puede atenderse tomando como criterio central la opinión recabada por una casa de encuestas, o los vaivenes veleidosos y muchas veces pagados de numerosos comentaristas en la prensa.


[1] Para un análisis del problema de la corrupción en la democracia véase el dossier “La corruption, maladie de la démocratie” en Esprit, Febrero 2014. Véase también la  fuerte denuncia desde la prisión del líder opositor ruso Alexej Nawalnyj “Die Wurzel allen Übels” (La raíz de todos los males) FAZ, viernes 20 de agosto de 2021.

MDNMDN