Cuarta estación: Jesús encuentra a su madre

por | Abr 10, 2022 | 0 Comentarios

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Por Jesús Alcántara

En el segundo capítulo del evangelio de Lucas se encuentra la escena de la presentación del niño Jesús en el templo. De acuerdo con el texto, cuando María y José llevaron al niño a Jerusalén para cumplir las prescripciones de la ley, se encontraron con dos personajes de avanzada edad que, llenos del Espíritu Santo, logran reconocer en el pequeño al Mesías esperado; por un lado, la profetisa Ana, que se encarga de dar gracias a Dios y de anunciar la llegada de Cristo a aquellos que esperaban la redención de Jerusalén; y por otra parte, el anciano Simeón que, dirigiéndose a María, pronuncia una profecía, al mismo tiempo alentadora y terrible:

Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.

La piedad tradicional de la Iglesia ha reconocido en esas palabras el primero de los siete dolores de la Santísima Virgen, a saber: la ya mencionada profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús en el templo, el encuentro con Jesús en el camino de la cruz, la crucifixión, el recibir el cuerpo muerto de Jesús en sus brazos y la sepultura del Señor.

En el viernes previo al Domingo de Ramos se conmemora, precisamente, el llamado Viernes de Dolores, en el que la Iglesia nos invita a volver la mirada especialmente hacia María, y a su propia experiencia de unión con el dolor de Jesús en la cruz.

De los llamados siete dolores, el más íntimo, y quizá también el más desolador sea el encuentro entre madre e hijo de camino al Calvario. Se trata de un momento en el que ambos tienen ya una conciencia clara de los alcances de la misión redentora de Cristo; es también el único de los dolores de la Virgen en el que madre e hijo se encuentran como dos adultos que pueden, aunque sea por un momento, mirarse a los ojos por última vez.

Las sagradas escrituras no nos transmiten las palabras que pudieran intercambiar. La mística visionaria, María Valtorta, en su “Poema del hombre Dios” dice que Jesús, al ver a su madre dijo “¡mamá!” y ella a su vez, le respondió “¡hijo!”; y nada más era necesario, porque esas dos palabras “conservan siempre su valor” y son “pronunciadas y comprendidas en todas partes, y en todas partes generan olas de piedad.”

Y cómo no conmiserarse con una madre que, sin duda, tendría el recuerdo vivo de haber acunado entre sus brazos el cuerpo de su hijo, de haber acariciado su piel tan suave, y que se encuentra en el trance de ver ese mismo cuerpo destrozado por los golpes y la carga, esa misma piel, lacerada por los latigazos y escupida por una chusma embravecida.

A nivel humano, no puede imaginarse un dolor más profundo ni más intenso que el de este encuentro. Va más allá del dolor físico. Es, efectivamente, una espada atravesando el inmaculado corazón de la Virgen Madre.

Cualquiera que haya experimentado una enfermedad, un accidente o un problema grave sabe que la mayor aflicción no es la del propio sufrimiento, sino la del impacto que tal sufrimiento tiene en aquellos que nos aman y a quienes amamos.

De ahí que no sea exagerada la doctrina de que el dolor de la Santísima Virgen participa de tal modo en la pasión del Señor que la convierte en la corredentora del género humano; su sufrimiento nos permite encontrar un sentido a nuestros propios dolores, pues, hasta en ese momento devastador, nos muestra el camino del verdadero discípulo de Cristo: unir nuestros dolores a los de la cruz, para poder así trascenderlos y participar de la salvación que esa cruz nos ha traído.

Redacción

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