Citado por hippies, multimillonarios del «Big Tech» y el Papa: ¿El Señor de los Anillos es de derecha o de izquierda?
Por Vincent Jolly
Publicado originalmente en Le Figaro (Traducción Spes)
Añadir Le Figaro a tus fuentes preferidas
Temas

J. R. R. Tolkien fotografiado en 1911. Fotógrafo inglés, siglo XX / Bridgeman Images
RELATO – Al citar un fragmento de El retorno del rey, el papa León XIV dio una nueva dimensión a El Señor de los Anillos. Un repaso al legado político y espiritual de Tolkien, celebrado desde los campus universitarios hasta los movimientos conservadores, pasando por los gigantes de Silicon Valley.
Enero de 1965, Nueva York. El joven Richard Plotz toma el metro en Brooklyn para dirigirse al campus de la Universidad de Columbia, con el fin de asistir a un curso preparatorio. Al bajar en la estación de la calle 116 del barrio de Morningside Heights, el estudiante ve en una pared un grafiti compuesto por caracteres extraños: una elegante y enigmática sucesión de bucles, curvas, trazos y puntos. Escrita en tengwar, una escritura élfica, la frase significa “Frodo lives!”: “¡Frodo vive!”.
Plotz, que había devorado los tres tomos de El Señor de los Anillos, comprados nuevos (4,95 dólares cada uno), añade su propio grafiti sobre los azulejos del metro: “¡Larga vida a Saruman!”. Y un desconocido le responde, iniciando un diálogo epistolar en las paredes del metro mediante etiquetas. Curioso por conocer a su interlocutor, Plotz termina pegando un pequeño cartel que propone una reunión de fans de la Tierra Media. Una decena de personas acude a la cita: nace la Tolkien Society of America.
Publicidad
“Me encontré con un club de fans nacional y, en cierta medida, internacional, entre manos”, recordaba Plotz en una de sus últimas entrevistas —murió en 2024—. En el campus de Columbia y en otras universidades, el fenómeno de la Tolkien Society cobra fuerza. En 1967, en plena guerra de Vietnam, Plotz incluso es enviado a Inglaterra por Seventeen (una revista para chicas jóvenes) para entrevistar a Tolkien. “Supongo que le parecía un poco divertido tener toda esa comunidad de fans que nunca había buscado”, cuenta Plotz. “Una comunidad que simplemente se había formado por sí sola, y él no sabía muy bien qué hacer con ella.”
El artículo se anuncia en la portada junto a una nota sobre los mejores consejos de belleza. Dos años más tarde, en 1969, Led Zeppelin publica su segundo álbum. En la cara B del mayor grupo de rock de la historia, la canción Ramble On incluye letras que hacen referencia directa a la Tierra Media, a Gollum y a Mordor. A finales de los años sesenta, las ventas de El Señor de los Anillos se cuentan por millones de ejemplares y las nuevas traducciones se multiplican; los libreros ven cómo Tolkien desplaza a autores estrella como J. D. Salinger (El guardián entre el centeno) y el futuro premio Nobel de Literatura William Golding (La nave, El señor de las moscas).
En medio de las tinieblas de mi vida, tan llena de decepciones, te presento la única gran cosa que amar en la tierra: el Santísimo Sacramento… Allí encontrarás el romanticismo, la gloria, el honor, la fidelidad y el verdadero camino de todos tus amores en la tierra
J. R. R. Tolkien, en una carta a su hijo
En esos mismos campus, escenario del surgimiento de ideas y valores como la lucha por los derechos civiles, la libertad de expresión, el rechazo del establishment y la denuncia de la guerra de Vietnam, ese caldo intelectual cristaliza en una verdadera contracultura. El Señor de los Anillos, con su mensaje antibelicista y su defensa de cierta ecología, encuentra allí naturalmente su lugar. Los ents, árboles vivientes, se rebelan contra Saruman, aliado de Sauron, que tiene “una mente de metal y engranajes, y no se preocupa por las cosas que crecen salvo para utilizarlas”. En cuanto a la guerra, Tolkien y sus relatos celebran ciertamente la valentía del guerrero que lucha por el bien, pero desprecian el orgullo de quienes la emprenden por placer de dominar. De ahí la célebre declaración de Faramir: “La guerra es una necesidad mientras defendemos nuestras vidas contra un destructor que quisiera devorarlo todo; pero no amo la espada brillante por su filo, ni la flecha por su rapidez, ni al guerrero por su gloria. Solo amo aquello que defienden.”
Quince años después de su publicación, la obra de Tolkien culmina, muy a su pesar, su transformación: de éxito editorial pasa a convertirse en un objeto espiritual e ideológico por derecho propio, que terminará imponiéndose como una de las obras de ficción más importantes —y más influyentes— del siglo XX. Con la salida, a comienzos de los años 2000, de las películas de Peter Jackson como punto culminante.
Tolkien, un católico ferviente
Hasta ser citado, el pasado mayo, por el papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. “Nuestro papel no es dominar todas las corrientes del mundo”, escribió tomando prestadas las palabras de Gandalf a Éomer en El retorno del rey. “Sino hacer todo lo que esté en nuestro poder para ayudar a quienes viven en nuestra época, erradicando el mal de los campos que están bajo nuestra responsabilidad, para que quienes vengan después puedan cultivar una tierra sana.”
Para los profanos y para los católicos, la presencia de una cita de Gandalf en un texto oficial del Vaticano puede sorprender. No sorprendió a la periodista Courtney Mares, responsable de las noticias del Vaticano para OSV News, quien pudo preguntar directamente al Santo Padre sobre esa referencia en el avión que lo llevaba a España. “Incluso algunos de los mayores fans de ‘El Señor de los Anillos’ quizá ignoren que Tolkien era un católico ferviente”, confía la periodista a Le Figaro. “En 1941, escribía así a su hijo: ‘En medio de las tinieblas de mi vida, tan llena de decepciones, te presento la única gran cosa que amar en la tierra: el Santísimo Sacramento… Allí encontrarás el romanticismo, la gloria, el honor, la fidelidad y el verdadero camino de todos tus amores en la tierra’.”
El propio Tolkien nunca lo ocultó y escribió en una de sus famosas cartas que El Señor de los Anillos era “por supuesto una obra fundamentalmente religiosa y católica; inconscientemente al principio, pero conscientemente en el momento de la revisión”. Hijo de una mujer convertida al catolicismo y repudiada por su familia por ello, Tolkien era, en palabras de su nieto Simon, “un católico romano muy practicante”. En una entrevista de 2003, este recuerda en particular una misa con su abuelo en Bournemouth, después de que la Iglesia sustituyera la liturgia en latín por la inglesa. “Mi abuelo evidentemente no estaba de acuerdo con eso y respondía en voz alta en latín mientras el resto de la asamblea respondía en inglés. Toda aquella experiencia me parecía bastante insoportable, pero mi abuelo no era consciente de ello. Simplemente tenía que hacer lo que consideraba correcto.”
Mi padre se convirtió en un monstruo, devorado por su popularidad y absorbido por el absurdo de la época
Christopher Tolkien
Courtney Mares continúa: “Esta cita de Tolkien por el papa no era la única novedad. Creo que también era la primera vez que temas como los ciberataques y las criptomonedas se abordaban en una encíclica.”
Al tomar prestadas esas palabras del mago, León XIV sin duda acertó con parte del público al que también iba dirigida esa encíclica: los gigantes de la IA y de Silicon Valley. Individuos que, desde hace ya varias décadas, utilizan el legado de Tolkien para sus negocios. En 2017, el genio y precursor de la realidad virtual, Palmer Luckey, creó Anduril Industries —nombre de “la Llama del Oeste”, la espada rota de Isildur que los elfos vuelven a forjar para que Aragorn pueda reclamar el trono de Gondor y conducir a los hombres a la guerra contra Sauron.
Con su larga perilla, su corte mullet y sus camisas hawaianas, Palmer Luckey podría parecerse a los estudiantes de la Tolkien Society y a los hippies que veneraban con Richard Plotz El Señor de los Anillos hace casi cincuenta años. Salvo que Anduril Industries (valorada en 60.000 millones de dólares tras una reciente ronda de financiación de 5.000 millones) es una de las nuevas empresas más destacadas de la industria de defensa estadounidense. Conocida por sus drones innovadores y sus torres de vigilancia autónomas, Anduril ha obtenido en los últimos años varios contratos con el Pentágono. Luckey también participó hace unos meses en la fundación de Erebor Bank, una institución bancaria especializada en criptomonedas y llamada así por la montaña solitaria que aparece en la historia de El Hobbit.
Detrás de Palmer Luckey se encuentra la sombra de Peter Thiel, multimillonario cofundador de PayPal y de Palantir Technologies, un mastodonte de la inteligencia que suministra servicios, entre otros, a los ejércitos estadounidense, ucraniano e israelí, y cuyo nombre evoca las piedras de visión que el señor oscuro Sauron utiliza para someter la voluntad de sus enemigos. Thiel, mentor del vicepresidente J. D. Vance, probablemente inspiró a este último, ya que su propia firma de capital riesgo fue bautizada Narya Capital en referencia a uno de los anillos de poder que lleva Gandalf. La lista de ejemplos está lejos de ser exhaustiva.
Una coincidencia que terminó por interpelar a la antigua crítica literaria de The New York Times, Michiko Kakutani. En un artículo de mayo de 2025, planteaba esta pregunta: “¿Por qué las personalidades más influyentes de Silicon Valley están tan fascinadas por los hobbits?” Y se preguntaba cómo unos libros con “magos, elfos y hobbits de pies peludos” que narran “la nostalgia de un pasado pastoral y preindustrial” se convirtieron en inspiración y hoja de ruta para esos individuos que moldean las nuevas tecnologías… y aspiran a invertir en el paisaje político.
Que estudiantes hippies, vendedores de armas potenciadas por inteligencia artificial y cargos electos conservadores o populistas compartan la misma pasión por Tolkien no es casualidad. Porque es “fundamentalmente religiosa y católica”, la mitología de El Señor de los Anillos tiene un corazón que palpita con las glorias y derrotas de la civilización occidental: su amor por la buena mesa, sus letras y sus artes, sus reinos hundidos y sus renacimientos, sus batallas caballerescas, sus reyes caídos que construyen tumbas más suntuosas que las moradas de los vivos y que concedían más importancia a los antiguos nombres de su linaje que a los de sus hijos; sus votos de esperanza arrancados a la sentencia de la desesperación.
Desconfianza hacia la tecnología
No resulta entonces sorprendente que esa música resuene con tanta fuerza en Estados Unidos, país donde la fe sigue siendo una fuerza social y política de primer orden (tanto a la izquierda como a la derecha), a diferencia de una Europa cada vez más secularizada. La izquierda podía ver en la Comarca de Frodo una oda al idilio pastoral frente a la industrialización, y la derecha leer allí una epopeya del Bien contra el Mal. Y podía encontrar en ella un relato, un imaginario y una visión: un estandarte cultural y fundamentalmente integrador que permite a algunos dar aliento y cuerpo a la defensa de la civilización occidental amenazada que dicen encabezar.
Porque si el legado espiritual “fundamentalmente católico” de Tolkien nunca ha sido objeto de debate, su legado político sí ha hecho correr mucha tinta. Fingiendo ignorar que escribió y repitió que su obra era perfectamente apolítica, decenas de investigadores y universitarios se han enfrentado mediante libros para intentar determinar si El Señor de los Anillos es una obra de derecha o de izquierda. Una sola cosa parece más o menos cierta: esas empresas de Silicon Valley y lo que representan están en las antípodas de las convicciones del autor, quien —marcado por los combates del Somme durante la Primera Guerra Mundial— alertó en numerosas ocasiones sobre los peligros del totalitarismo y sobre la desconfianza hacia la tecnología.
Pero El Señor de los Anillos, como otras obras de ciencia ficción o fantasía heroica, ha sido recuperado progresivamente por ciertas familias de la clase política. En particular por los conservadores. Como señala Kakutani en su artículo, Steve Bannon, estratega de la primera campaña de Donald Trump y uno de los arquitectos de una nueva derecha populista, estuvo durante mucho tiempo fascinado por World of Warcraft, uno de los videojuegos más célebres, cuyo universo está fuertemente inspirado en el de El Señor de los Anillos. Incluso se ganó la vida durante un tiempo dirigiendo una empresa de venta de oro virtual en dicho juego en línea. Más recientemente, la primera ministra italiana Giorgia Meloni, apasionada por El Señor de los Anillos, también contribuyó a dar una tonalidad política a la Tierra Media. La derecha ha estado siempre más inclinada, en los últimos años, a capitalizar internet y sus contraculturas, hasta arrebatárselas a sus propietarios originales, mayoritariamente más bien de izquierda.
Leer también Peter Jackson: “Después de El Señor de los Anillos, estaría encantado de hacer una película pequeña”
Querer imponer una lectura ideológica simplista —de izquierda o de derecha— sobre la mitología creada por Tolkien es, en el mejor de los casos, una empresa imposible y, si no, una desnaturalización total de ese universo profundo y complejo. Tolkien y sus herederos, por lo demás, nunca vieron con buenos ojos la popularidad planetaria de El Señor de los Anillos y de El Hobbit, quizá porque la mayor parte de los derechos no les correspondía. El legado espiritual y político de Tolkien —si es que existe uno— no puede resumirse en esos tres libros, ya que representan solo una ínfima parte de un trabajo mucho más amplio: decenas de cajas de archivos repletas de miles de páginas cubiertas de relatos, poemas, notas, cuentos y cartas diversas que amplían un mundo mucho mayor que la simple búsqueda del anillo.
“Mi padre se convirtió en un monstruo, devorado por su popularidad y absorbido por el absurdo de la época”, confiaba Christopher Tolkien en 2012 a Le Monde. “La brecha que se abrió entre la belleza, la seriedad de la obra y aquello en lo que se ha convertido, todo eso me supera. Tal grado de comercialización reduce a cero el alcance estético y filosófico de esta creación.” Entonces, ¿Tolkien, de derecha o de izquierda? Ni lo uno ni lo otro, y ambas cosas al mismo tiempo. Y quizá ahí esté la última clave de lectura de su obra.
En su prefacio de El Señor de los Anillos, Tolkien ya lo escribía: “Detesto cordialmente la alegoría en todas sus formas, y así ha sido desde que tuve la madurez y la prudencia suficientes para detectar su presencia. Prefiero con mucho la historia —verdadera o ficticia— con sus múltiples posibilidades de aplicación a la reflexión y a la experiencia de los lectores. Creo que muchos confunden esa aplicabilidad con la alegoría, pero la primera reside en la libertad del lector, mientras que la segunda pertenece a la dominación deliberada del autor.”
Es, en cierto sentido, lo que explicaba uno de los mayores especialistas en el autor, Tom Shippey: “Tolkien dejó mucho espacio en su obra”, declaraba el año pasado en una entrevista. “Alude a las cosas sin explicarlas. Siempre se tiene la sensación de que, en el trasfondo, hay elementos dotados de historia y de pasado. Pero los lectores buscan llenar esos vacíos por sí mismos y se forman imágenes en su mente.” Como el Anillo Único, un objeto que nadie puede dominar y que termina devorando a quienes intentan utilizarlo para el bien.



